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LA CONFIRMACION DE TEORIAS

La ciencia cartesiana se define en términos de la certeza más que de la verdad de las explicaciones propuestas. Una vez recono­ cida la posible falsedad de las hipótesis, la cuestión que resta es acomodar nuestras explicaciones a los elementos de juicio que po­ seemos, y después asignar un grado de certeza a las hipótesis resul­ tantes que están garantizadas por los correspondientes elementos de juicio. En la primera sección de este capítulo, se discuten los tipos de certeza que Descartes exige como un mínimo de acepta­ bilidad para las explicaciones científicas genuinas.

En $ 18 examino la función de la evidencia empírica tanto en la confirmación como en la refutación de las hipótesis físicas. Los datos en este caso apuntan hacia la conclusión de que la evidencia empírica tiene un papel muy importante a la hora de decidir qué explicaciones pueden aceptarse y qué grado de certeza debe exigirse a las mismas. La siguiente sección, $ 19, revisa algunos casos donde Descartes está abiertamente en desacuerdo con sus contemporáneos acerca de la explicación de algunos fenómenos, y se centra espe­ cialmente en el desacuerdo con William Harvey respecto a la expli­ cación de la circulación sanguínea. La conclusión en este punto está de acuerdo con los datos que aporta el $ 18, es decir, que Descartes se basa casi exclusivamente en la evidencia empírica putativa para argumentar su postura en esta cuestión.

La sección final, $ 20, presenta otros factores distintos de la evidencia empírica que podrían constituir argumentos corroborado-

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res en favor de las hipótesis físicas, y aquí se incluyen factores ta­ les como la simplicidad, la conformidad con suposiciones metafísi­ cas o metodológicas, etc.; y, asimismo, resume mi interpretación del status de las hipótesis físicas en la ciencia cartesiana.

S 17. Certeza

Hay pocos reconocimientos claros en el corpus cartesiano de que la ciencia empírica produzca solamente conocimiento probable, y de que en cualquier caso esto es lo máximo que nos es lícito esperar alcanzar. En lugar de esto uno obtiene la impresión de un autor que cree tener acceso a la verdad de una forma relativamente exenta de problemas, a través de «las ideas claras y distintas». Deseo argumentar que la postura de Descartes es bastante más com­ plicada de lo que esta descripción simple pueda sugerir, y que gran parte de esta complejidad se deriva de los problemas típicos en la interpretación de la visión de Descartes de verdad y certeza.

Ya que acepto las líneas generales de la interpretación de Harry Frankfurt del círculo cartesiano, no considero necesario repetir aquí sus argumentos'. Descartes, efectivamente, hace una distinción en­ tre lo que es verdad, hablando de forma absoluta, y lo que es cierto. En las Segundas Respuestas escribe:

¿En qué nos afecta a nosotros hablando de forma absoluta el que algo de cuya verdad estamos firmemente convencidos aparezca falso a los ojos de Dios o de un ángel y sea por tanto falso? ¿Qué puede importamos a nosotros que sea absolutamente falso si de todas maneras creemos en ello y no tenemos la más mínima sospecha de que pudiera ser falso? Ya que suponemos una convicción tan firme que no es posible cuestionarla; una convicción que es por tanto evidentemente idéntica a la más perfecta certeza ( V i l , 145).

Esto implica que hay una perspectiva de la realidad que es inaccesible al hombre, la cual proporciona una apreciación de cómo son las cosas, de hecho, en un sentido absoluto. El concepto de verdad implícito en esto, es una teoría de la correspondencia que

1 Vid. H . Frankfurt: «Memory and the Cartcsian circle», Philosophical

Review, 71 (1962), 504, 511; «Descartes* validation of rcason», en W. Doncy,

ed. Descartes, pp. 209-26; Demons, Dreamers, and Madmen (Indianápolis, 1970); «Descartes on the creation of the etemal truths», Philosophical Review, 86 (1977), 36-57. Vid. también Alan Gcwirth: «The Cartesian cirdc»; Philo­

sophical Review, 50 (1941), 368-95; «The Cartesian circle reconsidered», Journal of Philosophy, 67 (1970), 668-85; «Descartes: two disputed questions», Journal of Philosophy, 68 (1971), 228-96.

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supone que entre las distintas conceptualizaciones alternativas de la misma realidad, hay una que es completamente absoluta o ver­ dadera, mientras que las otras pueden ser falsas a pesar del hecho de que puedan ser las más accesibles.

Frankfurt argumenta de forma convincente que la distinción car­ tesiana entre «absolutamente verdadero» e «indudablemente cier­ to» es directamente dependiente del voluntarismo de Descartesa. No hay ninguna distinción real, en Dios, entre la facultad de com­ prender y la voluntad; Dios crea las leyes de la naturaleza y las verdades eternas y las conoce por haberlas creado. No hay limita­ ciones extrínsecas a la voluntad de Dios respecto a lo que es posi­ ble crear, ni siquiera en la creación de verdades eternas; su omni­ potencia no está restringida por nuestra lógica, ni por lo que nos­ otros consideramos razonable.

Por otro lado, el entendimiento del hombre es muy limitado, y no podemos comprender la naturaleza de Dios. Por tanto, no podemos descubrir, recurriendo a la lógica o a nuestra limitada razón, cuáles son las verdades eternas que Dios puede crear s. Todo lo que tenemos para guiarnos en nuestra investigación — aparte de la revelación divina— es la mortecina luz de la razón. De modo que todo lo que podemos esperar conocer será aquello que juzguemos cierto fuera de toda duda como resultado del empleo de nuestro ingenio natural. Estas proposiciones que juzgamos indudables están tan próximas a la verdad como nos es posible; pero la pregunta de si son o no verdaderas en un sentido absoluto, es algo a lo que no podemos responder.

La definición del conocimiento científico en términos de cer­ teza más que en términos de verdad absoluta está de acuerdo con esta postura epistemológica general. Y Descartes es definitivamente un racionalista si esto quiere decir que está dispuesto a confiar en la «razón» como la facultad más segura y más crítica en la evalua­ ción de la fiabilidad de todos los tipos de evidencia, incluida la empírica. Así, a falta de algo mejor (aparte de la revelación) tan sólo podemos confiar en aquello hacia lo cual nos guíe los me­ jores elementos de juicio que podamos obtener tras someterlos al * 3

3 «Descartes on the creation o f etemal troths».

3 Cf. Descartes a Amauld, jul. 29, 1648: «puesto que toda comprensión de la bondad y de la verdad está sometida a su (de Dios) omnipotencia, yo no me arriesgaría a decir que Dios no puede crear una montaña sin un valle, ni que no puede hacer que la suma de uno más dos no sea tres; sólo sostendré que me ha dotado de una mente tal que no me permite concebir una montaña sin un valle ni que la suma de uno más dos no sea tres, etc., y que tales cosas entrañan una contradicción para mi entendimiento» (V, 224).

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escrutinio de la razón. El conocimiento científico se caracteriza por la certeza más que por la verdad absoluta: «Omnis scientia est cognitio centa & evidens» (X , 362). Sin un alto grado de certeza no es posible el conocimiento científico. De acuerdo con esto, el matemático ateo está sujeto a serias dudas acerca de la fiabilidad de la razón y no puede esperar alcanzar el conocimiento científico, «ya que puede verse que ningún conocimiento dudoso puede con* * siderarse científico» (V II, 141).

Una de las mayores fuentes de duda de cualquier enunciado de conocimiento proviene de las dudas existentes acerca de la fiabili­ dad de nuestras facultades cognitivas, más que de las dudas que se basan en el examen de la evidencia correspondiente. Estas son dudas «metafísicas» o dudas «hiperbólicas» (V II, 460). Una vez que Descartes ha probado satisfactoriamente, al menos para él, que Dios existe y que no es falaz, las dudas expresadas en los dos pri­ meros capítulos de las Meditaciones son consideradas inofensivas e incluso «risu dignae» (V II, 89) \ La consideración de estas últi­ mas fuentes metafísicas de duda es un proyecto que debe abordarse una sola vez en la vida; y después es suficiente con recordar nues­ tras conclusiones metafísicas para dedicar nuestro tiempo a la cien­ cia física5.

Ya que la argumentación de las Meditaciones está dedicada a responder a las dudas metafísicas, no hay ninguna razón para seguir dudando de la evidencia empírica. No nos sorprende, por tanto, encontrar, de acuerdo con esto, que Descartes se basa en la eviden­ cia empírica para establecer enunciados de conocimiento con cer­ teza. Esto se da por supuesto en el Discurso:

Así, al destruir todas mis opiniones que consideraba pobremente estable­ cidas, he hecho algunas observaciones y he tenido numerosas experiencias que me han servido desde entonces para establecer (opiniones) más ciertas (V I, 2 9)*.

En la Dióptrica Descartes discute un modelo experimental de la imagen retiniana del ojo humano, y por dos veces emplea la frase «on ne peut douter» (V I, 124). En la Descripción del cuerpo

• Cf. V II, 36, 89, 460. En Recherche de la veriti, Eudoxo anima a Polyan-

dro con esta advertencia: «Te advierto que las dudas que te afligen al prin­ cipio son como los fantasmas y falsas imágenes que aparecen por la noche a causa de la luz débil e insuficiente» (X , 513). Cf. también las Notas a los

Principia, X I, 654, para un rechazo de las dudas irrazonables e infundadas.

• Descartes a Isabel, jun. 28, 1643 (I I I , 695).

• E . GUson, en Discours, p. 269, acepta que esto se refiere a la obra expe­ rimental de Descartes, especialmente a la ley del seno de la refracción, que ofrece un conocimiento mucho más cierto que las opiniones de los filósofos.

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humano, la teoría propuesta para la circulación de la sangre está

lan de acuerdo con la evidencia que «on ne pourra douter» (X I, 231) de que la teoría sea correcta. Descartes anima a Regius, en una carta de diciembre de 1641, a comprobar sus opiniones sobre el corazón humano experimentalmente y, si están de acuerdo con los resultados, a afirmar sin temor su certeza: «ya que son fácilmente cxperimentables, y si tiene éxito, puede proponerlos como ciertos y no con palabras como “ yo creo” o “ parece” » ( III, 45).

Mientras la evidencia empírica sí proporciona bases a la cer­ teza, el tipo de certeza así adquirida no es inmune a dudas poste­ riores. Descartes añade esta restricción en una carta a Voetius, res­ pecto de esta última interpretación del criterio cartesiano de certeza.

N o he hablado del tipo de certeza que dura toda la vida de un individuo, aino tan sólo de aquella que se tiene en el momento concreto de adquirir algún conocimiento (scientia) (V I11-2, 170).

Esa última y razonable restricción del nivel de certeza atribuí- ble a la ciencia empírica es comparable con la correspondiente res­ tricción de la certeza que se obtiene de muchas de las «deduccio­ nes» cartesianas. Ya que las «deducciones» dependen a menudo de la memoria, «pueden ser incompletas y ser por tanto dudosas» (X , 389).

A. Gewirth distingue tres tipos de certeza que son más o me­ nos explícitamente operativos en las discusiones cartesianas; cer­ teza moral, psicológica y metafísica7. Certeza moral es aquella que es suficiente para tomar decisiones prácticas en aquellas materias en las que habitualmente no dudamos, aunque, estrictamente ha­ blando, podamos estar equivocados®. La certeza psicológica la pro­ porcionan las percepciones claras y distintas que son tales que la mente no puede dejar de asentir con ellas. A pesar de nuestra incapacidad para rechazarlas, estas percepciones están abiertas a la duda metafísica. La certeza metafísica es la que resulta al demostrar que las fuentes de duda metafísica son irracionales. Así, el carte­ siano que acepta la defensa de la razón y el resto de las facultades cognitivas que aparece en las Meditaciones está libre de dudas me­ tafísicas y puede, por tanto, transformar la certeza psicológica en *

7 Vid. A Gewirth: «The Cartesian circle rcconsidered», pp. 670 ss.

* E. Gilson, en Discours, pp. 358-9, sostiene que la certeza moral y la cer­ teza metafísica no son dos grados de la misma clase de certeza teórica, sino más bien dos tipos de certeza. Sin embargo, Descartes describe los resultados de las explicaciones físicas en términos de certeza moral (vid. Principia, V III-1, 327-28), y esto es evidentemente un grado de certeza en una cuestión teóri­ ca. Cf. II I, 359; V I, 37; V II, 475, 477.

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certeza metafísica. La posibilidad de estar equivocado — en el sen­ tido que indicábamos anteriormente— persiste. Esto deja a Des­ cartes con dos tipos de certeza, la moral y la metafísica; y cuando no hay ninguna razón para dudar de un enunciado porque la evi­ dencia sea poco fiable, o cuando la evidencia parezca ser conclu­ yente, Descartes reclama certeza metafísica, incluso «in rebus natu- ralibus» (VIII-1, 328).

Aparte de la distinción entre certeza moral y metafísica, donde ésta representa grados de certeza a la luz de la evidencia correspon­ diente, hay algunas otras indicaciones de qué es lo que un físico cartesiano puede esperar en ciencia. La teoría de las percepciones o ideas claras y distintas no resulta de ninguna utilidad aquí9; ya que una idea clara y distinta es aquella que ha sido evaluada crítica­ mente sobre la base de la evidencia correspondiente y ha sido ha­ llada fuera de toda sospecha. Por tanto, buscar ideas claras y dis­ tintas es lo mismo que buscar enunciados de conocimiento que sean ciertos, y el método propuesto para lograr tal claridad y distinción no es otra cosa que la ejecución del método cartesiano como un todo. No hay un tipo concreto de certeza que sea característica de las ideas claras y distintas como tales, ya que el tipo de certeza que es posible es función de la naturaleza de nuestra búsqueda; la me­ tafísica, la física o la matemática pueden, cada una, proporcionar percepciones claras y distintas, pero difieren significativamente en cuanto al tipo de certeza que resulta posible a partir de cada una de ellas.

Lo que falta de forma manifiesta en la empresa de Descartes es una apreciación de la probabilidad. Los comentarios de Descar­ tes sobre la probabilidad son a primera vista alarmantes; por ejem­ plo, escribe a Mersenne para aclarar a Fermat el uso de los tér­ minos del modo que sigue:

(Fermat) pensó que al decir que algo es fácil de creer, yo lo que quería decir era que esto era solamente probable (probable). Sin embargo, está bastante alejado de mi interpretación del término en esto. Ya que yo trato siempre como falso todo aquello que es meramente probable (vraisemblable) (Descartes a Mersenne, 5 de octubre de 1637: I, 450-51).

Este texto no es tan definitivo como parece. Posiblemente quiere decir que Descartes rechaza las proposiciones «probables», en el sentido en el que es empleado por los lógicos o los dialécti- *

* Cf. Principia, V III-1, 21-2; A Gewirth: «Cleamcss and distintness in Descartes», Philosophy, 18 (1943), 17-36; H . G . Frankfurt: Dcmons, Dreamers,

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eos, más que que Descartes rechace las proposiciones que estén sustentadas por un asólida evidencia pero no lleguen a ser induda­ bles. Así escribe en otra carta, posiblemente del mismo año:

No me atreveré a afirmar que estos (principios) que propongo sean los verdaderos principios de la naturaleza. Todo lo que afirmo es que, suponién­ dolos como principios, me doy por satisfecho en todas los aspectos que depen­ den de ellos. Y no veo nada que me impida hacer progresos en el conocimiento de la verdad (A un interlocutor desconocido: IV , 690).

Por falta de un concepto de probabilidad, Descartes se ve obli­ gado a describir hipótesis como ciertas aun cuando éstas no sean más que «moralmente» ciertas, esto es, altamente probables. Si consideramos todo esto junto con el profundo rechazo de Descartes de las típicas teorías «plausibles» de la época, y la propensión de Descartes a exagerar la certeza de sus propias teorías, tenemos todos los ingredientes de un embrollo.

Para tener una guía que nos sirva de ayuda al considerar algu­ nos de los argumentos confirmatorios típicamente cartesianos debe­ remos subrayar los siguientes puntos:

a) La ciencia es el conocimiento que es cierto, más que opinio­

nes meramente plausibles o conjeturales.

b) Las discusiones metafísicas como las que encontramos en las Meditaciones conjuran cualquier temor de duda metafísica; la «ra­

zón» nos muestra que las facultades cognitivas del hombre son fiables y capaces de proporcionar un conocimiento que es verdadero bajo ciertas condiciones especificables. Estas mismas consideraciones metafísicas muestran que la indudabilidad es compatible con que nuestras opiniones sean falsas en un sentido absoluto. Esta induda­ bilidad es todo lo que podemos esperar lograr en ciencia.

c) De acuerdo con el rango de las ciencias, desde la metafísica

a las matemáticas, la ciencia física e incluso la moral, existe un rango de niveles o grados de certeza que es posible lograr. En el caso de cada disciplina, el investigador debe consultar todas las pruebas a su alcance y después hacer un juicio basado en su evaluación de estas pruebas. Donde la evidencia sea débil podrá reclamar un grado de certeza mínimo; donde la evidencia esté presente de sobra podrá afirmar que existe certeza metafísica, incluso en la física.

Otra forma de expresar la misma postura respecto al conoci­ miento y la certeza es decir que el uso que hace Descartes del tér­ mino «cierto» no es el de un termino absoluto I0. Dos enunciados

10 Para un análisis del concepto «cierto» que pudiera ser compatible con el uso cartesiano, vid. R. Firth: «The anatomy of certainty», Philosophical

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de Conocimiento pueden ser ciertos en sentidos diferentes. Mejor que llamar a la opinión menos cierta probable — a causa de las con­ notaciones de mera especulación derivadas del uso que hacen los dialécticos del término— Descartes prefiere llamar cierta a cualquier opinión basada en una evidencia fiable que sea cierta. Y estos enun­ ciados de conocimiento cierto, bien fundados, aún pueden ser objeto de duda, dependiendo del descubrimiento de nuevas evidencias; y cualquier opinión, independientemente de lo indudable que creamos que es, puede no ser cierta en el sentido absoluto en el cual Dios o cualquier otra inteligencia superior sabe cómo son de hecho las cosas.

§ 18. Confirmación de hipótesis

Incluso en aquellos casos en los que menos lo esperamos, como es el caso de los Principia, la aproximación de Descartes es clara­ mente hipotética. Los fenómenos que requieren explicación son en primer lugar enumerados, después son presentadas las hipótesis expli­ cativas, y por último éstas son confirmadas, al menos parcialmente, refiriéndose a su concordancia con los hechos conocidos de forma empírica. Por ejemplo, en el artículo xlii de la Parte III, el autor limita el campo de los explanando discutidos al sol, las estrellas fijas, etc. Al proponer explicaciones de estos tipos de fenómenos Descartes escribe: «Deseo que todo lo que escribo acerca de este punto sea considerado como hipótesis» (VII1-1, 99). Al suponer que la materia está compuesta de pequeñas partículas imperceptibles en movimiento y que las leyes de la naturaleza proporcionan una base suficiente para explicar todos los fenómenos naturales" , la única tarea que resta al científico es inventar las hipótesis auxiliares apro­

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