Antes de que Michele viniera a mi consultorio, varios pacientes habían afirmado ver ángeles o seres de apariencia humana. Aún así, nunca había oído un relato tan detallado y minucioso como el suyo. «Bueno», pensé, «¿qué esperabas? Mira qué es lo que estás haciendo; estás destinado a
Un mes o dos después de la curación de Michele, un hombre de Beverly Hills visitó mi consultorio. No estaba enfermo; simplemente había oído lo que sucedía en mi consultorio y quería experimentarlo.
Después de su sesión, abrió los ojos y dijo: «He visto a esa mujer y me dijo que te comunicara que estaba aquí, que sabrías quién era. Parecía que era un poco desagradable, pero podría asegurar que simplemente se sentía frustrada porque no podía decir su nombre claramente. Era algo así como Parsley. Entonces me dijo: «Si te curas, ¿irás a la televisión a contarlo?».
Me quedé anonadado. ¿Quién era esa tal Parsley, el Ángel de las Relaciones Públicas? No; era la
confirmación.
Nunca volví a ver al hombre. Él no conocía a ninguno de mis pacientes y aún así estaba al tanto del ángel de nombre raro.
Las cosas no estaban más que calentándose.
Una mujer voló desde Nueva Jersey con su hija de once años que sufría escoliosis, una curvatura de la columna. Después de la sesión, la niña abrió los ojos y pareció bastante sorprendida. Tal y como solía hacerlo, le pregunté: «¿Qué ha pasado? ¿Qué has notado?». «Bueno», dijo, «he visto un lorito pequeño de muchos colores y me ha dicho que se llamaba George. Después dejó de ser un loro; ni siquiera era una forma de vida».
Dijo forma de vida. Fueron sus palabras. Una niña de once años. «Entonces», añadió la chiquilla, «simplemente se hizo mi amigo».
No mucho después. Un hombre -esta vez un adulto- vino para una sesión.
Cuando acabó, dijo: «Vi una estatua, una estatua de mármol al aire libre, rodeada por una antigua laguna griega o romana, hace siglos. Y cuando miré hacia mi mano derecha, vi un lorito pequeño de muchos colores. Me dijo que se llamaba George. Y entonces dejó de ser un loro y simplemente se hizo mi amigo».
Excepto por la omisión de «forma de vida», era textualmente el mismo relato que el de la niña. Me sentía aún más vulnerable cuando decidí explicar a mi prima, cuya opinión apreciaba, lo que me estaba pasando.
Respiré profundamente y me preparé para escuchar frases como «me salieron ampollas en las palmas de las manos», «en otra ocasión me sangraron» y «mis pacientes pierden la conciencia y hablan con voces que no son las suyas» que salían de mi boca con una embarazosa cadencia autoconsciente.
«Si se tratara de una persona que no fueras tú», dijo después de que yo terminara, «no la hubiera creído. Pero sé que no te inventarías algo así. Te conozco desde que naciste. Tienes los pies en la tierra». Oyendo lo que decía mi prima, que solía cuidarme cuando yo era niño, me di cuenta súbitamente de que no tenía ni idea acerca de la impresión que yo causaba a la gente o de que la percepción de los demás sobre mí era diferente a la mía propia. No sospechaba de ningún modo que tantas personas me dirían que me creían al contar lo que pasaba «porque se trata de ti», «porque tienes los pies en la tierra», «porque eres tan auténtico», «porque eres tan escéptico».
Pies en la tierra. Auténtico. Escéptico. Yo sabía que era un poco escéptico, aunque sólo fuera
porque realmente no les creía cuando me decían que tenía los pies en la tierra. Quiero decir que yo creía tener los pies en la tierra (por lo menos a veces), pero está claro que no pensaba que los demás tuvieran esa imagen de mí.
A pesar de este apoyo, pasó un tiempo antes de que les contara a mis padres lo que estaba pasándome. Nunca olvidaré lo que me contestó mi padre: «¡Nunca dejes ese consultorio!». Era como si los ángeles, al igual que el fantasma que se aparecía en el edificio de Melrose Place, estuvieran aferrados de alguna manera con esa dirección específica.
Por suerte, también había curaciones mientras estaba fuera, e incluían las experiencias relativas a los ángeles y los colores, por lo que sabía que, en caso de que esas entidades estuvieran
verdaderamente relacionadas con Melrose Place, al menos podían estudiar mis planes y organizar su propio transporte hasta mi destino.
No es que viajara demasiado. No con la cantidad de personas que venían a verme.
La valentía de dar un paso al frente
Las curaciones eran cada vez más espectaculares. Y aunque los resultados eran gratificantes, en sí mismos no eran lo suficiente para mí. Todavía quería saber por qué sucedían las curaciones. ¿Cuál era el significado del fenómeno? ¿De dónde provenía? Mi búsqueda no tenía fin.
Decidí asistir a un seminario de tres días que impartía el Dr. Deepak Chopra (que es una de las más importantes figuras en la síntesis de la medicina y la espiritualidad hoy en día, incluyendo la fusión entre la física cuántica y la sabiduría ancestral). La mayoría de los asistentes eran médicos y otros profesionales. Pensando en el éxito que había tenido con Brian Weiss, creí que podría aprovechar para hacerle al doctor Chopra una pregunta sencilla que arrojara alguna luz sobre lo que estaba ocurriendo conmigo y mis curaciones. Vi que había micrófonos repartidos por la sala, aparentemente para que la audiencia pudiera intervenir.
A lo largo del seminario, ninguno de los responsables hizo mención a los micrófonos o a la posible interacción con la audiencia. El tiempo pasaba. Al final, justo antes de que el congreso se interrumpiera para la comida del segundo día, no pude contenerme más. Levanté la mano y. le pregunté al Dr. Chopra si aceptaría que se le hicieran preguntas en algún momento.
El Dr. Chopra me sorprendió al cuestionarme a su vez: «¿Tiene una pregunta?» «Sí, la tengo», respondí.
«Entonces, acerqúese al micrófono y hágala.»
Según recorría lo que me pareció un interminable camino hacia el micrófono más cercano, tomé conciencia del ruido cada vez mayor que producían mis pisadas en contraste con el silencio repentino de la sala, entretejido con pensamientos inquisitivos del tipo:
«¿Quién es ése?»
«¿Por qué le han dejado precisamente a él hacer una pregunta?» «Yo quería preguntar algo.» «Podríamos estar comiendo ahora mismo.» Y el proverbial... «Será mejor que valga la pena.»
Según me estaba acercando al micrófono, el Dr. Chopra me apremió: «Así que, ¿cuál es su
pregunta?».
No lo sabía. No la había pensado todavía. Lo que es peor, de repente caí en la cuenta de que no habría podido hacer la pregunta aunque la hubiera pensado, puesto que el Dr. Chopra no estaba al tanto de cómo había sido mi vida desde agosto de 1993. Así que, de forma tan resumida como pude, traté de explicar rápidamente lo que había pasado, incluyendo las voces, las pérdidas de sangre y las ampollas. Esperaba que al acabar la introducción, la pregunta apareciera por sí sola.
Al final de mi sinopsis, dije: «Por favor, no crea que no sé cómo suena esto, porque lo sé. Pero me pregunto si tiene alguna explicación o consejo».
No era exactamente una pregunta. Observé al Dr. Chopra mientras se inclinaba hacia delante desde su lugar en el escenario.
A continuación, preguntó: «¿Cómo se apellida?». Asustado, di medio paso hacia atrás. «¡Pearl!», solté.
Asintió con la cabeza. «He oído hablar de usted». Echó un vistazo a la sala. «Y quiero que todo el mundo sepa que lo que este hombre acaba de decir es cierto.» Delante de todo el público de la sala me invitó a acudir al Centro Chopra para el Bienestar en La Jolla (cerca de San Diego) para investigar un poco.
Después me aconsejó: «Siga siendo como un niño». Unas palabras que significaron mucho para mí.
Nunca lo olvidaré.