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LA CONSAGRACIÓN E INVESTIDURA DE LOS SACERDOTES (Ex 29; Lv 8-10)[386]

LA CONSTITUCIÓN DEL PUEBLO DE ISRAEL

II. EL LEVÍTICO LA LEGISLACIÓN CULTUAL DE ISRAEL

5. LA CONSAGRACIÓN E INVESTIDURA DE LOS SACERDOTES (Ex 29; Lv 8-10)[386]

Para comprender la legislación levítica sobre el sacerdocio, hay que tener presente la perspectiva existente en el ambiente circunstante, donde el sacerdote era considerado un funcionario del culto, administrador de los bienes del santuario, oficio que se ejercitaba a veces por delegación real, como en Egipto. En Israel, el sacerdocio nace como institución de origen divino, en la que todo estaba regulado para que los sacerdotes y los levitas pudiesen realizar con dignidad el culto a Yahveh. De este modo queda forjada una legislación que sustituía la praxis antigua, en la que correspondía al cabeza de familia o a quien poseía una especial autoridad en el clan ofrecer el culto y bendecir. El término bíblico corriente para designar a los sacerdotes es kohen (alrededor de 750 veces), cuya etimología parece indicar «al que está ante Dios para servirle» (de la raíz kwn, estar firme, estable).

Dios eligió la tribu de Leví para el servicio de la Morada (Nm 3, 1-13). Los descendientes de Leví (Guersón, Quehat y Merarí) formaban las tres clases levíticas, cada una con funciones propias (Nm 4, 1-19). Una familia del clan de Quehat, la de Aarón, fue designada por Dios para un servicio especial, el específicamente sacerdotal, con el encargo de ofrecer el culto sacrificial a Yahveh (Ex 28, 1; 29, 44; Lv 8-9). Solo los que pertenecían a ella estaban autorizados a tocar lo que directamente tenía que ver con el servicio del altar. No siempre eran ellos, sin embargo, quienes realizaban materialmente el sacrificio. Entre los sacerdotes, a los primogénitos descendientes de Aarón les correspondió la función de «sumos sacerdotes». En realidad, se trataba de los descendientes de Aarón a través de la rama de Eleazar, porque Nadab y Abihú no dejaron descendencia. Según la narración bíblica, en un cierto momento histórico, la función de sumo sacerdote pasó a la familia de Itamar (1 R 2, 27), el cuarto hijo de Aarón, el más joven, para volver en los tiempos de Salomón a la familia de Eleazar, con el traspaso del sumo sacerdocio a Sadoc[387]. Los sumos sacerdotes llevaban vestiduras especiales (Ex 28) y podían entrar en el Sancta Sanctorum una vez al año, el Día de la expiación (Lv 16). Los demás descendientes de Leví formaban la clase de los levitas. Eran consagrados y se dedicaban al servicio del culto: transportar los objetos de la Morada, custodiarlos, etc. Lo mismo que los sacerdotes, tampoco los levitas podían combatir en la guerra (Nm 1, 3.48-49) ni tener propiedades privadas. Por no poder cultivar la tierra para conseguir el propio sustento, vivían de su servicio al santuario,

recibiendo los diezmos de todo Israel (Nm 18, 21).

En Lv 8-10 se narra minuciosamente la actuación de las órdenes divinas dadas a Moisés en el Sinaí sobre la consagración y la investidura de los sacerdotes, lo que daba inicio al servicio sacerdotal (Ex 29). Moisés hizo revestir a Aarón y a sus hijos con los ornamentos sacerdotales, cada uno de acuerdo con su grado. A continuación, Aarón y sus hijos ofrecieron sacrificios (Lv 9). «La gloria de Yahveh se dejó ver de todo el pueblo» (9, 23). La historia de Nadab y Abihú (Lv 10), los dos hijos mayores de Aarón, que fueron castigados con la muerte por haber cometido una grave irregularidad en el servicio del santuario (10, 1-2), ofrece nuevas especificaciones sobre el comportamiento y la santidad de los sacerdotes. Debido a su misión mediadora, eran intercesores entre el pueblo y Dios, con la consiguiente exigencia de una santidad más elevada (19, 1-20).

6. LAS LEYES DE PUREZA E IMPUREZA (Lv 11-15)[388]

Lv 11-15 contiene una legislación encaminada a distinguir lo puro de lo impuro. Por

impureza, en el caso de actos humanos, la legislación levítica no se refería a actos moralmente pecaminosos, sino a acciones que, por su naturaleza, constituían un grave impedimento para que el hombre pudiese entrar en contacto con el Dios tres veces santo (Is 6, 3), de las que, por tanto, debía purificarse. No resulta claro el motivo exacto por el que algunas cosas eran consideradas puras y otras impuras; a veces se trata de sustancias dañinas, repugnantes, sucias o desagradables para el hombre (sangre, esperma, cadáveres, excrementos); en otros casos son determinadas enfermedades (lepra) o hechos enlazados a fuerzas desconocidas (entrar en la tienda de un muerto, tocar un cadáver) o fenómenos conectados con la limpieza, la higiene, etc. En definitiva, las leyes establecidas estaban orientadas a que el pueblo de Israel comprendiese que el culto a Dios exigía la máxima pureza de corazón, evidentemente, según los cánones religiosos existentes en aquella época. El Levítico legisla sobre los siguientes aspectos:

— Animales puros e impuros (c. 11). Son impuros: los cuadrúpedos que no tienen uña escindida y no rumian (liebre, conejo, cerdo); los animales acuáticos que no tienen aletas ni escamas (cetáceos, anguila); entre las aves, las rapaces (águila, milano, halcón, cuervo) y otros como el avestruz, el mochuelo, la gaviota, la cigüeña, el murciélago y casi todos los insectos con alas; por último los animales que se arrastran por tierra (topo, ratón, camaleón, todos los saurios, etc.).

— La ley del puerperio (c. 12). La gestante era considerada impura durante 7 días si había generado un varón, y durante dos semanas si era una hembra. Al final de la purificación debía ofrecerse en el Templo un cordero y una paloma (o tórtola); si la persona era pobre bastaban dos tórtolas o dos pichones (Lc 2, 24).

— La lepra y su purificación (13, 1-14, 57). Debido a la lepra (palabra que hay que tomar en un sentido no técnico, pues incluye otras enfermedades de la piel y por extensión el moho de las casas y de los vestidos), el enfermo era excluido de la comunidad. Existía un ritual preciso para su diagnosis, tanto para los enfermos (13, 1-46)

como por sus vestidos (13, 47-59). El Levítico también señala minuciosamente las normas para la purificación. Para la readmisión en la comunidad era necesaria la constatación oficial de la curación por parte de los sacerdotes. En Lv 14, 33-53 también se habla de la purificación de las casas infectadas.

— Impureza sexual del hombre y la mujer (c. 15). Igual que en las cuestiones precedentes, estas leyes no se refieren a verdaderos pecados, sino a actos vinculados con la naturaleza de la sexualidad, que hacían impuro ritualmente al hombre o a la mujer (emisiones derivadas de la gonorrea, emisión seminal personal involuntaria o en el uso honesto del matrimonio, flujo de sangre del período menstrual, etc.). La ley establecía disposiciones para la necesaria purificación en la perspectiva religiosa y cultual de la alianza. En Israel, la legislación estaba fundada sobre la reverencia debida a Dios, que llevaba al hombre a purificar su cuerpo y sus vestidos en el caso de emisiones naturales o patológicas, para salvaguardar la pureza ritual con respecto al culto.

7. EL CÓDIGO DE SANTIDAD (Lv 17-26)

Este código es considerado uno de los más antiguos e importantes de Israel. Se le denomina «código de santidad» (A. Klostermann 1877) porque establece como fundamento de la observancia de las leyes prescritas una afirmación, a modo de estribillo, sobre la santidad que el Dios santo exige a su pueblo: «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (19, 2; 20, 26; 21, 8, etc.). El conjunto legal está impregnado, por tanto, del principio mosaico sobre la trascendencia y santidad de Yahveh, así como también de la obligación exigida al pueblo de vivir en santidad, separándose de todo lo que es profano. Una santidad que toca también las relaciones entre los israelitas y, sobre todo, el modo de vivir el culto. Las leyes insisten en la distinción entre lo sacro y lo profano, y subrayan la necesidad de observar las leyes morales y el culto por parte de los sacerdotes. El código de santidad, lo mismo que otros códigos bíblicos (Ex 20, 23-23, 19;

Dt 12-27) o extrabíblicos (código de Hammurabi), termina con un epílogo (Lv 26, 1-46),

que contiene bendiciones para quienes observan las leyes y maldiciones para los transgresores. Los últimos versículos ponen de relieve la bondad divina, incluso cuando castiga. El código de santidad se organiza en cuatro secciones:

— Prescripciones sobre el sacrificio de animales (c. 17). Según la mentalidad semítica, la muerte de los animales posee siempre un carácter sagrado, ya que la vida es considerada un don de Dios. En el Levítico, además de las prescripciones sobre los sacrificios de animales, se establece que solo en el santuario se puede dar muerte a un animal, y se dan instrucciones para la caza de animales. Se prohíbe, además, absolutamente alimentarse de sangre, símbolo de la vida[389], y de cualquier animal que se encuentre muerto.

— Prescripciones sobre la moral sexual (18-20). Sobre el trasfondo de la declaración: «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (19, 2), se presentan a grandes trazos las prescripciones morales y cultuales que se refieren a la sexualidad. Una lectura atenta del contexto narrativo muestra las diferencias entre la

moral que existía en Israel y los ritos orgiásticos de los pueblos cananeos. El conjunto constituye un verdadero código legal sobre las relaciones sexuales.

— Prescripciones sobre la especial santidad de los sacerdotes (21-22). En esta sección se señalan algunos impedimentos y defectos de orden físico que prohibían a los sacerdotes el ejercicio de las funciones de culto: tocar un muerto, raparse la cabeza, tomar una mujer deshonrada, etc. También se habla de la sacralidad de las ofrendas y la santidad de los sacerdotes que participaban de ellas. Se incluyen algunas normas sobre la perfección física de las víctimas para los sacrificios (22, 17-33).

— La última sección (23-25) está dedicada a las fiestas anuales y a las celebraciones periódicas que constituían el calendario litúrgico de la comunidad judía, del que hablamos a continuación.

8. LOS TIEMPOS Y FIESTAS SAGRADAS (Lv 23-25)[390]

El antiguo calendario hebreo estaba constituido esencialmente por doce meses lunares, de alrededor de 29 días y medio cada uno, con un total de 354 días (no, por tanto, los 365 días del año solar)[391]. El año comenzaba en otoño y los meses, con la luna nueva. Cuando el año resultaba tener un desfase de un mes entero con el año solar, se introducía un mes nuevo, llamado «Adar». A lo largo del año se situaban las fiestas sagradas. Además del sábado y las tres grandes fiestas de peregrinaje (Pascua, Pentecostés y Tabernáculos), se celebraban algunas otras fiestas en días especiales: la fiesta de las Trompetas, el Día de la expiación y, en tiempos posteriores, la fiesta de los Purín y la de la Dedicación. La normativa sobre las fiestas se encuentra en los cinco calendarios que aparecen en el Pentateuco, ninguno de la cuales es completo, ni respecto al número ni al rito: Ex 23, 14-17; 34, 18-23; Lv 23-25; Nm 28-29 y Dt 16, 1-17. Lv 23- 35 regulaba, además, el año sabático y el jubileo.

El sábado, el año sabático y el año jubilar[392] – El origen histórico del sábado (šabbat, abstenerse, cesar) no nos es conocido. Probablemente, su institución, como la de la semana, dependa de las fases de la luna. Desde los tiempos remotos, el sábado fue un día especial para Israel y, una vez vinculado a la alianza del Sinaí, se convirtió en uno de los signos con los que Israel mostraba la especificidad de su fe. Se trataba de un día santo consagrado a Yahveh, motivo por el que la legislación levítica establece que el sábado debía ser un día «de descanso completo, reunión sagrada en que no haréis trabajo alguno. Será descanso de Yahveh dondequiera que habitéis» (Lv 23, 3; cf. Ex 23, 12; 34, 21). Durante el exilio, al no existir ya el Templo, el sábado fue adquiriendo una importancia cada vez mayor: era la institución que confería identidad a los judíos (Ez 20, 12). En la época de Jesús, una compleja y puntillosa casuística regulaba hasta en sus más mínimos particulares la celebración del sábado, que se convertía así en una pesada carga, que conllevaba, por otra parte, el descuido de los deberes más fundamentales. Se comprende que Jesús haya denunciado esa falsa religiosidad, restituyendo al sábado su

significado verdadero de día consagrado a Dios (Mt 12, 1-14, etc.).

Con la institución del sábado está relacionado el «año sabático» (Lv 25, 1-7). Cada siete años, hombres y cosas debían observar un descanso, los esclavos recuperar la libertad y las tierras permanecer en completo reposo; solo se podía usufruir lo que la tierra produjese espontáneamente. Se trataba de un año «de completo descanso para la tierra, un sábado en honor de Yahveh» (Lv 25, 4). El motivo de esta institución está relacionado, básicamente, con en el intento de evitar la pobreza y la esclavitud causada por las deudas. El único testimonio claro de su aplicación en la Biblia es de la época helenística (1 M 6, 49.53)[393].

La ley legislava también sobre el «año jubilar» (Lv 25, 8-55), que debía observarse cada semana de semanas de años (siete veces siete años), es decir, cada 50 años. En esta ocasión, no solo se debía dejar descansar la tierra, sino que cada propietario volvía a la posesión de los terrenos que se había visto obligado a vender y el israelita esclavo debía ser dejado en libertad. De este modo se proscribía el acaparamiento de la propiedad rural y se respetaba la dignidad de la persona.

Las fiestas de peregrinación al santuario – Estas fiestas, cuyos orígenes reflejan los

diversos ciclos de las estaciones y las diferentes actividades agrícolas a lo largo del año, adquieren un significado profundamente religioso en la legislación levítica.

— La fiesta de Pascua y la de los Ázimos (Lv 23, 5-14; cf. Ex 12, 1-14.21-28; 13, 3- 10)[394] se celebraban durante la primavera, en el plenilunio del mes llamado Abib o Nisán (marzo-abril), primer mes del año religioso. Tales fiestas recordaban la liberación de los hebreos de Egipto (Ex 12). En su conjunto, la fiesta duraba ocho días. Durante la fiesta de Pascua se comía el cordero pascual, en recuerdo de aquella noche en la que pasó el ángel exterminador sin entrar en las casas de los israelitas. A ella seguía la de Ácimos, que comenzaba el 15 del mes y duraba siete días, durante los que se comía el pan ácimo en recuerdo de la salida presurosa de Egipto, cuando, debido a la prisa, no hubo tiempo de hacer fermentar la harina (Ex 12, 8;13, 3-10). El primer día y el último eran particularmente solemnes, se ofrecían sacrificios y se celebraba un banquete sagrado. Estaba prohibido cualquier trabajo. Esta fiesta estaba también unida a una fiesta agrícola, la de las Primicias, que se celebraba por tener inicio la siega de la mies. Entonces se ofrecían las primicias de la cosecha con una ceremonia enteramente especial (Lv 23, 9-14). La fecha fijada era «el día siguiente al sábado» (v. 11), probablemente, el primer sábado después del 14 de Nisán, aunque para una cierta tradición litúrgica, que consideraba el 15 de Nisán día sabático, la ofrenda de las Primicias tenía lugar el 16 de Nisán.

— La fiesta de las Semanas, de la Siega o de Pentecostés (Lv 23, 15-22)[395], llamada también Aseret (Gran asamblea) en hebreo, se celebraba al día siguiente de cumplirse siete semanas (50 días) después de la fiesta de Pascua, de donde procede el nombre de Pentecostés. Se celebraba, por tanto, el seis de Siván (mayo-junio), durante el verano. Esta fiesta se relacionó más tarde con la entrega de la ley en el Sinaí. Como

fiesta agrícola, era una fiesta de acción de gracias por el final de la siega de la cebada y del trigo. Duraba un solo día, porque el pueblo debía prepararse para la trilla, que podía durar hasta la vendimia.

— La fiesta de los Tabernáculos, llamada también de la Recolección o de las Tiendas (Lv 23, 33-43), duraba una semana, desde el quince al veintiuno de Tisrí (septiembre- octubre), primer mes del año civil[396], y marcaba la conclusión del período estivo, cuando tenía lugar la recolección de los últimos frutos, en especial, los de la vendimia. Como fiesta agrícola venía a ser por eso como el cierre del año agrícola y preparación para la nueva etapa que comenzaría enseguida con las primeras siembras. Durante los días de la fiesta, los israelitas vivían en tiendas, en recuerdo de los cuarenta años en los que toda la nación había vivido en tiendas en el desierto. En la época del Nuevo Testamento, la celebración de esta fiesta se realizaba con gran solemnidad.

El Día de la expiación (Yôm ha-kippurîm) – El ápice del año religioso hebreo era el

Día de la expiación, que se celebraba el diez de Tisrí, el séptimo mes, inicio del año civil (Lv 16; 23, 23-32)[397]. El ritual del kippur subrayaba el carácter penitencial y de purificación de este día, un momento único vivido por la comunidad, que no encuentra parecido en ningún otro ritual levítico. De hecho, era el único día de penitencia prescrito por la ley, como indica Lv 16, 34: «Tendréis esto como decreto perpetuo: hacer la expiación por los israelitas, por todos sus pecados, una vez al año». El rito tenía como figura principal la persona del sumo sacerdote, que actuaba a favor del pueblo. Después de haber pasado en vigilia toda la noche, se purificaba y se vestía con las vestiduras sagradas. Se presentaban entonces un novillo y dos machos cabríos delante de la Tienda del encuentro. Sobre los machos cabríos se echaba a suertes para ver cuál debía ser para Yahveh y cuál para llevar simbólicamente los pecados del pueblo. Se ofrecía entonces en sacrificio el novillo por el pecado del sumo sacerdote y por el de su casa. A continuación, el sumo sacerdote, solo, con un incensario lleno de brasas tomadas del altar y dos puñados de incienso aromático en polvo, entraba en el Santo de los Santos. Quemaba el incienso y, cuando la habitación estaba llena con la nube del incienso, se consideraba que Dios había aceptado la ofrenda. Con la sangre del novillo rociaba el arca y el propiciatorio. Venía entonces ofrecido el macho cabrío de Yahveh por el pecado del pueblo y con su sangre se procedía como con la sangre del novillo. El otro macho cabrío, el de «Azazel», que con la imposición de las manos recibía simbólicamente los pecados de todo el pueblo, era conducido al desierto y dejado libre, para significar que los pecados habían sido llevados a la morada de Azazel, considerado como demonio del desierto.

Otras festividades – El inicio de cada mes era celebrado de un modo especial, con

ofrendas y sacrificios (Nm 28, 11-15). Cuando caía el mes séptimo, el comienzo del año civil (día llamado roš ha- šanah, principio del año), se tenían celebraciones más solemnes (Lv 23, 23-24). Era un día de reposo absoluto. Se hacían sonar las trompetas, hechas de

cuernos de carnero, para que Dios se acordase de su alianza, atemorizar y hacer huir a Satanás, y llamar los israelitas a penitencia. También por esto la fiesta recibía el nombre de «fiesta de las Trompetas». Debido a su carácter penitencial, la celebración era un momento adecuado para que cada uno se examinase sobre cuál era el juicio de Dios sobre él. Ese examen concluía diez días después, el Día de la expiación.

La fiesta de los Purín, celebrada del 13 al 15 de Adar (febrero-marzo), se introdujo en una época posterior para recordar el evento sucedido en la época de Ester, cuando el pueblo fue salvado de la persecución gracias a su intervención y a la de Mardoqueo. El día 13 era de ayuno, mientras que los días 14 y 15 se celebraban de un modo festivo.

La fiesta de la Dedicación o Hanukkah se remonta, a su vez, al tiempo de los Macabeos (1 M 4, 36-59). Se introdujo para celebrar la purificación y dedicación del Templo, que había sido profanado, tras la victoria alcanzada por Judas contra el ejército seléucida. Tuvo lugar el 25 de Kisleu (noviembre-diciembre). Entonces se decidió conmemorar el evento cada año «con gozo y alegría» (1 M 4, 59). Esta fiesta subsiste, igual que la precedente y las grandes fiestas de peregrinaje, en el actual calendario judío. La iluminación de casas y sinagogas es lo que caracteriza externamente la celebración de