Amandine Fulchiron
2. Principios epistemológicos feministas de los que partimos
2.1. Considerar a las mujeres mayas como sujetas históricas
Considerar a las mujeres mayas como protagonistas de la historia y los acontecimientos que vivieron implica un cambio de mirada fundamental. Las
mujeres no son vistas como meras víctimas o apéndices de la historia de la guerra, como ha reflejado la visión androcéntrica y racista del mundo. Esta investigación ubica las experiencias de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual en el centro de la historia de Guatemala, y visibiliza su involucramiento y participación como sujetas históricas en la construcción de los procesos de cambios profundos del país.
Como parte de la corriente crítica al positivismo, que presupone la existencia de la neutralidad y la separación entre sujeta-objeto, no tomamos a las mujeres como datos ni como objetos de investigación. No les fuimos a sacar información. Las consideramos interlocutoras con las que íbamos a re-significar la historia de la violación sexual y de la guerra, para juntas reconstruir la vida. Nos sentíamos comprometidas en un proyecto común de sanación y de memoria colectiva. Fue un proceso de construcción de conocimiento dialógico en el que las sobrevivientes tenían voz para significar su propia experiencia.
Ver a las mujeres como sujetas implicó poner en el centro sus subjetividades, deseos, creatividades, y valorar las decisiones que las sobrevivientes han ido tomando a lo largo de su vida, en particular después de la violación sexual; independientemente de que estas decisiones reforzaran la subordinación en la que se encontraban o que abrieran brechas para la emancipación. La participación de Angélica López, investigadora maya quiché, fue fundamental al respecto, para que el equipo estuviera en alerta permanente sobre posibles lecturas racistas y paternalistas de la realidad de las sobrevivientes, colocando en la discusión de forma reiterada su capacidad de decisión, sobrevivencia, enfrentamiento y transformación ante lo vivido.
A pesar de que las adscripciones de género, raza y clase complejizadas por la historia de la guerra y de la violación, la religión, el origen urbano o rural, y el nivel de educación, son condiciones que estructuran el lugar de las mujeres, su vida y subjetividades, partimos de la convicción de que las estructuras de opresión no lo determinan todo. No somos solamente producto de la opresión. Consideramos a las sujetas de investigación con la capacidad de interactuar con las estructuras e historias de opresión que las atraviesan, no como meras víctimas de las mismas2.
Tomamos en cuenta la experiencia corporal, lo vivido, a través de lo cual las mujeres re-interpretamos lo social, construimos una imagen de nosotras mismas y de la relación con el mundo, y actuamos sobre las estructuras e
ideologías patriarcales, racistas y colonialistas, transformándolas. Rescatamos así todas las historias de fuerzas, de transformación, todos los poderes y recursos que desarrollaron para primero sobrevivir, y luego empezar a romper el silencio e involucrarse en procesos de sanación, memoria y no-repetición. En este sentido, la apuesta metodológica por las historias de vida fue muy atinada para hacer emerger la capacidad de actuación de las sujetas.
El querer comunicarse desde las diferencias no-dominantes no implica obviar las relaciones de poder que nos atraviesan entre investigadoras y sujetas de la investigación por las desigualdades estructurales que han marcado nuestra historia. Más bien, implica tener una profunda consciencia de ello, y la voluntad de construir las prácticas más recíprocas y éticas posibles para revertir esas desigualdades. Esta consciencia y voluntad política nos permitió crear metodologías de recogida de información y de análisis que garantizaran la creación de condiciones de diálogo.
Primero, definimos conjuntamente con las sujetas las condiciones en las que querían participar en el proceso de investigación: los objetivos, los tiempos, los lugares. Estas condiciones estuvieron permanentemente abiertas a la discusión y al cambio. Se tomó en cuenta el tiempo del que disponían para realizar las sesiones. Se respetaron sus silencios. Por el riesgo existente de represalias, tanto por la comunidad, por los hombres de la familia, como por parte de los perpetradores, fue fundamental crear acuerdos colectivos sobre la confidencialidad y la seguridad. Construimos un discurso común del porqué nos reuníamos dirigido a las autoridades comunitarias y los hombres de la familia. Elegimos los sitios de reunión en función de la privacidad que permitían, para que pudieran relatar su historia sin miedo a ser escuchadas. Durante los tres primeros años, eso implicó reunirse fuera de la comunidad. Y se estableció un pacto de confidencialidad en los grupos, para que las reflexiones que se daban no se sacaran fuera del mismo, como base para construir la confianza entre todas.
Segundo, las investigadoras nos involucramos en todas las reflexiones que hacíamos con las sobrevivientes desde nuestras propias experiencias. Las investigadoras no sólo fuimos a conocer la realidad de la violación sexual de las “otras”, sino que nos reconocimos como parte de esta realidad. Todas, aunque desde diferentes lugares, teníamos algo que decir sobre la violación sexual, los incestos, el aprendizaje de la sexualidad y del racismo, la guerra y la colonización. Todas estamos marcadas por estas historias, aunque sea desde lugares de poder distintos. Además, nos reconocíamos como parte de este proceso de denuncia colectiva, de memoria histórica y de exigencia
de condiciones de justicia y libertad para las mujeres. Como señalamos en el informe de investigación de Tejidos que lleva el alma (Fulchiron et al. 2009: 16), la investigación se convirtió en un proceso de diálogo en el que nosotras mismas como investigadoras fuimos cambiando nuestras visiones del mundo, interpretamos nuestras vidas desde otras miradas y las hemos ido transformando. “Se trataría de un conocimiento mutuamente compartido, basado en la inter subjetividad de la interacción, un conocimiento más profundo y objetivo, cuanto más íntegra e íntimamente subjetivo” (Franco Ferrarotti, citado en Pujadas Muñoz 2002: 10).
Tercero, conscientes del poder que conlleva escribir el texto final desde nuestras preconcepciones del mundo, fuimos muy cuidadosas en recoger y plasmar en el texto tanto sus interpretaciones como las nuestras, así como registrar los cambios de interpretación que en este diálogo y proceso de re- significar la vida iban teniendo. Procedimos a re-leer las historias de vida con ellas, en sus idiomas, para que pudieran añadir, borrar, hacer comentarios o volver sobre su interpretación a partir del proceso de re-significación que estábamos haciendo juntas en Actoras. Este proceso significó mucho para ellas, porque lo vivieron como una muestra de respeto hacia su vida y sus historias: “Nunca pensé que me iban a leer mi historia”, comentaron. En este sentido, creemos que la devolución de todas las historias de vida a sus autoras y en sus idiomas fue fundamental para que la investigación no se convierta en un proceso unilateral, donde ellas “nunca reciben nada a cambio”. La reciprocidad es un principio fundamental en la cosmovisión maya, así como la base de la ética feminista.