Elena Grau Biosca
6. Qué emerge de las narrativas de mujeres
El proyecto de CVMMC ha puesto el foco en entender los significados que las mujeres entrevistadas han dado a su experiencia de la guerra. De las narrativas emerge una diversidad que responde a los recorridos biográficos, las circunstancias, los elementos identitarios que se cruzan en cada mujer, y a su forma de afrontar y elaborar los hechos traumáticos. Para cada hecho codificado hay muchas reacciones, formas de enfrentarlo y valoraciones opuestas de hechos parecidos. Cada mujer ha recorrido un itinerario vital y le ha dado sus significados. No obstante, hay elementos que se imponen interpelando los marcos interpretativos, confirmando o subvirtiendo conceptos.
Por lo que se refiere a los hechos de violencia, los testimonios corroboran la existencia del continuum de las violencias apuntado por las autoras feministas (Moser 2001; Cockburn 2001). Es decir, que la violencia contra las mujeres, y en especial la violencia sexual, permea toda su experiencia y no es privativa de los contextos de guerra. Por el contrario, la violencia que la guerra
exacerba tiene una continuidad hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, con múltiples ramificaciones y tipos. Las narrativas de las mujeres entrevistadas enlazan violencias en distintos ámbitos de relación a lo largo de sus recorridos biográficos: identifican violencias en la infancia, la juventud y la edad adulta; y la identifican en los espacios privados y públicos, señalando el ámbito familiar como un espacio de riesgo e impunidad. Aunque ellas describieron las violencias como hechos que habían sido habituales en sus vidas, y a pesar de que algunas no hubieran pensado que la relación entre los sexos pudiera ser de otro modo, todas expresaron el sufrimiento provocado por la violencia y manifestaron lo incomprensible de unas prácticas masculinas dirigidas a hacer daño a las mujeres.
En la escucha atenta de los testimonios, junto al sufrimiento por las violencias infligidas a las mujeres, se pone de manifiesto la subversión de una idea de heroicidad preponderante. La heroicidad ha nombrado acciones definidas por un propósito, orientadas por un ideal y que involucran en general hechos de muerte (matar o morir). En las narrativas de mujeres, la heroicidad aparece en cambio como una actitud y un hacer para mantener la dignidad, para ejercer la autoprotección y el cuidado, para preservar las relaciones humanas cuando casi no hay espacio para la acción. Se trata de heroicidad femenina porque ellas narran sus gestos de interposición, confrontación, evitación, huida o burla perspicaz, destacando el riesgo y el coraje, y calificándose a ellas mismas como “verracas”. Este heroísmo se manifiesta en formas de actuar que son para preservar la vida. Kimberly Theidon (2009) señala incluso cómo “las mujeres [peruanas quechuahablantes] situaban sus experiencias de violencia sexual –episodios de victimización brutal– dentro de narrativas femeninas de heroísmo”.
Conectado con lo anterior, la resistencia y la iniciación a la acción política en esferas públicas se relata mayoritariamente como movilización en nombre de los vínculos, más que como proceso de toma de conciencia y organización política. Esto se encontró sobre todo en las narraciones de mujeres desplazadas que desplegaron excelencia femenina al pensar políticamente el conflicto y el futuro del país desde la política primera; es decir, atendiendo a las relaciones cercanas y las necesidades básicas. Las mujeres, conocedoras de los umbrales de la dignidad humana, empezaron su lucha para conseguir aquello que es imprescindible para restablecerla. Señalaron la importancia de la morada, el espacio de la intimidad y la convivencia que es la casa, el ejercicio de la capacidad de obtener el sustento, la posibilidad de aprender, de educarse y las condiciones para la creación social de relaciones y proyectos que mejoran la vida colectiva. Las mujeres en desplazamiento forzado lideraron acciones y
organizaciones en los nuevos asentamientos de población para convertirlos en barrios habitables.
Otras formas de resistencia se dieron como respuesta a la ruptura de los vínculos y la suspensión de la relación que entrañan las violaciones graves de derechos humanos como la desaparición forzada o las ejecuciones extrajudiciales. En esos casos, la fuerza de la relación y del amor ha sido la palanca para la movilización junto con otras mujeres, para la reflexión política y la acción en defensa de los derechos humanos. La heroicidad y la resistencia de mujeres están ancladas en la relación con una misma y con las y los otros. Es decir, las mujeres se viven a ellas mismas insertas en un universo relacional con un proyecto propio que no puede prescindir de los vínculos con otros.
De las narrativas de mujeres emergen dimensiones que invitando a la re- flexión, tienen que ver no sólo con la documentación de los hechos de violen- cia y el tipo de prácticas o de acciones que ellas realizaron. En las entrevistas, al hablar de los impactos recibidos, las mujeres verbalizaron cómo experi- mentaron el daño infligido y también los caminos que les permitieron transitar desde el dolor y el quebranto hacia nuevos sentidos para seguir viviendo.
Ellas refirieron daños y heridas, ruptura del proyecto personal, destrucción de espacios de vida, pérdida de seres queridos, desestructuración del tejido social como hechos que dejan un poso de malestar psíquico y físico. Sus narrativas hablan de cuerpos que se transforman y enferman al absorber el impacto de las violencias, directas e indirectas, que así se inscriben en ellos. Las mujeres expresan pues la corporalidad de la experiencia como memoria sedimentada en sus cuerpos. En los cuerpos los hechos perduran en el tiempo; ellos sufren los síntomas de la historia y se convierten en procesos y sitios históricos (Theidon 2009).
Por otra parte, al rememorar el hecho de haber sobrevivido a la violencia, los relatos remiten a la complejidad de una experiencia que se presenta a menudo como contradictoria o situada en un lugar de intersección de sentimientos y saberes que estiran en sentidos opuestos: sentirse morir y saber que hay que seguir viviendo; la sensación de impotencia y el seguir pudiendo; el sacar fuerzas de donde no las hay; la fortaleza que surge desde la fragilidad extrema; manifestar que el daño es irreparable y saber que hay que mirar hacia el futuro; haber perdido lo que más se quería y vivir por lo que más se quiere. En el entramado de esa complejidad se habla del dolor como un lugar por el que las mujeres entrevistadas han aprendido a transitar, explorando con profundidad una experiencia humana que se resiste a ser contada.
Estos son algunos de los elementos percibidos que se deben poner en diálogo con las herramientas de análisis y los marcos de interpretación para mejorar la calidad del conocimiento en el terreno de la investigación feminista y de los derechos humanos.
Para acabar y desde otro plano, en el proyecto se ha obtenido un conocimiento que permite hacer un mapa más verdadero de la experiencia de la guerra estableciendo una memoria de la misma con múltiples narrativas. En este caso, las narrativas de mujeres en primera persona contribuyen a conocer mejor “lo que ocurrió” dando a conocer “lo que me ocurrió”. Se discute así la hegemonía en el discurso histórico a quienes detentan el poder institucionalizado de nombrar. En particular se pone en cuestión, o se desbarata, la operación de neutralización del discurso histórico realizada por el sujeto masculino, blanco, rico y noroccidental. Una operación por medio de la cual se ejerce la violencia simbólica de hacer pasar por universal la experiencia del “uno” dejando a todas las “otras” y todos los “otros” en la mudez.
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