Capítulo 3. El encuentro entre dos lenguas: el traslado de textos para armonizar el mundo novohispano
3.5 La armonía en el horizonte de Olmos
3.5.3 En consonancia con los textos bíblicos
La existencia de América ―territorio ignoto― establecía un necesario reacomodo en la interpretación de los textos bíblicos que señalaban a través del Génesis un proceso creador único en el que parecía no tener cabida este territorio ni sus habitantes. Olmos, al igual que muchos de sus contemporáneos, también intentó integrar armónicamente la relación entre la verdad revelada por las Sagradas Escrituras y los hechos manifiestos como realidad del Nuevo Mundo.220 De allí su afán por incluir a sus habitantes discursivamente en el plan divino de la
creación. Los indios habían sido creados por Dios pero habían sido sometidos por el demonio, como lo demostraba su persistencia en la idolatría.
En última instancia, desde hacía mucho tiempo el demonio habría sentado sus reales en estas tierras, lo que explicaba de algún modo que se hubiera ignorado su existencia. Así, Olmos no dejó escapar la oportunidad que le ofrecía hablar del acceso carnal del demonio con algunas mujeres y los seres engendrados por esta vía, en tanto que le proporcionaba la ocasión de integrar a México en sus narraciones.
Por fin, el Diablo se transforma a veces en varón para alcanzar acceso carnal con una buena mujer, y a veces se hace mujer para dormir con un varón bueno, y así concibe. […] Ellos, los gigantes, así nacieron, los quinametin (los primeros gigantes)…221
Eran muy espantosos, como bestias fieras. En México, en la morada del visorrey yo he visto sus huesos, muy grandes, de tal modo que parece que por aquí cerca vivieron hace mucho tiempo.222
220 Algunos textos que permiten ubicar las distintas concepciones mantenidas en la época en relación a
la presencia del hombre en América son Anthony Pagden, La caída del hombre natural, Alianza editorial, Madrid, 1988; Edmundo O’Gorman, La invención de América Investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir,F.C.E., México, 1984. Véase también
el prólogo de este autor a la Historia natural y moral de las Indias de José de Acosta.
221La presencia de gigantes constituye un elemento de la cosmogonía mesoamericana, que los ubica en
la segunda era o segundo sol, según los Anales de Cuauhtitlan, cuyo contenido encuentra su paralelo en la iconografía que muestra la Piedra del Sol, y que dice: «El segundo sol que hubo y era signo del 4
ocellcil (jaguar), se llama Ocelototanituh (sol del jaguar). […] En este sol vivían gigantes: dejaron dicho los viejos que su salutación era “no se caiga usted”, porque el que caía, se caía para siempre», de esta manera narrativa se explicaban los indios la presencia de huesos fósiles gigantes. Gordon Brotherston, op. cit., p. 306. Por otra parte, habrá que tomar en cuenta que como señala Anthony Pagden, el pensamiento de los hombres del siglo XVI estaba invadido por extraños seres fantásticos extraídos de la literatura imaginativa de la Baja Edad Media, lo que condujo a los viajeros de ese tiempo a que buscaran gigantes, amazonas o pigmeos. Anthony Pagden, op. cit., p. 29.
Si bien el imaginario medieval estaba lleno de seres mitológicos, en el que se incluía tanto a gigantes, dragones, unicornios, faunos, elfos, gárgolas, ninfas y otros, la explicación a este pasaje en el texto de Olmos me parece que no responde exclusivamente a este orden discursivo.
El capítulo de Olmos en el que aparece esta mención a los gigantes no existe en la versión de Castañega ni hace él referencia alguna a estos seres en otra parte de su texto. Indudablemente, respondía con ello a la necesidad de ofrecer una explicación que incluyera a la Nueva España dentro de las narrativas de la creación desde la perspectiva cristiana. El franciscano ubicaba la presencia de estos gigantes antes del diluvio en términos temporales y espacialmente en el territorio novohispano tan conocido por él; hubo gigantes (él ha visto sus huesos) y hubo diluvio (narración bíblica sumamente conocida) de modo que esta tierra participó de la creación.
Esta misma narración acerca de los gigantes en la Nueva España, la encontramos en Mendieta223 quien retoma lo dicho por Olmos y añade información:
Hallóse en la memoria de los indios viejos cuando fueron conquistados de los españoles, que en esta Nueva España en tiempos pasados hubo gigantes, como es cosa cierta […] El padre Fr. Andrés de Olmos, tratando de esto, dice que él vio en México en tiempo del virrey D. Antonio de Mendoza, en su propio palacio, ciertos huesos del pie de un gigante que tenían casi un palmo de alto: entiéndese de los osezuelos de los dedos del pie. Y yo me acuerdo que al virrey D. Luis de Velasco, el viejo, le llevaron a otros huesos y muelas de terribles gigantes…224
Volviendo a Olmos, debo señalar que él introdujo elementos que le daban verosimilitud al discurso, ya que al incorporar este tema en el tratado lo hace colocándose él, como quien había visto los huesos enormes, además de referirlo a un sitio específico: la casa del virrey en México.
222 Olmos, Tratado de hechicerías y sortilegios, p. 31. Esta cita nos recuerda el comentario de
Brotherston, op cit. p. 366 en relación a que el Códice Ríos «…de manera explícita menciona los huesos fosilizados de gigantes desaparecidos, debidamente llevados y mostrados en el siglo XVI, a
españoles que no los comprendieron…».
223 Además de Mendieta, también Zorita y Torquemada retoman la mención que hizo Olmos acerca de
los gigantes en la Nueva España.
Además de ubicar su discurso en el horizonte de recepción de sus escuchas, el recurso de incluir en la narración hechos que añadían verosimilitud servía para integrar los eventos de manera que pudieran coincidir con las explicaciones bíblicas del mundo. Por ello, la presencia del demonio, cuya presencia real era indiscutible en la mentalidad de los cristianos de la época, no se mantenía en términos discursivos exclusivamente en los espacios bíblicos sino que se trasladaba a través de las narraciones a territorio novohispano, con lo que se le acercaba a la realidad de los escuchas.
Hijos míos: incontables son los procedimientos del Diablo para engañar a la gente. Sabréis que cuando yo, fray Andrés de Olmos, allá vivía, en la región de Cuernavaca, quizá ya (hace) veinte años, un hombre casado vivía en un templo; me dijo que oyó que él, el hombre- tecolote (el Diablo), se apareció a un hombre y le mandó que llamara a algunos en secreto…225
Para integrar lo narrado a la realidad que vivían los interlocutores de Olmos, el mismo narrador se convertía en personaje de la historia, y ubicaba el acontecimiento en un tiempo y un lugar reconocidos por ellos; el resultado era convincente, sobre todo en la medida que mantuviera consonancia con lo vivido y fuera susceptible de ser creído.
Ofrecer una identidad al demonio implicaba ubicarlo temporal y espacialmente, no sólo por sus apariciones sino por los resultados de su actuación en el mundo:
Hace muchos años, gentes del pueblo eran así sacrificadas ante los diablos, y colgaban y sangraban como está escrito. A causa de él, del Diablo, a veces se recuerda que hubo espantosos sacrificios sangrientos, efusiones de sangre, crímenes; mucha sangre se esparcía en su morada, en México, y esto por todas partes se hacía cuando llegaron los hombres de Castilla...226
La noción de demonio constituyó en el trabajo de Olmos un serio obstáculo que le impidió constantemente allanar el camino de una evangelización sin altibajos, Olmos se esforzó por incluir en el espacio novohispano la presencia del demonio, debía convencer a los indios de su existencia para poder convencerles de su maldad. No obstante, en la cita anterior llama la atención que Olmos ubicaba los sacrificios en un tiempo atrás en el que él no se sitúa, no
225 Olmos, Tratado de Hechicerías y sortilegios, p. 43, cursivas mías. En la versión de Castañega el
capítulo «Cuáles son los ministros del demonio» no incluye estas narraciones ni otras parecidas.
226 Ibid., p. 69.
constata con su presencia estos hechos. Más bien, me parece que ha retomado discursivamente a Castañega, que en el capítulo respectivo señala:
Por ende el demonio, trayendo a la memoria los sacrificios pasados en que le sacrificaban niños y derramaban en los templos mucha sangre humana como si en ello se deleitase, agora por sus ministros lo mesmo trabaja, como dicen que se hace entre los idólatras de la nueva España…227
La existencia de gigantes cuyos huesos Olmos había visto, también le ofrecieron la oportunidad de darle verosimilitud a otra aparición diabólica:
Y me han dicho que allá en Tezcatépec se apareció el Diablo a algunos señores como un
gigante, y les pidió que mataran a un guardián castellano que allá guardaba, llamado Juan Cordero.228
La constante referencia a nombres de lugares y personas, algunos del Viejo Continente pero muchos otros pertenecientes a la Nueva España, ofrecía argumentos convincentes de la presencia del demonio en ambos mundos, de modo que los indios no pondrían en duda su existencia.
227 Castañega, op.cit., pp. 26- 27.
228 Olmos, Tratado de hechicerías y sortilegios, p. 45, la cursiva es mía. Este párrafo no existe en la