Capítulo 3. El encuentro entre dos lenguas: el traslado de textos para armonizar el mundo novohispano
3.1 La lengua castellana y sus recursos
Nebrija elaboró una gramática del castellano que daba a conocer las reglas que regirían el idioma para preservar su pureza, pulirla y darle esplendor, como convenía a la lengua del reino de Castilla. Además de los vocabularios latín-castellano y castellano-latín, que permitían un adecuado manejo lexicográfico.
El castellano podía establecer estas reglas precisamente porque existía un buen número de autoridades cuyo dominio lingüístico se daba a conocer a través de la literatura, que poco a poco había ido consolidando una trayectoria que se había iniciado entre los siglos doce y trece, y que hacia el siglo XVI mostraba una gran vitalidad (habrá que recordar el auge de la novela
de caballería).
Las manifestaciones escritas del castellano además de tener presencia en el ámbito literario hacían su aparición en otros espacios como el religioso. A partir del ascenso del cristianismo, la retórica se constituye en un apoyo pedagógico para la conversión de nuevos adeptos, dando lugar a la Homilía o predicación. En este sentido, debo hacer especial mención al trabajo de San Agustín en De doctrina christiana que recupera con sentido cristiano los principios retóricos de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. En el siglo V tuvo lugar la
separación entre la retórica clásica y el inicio del discurso medieval, dos obras marcan este proceso: el texto ya mencionado de San Agustín y De nuptiis Philologiae et Mercurii de Marciano Capella. Entre los siglos V y VII se revitalizó la obra de Cicerón y aparecieron
aportaciones nuevas de autores como Fortuniano, Casiodoro e Isidoro de Sevilla, cuyas obras privilegian el uso del lenguaje figurado. Las obras de gramáticos latinos de la talla de Donato y Prisciano obtuvieron su máxima difusión hacia los siglos XII y XIV, estas gramáticas tenían la
particularidad de incluir un arte retórica. Durante la Edad Media, el cristianismo «mantiene la idea de la retórica clásica de que el estilo era un instrumento adaptable a cualquier
argumento...».140 Así bajo el impulso agustiniano, las órdenes mendicantes trasladaban la
retórica pagana a la oratoria sagrada y daban lugar a la tradición retórica eclesiástica que atendía a las artes praedicandi, cuyo fruto fue la composición de los sermones. A partir del siglo XII apareció una nueva forma de predicar, la del sermón temático que se redactaba
siguiendo un esquema inicial, que requería un conocimiento del arte retórica.141
Y aunque en el siglo XIV el arte de predicar perdió su aspecto creativo y se constituyó
en una tarea mecánica, la situación cambió durante el Renacimiento en el que se recuperó nuevamente la tradición clásica, pese a mantenerse la separación entre lo sagrado y lo profano.142
En la tradición retórica eclesiástica hubo diversas tendencias: preferir algún género en particular, o privilegiar un estilo determinado. Desde el Concilio de Trento todas las órdenes religiosas trataron de «impulsar una nueva predicación, aunque ignorando cuestiones formales de estructura, y normativa retórica, para profundizar en el contenido del sermón y en la figura del predicador virtuoso».143 La retórica católica y la protestante mantuvieron en común la
intención de adaptar la retórica clásica a la teología cristiana, la consideración del Espíritu Santo como fuente de inspiración y el acento emotivo en la predicación. Los protestantes preferían el género didáctico a diferencia de los católicos que utilizaban más el género deliberativo, rechazaban el estilo llano y otorgaban mucha importancia a los elementos emocionales. Bajo este contexto aparecieron la Rhetorica christiana de Valadés (1579), De rhetorica ecclesiastica de Augustino Valiero (1574) y la Rhetorica ecclesiatica de fray Luis de Granada (1576).144
140 Juan Carlos Gómez Alonso «Adaptaciones de la retórica eclesiástica: fray Luis de Granada y fray
Diego Valadés» en Arriba Rebollo et al, Temas de retórica renacentista, UNAM, México, 2000, p. 93.
141 Gómez Alonso, op. cit., p. 94. 142Loc. cit.
143 Gómez Alonso, op. cit., p. 98. 144Ibid., pp. 98-99.
La predicación que se hacía en castellano, tanto en España como en el Nuevo Mundo, usualmente contaba con sermonarios escritos145 ya fuera en latín o en lengua de Castilla:
algunos clérigos manejaban ambas lenguas y el texto en latín era seguido a manera de guía, cuando la predicación se hacía en otra lengua. Por otro lado, gran parte de los sermones fueron compuestos a partir de los principios retóricos cristianos, ya existentes para entonces.146
El sermón de los pecados mortales que Olmos trasladó al mexicano fue escrito originalmente por san Vicente Ferrer en el siglo XIV en latín, y posee por lo tanto una
estructura marcada por la retórica cristiana que imperaba en este periodo. Este texto era considerado un modelo a seguir durante el siglo XVI, como puede deducirse a través de la
presencia de varios ejemplares en algunas bibliotecas conventuales.147
Cuando Olmos eligió el sermón de san Vicente Ferrer para trasladarlo al mexicano lo adaptó a las nuevas circunstancias de la evangelización que él realizaba: «.. vista una traça que creo es de San Vicente seguí lo más della, sacando fuera las circunstancias por no hacer prolixos los principales sermones [...] poniendo las circunstancias por en parte en manera de pláticas, ya que no lleven la traça de sermones».148
De la misma manera, siguió a Castañega siempre pendiente de que había que adaptar el texto. A estas adaptaciones nos referiremos en los siguientes apartados de este mismo capítulo, con la intención de demostrar que Olmos buscaba integrarlos armónicamente.
145 En Historia de la literaratura náhuatl, tomo II de Angel Ma. Garibay se puede localizar un listado
de sermonarios escritos tanto por franciscanos como por dominicos y agustinos.
146 La prohibición de usar las lenguas vernáculas se aplicaba de manera estricta a la Biblia y los
Evangelios, se aceptaba en cambio la preparación de textos para la predicación de los fieles, como los sermones. Dominique Julia, «Lecturas y contrarreforma», en Cavallo y Chartier, Historia de la lectura en el mundo occidental, editorial Taurus, Madrid, 2001, p. 426
147 Baudot, prefacio a, Olmos, Tratado sobre los siete pecados mortales, p. XIII. 148 Olmos, Tratado sobre los siete pecados mortales, Prólogo, p. 3.