Charles no acabó siquiera de leer el primer capítulo del libro de Malthus. La feroz tormenta de ideas conformada tras meses de acumular datos, referencias, observaciones, repentinamente se despejó y ahora su cerebro, como si lo hiciera a través de una límpida atmósfera, veía con claridad cristalina cuál era el motor que generaba esa infinitamente compleja maquinaria causante de la inmensa diversidad biológica sobre la faz de la Tierra y de los ejemplos de sutiles e increíbles adaptaciones de los organismos que maravillaban a los naturalistas de su tiempo.
"Lo que sugiere y demuestra Malthus es que el hombre, pero seguramente también todas las especies —asentó Charles en su diario de notas— tiene una capacidad de incrementar el número de sus individuos en forma tal que puede llegar a ser explosiva; la limitación de recursos en su ambiente actúa como un potentísimo selector sobre el exceso de individuos; éstos, al ser diferentes uno del otro, varían en sus características y, consecuentemente, en su capacidad de obtener los escasos recursos, escapar de sus depredadores, etc. Me es claro ya, por los resultados de la domesticación de animales y plantas y por los datos que he obtenido con agricultores y granjeros, que las características de los individuos pueden ser transmitidas a su descendencia. Si los individuos más aptos son los que sobreviven y heredan estas características a su progenie, entonces se establece un mecanismo que puede cambiar, diferenciar e inclusodar origen a las especies. ¡Finalmente tengo una teoría sobre la cual puedo trabajar!"
Charles no pudo seguir con la lectura del Ensayo sobre el principio de la población; una euforia profunda, pero extrañamente tranquilizadora, como la que debe de sentir un río cuando desborda su cauce, lo permeaba. Antes de leer a Malthus presentía la existencia de un principio de selección en el proceso de cambio de las especies; lo que Charles descubrió al leer el Ensayo fue cómo aplicar ese principio. Estaba muy impresionado por la forma tan nítida en que Malthus demostraba matemáticamente los resultados de la tasa geométrica de crecimiento de la población humana, y la contrastaba con la tasa aritmética de incremento del alimento del que depende para su subsistencia. Por primera vez Charles concebía a los organismos de una especie como una población, es decir como un conjunto de individuos íntimamente relacionados entre sí.
Lo que esperaba a Charles ahora era el enorme trabajo de convertir esa idea diáfana, esa incipiente "teoría sobre la cual ya puedo trabajar", en un cuerpo de conceptos bien fundamentado. Intuía que la teoría en que estaba basándose era una que no podría probar fácilmente de manera experimental, y que por lo tanto requeriría de la mayor cantidad de ejemplos, pruebas y datos para sustanciar el edificio sólido que quería construir, a fin de que resistiese las críticas que sabía que sus ideas podrían generar y a las que él temía. Intuía en ese momento que tenía tanto el tiempo para acumular todas las pruebas necesarias que hicieran justicia a su creatividad, como la perseverancia necesaria para lograrlo. No estaba equivocado en su intuición: lo esperaba un proceso de 20 años para ello, un proceso que sería todo, menos sencillo.
L A S O N A T A E N L A M E N O R , K . 3 1 0
La inquietud acerca de las perspectivas de matrimonio no lo dejaba concentrarse como quería en sus ideas y en su trabajo. Necesitaba charlar con sus hermanas, quizá también con sus primas Wedgwood, acerca del asunto; probablemente alguna de ellas sugeriría alguna buena idea. Dejó pasar el primer fin de semana de noviembre, puesto que el jueves y viernes coincidían con los días de Muertos y de Todos los Santos, y sería un mal momento para viajar. El siguiente viernes, 9 de noviembre, tomó la diligencia a Shrewsbury. A estas alturas no pensaba en comentar el asunto con el doctor Darwin, principalmente porque no sabría cómo planteárselo. Como siempre, Charles fue recibido con gran regocijo por Erasmus Darwin, Catherine y Susan, quienes veían a Charles con una mezcla de sentimientos fraternales y filiales.
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Erasmus Darwin
Tres días después de la visita a Shrewsbury y a Maer, Charles estaba de regreso en Londres, tocando a la puerta del departamento de Erasmus. No eran más de las cinco y media de la tarde y ya estaba oscuro. "Ras debe de estar tomando el té" murmuró para sus adentros Charles y volvió, ansiosamente, a golpear el pulido aldabón de bronce tres veces. Finalmente escuchó a través de la puerta los amortiguados pasos de alguien que bajaba pesadamente por la escalera alfombrada. La brillante luz de la lámpara del pasillo de entrada deslumbró momentáneamente a Charles; la silueta de su hermano, vestido con una bata de lana y pantuflas y con el pelo desarreglado llenaba el marco de la puerta. Era obvio que había estado dormitando frente a la chimenea.
"¡Gas!, no te esperaba de regreso tan pronto; vamos, Casanova, cuéntame los resultados de tu expedición por la selva de las amazonas. La celeridad de tu regreso sugiere solamente dos resultados: o te has decidido de una vez por todas a renunciar a la idiota idea de casarte y acompañarme en el club de los solteros, o has caído redondo en la trampa de alguna nativa... Pero entra, hombre, que me estoy enfriando. " Charles estaba perplejo por la sarcástica recepción de su hermano. No era la forma ni el lugar para comunicarle el torbellino de ideas desarrollado durante las casi nueve horas de viaje en la diligencia. Esperó a llegar al piso de Erasmus y a que se acomodaran en los dos grandes sillones frente a la chimenea, después de que su hermano había puesto la tetera llena de agua a calentar en la estufa.
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Emma [Wedgwood] Darwin
"Ras, el viaje a Shrewsbury y Maer ha sido crucial en decidir mi vida respecto al matrimonio. Aparte de que pienso que he hecho una decisión que puede ser calificada como buena, me doy cuenta que he estado ciego durante muchos años. Le he propuesto matrimonio a mi prima Emma. " Una cascada de palabras se precipitó desde la cabeza hasta la lengua de Charles y sentía que tenía que darle rienda suelta. "Necesito contarte Ras, necesito contarte todos los detalles... ha sido algo increíble... —la excitación lo tenía sentado al borde del sillón— Kathy y yo fuimos a Maer el fin de semana; el sábado en la mañana salimos a pasear Emma, su hermana Elizabeth y yo. Quería saber su opinión sobre qué hacer respecto al matrimonio, pero todo el tiempo que estuve junto a Emma sentía una plancha en el estómago; su brazo enlazando el mío cuando caminábamos por el robledal de Maer me causaba una sensación tan electrificante que ni siquiera me permitía poner atención a lo que ella o Elizabeth comentaban. Creía tener la cabeza separada de mi cuerpo, viajando en alguna otra galaxia; Emma y yo habíamos caminado tomados del brazo decenas de veces, pero sin experimentar lo de esta ocasión. Incluso pensé que sería una nueva recurrencia de la fiebre de la que acababa de recuperarme. Cuando regresamos me hallaba en un estado de ansiedad tal que difícilmente pude participar en la conversación a la hora del almuerzo y por el resto de la tarde. El domingo asistí por primera vez en mucho tiempo a los servicios en la iglesia de Maer; me sentí muy raro ahí, no sé si como efecto del día anterior o porque el sermón del primo de Emma me pareció tan distante, irreal e inaceptable. Era sobre la condenación eterna de los que no creen en las enseñanzas de la doctrina cristiana. ¿Te imaginas?, tú, nuestro padre, yo, algunos de nuestros mejores amigos, estaríamos irremisiblemente condenados... no puede ser. " Una sonora interrupción de Erasmus le cortó el hilo de su
historia: "¡Diablos, Gas!, ¿Puedes dejarte de rodeos e ir al grano?"
"Lo siento Ras, pero no creo que pueda explicar coordinadamente lo que experimenté durante ese fin de semana." Charles se echó para atrás en el sillón hundiéndose casi totalmente: "Al volver de la iglesia estaba demasiado agitado para poder hablar con alguien; estoy seguro de que Emma lo notó y decidió dejarme solo en el jardín. No recuerdo cuánto tiempo pasé en el jardín, pero debo de haber dejado un surco con mis pisadas en el césped de tanto caminar alrededor de los macizos de rosales. Cuando volvía a la casa, escuché la distante música de un piano que, a través de las puertas de la sala, flotaba hacia el jardín. Me acerqué lentamente a la puerta de la sala, mis pisadas amortiguadas por el húmedo césped; Emma, sentada al piano tocaba una pieza de Mozart, la Sonata en la menor, que me encanta. Desde donde estaba, la veía casi de perfil, con la cabeza ligeramente inclinada; muy bajo, el Sol le iluminaba el cabello que caía sobre los hombros descubiertos, cuyo fino vello resaltaba por el efecto del dorado tono de la luz. Ras, en ese momento, algo, desde muy adentro, me empujó lágrimas a los ojos y me hizo descubrir repentinamente que, sentada en el banquillo del piano, se encontraba la respuesta a mi angustiante búsqueda. Envuelto por la música, me acerqué a Emma, y sentándome junto a ella le pasé mi brazo por sus hombros. Hubiese querido que siguiera tocando el piano, pero me imagino que uno no puede tocar bien cuando le apresan, como yo lo estaba haciendo, ambos brazos... En frases entrecortadas y atropelladas le dije que siempre la había amado, que no me había dado cuenta de ello, que yo no era muy atractivo, que si ella me amaba, que si consideraría siquiera la idea de casarse conmigo... Su reacción fue un primer beso del que hasta ahora siento las vibraciones en mis labios y una respuesta que me dejó atónito: Charlie, aparte de ser el hombre más honesto que he conocido, eres el más lento; he esperado años a que me propusieras matrimonio. Siempre te he querido y a veces llegué a pensar que este momento nunca llegaría; me siento feliz y estoy segura de que lo seré aún más cuando nos casemos. El tío Joshua, nuestro padre y las hermanas quedaron encantados con una noticia que más que sorprenderlos, los ha aliviado; me he quedado con la impresión de que el único miembro de la familia que no sabía que me iba a casar con Emma Wedgwood era yo... ¿Qué piensas de todo esto, Ras?"
Un silencio empezó a saturar el aire de la sala; Charles permanecía callado, en espera de la reacción de su hermano. Erasmus se aclaró la garganta, se irguió con las manos entrelazadas, apoyando los codos sobre los brazos del sillón y en
un tono grave, casi sepulcral, pero con un secreto brillo en los ojos, le espetó: "Lo único que me queda en este momento, al parecer, es expresarte mis sinceras condolencias; no hay duda de que no tienes madera de soltero mi querido Gas. Pero debo decirte que a mí no solamente no me sorprende tu decisión, sino que me divierte. Al menos no estás ampliando innecesariamente el círculo familiar al haber escogido a la prima Emma. A pesar de que es un año mayor que tú, ella es un dulce de mujer, físicamente atractiva, que siempre te ha querido y que con seguridad tendrá la paciencia para soportar todas las excentricidades y exigencias exóticas de un naturalista fanático como tú. ¿Cuándo es la boda? Espero que instalen su domicilio aquí en Londres pues no se puede vivir en ningún otro lugar del país. ¿Qué vas a hacer respecto a buscar casa? Requerirás de mi ayuda para encontrar algo adecuado; mañana mismo empezarnos a recorrer casas y departamentos; tienes que encontrar algo decoroso para tu bella futura esposa". Erasmus empezaba ya a sonar entusiasmado con la idea de que su hermano menor pronto contrajera nupcias. "Contéstame Gas, ¿para cuándo es la boda?" Charles estaba ruborizado por el placer de darse cuenta de que su hermano, al que tenía en tan alta estima, también aprobaba, a su manera, su decisión respecto al matrimonio. "No he querido que sea un noviazgo largo, Ras. Ya he perdido bastante de la compañía de esa maravillosa mujer. Hemos decidido casarnos hacia fines de enero, el 29 para ser preciso."
Los dos hermanos Darwin recorrieron cerca de una docena de casas; Charles estaba alarmado por el alto costo de las rentas. Finalmente decidió que era necesario que Emma visitase algunas de ellas para tomar una decisión. Tras una tediosa búsqueda, Charles y Emma rentaron una casa en el número 12 de la calle Upper Gower, frente a la Universidad de Londres y a unas cuadras del Museo Británico. Era una vieja construcción de cinco pisos, relativamente bien conservada, pero decorada con una estridencia tal que Charles la bautizó, para deleite de Emma como la "casa guacamaya."
11 Alan Morehead, Darwin: la expedición en el Beagle ( 1831-1836 ), Barcelona, Serbal, 1980.
U N B A R C O C O N M U C H O S P A S A J E R O S
La agitación de los preparativos para la boda se vieron salpicados por sucesos importantes en la vida de Charles. Por un lado su nombramiento como secretario de la Sociedad Geológica y su ingreso al Ateneo por recomendación de Lord Shelburne, un antiguo amigo del doctor Darwin. Pero sin duda, el mejor regalo de bodas que desde el punto de vista académico Charles pudo ofrecer a su futura esposa, fue su elección como miembro de la Real Sociedad, en enero de 1839, a los 30 años de edad. Charles viajó a Shrewsbury para la boda y el 28 de enero, en compañía del doctor Darwin y de sus hermanas Catherine y Susan, llegó a Maer Hall para pasar la noche. Un ejército de parientes ya se encontraba alojado ahí, celebrando animadamente la víspera de la boda. A las diez de la fría mañana del 29 de enero, Emma y Charles entraron a la sobria iglesia de Maer, cuyo vicario, el primo John Wedgwood, los casó en una sencilla y familiar ceremonia que no concordaba con la pompa esperada para el nivel económico de las familias Wedgwood y Darwin, particularmente de la primera. Esto fue en buena parte el reflejo de que ninguna de las dos familias profesaba el rito ortodoxo anglicano, sino el unitario y de que, además, ninguno de los dos jefes de familia era un devoto practicante de su religión.
Después de un sencillo banquete, en el que ni siquiera se incluyó el tradicional pastel de bodas, confección pesadísima que aún se elabora con meses de anticipación "para que madure adecuadamente", Charles y Emma fueron conducidos esa misma tarde en una calesa ligera a la estación del ferrocarril, para viajar a su casa de Londres, donde pasarían su luna de miel. La casa de la calle Upper Gower los esperaba, tibia con el vivo fuego de las chimeneas, iluminada y atendida por el mayordomo de la familia Darwin; el padre de Charles lo había enviado en un gesto de gentileza para auxiliar a la nueva señora Darwin durante sus primeras semanas como ama de casa. Nuevamente, el lazo familiar se extendía generoso y cálido para proteger a sus miembros. A pesar de lo extenuante de la jornada, Charles pudo percibir en su fuero interno, al abrazar a Emma en su habitación, que era un ser particularmente afortunado. Sentía que el barco de su vida tenía repentinamente una peculiar seguridad contra las tormentas y el mal tiempo que pudieran presentarse en el futuro. Y ciertamente, el barco de la vida familiar de Charles llevaría muchos pasajeros, engendrados por una serena, cariñosa y paciente Emma.
La vida familiar de los Darwin, particularmente la de Charles, se desarrolló en medio de lo que, en balance, puede calificarse como armonía y felicidad. Charles y Emma pasaron los dos
primeros años de su vida familiar en Londres, en donde nacieron los dos primeros de un total de diez hijos, seis hombres y cuatro mujeres: William Erasmus, precisamente en el octavo aniversario del inicio del viaje en el Beagle, el 27 de diciembre de 1839 (+1914) y Anne, el 2 de marzo de 1841 (+185 l). Hacia el fin del verano de 1841, Charles decidió que la vida de la ciudad no era compatible con su carácter, su trabajo y su salud y compró una casa en Down, un pequeño poblado rural en el condado de Kent, a una corta distancia de Londres, a donde se mudaron el 14 de septiembre para vivir ahí por el resto de sus vidas. Nueve días después de la agitada mudanza, nació Mary Eleanor, quien, después de afanosos y vanos intentos de varios médicos contratados por sus padres, murió consumida por una enfermedad desconocida antes de llegar a un mes de vida. Henrietta nació en 1843 (+1929), George en 1845 (+1912), Elizabeth en 1847 (+1925), Francis en 1848 (+1925), Leonard en 1850 (+1943), Horace en 1851 (+1928) y finalmente Charles Waring en 1856 (+1858).
X . L A S O L U C I Ó N A L M I S T E R I O D E L O S M I S T E R I O S
LA CONFESIÓN DE UN ASESINATO EL VEREDICTO FINAL
L A C O N F E S I Ó N D E U N A S E S I N A T O
EL FUEGO chisporroteaba vivamente y los grandes trozos de carbón incandescente parecían querer proyectarse fuera del hogar de la amplia chimenea. Charles y Emma estaban en la mesa central, uno a cada lado, con la mirada fija en el centro de la misma, iluminada por la lámpara de pantalla de cristal verde. "¡Con un diantre, otra vez!" La sonora exclamación de Charles estimuló una regocijada y cálida risa de parte de Emma que, con una blanca ficha del backgammon en su mano, declaraba ser nuevamente la triunfadora de la segunda partida de la noche; incorporándose de la silla Emma se inclinó por encima de la mesa para alcanzar la frente de Charles y depositar un beso compensatorio de la humillación de dos partidas perdidas al hilo. Charles tomó la cabeza de Emma con ambas manos y, en justa reciprocidad, la besó tiernamente en los labios, sonriendo ante los ojos de una encantadora mujer que había hecho todo lo que estaba a su alcance para que la recién adquirida casa de Down fuese un verdadero hogar, además de un refugio invaluable para el trabajo de Charles.
En seguida Emma se dirigió al gran piano, regalo de boda de su padre, y como era ya costumbre tocó música durante casi una hora: un poco de Haendel y Beethoven y, desde luego, Mozart. Este corto recital nocturno era el acto que cerraba la rutina de actividades que normaba la vida de la familia Darwin en Down.
Con su brazo rodeando el hombro de Emma, cuya cabeza se reclinaba en el pecho de Charles, los esposos Darwin se retiraron a las diez de la noche a su habitación. La herida de la muerte de Mary Eleanor estaba cerrando, y ambos veían hacia el futuro con una gran esperanza de nuevos y más felices eventos.
Las horas, y con ellas los días y los meses, pasaban por el gran reloj de péndulo de la sala. En septiembre de 1843 nació Henrietta, compensando del todo la muerte de la segunda hija, así como la dolorosa pérdida del padre de Emma un par de meses antes, resultado de una apoplejía. Charles terminó con el año de escribir su manuscrito sobre las islas volcánicas.
Hacía casi dos años que no escribía una sola línea acerca del problema de las especies; su último manuscrito de 1842