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La construcción/implementación de un lenguaje universal Una de las prerrogativas que tuvieron los Borbones a través del edicto que

PARA NARRAR LA HISTORIA

1.1 La configuración territorial como herencia colonial

1.1.2 La construcción/implementación de un lenguaje universal Una de las prerrogativas que tuvieron los Borbones a través del edicto que

promulgara Carlos III en 1779, fue la de la unificación lingüística en sus colonias. La idea era entonces suprimir el uso de las lenguas nativas e incorporar un lenguaje único y universal que facilitara las relaciones políticas y comerciales en los nuevos territorios conquistados por España. Irónicamente, el mismo rey, 20 años después, dirigiría una empresa en pro de recuperar todos los estudios existentes sobre ellas.

Como lo ha mostrado Santiago Castro-Gómez, “la expansión colonial de la Europa Moderna supuso necesariamente el diseño e imposición de una política imperial del lenguaje” (Castro-Gómez 2010: 13). En esta medida, el lenguaje mismo sería consagrado como un elemento ordenador por excelencia, sólo el hecho de nombrar las cosas por primera vez –o al menos creer que se estaba nombrando por primera vez– a través de unas acepciones ‘puras’ y ‘superiores’, otorgaba un carácter de jerarquía y de orden, en el que claro, el blanco europeo encabezaba y estaba en la cima, indiscutible e incuestionable.

En esta construcción, los cronistas de la colonización ‘inventaron un mundo posible’, de hecho, “[…] la incorporación del Cuarto Continente al horizonte mental y lingüístico de Europa supuso, por parte se ésta, una profunda alteración de criterios y códigos, o sea, la adecuación de sus modelos interpretativos y representativos”. (Antei, citado por Barona 1995: 82). A la luz de este lenguaje puro y superior, las lenguas nativas quedaban caracterizadas como ‘imperfectas’ y por ende, prestas a ser englobadas y contendidas dentro de un metalenguaje, capaz de expresar ideas con sentido reflexivo y no simples lineamientos denotativos para nombrar una u otra cosa e incapaces de generar ideas

28 En una reciente publicación, y analizando el tránsito del concepto de ‘casta’ al de ‘raza’, Claudia Leal

expone cómo este cambio estuvo íntimamente ligado a la sustitución del modelo político colonial y monárquico por el republicano, lo que “[…] implicó la construcción de una comunidad política en teoría igualitaria en el seno de una sociedad altamente jerarquizada”. (Leal 2010a: 394). “Aunque algunos elementos del orden jurídico colonial persistieron hasta bien entrada la República –la esclavitud continuó algunas décadas y las tierras comunales indígenas nunca desaparecieron del todo–, había un discurso y una pretensión de igualdad ante la ley que limitaron el uso de ese espacio formal para determinar quién era quien”. (p. 396).

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conexas. Las lenguas nativas fueron declaradas tácitamente como la prehistoria de este lenguaje universal. En general, el conocimiento previo de América

[…] era visto como el oscuro preludio de la ciencia europea, y los naturales americanos como el pasado antropológico de la humanidad. Los territorios más allá

de Europa se convierten de este modo en territorios más atrás de Europa. […] El lugar ocupado en el territorio geográfico se corresponde entonces con el lugar que se ocupa en el territorio étnico, histórico y epistémico. (Castro-Gómez 2010: 244- 245; énfasis en el original).

En este sentido, América no sólo fue leída y traducida “desde la hegemonía geopolítica y cultural adquirida por Francia, Holanda, Inglaterra y Prusia, que en ese momento fungían como centros productores e irradiadores de conocimiento” (p. 15), sino que además, fue obligada a hablarse a sí misma a partir de una lengua foránea que estaba lejos de recoger su percepción territorial, ambiental, política, social y cultural.

Frantz Fanon planteó una contundente premisa al argumentar que “[h]ablar una lengua es asumir un mundo, una cultura” […] lo que significa que el lenguaje da cuenta de los procesos por medio de los cuales se fueron consolidando la colonización y la colonialidad. Es decir que no solamente fue el sometimiento físico, representado en las formas productivas que se establecieron y mediante las cuales también se clasificó socialmente, sino también el sometimiento lingüístico que modificó las formas de nombrar el mundo colonizado –en este caso, Abya Yala–, su memoria, sus imaginarios, sus representaciones, sus prácticas de conocimiento y sus cosmogonías. (Albán 2010: 206-207).

Es decir, la lengua desbordaba su potencial como medio de comunicación, hacia un medio de opresión. Ahora bien, con la extinción de tantas lenguas no solo se perdieron grafos y fonemas, sino todo un conjunto de tejidos vivos para nombrar, interpretar y entender el mundo. A pesar de vestigios y de la pervivencia de algunos elementos que nos permiten acercarnos hoy a la grandeza de este conocimiento, la idea de implementar un orden único a través de la instauración de –entre otros elementos– un lenguaje universal, supuso la invisibilización de una serie de ordenes previos que distaban en gran calibre de ser ‘imperfectos’, simplemente eran diferentes, y la diferencia, claro, suscita temor, temor que fue desvanecido usando la violencia física, pero sobre todo, la violencia y la expropiación epistémica. Esta violencia29, como lo señalara Frantz Fanon, propone una divergencia permanente entre “ellos” y “nosotros”, proponiendo la organización de un “mundo maniqueo, de un mundo dividido en compartimentos”. (Fanon [1961] 2009: 76).

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Ahora bien esta violencia es constitutiva y constituyente del orden colonial, afectando al colonizado y al colono. “La violencia del régimen colonial y la contraviolencia del colonizado se equilibran y se responden mutuamente con una homogeneidad recíproca extraordinaria”. (Fanon [1961] 2009: 80). En sus concepciones, lo propio y lo ajeno, lo autóctono y lo colonial, se responden mutuamente como su opuesto. “La aparición del colono ha significado sincréticamente la muerte de la sociedad autóctona, letargo cultural, petrificación de los individuos. Para el colonizado, la vida no puede surgir sin del cadáver en descomposición del colono. Tal es, pues, esa correspondencia estricta de los dos razonamientos”. (p. 85).

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La jerarquía establecida en el lenguaje sirvió de elemento transversal en la construcción simbólica que los criollos30 establecieron para denotar la superioridad étnica bajo la rúbrica de la ‘limpieza de sangre’31. Siguiendo la hipótesis de Castro-Gómez, que a su vez encuentra cimiento en la noción de habitus desarrollada por Pierre Bordieu, ‘la blancura’, era para los criollos su capital más preciado, no solo garantizaba su posición privilegiada para acceder al conocimiento científico –en un lenguaje también privilegiado–, sino que servía para legitimar “la distancia frente al ‘otro’ colonial que sirvió [irónicamente] como objeto de sus investigaciones. (Castro-Gómez 2010: 15). Sin embargo, bajo este vestido de neutralidad y de objetividad, los criollos entretejieron siempre un carácter de distanciamiento étnico.

Los criollos fueron entonces un vehículo de conducción perfecto para que de manera posterior las ideas de la ilustración entraran a deslegitimar, invisibilizar o aniquilar otras formas de percepción, de saber y de nombrar el mundo, y de uniformarlas bajo un único lenguaje –el científico– y una única forma de racionalidad, la de la modernidad. No está demás decir que ese ‘lenguaje científico’ quiso ampararse en la idea de lograr “una

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Aunque este concepto es ampliamente usado y su connotación resulta familiar, traigo a colación la acepción que sobre el mismo plantea Benedict Anderson: “Criollo: persona de ascendencia europea pura (por lo menos en teoría), pero nacida en América (y por una extensión posterior, en cualquier lugar fuera de Europa)”. (Anderson [1983] 2007: 77).

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En las postrimerías del siglo XV, las persecuciones en contra de los judíos se hicieron cada vez más intensas en el territorio Ibérico, así, una de las únicas alternativas para su supervivencia estuvo supeditada a la conversión al cristianismo. Sin embargo a lo largo del siglo XVI, un buen número de estas conversiones sólo sirvieron de ‘fachada’ para seguir practicando la región y costumbres judías bajo el manto del cristianismo (criptojudaísmo), lo que se consideró como un comportamiento hereje. Como reacción y ‘protección’ a esta situación, las instituciones españolas se blindaron a través de los “Estatutos de limpieza de sangre” (Hering 2010a). Así, con el fin de restringir el acceso de los judeoconversos a las instancias del poder y del saber, los citados estatutos se viabilizaron en el Concejo de Toledo de 1449, “[…] para difundirse progresivamente en numerosas instituciones y organismos a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII. Estos estatutos y las investigaciones genealógicas derivadas de ellos prohibían el acceso a colegios mayores, órdenes militares, monasterios, cabildos catedralicios y a la propia Inquisición a aquellos cristianos a los que se les pudiese comprobar sangre ‘judía, mora o hereje’ en sus antepasados. […] Para acceder a las instituciones regidas por dichos estatutos se hizo menester certificar la ‘pureza de sangre’ mediante la presentación de un árbol genealógico. Este procedimiento de ingreso se denominaba ‘prueba de sangre’, en el que además los ‘informantes genealógicos’ de las correspondientes instituciones examinaban los linajes en cuestión”. (Hering 2010a: 34). Estas prácticas fueron trasvasadas posteriormente a las colonias españolas, y en su momento, fueron hábilmente utilizadas no sólo por aquellos que proclamaban su ascendencia pura/europea, sino por la burguesía criolla, que encontraría bajo estos términos, nuevos elementos para ordenar y jerarquizar los nuevos territorios en un intento persistente por demostrar su ‘superioridad’ con la construcción de la ‘inferioridad’ de otras gentes. En otro momento, Hering (2010b) realiza una interesante revisión histórica sobre algunos momentos específicos en los que se asignaron ‘colores’ a las pieles, presentando una relación en términos de disociación y asociación entre color y raza. Ahora bien, es importante aclarar que “[…] en su inicio, el sistema segregacionista de la limpieza de la sangre no tuvo una relación discursiva con el color de la piel; pero más adelante, […] precisamente, la limpieza de la sangre y la raza se entretejieron, durante la Colonia, con el color de la piel”. (Hering 2010b: 127).

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que permitiera con suma objetividad, el establecimiento de leyes universales.

Tanto el siglo XVI como el XVII servirían de antesala a la consolidación que viabilizó y legitimó el dispositivo de blancura que sería reorientado por los criollos en los siglos XVIII y XIX. Se podría decir que el discurso de la limpieza de la sangre “operó en el siglo XVI como el primer esquema de clasificación de la población mundial.” (p. 54).

Ahora bien, –y siguiendo la línea argumentativa propuesta por Castro-Gomez–, ser ‘blanco’ no tenía tanto que ver con el color de la piel como podríamos imaginarnos hoy, sino con una construcción espacio temporal en la que se anclaba un dispositivo de control frente a “[…] creencias religiosas, tipos de vestimenta, certificados de nobleza, modos de comportamiento, y […] con las formas de producir conocimiento”. (Castro-Gómez 2010: 18). Estas características recogidas bajo la categoría de ‘ser blanco’ construyeron e instauraron un discurso ordenador dotado de poder, categorías estas que desarrolló ampliamente el pensador Michel Foucault y que deben ser referencia obligatoria en el momento de analizar las construcciones discursivas de poder. Así, “[…] las ideas, las culturas y las historias no se pueden entender ni estudiar seriamente sin estudiar al mismo tiempo su fuerza o, para ser más precisos, sus configuraciones de poder”. (Said [1979] 2008: 25).

El modo en que Europa construyó y legitimó a través de un lenguaje universal –el científico– un distanciamiento frente al ‘otro’ y estableció una jerarquización de poderes no obedeció a un fenómeno localizado en territorio americano, la colonización desencadenaba inevitablemente formas de ‘colonialidad del poder’33 bajo las cuales los saberes y ordenes previos sucumbían frente a un orden y un lenguaje universal, el del colonizador.

En su clásico libro “Orientalismo” ([1979] 2008), Edward Said nos mostró cómo los discursos de las ciencias humanas se construyeron sobre estos principios, declarando como ‘ilegitima’ la existencia simultánea de otras formas de conocer y por ende, de producir conocimientos. En suma, “[…] La ilustración no sólo planteaba la superioridad de unos hombres sobre otros, sino también la superioridad [y esto es contundente] de unas formas de conocimiento sobre otras”. (Castro-Gómez 2010: 18).

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Esta categoría de análisis es desarrollada por Santiago Castro-Gómez en su obra: “La Hybris del Punto Cero. Ciencia Raza el ilustración en la Nueva Granada” (2010), siguiendo los postulados del Panóptico de Jeremy Bentham y Foucault.

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Usaré el término Colonialidad del Poder desarrollado y trabajado ampliamente por pensadores latinoamericanos como Aníbal Quijano, Enrique Dussel y Walter Mignolo, para referirme a las formas de relación colonial en el ámbito cognitivo –que superan la época colonial– respecto a los modos de producción, circulación y asimilación de conocimientos, así como a la forma en que esta Colonialidad, expropia, niega y/o asimila como propios conocimientos y formas de saber otras. El la misma dirección, es posible entender el Colonialismo, “[…] como un conjunto de dispositivos sociales y culturales que legitima, da sentido y hace posible la subordinación y la explotación de las personas y los grupo y de sus formas de vida social, económica y política para poner en marcha los designios de una cultura y de su modo de producción, en este caso, de la cultura moderna”. (Serje [2005] 2011: 26).

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En la misma dirección argumentativa y tomando también como referencia a Bourdieu, Margarita Serje ([2005] 2011) nos muestra cómo el lenguaje científico se encarga de encubrir lo ‘mítico’ con lo ‘racional, “duplicando y ocultando a la vez”, así, se produce un efecto simbólico que encubre a través de la aplicación o transferencia de métodos científicos, es esto a lo que se denomina efecto Montesquieu34.

El lenguaje universal al que me he venido haciendo alusión en esta sección, más que hacer referencia a un abanico de lenguas35 vernáculas –que claro actuaron como canal conductor– , ha querido subrayar su dispositivo de poder; superando el punto de hablar o escribir en francés, inglés o alemán, el mensaje de nombrar y apropiar ‘conocimiento’ en estas lenguas supuso un marco de control y referencia, claro está que estas formas de nombrar, experimentaron también el desprendimiento de un código anterior que llegó a ostentar el título de ‘lengua sagrada’, me refiero claro, al latín.

“El latín, que durante siglos había sido el vehículo privilegiado para acceder al conocimiento letrado, comenzó desde el siglo XVII a ceder su lugar frente al empuje de lenguas vernáculas europeas, en las que se venía produciendo el nuevo saber científico de la humanidad”. (Castro-Gómez 2010: 128). El poder del latín, apropiado como un velo teórico que recubría la doctrina de la cristiandad, lo dotó de un carácter de ‘lengua sagrada’ que a su vez, operaba a través del clero, como un canal de comunicación entre la tierra [lenguas vernáculas] y el cielo [latín]. El decline del latín, tuvo en el concepto de Anderson ([1983] 2007) al menos dos razones principales, veamos:

En primer lugar está el efecto que causaron las exploraciones del mundo no europeo, que sobre todo en Europa –pero no sólo en ella– ‘ampliaron repentinamente el horizonte cultural y geográfico y, por ende la concepción que tenían los hombres de las posibles formas de vida humana’ […] En segundo lugar

34 Dicho efecto trata de mostrar como “una de la maneras privilegiadas por occidente para poseer ese

objeto desconocido, que está más allá del umbral de su civilización, ha sido la de arrebatarlo del contexto de su continuidad histórica y geográfica y darle un nuevo lugar en el marco propio”. (Serje [2005] 2011: 81). Bajo un principio argumentativo similar, Zygmund Bauman ([2000] 2009) hace referencia a dos categorías desarrolladas por Leví- Strauss para enfrentar la ‘otredad’ de los otros, estas son: Antropoémica y

Antropofágica. “La primera estrategia consistía en ‘vomitar’, expulsando a los otros considerados irremediablemente extraños y ajenos: prohibiendo el contacto físico, el diálogo, el intercambio social […] Hoy las variantes extremas de la estrategia ‘émica’ son, como siempre, el encarcelamiento, la deportación y el asesinato. Las formas superiores y ‘refinadas’ (modernizadas) de la estrategia ‘émica’ son la separación espacial, los guetos urbanos, el acceso selectivo a espacios y la prohibición selectiva de ocuparlos. […]. La segunda estrategia consiste en la denominada ‘desalienación’ de sustancias extrañas: ‘ingerir’. ‘devorar’ cuerpos y espíritus extraños para convertirlos por medios del metabolismo, en cuerpos y espíritus ‘idénticos’, ya no diferenciables al cuerpo que los ingirió. […]. La primera forma tendía al exilio o la aniquilación de los otros; la segunda, a la suspensión o la aniquilación de su otredad”. (Bauman [2000] 2009: 109; énfasis en el original).

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Según Toledo y Barrera-Bassols (2008), son tres los fenómenos que han contribuido a crear la diversidad geográfica-lingüística: “1) el aislamiento geográfico de las poblaciones humanas, proceso que deriva en un número importante de lenguas ‘endémicas’. […] 2) el enriquecimiento de la diversidad lingüística como la interacción de diversos grupos sociales […]; y 3) la dominación colonial y la internacionalización de los sistemas de comunicación dominado por determinadas lenguas, lo cual origina la extinción de lenguas endémicas a través de la asimilación cultural”. (Toledo y Barrera-Bassols 2008: 32).

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había una degradación progresiva de la propia lengua sagrada. Escribiendo acerca de la Europa occidental medieval, Observó Bloch que ‘el latín no sólo era la única lengua en que se enseñaba, sino que era la única lengua que se enseñaba […] se pensaba que ninguna otra lengua merecía ser enseñada”36 (Anderson [1983] 2007: 35-37).

He querido retroceder cronológicamente en este último aparte para referir que la decadencia o el desuso del latín como “lengua sagrada” y el creciente uso de lenguas vernáculas, supuso también un rompimiento ante la posibilidad de contar con una única forma de expresión, lo que a su vez condujo o hizo parte de una fragmentación territorial. Infortunadamente esta ruptura que acompañó con emoción los avances impetuosos de la ilustración, se convertiría a la postre en nuevo canal para expropiar y negar otras formas de expresión y de conocimiento. Además, es importante señalar que pese a la pretensión ‘universal’ del lenguaje, su uso, enseñanza y desarrollo en el cuarto continente, también estuvo jerarquizado y restringiendo sólo para un cierto grupo de gentes, dejando en consecuencia y fuera de esta ‘universalidad’, a un gran porcentaje de la población.

1.1.3 ‘Geografías jerárquicas de raza’37 y ordenación del territorio Con la colonización del cuarto continente se dio inicio a una marcación territorial que devino en la inminente tarea de empezar a precisar dónde y cómo estaban distribuidos los nuevos dominios de la Corona, en esta empresa, la representación cartográfica fue esencial. Ahora bien, antes que hacer una ‘representación’ de la realidad, las técnicas cartográficas sirvieron conjuntamente al propósito de ‘ordenar’ y establecer límites en el nuevo territorio, y en alguna medida a servir como artilugios para ‘predefinir’ la realidad. Esto es, a generar escenarios previos en la representación y a partir de esta, instaurarlos como reales, por el hecho, claro está, de que se encontraba en un lenguaje privilegiado del conocimiento.

La precisión y actualización de los mapas se convirtió en un imperativo para las aspiraciones de control territorial. Para el siglo XVIII, por ejemplo, en Francia se había

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Es de gran importancia apoyar este argumento con algunas cifras que Anderson utiliza citando el trabajo de Lucien Febvre y Henry-Jean Martin “The Coming of the Book. The Impact of Printing” [1958] 1976. “Febvre y Martin estiman que 77% de los libros impresos antes de 1500 estaban todavía en latín (lo que significa, sin embargo, que el 23% se encontraba ya en lenguas vernáculas) […] algunos escritores del otro lado del Canal que casi eran contemporáneos como Descartes (1596-1650) y Pascal (1623-1662), despachaban la mayor parte de su correspondencia en latín; pero virtualmente toda la correspondencia de Voltaire (1694-1778) estaba en lengua vernácula. […] En una palabra, la caída del latín era ejemplo de un proceso más amplio en el que las comunidades sagradas, integradas por antiguas lenguas sagradas, gradualmente se fragmentaban, pluralizaban y territorializaban”. (Anderson [1983] 2007: 38-39).

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Utilizo la categoría ‘Geografías jerárquicas de raza’ planteada por el historiador cartagenero Alfonso Múnera ([2005] 2010), para señalar las conexiones directas que se establecieron entre el clima, el territorio y los grupos raciales, así entonces, se planteaba que “[…] (las mesetas andinas estaban habitas por las civilizadas y buenas personas blancas de origen europeo, las tierras húmedas y tropicales por los negros y los

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