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CONTEXTO Y CONTENIDO DEL FUNCIONALISMO

In document Marxismo Versus Sociologia (página 116-123)

Durante los años de esplendor de la sociología yanqui hubo otros muchos pensadores muy importantes, pero los decisivos fueron T. Parsons (1902-1979) y R. K. Merton (1910-2003). Entre ambos existieron algunas diferencias secundarias, en concreto las que existen entre las subcorrientes estructural-funcional y funcionalista. La estructural-funcional, la de Parsons, pretendía ser más sistémica, abarcadora y coherente en su interpretación de la sociedad; para ella, lo funcional, es decir, la capacidad de todo organismo, sea biológico o social, para desintegrar las tensiones e integrar posteriormente sus efectos en la dinámica expansiva de ese organismo, debía estar integrado en lo estructural, es decir, en el conjunto de partes que componen ese organismo. De este modo, la subcorriente estructural-funcional podía mantener una línea sociológica que no tuviera que dar respuesta a problemas candentes, especialmente a dos, a los del orden, conflicto, poder y lucha social; y, unido a ellos, a los de la economía y sus efectos perturbadores.

Por su parte, el funcionalismo estricto de Merton era una profundización de las tesis típicas del Círculo de Viena, reforzadas por Neurath en 1944 y luego ampliadas por Nagel en 1957. Este funcionalismo estricto insistía en que toda sociedad tiene la capacidad de integrar sus diferencias y tensiones, antes de que estallen en conflictos y luchas destructoras. Esa capacidad interna ha de ser sostenida y reforzada por la política institucional que, con la ayuda de la ciencia sociológica, es capaz de prevenir esas disfunciones y desarreglos iniciales, e interviniendo sobre ellos, impedir su evolución negativa y transformarlas en dinámicas reformadoras, integradoras, funcionales. Es desde esta perspectiva desde la que debemos

comprender las tesis mertonianas sobre la anomia y las cuatro formas de respuestas sociales, a las que volveremos.

Estas diferencias, que como vemos eran secundarias en la práctica, no podían ocultar unas identidades substantivas que vamos a enumerar para facilitar la comprensión de la sociología en su conjunto. Dejar claras esas identidades es necesario ya que, por otra parte, son muchas las diferentes definiciones tanto del término «función» como del de «funcionalismo». Prácticamente, todos los autores de esta corriente desarrollaron su propia definición, corrigieron a los otros e incluso variaron frecuentemente sus propias ideas. Uno de ellos, Nagel, llegó a plantear la existencia de once definiciones de funcionalismo. Otros, ya hartos, desistieron de cualquier esfuerzo en ese sentido y se limitaron a la simple constatación de posibilidades lógico-matemáticas, como Merton, y a la fijación de sus célebres «orientaciones generales» que debían servir para cualquier sociedad. Esto puede sonar, verdaderamente a lo que llaman «libertad de investigación científica», pero es antes que nada, para nosotros, demostración de que cada sociólogo puede decir lo que quiera sin tener que someterse al definitivo criterio de la práctica colectiva, de la experiencia y de las contradicciones.

La sociología neopositivista y funcionalista servía perfectamente para analizar situaciones estáticas, aisladas y simples, pero fallaba en el momento de producir la síntesis teórica, penetrar en el movimiento e interrelaciones de los problemas y, sobre todo, en sus contradicciones. Mientras los sociólogos se movieran en el primer nivel, el superficial, podían decir cualquier cosa, y las decían, porque sólo eran análisis lógico-formales. Pero los problemas se volvían irresolubles cuando intentaban profundizar en la síntesis dialéctica posterior al análisis formal. Por ejemplo, desde la lógica formal es incomprensible la decisiva noción marxista de «ley-tendencial» que si bien fue formulada para comprender la tendencia a la caída de la tasa media de beneficio, sirve sin embargo para cualquier realidad social por el simple hecho de serlo. Es decir, sirve para expresar científico-críticamente el conjunto de fuerzas contrarias enfrentadas dentro de un mismo problema o proceso. Pero la sociología no puede comprender ni mucho menos aplicar ese instrumento científico porque hacerlo le exigiría romper con muchos intereses y dogmas.

Para resolver esa situación, muchos sociólogos se agarraron a la lógica formal y a su aplicación rigurosa según los principios del Círculo de Viena. Especialmente desarrollaron el criterio neopositivista de la causalidad, es decir, el de los tres pasos lógicos que transcurren entre el explanandum y el explanans. De este modo, la metodología quedaba condenada a la lógica formal, algo que ya desde hacía mucho tiempo los marxistas habían demostrado que era insuficiente, y algo que volvería a demostrarse a finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo XX. Surge aquí el decisivo problema de la capacidad de la sociología tal cual fue pensada desde Comte y Durkheim, y contra Marx, para conocer y transformar la realidad que dice estudiar. Se trata de un tema de vital importancia porque nos remite a las diferencias irreconciliables entre el pensamiento revolucionario que comenzó a formarse en la primera mitad del siglo XIX, y que tuvo en el marxismo su puesta de largo, y el pensamiento reformista que también surgió entonces, y que tuvo en la sociología de Comte la suya.

La sociología yanqui incluso relativizó mucho, por no decir que rechazó, la primera idea reformadora de los padres fundadores de la sociología, derivando hacia una simple

explicación funcional a los intereses de la burguesía imperialista de los problemas que analizaba.

La primera de esas identidades a la que nos hemos referido arriba es la de entender la sociedad como un colectivo en el que los conflictos apenas existen o si existen no son importantes al ser simples disfunciones siempre resolubles en beneficio del orden vigente. Así, la sociedad no es vista como un campo en el que se enfrentan clases sociales, pueblos oprimidos, sexos explotados, grupos y fracciones excluidas y marginadas, sino como un paraíso armonioso que puede tener algunas fricciones secundarias y resolubles con facilidad. Otra, la segunda, es que en ese paraíso armonioso y equilibrado el poder y la economía juegan un papel menos importante de lo que sostienen los marxistas, descalificados como «deterministas económicos», pues el factor central que impulsa a la sociedad funcional es la comunicación, la cultura, las normas, el ejemplo positivo de los grupos de referencia, las posibilidades abiertas de integración y ascenso vertical, etc. La tercera es que, consiguientemente, las posibilidades de que los grupos o individuos que forman la sociedad intervengan creativamente en ella, imponiendo otros objetivos y caminos, son muy reducidas por no decir inexistentes, ya que la acción social está enmarcada en su totalidad, o casi, dentro de los límites de la funcionalidad. Por lo que, y esta es la cuarta identidad, esta corriente sociológica tiene una concepción filosófica del ser humano que lo reduce a simple sujeto de las fuerzas centrípetas, integradoras, de la sociedad.

Es totalmente coherente esta visión con el auge en esa misma época del orden médico- psiquiátrico como fuerzas de control «científico» de las disfunciones y anomalías, calificadas como patologías psicosociales. Podemos sintetizar lo dicho leyendo las ideas de Parsons, escritas en 1951, sobre las «conductas desviadas» y el papel del control social: «Ningún sistema social se halla perfectamente equilibrado e integrado. Los factores motivacionales desviados están actuando constantemente, y llegan a establecerse de tal manera que no se les elimina de los sistemas motivaciones de los actores relevantes. En este caso, los mecanismos de control social no tienen por objeto su eliminación, sino la limitación de sus consecuencias, así como impedir que se propaguen a otros más allá de ciertos límites» (El sistema social, 1999).

Estas identidades no se producían sobre la limpia pureza de la teoría neutralista y desligada de los intereses del imperialismo yanqui. Al contrario. Hemos visto el importante papel jugado por el departamento de sociología de Harvard inaugurado por Sorokin en 1930. Muy probablemente fue ese papel el causante de que uno de sus discípulos más destacados, Talcott Parsons, escribiera en esos decisivos años y editara en 1937 una de sus obras fundacionales, La estructura de la acción social, sin hacer ninguna referencia a las tremendas luchas obreras y represiones policiales que se sucedían desde la gran crisis de 1929, sin citar las movilizaciones masivas de excombatientes de la Primera Guerra Mundial en paro por la crisis del 29, que al exigir la conversión en dinero de los bonos de guerra fueron machacados por el ejército ante la Casa Blanca en Washington en 1932, y, sobre todo, sin citar siquiera de pasada el contexto de antagónico enfrentamiento clasista que ese mismo año, 1937, causó la muerte de diez obreros en la industriosa ciudad de Chicago.

En la Segunda Guerra Mundial tres pilares clásicos de las llamadas «ciencias sociales», sociología, psicología y antropología, intervinieron activamente en el esfuerzo militar norteamericano, aplicando sus conocimiento para estudiar los posibles efectos desmoralizadores de los bombardeos masivos sobre poblaciones civiles, de la creciente austeridad y sacrificio que debían hacer las poblaciones de retaguardia de los bandos enemigos; o para mejorar las consignas propagandísticas para usar contra ellos o con el propio pueblo norteamericano en los momentos duros del conflicto, etc. Más tarde, al acabar la guerra, sirvieron para asegurar la dominación capitalista en el interior de los Estados Unidos. Fue en estas condiciones, y para interpretar los nuevos comportamientos que aparecían tras la Segunda Guerra Mundial, que la sociología yanqui recuperó el concepto durkheimiano de anomia. Este concepto, sobre el que ya hemos dicho algo anteriormente, no había desaparecido del todo, y algunos sociólogos lo siguieron utilizando, pero fue a finales de los cuarenta cuando recuperó su utilidad.

¿Por qué? Por la necesidad del sistema de orden yanqui para explicar, integrar y reprimir una serie de comportamientos que apenas existían antes de la Segunda Guerra Mundial. En una situación similar se encontraba Durkheim cuando recuperó el antiguo concepto griego de anomia y lo actualizó a las condiciones y necesidades del orden burgués francés del fin del siglo XIX. Recordemos que la inmensa mayoría de la población yanqui era neutralista, no quería participar en la guerra, y que sólo gracias a una tremenda campaña propagandística y sobre todo al ataque japonés a Pearl Harbor en 1941 se le pudo movilizar. Además, se le prometió al pueblo trabajador el oro y el moro. A la vuelta de la guerra habían cambiado muchas normas y costumbres, muchos sueños fueron defraudados y muchas esperanzas fracasaron. Había escasez de viviendas, los abastecimientos de productos básicos funcionaban mal, los sueldos seguían siendo bajos por las anteriores leyes de la economía militarizada y la patronal, envalentonada y enriquecida por la guerra, no cedía. Cientos de miles de mujeres casadas o solteras tenían que dejar los trabajados que habían tenido en fábricas, talleres o tiendas y volver resignadamente al «dulce hogar», con los efectos que eso supuso.

En estas condiciones, los sociólogos, en vez de analizar críticamente las causas y consecuencias de todo ello, rescataron la versión durkheimiana de anomia, sobre la que nos hemos extendido en su momento. Efectivamente, la recuperación de la anomia durkheimiana sirvió para «demostrar científicamente» la necesidad de disciplinar a unos obreros revoltosos y desviados, para desactivar sus tremendas huelgas, como la de la General Motors que a comienzos de 1946 tenía 225.000 trabajadores en lucha. Pero eso es sólo una parte de una oleada de luchas y reivindicaciones que llegó a movilizar a 5 millones de trabajadores y a paralizar el corazón de la industria norteamericana al extenderse, además de a la producción automovilística, a los ferroviarios y mineros en 1946-1947. La movilización obrera y sindical era tan poderosa que la burguesía impuso, el 23 de junio de 1947, la ley Taft-Hartley-Act, que limitaba abruptamente muchas conquistas sindicales, daba poderes dictatoriales al Presidente de los Estados Unidos para decretar la «paz social» durante dos meses en beneficio del capital e impedía a los partidos políticos apoyar a los sindicatos y a los obreros.

Precisamente cuando el movimiento obrero autoorganizado desbordaba a las burocracias sindicales y demostraba poseer una visión, conciencia y código normativo nada anómico, en este mismo año, 1947, dos sociólogos de renombre, North y Hatt, intentaron «demostrar»

mediante la llamada «escala NORC», o National Opinion Research Center, que la inmensa mayoría de la población norteamericana aceptaba como legítimas las desigualdades en la escala de ocupaciones y trabajos. Realizaron una escala de 90 ocupaciones concretas y las clasificaron desde excelentes hasta míseras, y como era de esperar aplicando los principios del funcionalismo, llegaron a la «demostración científica» de que la población aceptaba sus condiciones y estatus de trabajo. No hace falta decir lo oportuno que resultó para los medios de propaganda del sistema ese «descubrimiento» para apoyar las medidas represivas contra las huelgas obreras y el malestar popular.

Otro ejemplo de la utilidad de la sociología en momentos cruciales es el The American soldier, extensísima y minuciosa encuesta realizada por Stouffer, y otros en 1949, para detectar el malestar existente en un ejército como el estadounidense que creía haber salido de la guerra de 1945 para no volver a ninguna otra nunca más y se encontró cuatro años después sumergido en la inminencia de la guerra atómica, pues en ese mismo año la URSS hizo estallar su primera bomba nuclear, y que, además, se encontraba esparcido por medio mundo. Recordemos que 15 millones de hombres y mujeres se encontraban alejados de su país a finales de 1945 deseando volver cuanto antes. Ya en agosto de 1945, 580 soldados estacionados en Missisipi enviaron un telegrama de protesta a la Casa Blanca al enterarse que iban a ser enviados a Japón, y para finales de ese año las protestas eran considerables dentro de los Estados Unidos.

Las tropas estacionadas en Europa mostraron su malestar al enterarse que tras la rendición de Alemania iban a ser trasladas al frente del Pacífico. En Manila se organizaron manifestaciones de protesta a finales de 1945 y comienzos de 1946 tanto para volver a casa como para exigir la no intromisión de los Estados Unidos en Asia. Las protestas se extendieron como un reguero de pólvora, llegando a las tropas estacionadas en Japón, India, Estado francés, Gran Bretaña y Alemania. La autoorganización de comités de soldados se aceleró hasta que, el 13 de febrero de 1946, 500 soldados estacionados en París elaboraron un programa de reivindicaciones que la prensa yanqui definió como un «programa revolucionario de reforma militar».

Para entonces se estaba alcanzando una creciente unidad de acción con los trabajadores en huelga, en lucha o solidarios en los Estados Unidos. Las relaciones entre los sindicatos radicalizados y los comités de soldados se hicieron más estrechas a lo largo de 1946. La burguesía pasó de la preocupación que le empezó a dominar en una época tan temprana como el año 1943, cuando ya los sindicatos comenzaron a «inmiscuirse» con reivindicaciones que afectaban a la marcha de la guerra, al temor y al miedo al ver los niveles de compenetración que se alcanzaban en 1946 entre soldados y trabajadores. Sin embargo, los acuerdos negociados con la URSS para repartirse las zonas de influencia le concedieron un valioso respiro que, unido a su transitoria superioridad atómica, le permitieron aplicar una táctica doble: de un lado, fuertes medidas disciplinarias y represivas internas unidas a una fuerte censura informativa y, por otro, acelerando el retorno de millones de soldados a Estados Unidos durante los últimos meses de 1946. Todo ello debilitó a los comités de soldados. Además, a su regreso, esos millones de exsoldados aumentaron la masa del ejército industrial de reserva, lo que se convirtió en un serio obstáculo para los sindicatos y obreros radicalizados. Para rematar la maniobra, el Estado impuso la ley del 23 de junio de 1947 ya citada, asestando un durísimo golpe a los trabajadores.

Pero el problema no estaba resuelto pues la guerra fría que existía desde 1948, la demostración del poder nuclear militar de la URSS, la victoria comunista en la estratégica China y la inmediata proliferación de movimientos armados de liberación nacional antiimperialista que afectaban a zonas estratégicas, sembraron de nuevo el miedo en Estados Unidos. Por tanto, en 1949 era urgente para el imperialismo saber qué pasaba en sus fuerza armada, pero Stouffer y su grupo no supo navegar en ese océano de datos extraídos gracias al The American soldier. Merton lo hizo desarrollando la tesis del grupo de referencia, básico para entender el de anomia, y uno de los ejes del funcionalismo. Significativamente, las inquietudes analíticas del programa de investigación sociológica de Stouffer «coincidían», eran calcadas, con las reivindicaciones de la carta de los 500 soldados estacionados en París presentada el 13 de febrero de 1946: privilegios de la oficialidad, exclusión de la tropa, hacinamiento, comida, trato, disciplina y autoritarismo, participación de los soldados en los tribunales, etc., más otras preocupaciones nuevas surgidas con el salto de la guerra convencional a la incipiente estrategia nuclear en el marco de la guerra fría y de la polarización entre bloques.

Merton mejoró el concepto de grupo de referencia elaborado en 1942 por Hyman, excesivamente psicologicista, y lo amplió incluso más allá del ámbito militar, dando un inestimable instrumento para reforzar las funciones de integración en centros públicos, universidades y escuelas, fábricas, talleres, oficinas, almacenes, clubs y entidades sociales de cualquier tipo, etc. Más adelante, una adecuación de la teoría del grupo de referencia será vital para las nuevas disciplinas del trabajo post-fordiano, en concreto para el toyotismo y la unidad o grupo de trabajo.

Además, las corrupciones político-administrativas y económicas pudrían la legitimidad del sistema burgués. Por esos años, la comisión investigadora dirigida por Estes Kafauer sacó a la luz el insoportable grado de corrupción, que llegaba al mismo Departamento de Justicia. Muchos altísimos cargos tuvieron que dimitir. Los escándalos se sucedían unos tras otros. Por otra parte el famoso Informe Kinsey sobre las prácticas sexuales mostraba la doble moralidad y el gran foso entre el cinismo de la moral cristiana y las prácticas sexuales de las masas. Además, como efecto de la ley antisindical de 1947 y de la brutal represión posterior, la Mafia se había empezado a apoderar, a finales de los años cuarenta, de las direcciones de muchos sindicatos, multiplicándose los escándalos. Los tremendos cambios sociales afectaban también a la forma de vida de la infancia y de la juventud: un millón de niños al año entraba en conflicto con la ley. Para colmo, en 1949 triunfó la guerra revolucionaria de liberación china, y los comunistas se instalaron en Pekín. En 1950, McCarthy inició su cruzada anticomunista.

En este contexto fue decisivo el concepto de «desviación» elaborado definitivamente en 1951 por E. Lemert en sus dos niveles sucesivos de gravedad. Según Mª J. Miranda existe «desviación primaria cuando un individuo ha cometido por primera vez un acto que no está de acuerdo con las normas sociales dominantes. Desviación secundaria cuando reitera dicha actuación y es etiquetado como desviado en la interacción social subsiguiente, y acepta (interioriza) esa identidad. Son conceptos análogos a los criminológicos y penales de primariedad delictiva y reincidencia o habitualidad» (Diccionario de Sociología, 2006).

Pensamos que existe algo más que simple analogía entre el concepto sociológico de «desviación» y el penal y criminológico de delito: en el fondo son lo mismo aunque analizados desde dos niveles específicos de la estructura burguesa de dominación: la sociología y la justicia capitalista.

El sistema burgués no estaba dispuesto a perder los gigantescos beneficios internos y externos obtenidos en la guerra de 1939-1945. Movilizó todos sus recursos en una contraofensiva

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