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WEBER, PARETO Y LOS WEBB CONTRA EL MARXISMO

In document Marxismo Versus Sociologia (página 75-85)

La sociología oficial nunca ha estado separada del poder establecido, y menos enfrentada a dicho poder. Si las vidas de Comte, Spencer, Pareto, Durkheim y tantos otros así lo demuestran, una confirmación más y definitiva por su extraordinaria importancia, lo tenemos en Max Weber (1864-1920). Nació en una familia burguesa que, por parte de padre, juez y funcionario, derechista liberal, se remontaba al comercio de lino y fabricación de tejidos y, por parte de madre, provenía de medios intelectuales pequeño burgueses y funcionarios. A los diecinueve años cumplió sus obligaciones militares, fortaleciendo desde entonces su profundo nacionalismo alemán aunque no de extrema derecha, sino centro-liberal.

Weber nunca fue un demócrata radical y bajo las presiones de la lucha de clases fue girando hacia la derecha. Según G. Therborn: «Weber fue un burgués muy consciente de su clase» (Ciencia, clase y sociedad, 1980). Marcuse hizo una crítica demoledora a Weber a finales de la década de 1960, en la que empezaba precisamente por denunciar cómo su supuesto neutralismo valorativo en realidad justificaba las decisiones de la burguesía alemana, e insistía en «su apasionada y -nunca se recalcará bastante- malévola lucha contra las intentonas socialistas de 1918», para continuar desmontando su tesis sobre la racionalidad y el capitalismo, el carisma, la burocracia, etc. (Max Weber: racionalidad y capitalismo, 2010). Aunque en 1884, con 20 años de edad, protestase por la represión e ilegalización de la socialdemocracia desde 1878, que se prolongó hasta 1890, jamás se destacó por crítica subversiva alguna. Antes de desencadenar la represión política, Bismarck fundó en 1871 la Asociación de Política Social, con el objetivo de aplicar una «política científica» dirigida a mejorar el «bienestar social» de las masas, antes de pasar a repremir policial y judicialmente a la socialdemocracia. Weber participó en esta comisión, aunque con discusiones y debates. De

hecho, en 1889, cuando ya era patente el fracaso de la represión antisocialdemócrata, se puso en contacto con los llamados «socialistas de cátedra», grupo heterogéneo de intelectuales reformistas constituido en 1873. La mayoría de sus miembros eran economistas que propugnaban el intervencionismo estatal para amortiguar la desestructuración social como resultado del excesivo liberalismo. Proponían reformas desde arriba que se adelantaran a las protestas obreras y populares, negando la legitimidad de las reivindicaciones y críticas del partido socialdemócrata.

La influencia de este grupo en Weber fue grande porque, de un lado, le confirmó la importancia del Estado como juez superior y de su maquinaria burocrática como su instrumento ejecutor; de otro lado, sirvió para amortiguar en él el peso de las teorías económicas marginalistas, neoclásicas, y forzarle a una síntesis teórica propia, más bien mixta pero totalmente burguesa; y, por último, le mostró que la estrategia de la derecha terrateniente y de los Junkers era muy peligrosa para los intereses del capitalismo alemán en su conjunto, tesis que Weber mantuvo aun siendo totalmente fiel al Imperio y luego a la República de Weimar como sucesivas formas de la nación burguesa alemana. Su sociología es incomprensible al margen de la influencia de este grupo sobre su obra, como se demuestra en su temprana obra de 1890 acerca de los efectos de la inmigración de trabajadores polacos y rusos en los latifundios de los Junkers del este alemán.

Weber comprendió que la lógica del beneficio llevaba a los Junkers a preferir trabajadores eslavos por su extrema baratura, aunque ello condenara a los trabajadores alemanes autóctonos a trasladarse a las ciudades alemanas, abandonando el campo. Así, se quejaba Weber, la cultura polaca desplazaba a la alemana en el propio campo alemán. Sin embargo, su crítica no partía de un profundo conocimiento de las causas económicas y clasistas de la lógica del beneficio tal cual la sentían los Junkers, sino de una concepción culturalista e idealista del comportamiento humano. Por eso, algo más tarde, pidió la intervención del Estado alemán para facilitar la vuelta de las familias campesinas alemanas, incluso tomando medidas contra los latifundistas y forzando así a las familias polacas a volver a su país.

En los años inmediatamente posteriores Weber profundizó en esta línea, pues en 1895, cuando ocupó la cátedra de economía política en Friburgo y tras un viaje por Escocia e Irlanda, endureció sus críticas a los Junkers terratenientes por su incapacidad para modernizar Alemania, aunque apoyó incondicionalmente la política alemana y a la Casa Imperial ya que, para él, solamente la unidad podía impulsar a Alemania en la cada vez más áspera competencia internacional en la que los Estados se enfrentaban en base a su solidez interna. Los Junkers, los terratenientes, no podían modernizar Alemania porque estaban definitivamente anticuados. Sólo lo podía hacer la burguesía industrial. Tampoco lo podía hacer el movimiento obrero, el socialismo, y por eso en 1896 se opuso decididamente a que se creara un partido obrero reformista inspirado en el socialismo cristiano.

Es significativa esta posición de Weber porque se produce en un momento de ascenso ininterrumpido del voto socialdemócrata que subió del 19,7% en 1890 al 27,2% en 1898. Mientras que otras burguesías europeas, más lúcidas y astutas, apenas pusieron pegas e incluso potenciaron la aparición de partidos reformistas cristianos para dividir a la clase obrera, Weber daba una muestra increíble de cerrazón política, miopía táctica e ignorancia de

las corrientes históricas de fondo, porque su preocupación fundamental era la de fortalecer la unidad nacional alemana bajo la dirección burguesa.

Por diversos avatares de su vida personal y familiar que arrastraba desde la infancia, en 1897 cayó en una fuerte depresión que se agudizó con el tiempo hasta llegar a ser una dolencia psicosomática grave que le mantuvo inactivo hasta 1904, año decisivo por su viaje de tres meses a Estados Unidos y por la publicación de la primera parte de La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Sin embargo, durante toda su vida padeció secuelas más o menos graves, que le imposibilitaron muchas veces dar clases y realizar otros esfuerzos, aunque siempre contó con un incondicional apoyo de las instituciones universitarias alemanas para facilitarle la investigación sociológica.

Weber sentía cierta envidia por la forma político-parlamentaria del imperialismo británico, pero el viaje a Estados Unidos marcó en dos cuestiones centrales su teoría sociológica y política como eran, una, la importancia de la maquinaria política sabiamente burocratizada y efectiva para administrar y controlar la creciente complejidad de la sociedad capitalista, importancia que él ya había detectado gracias a sus contactos con el grupo de los «socialistas de cátedra». La necesidad de una «política mecánica» era imprescindible para administrar esa complejidad, evitar el desorden y la confusión. En este sentido, la mecánica burocrática norteamericana confirmaba las excelencias de la burocracia prusiana, pero también sus límites.

Y aquí viene la segunda marca del viaje, en Estados Unidos Weber creyó ver en la práctica la superioridad de la cultura protestante sobre la católica por sus virtudes emprendedoras, de ahorro y trabajo, de autoexamen y autoexigencia personales, etc. Ya había percibido algo de eso en su anterior viaje a Escocia e Irlanda, pero la experiencia en Estados Unidos fue definitiva. De esta forma, los límites de la burocracia, de cualquiera, se solventan allí donde la cultura protestante desarrolla sujetos activos, conscientes, autocentrados y responsables de sí mismo. Se establece pues una dialéctica entre burocracia e individuo cuyo resultado es la democracia establecida. Recordemos que Lutero era alemán, y que el protestantismo se expresó cabal y plenamente en su primera irrupción pública en alemán.

La forma teórica acabada de esa tesis apareció en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que terminó de publicarse en 1905, año de la revolución rusa y de múltiples luchas político-sindicales en el resto de Europa. Recordemos que en 1902, la socialdemocracia alemana tenía fijada una postura muy diferente a la burguesa sobre el crucial problema del campesinado, teorizada por Kautsky en su célebre La cuestión agraria. Recordemos también que en 1904 la delegación alemana en el congreso de la Internacional de Amsterdam había terminado por aceptar la consigna de la huelga de masas defensiva, pero que muchas bases estaban más radicalizadas que sus dirigentes; y, por último, que las fuertes movilizaciones obreras en Holanda, Suiza, Bélgica y otros países, así como la revolución rusa de 1905, habían sido muy bien recibidas por los obreros alemanes.

En 1906, cuando la obra de Weber era estudiada minuciosamente por la intelectualidad burguesa, la clase obrera reivindicaba el sufragio universal mediante huelgas y manifestaciones y surgía una poderosa izquierda revolucionaria que se mostró en el congreso

de Mannhein de septiembre de ese año, y que seguía reivindicando el sufragio en Prusia en 1909, con 150.000 manifestantes en Berlín organizados con tanta perfección que la policía no se enteró hasta ese mismo día; por no extendernos, en 1910 estallaron huelgas generalizadas que movilizaron a 370.000 obreros.

En esta situación, la sociología weberiana ofrecía a la burguesía alemana otra explicación alternativa de los acontecimientos a la que daban marxistas, socialdemócratas y anarquistas. Le decía que no existe una causa general de la evolución histórica que, según el marxismo, era la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, o si se quiere, que el motor de la historia era la lucha de clases. Weber negaba esa afirmación y presentaba la pluricausalidad, la existencia de muchas causas, de tantas y tan diferentes conforme tantos y tan diferentes problemas sociales hubiera. También les decía que Alemania podía ser el súmmum del desarrollo capitalista si la burguesía centro-liberal y monárquica, él mismo lo era y además «de corazón», como veremos, accedía al poder político y desplazaba o controlaba a los atrasados Junkers terratenientes.

Lo sería porque, como lo demostraba en su libro, Alemania tenía el potencial de la creencia protestante, la base cultural del capitalismo y, además, como lo decía en otros muchos textos y en sus abundantes tertulias con intelectuales y políticos, una efectiva burocracia. Todo ello debía permitir a Alemania resolver sus problemas internos e integrar a su movimiento obrero. Ya en 1905, asistiendo a un congreso socialdemócrata, Weber comprendió que la dirección del partido y de los sindicatos era reformista en su abrumadora mayoría y, basándose en eso, proponía al Estado burgués unas relaciones más abiertas tendentes a acelerar la integración de la socialdemocracia en el imperio alemán.

Weber había dado completamente la vuelta al marxismo, probablemente sin saber que ya Engels y Marx habían visto la relación causa-efecto entre desarrollo capitalista y protestantismo, aunque Weber la convertía en efecto-causa, o sea, la ética protestante como generadora del «espíritu» del capitalismo. En 1908 inició los estudios de sociología y psicología industrial en la fábrica de lino de su abuelo en Westfalia para descubrir los factores psicofísicos que inciden en la productividad del trabajador. Tenemos aquí un nítido contraste entre la Encuesta Obrera de Marx y el estudio de productividad de Weber. Al poco tiempo se orientó hacia el estudio de la religión tras fundar con otros sociólogos como Simmel y Tönnies, la Sociedad Alemana de Sociología en 1910.

El papel de esta Sociedad era bien preciso en unos años en los que el debate teórico dentro de la socialdemocracia entre marxistas y reformistas volvía a alcanzar mucha altura, y en una época en la que el imperialismo alemán se preparaba decididamente para la guerra. Tönnies, Simmel, Weber y otros sociólogos ponían a disposición de la fracción menos arcaica de la burguesía alemana respuestas adecuadas a prácticamente todos sus problemas. Justo un año después Weber comenzó sus estudios sobre religión, economía y sociedad. Recordemos que en 1909 Kautsky había certificado de forma impresionante la corrupción ético-moral y la podredumbre sociopolítica de la burguesía alemana, proponiendo en su texto El camino del poder, que tuvo una venta masiva, una estrategia de desgaste.

debate estratégico sobre el imperialismo, en el que intervinieron marxistas de una talla teórica deslumbrante ante los cuales ningún teórico burgués pudo decir nada. En esas condiciones, el esfuerzo de Weber por centrarse en las relaciones entre religión, economía y sociedad parecen indicar un esfuerzo supremo de articular una respuesta alternativa al marxismo en aquellos momentos. Que él personalmente no buscase eso como primer y único objetivo es otra cuestión porque, además de su permanente choque con la fracción más reaccionaria de la burguesía, ésta clase como unidad dotada de autoconciencia, de conciencia para sí más allá de sus disputas internas, tenía una coherencia teórico-política estratégica. Y esa coherencia le enfrentaba a muerte al marxismo.

No es casualidad que Weber tuviera una de sus diferencias irreconciliables con el marxismo sobre todo en el decisivo tema de los modos de producción y de sus respectivas síntesis sociales, es decir, de sus diferentes racionalidades. Ibarra Cuesta en Marx y los historiadores (2008) critica el «presentismo» de Weber según el cual existían relaciones sociales capitalistas en todas las sociedades humanas por antiguas que fueran, en todas las relaciones de comercio y de trueque, aunque fueran precapitalistas. Su rechazo del concepto clave de «modo de producción» le llevó a creer en la transhistoria de una sola racionalidad básica, a partir de la cual demostrar la superioridad incuestionable de la capitalista.

Al creer que todas las formas socioeconómicas son esencialmente iguales, se ve en la necesidad de explicar sus grandes diferencias internas que aparecen claramente nada más investigar un poco. Al rechazar el concepto de modo de producción no podía comprender que las diferencias externas reflejaban cualitativas diferencias internas, por lo que Weber no tenía más remedio que buscar causas múltiples que expliquen de forma etérea las innegables diferencias materiales entre sociedades tan distintas como las primitivas y las capitalistas de su tiempo. Por esto, la sociología de Weber, que en su pluricausalidad ofrece una amplísima variedad de explicaciones para escurrir el bulto de la existencia de diferentes modos de producción en la historia humana, se ve en la necesidad, al final, de ofrecer una especie de explicación causal asentada en la interrelación de cuatro criterios que Weber desarrolló: el tipo ideal, la interpretación, la contextualización y la importancia dada a la acción humana.

De este modo, como efectivamente ocurrió posteriormente a su muerte, esa sociología fue y es usada de mil modos y maneras contra la revolución y la emancipación precisamente porque su ambigüedad de fondo así lo permite, e incluso para intentar «enriquecer» al marxismo con dosis de weberismo. Y el hecho es que mientras los marxistas han seguido estudiando el imperialismo y la evolución capitalista, la sociología burguesa cortó cualquier lazo con la realidad socioeconómica estructurante y se ha dedicado preferentemente a las cuestiones de «superestructura» que mejor le interesaba. La obra de Weber ha sido muy valiosa en ese sentido.

No deja de ser significativo, precisamente por lo valioso de su obra para el pensamiento burgués, que siendo un lector y estudioso insaciable, muy bien relacionado con todas las corrientes del pensamiento por los medios puestos a su disposición en las universidades alemanas, y con mucho tiempo para dedicarlo a la investigación, sin embargo, no estudiase en absoluto a Durkheim y, por el otro extremo, no consiguiera penetrar en el corazón teórico de Marx aun habiendo leído Miseria de la filosofía, El Capital y otras obras de Marx. Parecía

que Weber no quería prestar la dedicación suficiente a dos de los peores contrincantes de su obra intelectual: Durkheim como el otro gran sociólogo mundial y, sobre todo, teórico de la burguesía imperialista francesa, con la que el ejército alemán, que tanto admiraba, había librado tres feroces guerras en los últimos cien años y mantendría una cuarta a los veinte años de morir Weber. Y Marx como teórico de la revolución social a la que siempre se opuso durante toda su vida. Las razones de estas dos ausencias, incomprensibles en un erudito e investigador como él, más las de los graves y prolongados desarreglos psicológicos que Weber padeció, son zonas de vacío que ponen dudas e interrogantes sustantivos a su obra.

Una de las respuestas posibles y especialmente válida para las dos primeras cuestiones, la ausencia de interés de Weber por la sociología francesa y su superficial comprensión del marxismo, nos remitiría a su kantismo filosófico y a su tesis de que la pluricausalidad de los hechos sociales que le distanciaba de Durkheim y especialmente del marxismo. Otra respuesta también válida podría ser que su ideología política liberal centrista, defensora de los intereses de la fracción industrial de la burguesía alemana, le obligaba a hacer grandes inversiones de tiempo y análisis en detrimento del estudio del marxismo y de Durkheim. En el caso concreto del marxismo, Weber le prestó una atención con grandes altibajos, anteponiendo otras necesidades teóricas y políticas, en especial las destinadas a la confrontación con las corrientes que podían fortalecer a los Junkers y grandes terratenientes.

Las veces que Weber cita a Marx lo hace de forma elogiosa pero despolitizada, insistiendo en su rigor teórico pero vaciando su carga revolucionaria esencial. Este comportamiento es coherente con su tesis de la separación absoluta entre juicios de hecho, los supuestamente científicos, y juicios de valor, los supuestamente políticos y filosóficos. Weber sí admite la influencia de los valores éticos, políticos, culturales, religiosos, etc., en la vida y en la acción de los científicos. No podía negarlo porque él mismo, como hemos visto, tomaba posturas de centro-derecha claramente políticas y se vanagloriaba de ello cuando daba cursos a la alta oficialidad militar imperialista alemana. Pero sostenía que el «científico» debía dejar fuera de su trabajo intelectual esos valores, no ser influido por ellos en su trabajo intelectual, que debía ser lo más aséptico y neutral posible. Es obvio que esta tesis es irrealizable en la vida social; también es obvio que semejante pretensión imposible beneficia sin embargo al poder burgués al presentar la «ciencia» como una fuerza neutral, limpia de connotaciones sociales.

De todos modos, la versión que da del marxismo demuestra que nunca llegó a conocerlo a fondo. Por tanto, podemos decir que Weber no fue militantemente antimarxista en lo teórico, aunque sí contrarrevolucionario en lo práctico, sino que sus preocupaciones iban por otro lado, por el de fortalecer teóricamente la fracción liberal de la burguesía alemana. Las coincidencias en épocas precisas de determinados trabajos suyos con especiales situaciones sociopolíticas y/o escritos teóricos marxistas relevantes responde a que Weber también pensaba en esos problemas en esos mismos momentos, pero lo pensaba desde y para los intereses de la fracción de clase burguesa a la que representaba en las pugnas con otras fracciones.

Aunque en 1914 tenía 50 años, intentó ser admitido para el frente llevándose una desilusión al no poder participar en primera línea en aquella «guerra grande y maravillosa» como él mismo la definió. Sin embargo fue designado como administrador en el sistema sanitario y hasta

otoño de 1915 realizó una racionalización muy efectiva de la burocracia sanitaria militar. Después estuvo una breve temporada en Bruselas maximizando la esquilmación expoliadora de la ocupada Bélgica que, cuando él llegó, estaba a punto de morir de hambre. Desde el primer día de guerra Bélgica resistía tan heroicamente que los alemanes bombardeaban con

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