2 Antecedentes 13
2.1 Envejecimiento poblacional 15
2.1.1 Contexto demográfico 15
En la mayor parte de los países industrializados, las tendencias sociales, estructurales y demográficas están tendiendo cada vez más hacia una población envejecida, de la cuál gran parte vive sola en su domicilio. La esperanza de vida de las personas está aumentando, debido principalmente al progreso de los tratamientos médicos y farmacéuticos. Esta situación tiene efectos dramáticos en los sistemas socio‐sanitarios tanto públicos como privados, así como en los servicios de emergencias y en los individuos. El incremento de la edad media de la población total y el consecuente aumento de las enfermedades crónicas desembocarán en un dramático aumento de las situaciones de emergencias en los años venideros [1].
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la población mundial con 65 años o más se prevé que crezca de unos 524 millones en 2010, un 8% de la población total, a unos 1500 millones en 2050, un 16% del total, dándose la mayoría del crecimiento en los países desarrollados. A esto, hay que añadirle un descenso en la natalidad que hace que el número de personas con más de 65 años supere al de niños por debajo de 5 años tal y como muestra la siguiente Figura 1 . Concretamente el crecimiento de la esperanza de vida dentro de la población mayor está aumentando en el número de personas más mayores o ancianas (85 o más años). A escala mundial, se prevé que este segmento de población de 85 o más años se incremente en un 351%, pasando de un 14% de la población de población mayor en el 2010 al 20% en el 2050. Estas cifras suponen una tasa de crecimiento notable comparado con el 188% de la población por encima de 65 [2].
Figura 1: Evolución de la población mundial >65años y <5 años
(1950‐2050) [2]
La población mundial está sufriendo un cambio estructural en la distribución de
edades. Así en los países desarrollados, en 1970 aparecía una pirámide poblacional
triangular en la que las edades jóvenes tenían predominancia frente al resto. En 2010, las edades relativas a edades del trabajo han aumentado la proporción en relación con
el resto, manifestando una clara tendencia hacia un envejecimiento poblacional. Por último, se estima que para 2050 la pirámide tenga una forma rectangular implicando un estado más avanzado de envejecimiento tal y como muestran las gráficas de la Figura 2 [3]:
Figura 2: Evolución de las pirámides poblacionales en países desarrollados [3]
Debido al aumento de la esperanza de vida, las personas mayores permanecen durante mucho tiempo jubiladas. En 2007 en los países de la OCDE la media de años de disfrute de jubilación era de 18. Aunque las personas mayores a menudo se jubilan en sus últimos años, pueden continuar contribuyendo a la sociedad de diferentes maneras, por ejemplo trabajando de manera informal a través del voluntariado u ofreciendo ayudas a su familia. Así, las personas mayores al haber adquirido muchos conocimientos y habilidades a través de su experiencia laboral muestran intactas sus capacidades de aprendizaje y razonamiento aunque empiecen a experimentar algún deterioro en las funciones cognitivas. Según Naciones Unidas, un dato significante es el número de personas de 15 a 64 años por número de personas mayores de 64 años, definido como coeficiente de dependencia potencial, que está decreciendo debido al envejecimiento de la población. Este coeficiente indica cuántos trabajadores potenciales hay por cada persona de edad avanzada, con lo que a medida que la población envejece, el cociente de dependencia potencial tiende a disminuir. Entre 1950 y 2009, el cociente de dependencia potencial se redujo de 12 a 9 trabajadores potenciales por persona de 65 o más años, y se prevé que para 2050 llegue a 4 [4]. El decrecimiento en las tasas de mortalidad y fertilidad ha ido acompañado por un desarrollo socioeconómico que ha implicado un cambio en las principales causas de enfermedad y muerte. Esta “transición epidemiológica” se caracteriza concretamente por la disminución de las enfermedades agudas e infecciosas y el aumento de enfermedades crónicas y degenerativas. La siguiente figura (Figura 3) muestra la prevalencia de enfermedades crónicas y discapacidad entre la población de 50—74 años en E.E.U.U, Europa e Inglaterra en 2004 [5].
Figura 3: Prevalencia de enfermedades crónicas y discapacidad en población de 50‐74 años en E.E.U.U., Europa e
Inglaterra [5].
LA OMS establece que la población mayor a medida que incrementa su esperanza de vida sufre un incremento en la proporción de discapacidad, deterioro y prevalencia de enfermedades crónicas. Aproximadamente un 40% de la población mayor vive de manera independiente, ya sea sola o en pareja, y en general, los problemas mentales y físicos pueden complicar la participación de los mayores en su vida diaria. Muchos de los mayores‐ancianos pierden su habilidad para vivir de manera independiente debido a una movilidad limitada, fragilidad u otros deterioros en el funcionamiento físico o cognitivo. Esto supone a su vez un aislamiento cada vez mayor de su familia, amigos y vida pública. Así, muchos de ellos requieren de cuidados a largo plazo que implican atención domiciliaria, cuidado asistido, cuidado residencial y estancias hospitalarias [2]. No obstante, la discapacidad no debería ser considerada como un deterioro específico perdurable si no como un fenómeno resultante de la interacción entre el entorno y dicha discapacidad [6]. La carga sanitaria y económica producida por las personas mayores puede verse reforzada o aliviada según las características del entorno, que pueden determinar si una persona mayor puede permanecer independiente a pesar de las limitaciones físicas. Cuanto más tiempo permanezcan independientes y se puedan cuidar ellas mismas, menor serán los costes del cuidado a largo plazo para los familiares y para la sociedad.
Cuando los adultos envejecen deben encarar un conjunto de aspectos importantes relacionados con la salud, la inclusión social, la seguridad, la movilidad, y en general todos los factores que afectan al bienestar. Los proveedores de cuidados socio‐ sanitarios deben afrontar estas demandas ya que se está generando un gasto social enorme y potencialmente insostenible. No obstante, los proveedores deben asegurar la calidad de vida para las personas mayores para promover su independencia y su
inclusión social. Muchos de estos retos no son nuevos en nuestras sociedades y están relacionados con enfermedades, principalmente crónicas, que acompañan de manera eventual al proceso de envejecimiento. El principal reto, es que las personas mayores puedan mantener su estado de bienestar y obtener el cuidado necesario cuando sus habilidades funcionales (memoria, movilidad, habilidades cognitivas) empiezan a deteriorarse, permaneciendo así como miembros activos de la sociedad en la cual desarrollan sus actividades diarias [7].
En este contexto también debe ser considerado que la mayoría de los cuidados a largo plazo (long‐term care) y la atención médica son proporcionadas por los familiares y/o amigos de las personas mayores que desempeñan el rol de cuidadores informales. Debido al decrecimiento de la tasa de natalidad, los domicilios se están reduciendo a familias con uno o ningún hijo, lo que implica que en un futuro será menos probable proporcionar un nivel de cuidado creciente. Por otro lado, el aumento de la participación de la mujer en la vida económica y social trae cambios en el entorno del cuidado domiciliario apareciendo problemas en la conciliación de la vida laboral y familio‐asistencial. Además, el incremento de la movilidad laboral produce dificultades en la organización del cuidado a los familiares. Con estos factores familiares, la aparición de los cuidadores formales será esencial para la provisión de cuidados a las personas mayores mediante un soporte más profesional.
El incremento en el grupo de personas mayores tendrán unas enormes implicaciones
económicas y sociales principalmente en las siguientes áreas: mercados laborales,
sistemas de pensiones y sistemas sanitarios. El cambio en la estructura de edad puede desembocar en un cambio en los patrones de consumo y ahorro con un impacto a largo plazo en las inversiones y el crecimiento. Por ello, los gobiernos estarán de manera creciente bajo presión no solo para establecer mecanismos con los que tratar estos aspectos relativos a la población mayor sino para tomar acciones y reformas para asegurar la viabilidad a largo plazo de los programas de bienestar social minimizando los efectos negativos sobre la economía. Así se subraya la importancia de desarrollar soluciones nuevas y más efectivas en el soporte de la población mayor donde la contribución de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) puede ser de gran valor [8].
En conclusión, el envejecimiento de la población incidirá en el crecimiento económico, el ahorro, las inversiones, el consumo, los mercados de trabajo, las pensiones, la tributación y las transferencias intergeneracionales. En lo social, el envejecimiento de la población influirá en la composición de la familia y las modalidades de convivencia, la demanda de vivienda, las tendencias de la migración, la epidemiología y los servicios de atención de la salud.