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CONTRA EPÍCRATES [Y LOS COMPAÑEROS DE EMBAJADA]

In document Lisias - Discursos II (página 181-185)

CONTRA EPÍCRATES

CONTRA EPÍCRATES [Y LOS COMPAÑEROS DE EMBAJADA]

Atenienses: ya son suficientes las acusaciones vertidas contra Epicrates [y los compañeros de embajada]. Mas de­ béis tener presente que habéis oído muchas veces a éstos, cada vez que querían perder a alguien injustamente, dicien­ do que os iba a faltar el salario si no condenabais a quienes ellos os pedían1. También ahora, en no menor medida, hay tal carestía que el pueblo ***2 Conque la vergüenza que se origina por estos hechos es para vosotros, mientras que el beneficio es para ellos. Pues ya tienen probado que, cuando ellos y sus discursos parecen ser los causantes de que votéis contra la justicia, reciben dinero de manos de los culpables bien fácilmente. Por consiguiente, ¿qué esperanza hay que tener de salvación cuando el que la ciudad se salve, o no, depende del dinero y son éstos, puestos por vosotros como guardianes y encargados de castigar a los delincuentes, quienes lo roban y se dejan sobornar? Y no es ahora la pri­ mera vez que se los ha sorprendido en delito, que ya han si­

1 Es notable la coincidencia casi exacta entre esta afirmación y las palabras del Choricero (o Morcillero) e n Ar i s t ó f a n e s, Caballeros 1358-

1360: «no te dejes engañar si un acusador dice: “si no lo condenáis, no ten­ dréis vuestro pan diario”». Sobre el topos de la «sequía del erario públi­ co», ver XIX 11, XXX 22 y XXXI 12 (cf. también Caballeros 12 17-1233).

2 Hay una laguna en el texto y la frase siguiente está corrupta. La tra­ ducción es conjetural.

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do juzgados por venalidad anteriormente. También puedo imputaros que por el mismo delito a Onomasas lo condenas­ teis y a éste lo absolvisteis, cuando el acusador de ambos era el mismo hombre y quienes testificaban en contra eran los mismos; y éstos no se lo habían oído a otros: eran ellos mismos quienes negociaban con éstos3 sobre el dinero y los regalos.

Y, sin embargo, todos vosotros sabéis esto: no va a constituir un escarmiento para que no se cometan delitos contra vosotros el que castiguéis a los que no saben hablar; será, más bien, cuando impongáis el castigo a los que saben hablar, cuando todos dejarán de intentar delinquir contra vosotros. Ahora es seguro para ellos el robar vuestros bie­ nes: si pasan inadvertidos, pueden disfrutar de ellos sin te­ mor; y en el caso de que sean sorprendidos, o bien compran su proceso con una parte del producto de sus delitos o, si son llevados a juicio, se salvan debido a su influencia. Por consiguiente, jueces, proponed hoy un ejemplo para que los demás sean justos castigando a éstos. Pues todos los que se ocupan de los asuntos de la ciudad han venido no para oímos a nosotros, sino para saber qué opinión vais a mante­ ner vosotros sobre los culpables. D e manera que si los ab­ solvéis, pensarán que ya no hay peligro para ellos si os en­ gañan y se siguen beneficiando de lo vuestro; en cambio, si los condenáis y les imponéis la pena capital, con el mismo voto haréis a los demás más moderados de lo que ahora son y habréis recibido satisfacción de ellos.

Creo, atenienses, que incluso aunque los condenarais e impusierais el máximo castigo sin instruirles proceso ni es­ cuchar su defensa, ni aun así perecerían sin juicio, sino que habrían pagado la pena que les corresponde. No son aque-

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líos sobre quienes vosotros votáis, conociendo sus acciones, los privados de juicio, sino quienes, calumniados por sus enemigos acerca de hechos que no conocéis, no consiguen que se les oiga. Pero a éstos los acusan los hechos mismos; nosotros testificamos en su contra. Y lo que temo no es que 9 vayáis a absolverlos si los escucháis, sino que, en mi opi­ nión, no habrían pagado la pena debida aunque los condena­ rais después de haberlos escuchado. ¿Pues cómo, jueces, si éstos no tienen los mismos intereses que vosotros? Éstos, de pobres que eran, se hicieron ricos en la guerra, mientras que vosotros os hicisteis pobres por su culpa. Y, sin embargo, 10

no es de buenos conductores del pueblo el apoderarse de vuestros bienes en vuestras desgracias, sino entregaros a vo­ sotros los suyos propios. Y es que hemos llegado a tal ex­ tremo que los que antes, en la paz, no podían ni alimentarse a sí mismos ahora aportan contribuciones, ejercen de core-

gos y habitan en grandes mansiones. Sin embargo, hubo un 11

tiempo en que envidiabais a otros que hacían esto pese a que tenían su patrimonio. Pero ahora la ciudad se encuentra en tal estado, que ya no os indignáis por lo que éstos roban, sino que mostráis agradecimiento por lo que recibís, como si vosotros os llevarais lo de ellos como salario y no como si ellos robaran lo vuestro. Y lo más extraordinario de todo 12

es que en los procesos privados son las víctimas quienes llo­ ran y mueven a la piedad, mientras que en los públicos mueven a piedad los culpables y vosotros, las víctimas, los compadecéis. Ahora quizás harán lo que ya antes acostum­ braban a hacer sus paisanos y amigos: pediros su absolución

entre lágrimas. Mas yo os solicito que ello sea de la siguien- 13

te manera: si consideran que ellos no son culpables de nada, que demuestren que los cargos son falsos y que, de esta ma­ nera, os persuadan a que los absolváis. Pero si lo solicitan creyendo que son culpables, es evidente que son más favo-

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rabies a éstos que a vosotros, las víctimas, por lo que no son dignos de conseguir gracia, sino castigo cuando podáis im- 14 ponérselo. Además, debéis tener en cuenta que estos mis­ mos han hecho peticiones insistentemente también a los acusadores pensando que podrían conseguir este favor mu­ cho más rápidamente de nosotros, por ser pocos, que de vosotros; y, más todavía, que sería mucho más fácil que otros cualesquiera donaran ilegalmente vuestros bienes que 15 vosotros mismos. Nosotros, desde luego, no quisimos come­ ter traición — y os exigimos que tampoco lo hagáis vos­ otros— por considerar que os indignaríais fuertemente con nosotros y nos castigaríais en el caso de que cayéramos, como es razonable hacer con los culpables, si hubiéramos llegado a un arreglo ya sea recibiendo dinero de éstos o por cualquier otro medio y, claro, si os irritáis con quienes per­ siguen judicialmente contra justicia, con mucha más fuerza

16 debéis castigar a los propios culpables. Por consiguiente,

jueces, condenad a Epicrates e imponedle la pena máxima; y no obréis como habéis acostumbrado hasta ahora: cuando hayáis condenado y dejado convictos a los culpables, no los soltéis sin castigo en cuanto a la imposición de la pena re­ cibiendo de los culpables odio, que no reparación, como si a éstos les importara el deshonor y no la pena. Sabed bien que con vuestro voto no hacéis otra cosa sino cubrir de deshonra a los que delinquen, mientras que con la pena castigáis a los culpables.

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