Una de las formas más interesantes de la complejidad es la contradicción. Es necesario redescubrir la contradicción como fuerza creadora en el alma. A partir de Aristóteles, la tradición intelectual occidental ha tachado la contradicción como presencia de lo imposible y, por consiguiente, índice de lo falso y lo ilógico. Sólo Hegel tuvo la previsión, la sutileza y la generosidad de miras para reconocer en la contradicción la fuerza compleja del crecimiento que desdeña el desarrollo lineal para despertar las energías acumuladas de una vivencia. La turbulencia de su conversación interior genera una integridad de transfiguración, no ese cambio falso que significa el mero reemplazo de una imagen, superficie o sistema por otro. Esta perspectiva permite una concepción más compleja de la verdad. Exige una ética de la autenticidad que incorpora y trasciende las intenciones simplistas de la sola sinceridad.
Tenemos que ser más pacientes con nuestro sentido de la contradicción interior para permitir que sus distintas dimensiones entablen conversación en nuestro seno. La contradicción posee una luz secreta y una energía vital. Donde hay energía, hay vida y crecimiento. Tu soledad ascética permitirá que tus contradicciones afloren con fuerza y claridad. Si eres fiel a esa energía, llegarás a participar de una armonía más profunda que cualquier contradicción. Esta te infundirá valor para afrontar la profundidad, el peligro y la oscuridad de tu vida.
Asombra comprobar la desesperación con que nos aferramos a aquello que nos hace desdichados. Nuestra personalidad herida se vuelve una fuente de placer perverso y consolida nuestra identidad. No queremos curarnos porque ello significaría aventurarnos a lo desconocido. Con frecuencia parecemos adictos destructivos a lo negativo. Eso que se llama negativo suele ser la forma superficial de la contradicción. Si mantenemos nuestra desdicha en este nivel superficial, alejamos esa transfiguración, en apariencia amenazante pero en última instancia redentora y curativa que resulta de asumir nuestra
contradicción interior. Debemos revalorar eso que consideramos negativo. Rilke decía que la dificultad es uno de los mejores amigos del alma. Enriqueceríamos nuestra vida si acordáramos a la negatividad la misma hospitalidad que damos a lo que nos da alegría y placer. Evitar lo negativo es incitar su recurrencia. Debemos buscar nuevas formas de comprenderlo e integrarlo. Es uno de los amigos más entrañables de tu destino. Contiene energías esenciales que necesitas y que no hallarás en otra parte. El arte puede iluminar el camino, porque contiene insinuaciones de lo negativo que permi- ten a tu imaginación participar de sus posibilidades. La vivencia del arte puede ayudarte a construir una amistad fecunda con lo negativo. Cuando te paras frente a un cuadro de Kandinsky, entras en una iglesia del color donde la liturgia de la contradicción es elocuente y gloriosa. Cuando escuchas a Martha Argerich interpretar el tercer concierto para piano de Rachmaninof, experimentas la liberación de fuerzas contradictorias que amenazan y ponen a prueba a cada paso la magnífica simetría formal que las sustenta.
Sólo puedes hacerte amigo de lo negativo si reconoces que no es destructivo. A veces parece que la moral es enemiga del crecimiento. Concebimos faIsamente las normas morales como descripciones de la orientación y los deberes del alma. Pero los mejores pensadores de la filosofía moral dicen que son meras señales indicadoras del conjunto de valores latente en nuestras decisiones o provocado por ellas. Las normas morales nos incitan a obrar con honor, comprensión y justicia. Cada persona y cada situación son tan distintas que jamás pueden ser meras descripciones.
Cuando advertimos una inmoralidad interior, tendemos a ser severos con nosotros mismos y a emplear la cirugía moral para extirpar al culpable. Pero con ello sólo conseguimos atraparlo en nuestro interior. Confirmamos nuestra visión negativa de nosotros mismos y desconocemos nuestro potencial de crecimiento. Hay una paradoja extraña en el alma: cuanto más tratas de evitar o eliminar esta cualidad molesta, más te persigue. La única manera eficaz de poner fin al desasosiego consiste en transfigurarlo, dejar que se convierta en algo creativo y positivo que te enriquezca.
trates de alentar la ausencia en lugar de habitar la presencia, te lo dirá claramente. Cuando entras en tu soledad, una de las primeras presencias que se anuncia es lo negativo. Nietzsche dijo que uno de los mejores días de su vida fue aquel en que decidió que sus cualidades negativas eran las mejores que poseía. En esta suerte de bautismo, lejos de desterrar aquello que a primera vista parece desagradable, uno lo integra en su vida. Ésta es la tarea lenta y difícil de la autorrecuperación. Todos tienen ciertas cualidades o presencias en el corazón que son molestas, perturbadoras y negativas. Ser generoso con ellas es un deber sagrado. En cierto sentido es el deber de ser padre afectuoso para esas cualidades extraviadas. La generosidad curará lentamente su negatividad, aliviará su miedo y les ayudará a comprender que el alma es un fogón donde no imperan el juzgamiento ni el deseo febril de poseer una identidad rígida y limitada. La amenaza de lo negativo es poderosa precisamente porque incita a practicar la caridad y la autoliberación, un arte resistido con empeño por nuestro intelecto mezquino. Tu previsión es tu patria y como tal debe contener muchas moradas para albergar tu desen- frenada divinidad. Esta integración respeta la multiplicidad de yos del interior. Lejos de obligarlos a formar una unidad artificial, les permite cohesionarse como un todo al que cada uno aporta sus características únicas. Este ritmo de autorrecuperación exige tu generosidad y sentido del riesgo, no sólo en lo interior, sino también en el nivel interpersonal. Se trata probablemente del territorio incierto del que hablaba Jesús al exhortarte a amar a tu enemigo. Debemos ser cuidadosos en la elección de «enemigos». Un alma despierta sólo debe tener «enemigos» dignos. Un enemigo digno puede revelar tu negatividad y potencialidad. Aprender a amar a tus enemigos es conquistar una libertad que trasciende el rencor y la amenaza.