El cuerpo es un sacramento. Nada lo expresa mejor que la antigua definición tradicional de sacramento, la señal visible de la gracia invisible. Esta
definición reconoce sutilmente cómo el mundo invisible se expresa en el visible. El deseo de expresión yace en lo más profundo del mundo invisible. Toda nuestra vida interior y la intimidad del alma anhelan encontrar un espejo exterior. Anhelan una forma que les permita ser vistas, percibidas, palpadas. El cuerpo es el espejo donde se expresa el mundo secreto del alma. Es un umbral sagrado, merece que se lo respete, cuide y comprenda en su dimensión espiritual. Este sentido del cuerpo encuentra una bella expresión en una frase asombrosa de la tradición católica: El cuerpo es el templo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo mantiene alerta y personificada la intimidad y la distancia de la Trinidad. Decir que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo es reconocer que está imbuido de una divinidad salvaje y vital. Este concepto teológico revela que lo sensorial es sagrado en el sentido más profundo.
El cuerpo también es muy veraz. Sabes que por tu propia vida rara vez miente. Tu mente puede engañarte y alzar toda clase de barreras entre tú y tu naturaleza; pero tu cuerpo no miente. Si lo escuchas, te dirá cómo se encuentra tu vida y si la vives desde el alma o desde los laberintos de tu negativismo. La inteligencia del cuerpo es maravillosa. Todos nuestros movimientos, todo lo que hacemos, exige a cada uno de nuestros sentidos la más fina y detallada cooperación. El cuerpo humano es la totalidad más compleja, sutil y armoniosa.
El cuerpo es tu única casa en el universo. Es la casa de tu comunión con el mundo, un templo muy sagrado. AI contemplar en silencio el misterio de tu cuerpo, te acercas a la sabiduría y la santidad. Desgraciadamente, sólo cuando estamos enfermos comprendemos lo tierna, frágil y valiosa que es la casa de comunión que llamamos cuerpo. Cuando uno trabaja con personas enfermas o que aguardan una intervención quirúrgica, conviene alentarlas a que hablen con la parte de su cuerpo que está mal. Que le hablen como a un socio, le agradezcan los servicios prestados y los padecimientos sufridos y le pidan perdón por las presiones que haya soportado. Cada parte del cuerpo atesora los recuerdos de sus propias experiencias.
Tu cuerpo es esencialmente una multitud de miembros que trabajan armoniosamente para que tu comunión con el mundo sea posible. Debemos
evitar este dualismo falso que separa el alma del cuerpo. El alma no se limita a estar en el cuerpo, oculta en alguno de sus recovecos. Antes bien, sucede lo contrario. Tu cuerpo está en el alma, que te abarca totalmente. Por eso te rodea una bella y secreta luz del alma. Este reconocimiento sugiere un nuevo arte de la oración: cierra los ojos y relaja tu cuerpo. Imagina que te rodea una luz, la de tu alma. Luego, con tu aliento, introduce esa luz en tu cuerpo y llévala a todos los rincones.
Es una bella forma de rezar porque introduces la luz del alma, el refugio esquivo que te rodea, en la tierra física y la arcilla de tu presencia. Una de las meditaciones más antiguas consiste en imaginar que exhalas la oscuridad, el residuo de carbón. Conviene estimular a los enfermos a que recen físicamente de esta manera. Cuando introduces la luz purificadora del alma en tu cuerpo, curas las partes descuidadas que están enfermas. Tu cuerpo tiene un conoci- miento íntimo de ti; conoce íntegros tu espíritu y la vida de tu alma. Tu cuerpo conoce antes que tu mente el privilegio de estar aquí. También es consciente de la presencia de la muerte. En tu presencia física corporal hay una sabiduría luminosa y profunda. Con frecuencia las enfermedades que nos asaltan son producto del descuido de nosotros mismos, de que no escuchamos la voz del cuerpo. Sus voces interiores quieren hablarnos, comunicarnos las verdades que hay bajo la superficie rígida de nuestra vida exterior.
Para los celtas, lo visible y lo invisible son uno. El cuerpo ha sido una presencia desdeñada y negativa en el mundo de la espiritualidad porque se asocia al espíritu con el aire más que con la tierra. El aire es la región de lo invisible, del aliento y el pensamiento. Cuando se limita el espíritu a esta región, se denigra lo físico. Éste es un gran error, porque nada en el mundo es tan sensual como Dios. El desenfreno de Dios es su sensualidad. La naturaleza es la expresión de la imaginación divina. Es el reflejo más íntimo del sentido de la belleza de Dios. La naturaleza es el espejo de la imaginación divina, la madre de toda sensualidad; por eso es contrario a la ortodoxia concebir el espíritu exclusivamente en términos de lo invisible. Paradójicamente, el poder de la divinidad y el espíritu deriva de esta tensión entre lo visible y lo invisible. Todo lo que existe en el mundo del alma aspira
vivamente a adquirir forma visible; allí reside el poder de la imaginación. La imaginación es el puente entre lo visible y lo invisible, la facultad que los correpresenta y coarticula. En el mundo celta existía una maravillosa intuición de cómo lo visible y lo invisible entraban y salían uno del otro. En el oeste de Irlanda abundan las historias de fantasmas, espíritus
o hadas asociados con determinados lugares; para los lugareños, estas leyendas eran tan familiares como el paisaje. Por ejemplo, existe una tradición de que jamás se debe talar un arbusto aislado en un campo porque puede ser un lugar de reunión de los espíritus. Existen muchos lugares considerados fortalezas de las hadas. Los lugareños jamás construían allí ni hollaban aquella tierra sagrada.