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EN EL CORAZÓN DEL MUNDO 1901-

In document Vida de Charles de Foucauld.doc (página 67-200)

HASTA EL ÚLTIMO BOCADO DE PAN

El domingo, 9 de junio de 1901, Charles de Foucauld es ordenado sacerdote en la capilla del Seminario Mayor de Viviers, por un obispo que había sido misionero en Irán, monseñor Montety. La misma tarde volvía a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves con Dom Martín, que le había acompañado. Llegan hacia medianoche; el hermano Charles permanece en adoración ante el Santísimo durante toda la noche, hasta su primera misa. Su corazón está invadido de una inmensa alegría.

Durante los meses de Nuestra Señora de las Nieves, y sobre todo en el momento de su ordenación, una profunda evolución se realiza en Charles de Foucauld. Es una ruptura radical, una ruptura comparable a la gran ruptura que había sido la conversión. Es un cambio brusco con relación a su pasado próximo y a sus ideas anteriores.

Su pasado próximo es esta serie de quince años monásticos. Sus ideas actuales, es el proyecto de una primera presencia en Tierra Santa, y después de una segunda en el Sahara. Muy rápidamente. Charles de Foucauld va a abandonar la idea de implantarse en Palestina y a abandonar, al mismo tiempo, la idea de ser ermitaño. Lo que quiere ahora es ir donde los hombres están más abandonados. He aquí lo que escribe en una carta del 23 de junio, quince días después de su ordenación: «Llevar esta vida de “Nazaret”, no en Tierra Santa, tan amada, sino entre los hombres más enfermos, más desamparados.» «El divino Banquete, en cuyo ministro me he convertido, habría que presentarlo, no a los parientes, a los vecinos ricos, sino a los cojos, a los ciegos, a los pobres; es decir, a las almas que carecen de sacerdotes.»

He aquí, pues, que en el momento de su ordenación, Carlos de Foucauld se siente más especialmente llamado por los hombres que están más alejados del Evangelio. En el momento de su conversión, había sido llamado por Dios y había respondido dándose totalmente a Él. En el momento de su conversión, es atraído fuertemente por los no cristianos y quiere responderles con todo su amor. Hay, así, en Charles de Foucauld, dos extremos: el amor absoluto de Dios y el amor absoluto de los hombres más alejados de Dios; estos dos extremos se unen. En adelante, a partir de la ordenación sacerdotal, Charles de Foucauld se da, con un solo amor, a los dos extremos: a Dios y a los hombres más «pobres» de Dios.

Los no cristianos dirigen una inmensa llamada a Charles de Foucauld; y su grito de llamada atraviesa la vida de este hombre como un relámpago fulgurante. Este relámpago ilumina el pasado de Charles de Foucauld. Los no cristianos son, para él, los hombres que ha encontrado antes de su conversión, son los musulmanes, es decir, los «creyentes» que encontró mientras que él mismo era un no creyente: «En mi juventud, recorrí Argelia y Marruecos. En Marruecos, tan grande como Francia, con diez millones de habitantes, ni un solo sacerdote en el interior... Ningún pueblo me pareció tan abandonado como éstos.» Durante las semanas que rodean su sacerdocio, Charles de Foucauld busca, en su pasado de hombre, en su pasado de no creyente, para encontrar el lugar de su sacerdocio, para descubrir la adaptación concreta de su nueva condición.

Cuando Charles de Foucauld decide una cosa, quiere realizar su proyecto lo más rápida y lo más totalmente posible. Pone en seguida en práctica las decisiones que ha tomado durante el retiro de ordenación. ¿Quién es «el primer confidente de su deseo de ir al Sahara»? Henry de Castries.

Henry de Castries es, como Foucauld, un antiguo alumno de Saint- Cyr, pero un poco mayor que él. En 1873, Castries había sido enviado a Africa. Como Foucauld, había llevado una vida alegre en su primera guarnición de Chambéry y su familia le había hecho orientar hacia Africa. Castries se había prendado de este mundo tan nuevo para él; se había puesto a estudiar el árabe, se había interesado por los usos y costumbres del país; había estudiado la ley coránica. Se había apasionado, cada vez más, por las cosas de Africa. Encargado de crear un pequeño puesto en Aflou, había ofrecido a todo el mundo la más amplia hospitalidad. En el curso de conversaciones, interrogaba largamente a los viajeros de paso, les preguntaba por los caminos que habían seguido, llevaba los itinerarios así obtenidos a mapas que había preparado: es así como pudo hacer aparecer,

en 1880, un mapa de la región del Oranesado del Sur y de los accesos de Marruecos. Y cuando Charles de Foucauld vuelva a Marruecos, después de su exploración, dirá, en una memoria: «Por suerte, tema el excelente trabajo del capitán De Castries: me ha permitido conducirme con la mayor precisión en toda la parte de la cuenca del Drar que he recorrido. Nunca se ha visto gente más pasmada que los Drauas cuando les leía, pueblo por pueblo, el camino por el que quería pasar.» En 1881, cuando Foucauld volvió para combatir junto a sus camaradas, el capitán De Castries no quiso verle. Pero, después de la exploración en Marruecos, cuyo valor podía apreciar Castries mejor que nadie, Foucauld había reconquistado la estima del geógrafo. Pronto Foucauld, como homenaje a Castries, le hará donación del manuscrito de su Reconocimiento de Marruecos. Pero Foucauld no hablará a Castries de su conversión, no le dirá, tampoco, su entrada en religión. Charles de Foucauld, el 23 de junio de 1901, comienza, pues, la carta que escribe a Castries: «F.1 silencio del claustro no es el del olvido...; más de una vez, durante los doce años de esta bendita soledad, he pensado en usted y he rezado por usted.» ¿Por qué reanuda Foucauld las relaciones con Castries? Porque Castries es el mejor geógrafo de la región, el mejor conocedor de ese Oranesado del Sur y de ese Marruecos que cautivaron, una primera vez, a Charles de Foucauld y que atraen, de nuevo, a su corazón. Pero ahora es para llevar el Evangelio del Amor.

Charles de Foucauld hace partícipe a Castries de su proyecto: «Por el Buen Dios es por quien guardo silencio; es también por El por quien lo rompo hoy... Somos unos monjes que no podemos rezar el Padrenuestro sin pensar con dolor en este vasto Marruecos en el que tantas almas viven «sin santificar a Dios, sin formar parte de su reino, sin cumplir su voluntad ni conocer el pan divino de la Santa Eucaristía» y sabiendo que hay que amar a estas pobres almas como a nosotros mismos querríamos hacer, con la ayuda de Dios, todo lo que dependa de nuestra pequeñez para llevar hacia ellas la luz de Cristo. Con este fin, para hacer en favor de estos desgraciados lo que querríamos que se hiciera por nosotros, si estuviéramos en su lugar, querríamos fundar en la frontera marroquí, no una trapa, no un grande y rico monasterio, no una explotación agrícola, sino una especie de humilde y pequeña ermita donde algunos pobres monjes podrían vivir, de algunos frutos y de un poco de centeno cosechados con sus manos, en una estrecha clausura, la penitencia y la adoración del Santísimo Sacramento no saliendo de su clausura, no predicando, pero dando hospitalidad a todo el que viniere, bueno o malo,

amigo o enemigo, musulmán o cristiano... Es la evangelización, no por la palabra, sino por la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino Sacrificio, la oración, la penitencia, la práctica de las virtudes evangélicas, la caridad, una caridad fraternal y universal, compartiendo hasta el último bocado de pan con cualquier pobre, cualquier huésped, cualquier desconocido que se presente y recibiendo a cualquier ser humano como a un hermano bien amado...» En la misma carta, algunas líneas después, precisa su proyecto: «Se dará una humilde hospitalidad a los viajeros de las caravanas y también a nuestros soldados.» Para realizar la evangelización de estos países que ha explorado y que conoce tan bien. Charles de Foucauld ve, como primer medio, la hospitalidad.

Charles de Foucauld sabe que la hospitalidad es una gran realidad humana. En muchas lenguas hay una misma raíz para designar huésped y enemigo; pues el extranjero, es decir, el que no pertenece a la raza o al clan, puede ser considerado de dos maneras: como enemigo o como huésped. Foucauld sabe que se dará un paso decisivo el día en que el extranjero, de enemigo, se convierta en huésped, es decir, el día en que se cree la fraternidad humana, el día en que en el extranjero se reconozca al huésped, y el extranjero se encuentre revestido, por ello, de una dignidad singular en lugar de ser condenado a la maldición. Ese día se podrá decir que algo habrá cambiado en el mundo. El extranjero, en el umbral de la historia humana, es Caín: «Estaré errante y fugitivo por la tierra, y el que me encuentre me matará.» Al fugitivo, al errante, al extranjero, si se le encuentra, se le mata. Pero la situación cambiará el día en que, por el contrario, se le acoja como a un huésped y como a un enviado de Dios.

Charles de Foucauld conoce la hospitalidad del mundo semita y más particularmente del mundo árabe. Conoce la costumbre: el extranjero que ha tocado el umbral de la tienda se convierte en un huésped sagrado, aunque sea un enemigo personal. Entrar en comunión de hogar, y más todavía, en comunión de alimento, hace que un hombre sea sagrado y todo acto de violencia o de desprecio hacia él aparecerá como extremadamente grave. La ciudad de Sodoma recibe el castigo de Dios porque es culpable de haber faltado a la hospitalidad. Abraham, por el contrario, recibió a los tres extranjeros que le habían pedido hospitalidad. Carlos de Foucauld ha comprendido, desde su conversión, que el huésped es, ante todo, Jesucristo: «Era extranjero y vosotros me acogisteis.» Ha comprendido, en lo más íntimo de su corazón, que Jesús se ha identificado para siempre con el huésped: es el extranjero que vino al mundo y que llama a la puerta de vuestras casas: «He aquí que vengo a la puerta y que llamo. Si alguno oye

mi voz y me abre la puerta yo entraré en él, cenaré con él y él conmigo.» Ha comprendido que hay una misteriosa inversión de la hospitalidad. En realidad, en la hospitalidad, el que queda más colmado no es el extranjero que llega, sino el que le recibe. Recibir al extranjero es una gracia. Y quizá Charles de Foucauld se acuerde de lo que se dice en la regla de San Benito: en ella está prescrito expresamente que se reciba al huésped como al mismo Jesucristo.

Pero es en el mundo árabe donde ha visto, más de cerca, cómo los hombres viven concretamente la hospitalidad. En su respuesta, Castries emplea una frase que el joven sacerdote subraya en seguida y en la que encuentra, exactamente, su proyecto: «Usted ha comprendido perfectamente lo que yo querría: establecer una zauia.it Esta palabra «zauia» hace revivir, en la memoria de Foucauld, más vivamente, su exploración marroquí. En este viaje, cerca de veinte años antes, fue acogido en las comunidades israelitas, pero lo fue, sobre todo, en las comunidades musulmanas, las «zauias». Estas últimas comunidades le han impresionado particularmente: son pequeños centros de hospitalidad fundados por cofradías religiosas; en ellas se da asilo y protección a los viajeros, a los peregrinos, a los mendigos, a todo el que pasa, a «todo el que llega».

Las «zauias» no son perfectas: practican y propagan —a veces ampliamente— la esclavitud: el Padre de Foucauld dirá en una carta desde Beni-Abbés, el 15 de enero de 1902, al mismo Henry de Castries: «Muchos esclavos: hay relativamente pocos en el ksur, donde la población es laboriosa, pero abundan entre los nómadas a causa de su pereza y de su orgullo; por las mismas razones abundan en las “zauias”. Por lo demás, la protección de las «zauias» no es siempre segura ni gratuita. Charles de Foucauld lo había experimentado por sí mismo en los últimos días de diciembre de 1883 cuando la «zauia» de Mrimima había exigido de él una buena suma de dinero a cambio del derecho de asilo.

Sin embargo, Foucauld se acuerda de esos centros de hospitalidad; comprende las posibilidades que podía abrir a un testimonio y se acuerda del favor de que gozan las «zauias» en el mundo del Africa del Norte. Así, cuando piensa establecer un monasterio en tierras del Islam, no lo imagina a la manera occidental: inmensos monasterios, sino a la misma manera del país donde quiere insertarse. Charles de Foucauld no quiere ir a implantar una realidad occidental en un mundo diferente. Respeta estos países árabes. Su inspiración evangélica, su respeto por el mundo hacia el que quiere ir, le llevan a ser profundamente «revolucionario» y a adaptarse

exactamente a ese país. Quiere, pues, realizar un centro religioso parecido a estos pequeños centros religiosos del Islam. Quiere fundar un «monasterio-zauia», un «Nazaret» que sea, a la vez, una ermita y un centro de hospitalidad.

¿Cuál es, pues, el proyecto profundo del corazón de Charles de Foucauld? Quiere hacer por los que ha encontrado en Marruecos lo que éstos hicieron por él: le ayudaron a descubrir a Dios y le ofrecieron su hospitalidad. Ahora, él vuelve hacia ellos; quiere, a su vez, darles Dios y pan; quiere estar en medio de ellos como permanente de la oración para todos ellos y ser un hermano acogedor para todos. La fundación que quiere establecer en tierra del Islam no es únicamente un monasterio cerrado; no es tampoco, únicamente, un «centro de acogida»; quiere realizar un lugar que reúna, en sí mismo, de una manera armoniosa, la caridad hacia Dios y la caridad «fraternal y universal»; quiere reunir en su vida, concretamente, el amor hacia Dios y hacia todos los hombres. Quiere «hacer irradiar el Evangelio, la Verdad, la Caridad, a Jesús». Después de una larga etapa de quince años de encuentros contemplativos con el Corazón de Cristo, no se trata para Foucauld de abandonar su pasado y de arrojarse en una simple fraternidad humana, de poner su fe como de lado para vivir mejor la fraternidad humana: desea, ininterrumpidamente, vivir el doble polo de la caridad. La «zauia» que quiere dar a todos, quiere empaparla de un sentido absoluto de Dios y liberarla de cualquier esclavitud; quiere hacer de ella esa cosa única que no es solamente la yuxtaposición, sino la mezcla indisoluble de la consagración total de sí mismo a Dios y de la consagración total de sí mismo a todos los hombres. La «zauia» que Foucauld quiere fundar es, como él dice muy exactamente, «una “zauia” de oración y hospitalidad».

Charles de Foucauld toma el Evangelio del Amor al pie de la letra. Desde entonces, si escribe a Henry de Castries, si escribe al mejor conocedor de la región, es para realizar, lo mejor posible, en tierra del Islam, el Evangelio del Amor. Quiere emplear los mejores medios humanos para vivir, realmente, la caridad de Cristo.

EL PUNTO MEJOR SITUADO

Había realizado, en otro tiempo, por mero gusto, una exploración de Marruecos; se había preparado para ella rigurosamente, de una manera completamente científica. ¿Podría ahora, permitirse preparar, de una

manera inconsciente, la implantación real y fraternal del Evangelio en Marruecos? Emplea, pues, los mismos métodos precisos, la misma exactitud en las encuestas que había utilizado para su primera exploración. A los cuarenta y dos años, este hombre acaba de llegar a la segunda vertiente de su vida, este hombre que se ha fijado en Dios, quiere, en un mismo amor, consagrarse por entero a la fraternidad de los hombres: con el mismo ardor que le había llevado a su primera exploración, va a buscar la manera de darse a los que había encontrado en otro tiempo.

Con métodos precisos, científicos, pues, y no con sueños de joven sacerdote romántico, Charles de Foucauld quiere realizar lo que también el Padre Huvelin llama «su misión»: llevar su Evangelio del Amor a los más abandonados, a los más alejados de Dios, a los más desgraciados. ¿Qué lo prueba? Los términos que emplea al escribir a Castries son términos técnicos: «Qué punto hay que escoger para esta pequeña fundación: el más favorable al bien de las almas...; un punto en el que se pueda entrar en relación con los marroquíes..., el punto mejor situado para formar una cuña, hacer brecha y penetrar, más tarde, progresivamente, en el lado por el que Marruecos es más abordable a la evangelización... Creo que es el sur...; me parece, pues, que habría que situarse en algún oasis solitario entre Ain Sefra y Tuat.»

Castries no sólo le envía informaciones geográficas; le envía también un libro sobre El Islam que había publicado cinco años antes, en 1887. Charles de Foucauld contará su conversión a su amigo, a propósito de este libro. Felicita primero a Castries por haber dado en su libro, a la vez, ejemplos de mártires cristianos y de mártires musulmanes: «Los ejemplos que usted resucita, ejemplos sagrados de nuestros mártires Eulogio, Flora, Isaac Bérard y sus compañeros, ejemplos de musulmanes que, a menudo, practicaron tan admirablemente la virtud: Chikhech-Charáui, Omar II, Mahomet, luchando y sufriendo por el Dios único, no teniendo más que una casa edificada con sus manos y algunas camellas y todos aquellos primeros musulmanes más virtuosos que los cristianos que combatían.»

Pero la lectura del libro de Castries le lleva a expresar con una extrema claridad el fondo de su alma, el movimiento de amor extremo que forma el dinamismo de su vida: la voluntad de entrega absoluta a Dios y a todos los hombres.

Con las informaciones que le proporciona Castries. Charles de Foucauld está pronto en disposición de presentar a su director el conjunto de sus planes. El Padre Huvelin escribe al vicario apostólico del Sahara y

del Sudán y al superior de los padres blancos, Monseñor Livinhac. Les presenta a Charles de Foucauld: «El instrumento duro para una ruda labor... Firmeza, deseo de ir hasta el fin en el amor y en la entrega, de llegar a todas las consecuencias.»

Las autoridades eclesiásticas dan a Charles de Foucauld el permiso para ir a establecerse a Africa. Inmediatamente, incluso sin volver a ver a los suyos, deja Francia. El 10 de septiembre desembarca en Argel; Monseñor Guérin, obispo del Sahara, le espera en el muelle. No sólo le permite establecerse en el Sahara, sino también tener compañeros. Charles de Foucauld había escrito a la señora de Bondy, el 7 de septiembre de 1901, cuál era su deseo: «Ir al sur de la provincia de Orán, en la frontera con Marruecos, a una de las guarniciones francesas que no tuvieran sacerdote, vivir como un monje, silencioso y enclaustrado, sin título de capellán ni de párroco, sino de monje, orando y administrando los sacramentos. El objetivo es doble:

«1.º) Impedir que nuestros soldados mueran sin sacramentos en lugares donde la fiebre mata un número muy elevado de ellos y donde no hay sacerdote;

»2.º) y sobre todo hacer el bien que se pueda hacer actualmente a las poblaciones musulmanas, tan numerosas y tan abandonadas, llevando en medio de ellas a Jesús en el Santísimo Sacramento, como la Santísima

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