(Contraportada)
Una vida extraordinaria: la de un hombre que a los veintiocho años, aristócrata, en posesión de una fortuna, después de una existencia cargada de despreocupación, encuentra el objeto de su vida: imitar a Jesús, hallar una vida de acuerdo con el Evangelio, en la pobreza de una vida sencilla.
La dura vida de la Trapa le parece la acción más próxima a su ideal. Ingresa en la rigurosa orden, pero, su rigor no le basta. Quiere reproducir lo más fielmente posible la vida de Jesús, y hacerlo en países infieles, en ciudades pequeñas, en suburbios, La puesta en práctica de su pensamiento le lleva a Beni-Abbés en Marruecos a vivir como un “morabito” francés, cerca de sus compatriotas y de los indígenas. De allí, a las regiones desérticas sólo pobladas por nómadas, donde encontraría la muerte, asesinado, en última e involuntaria imitación de Jesús, por la acción de un Judas.
Su vida no es un episodio parcial en la historia de una evangelización. Es una vida consumida por el amor de todos los hombres, entregada a la paz entre los hombres, al progreso de los desheredados.
En la biografía escrita por Jean François Six, lo de menos es lo anecdótico: lo esencial es el propósito de dejar hablar a Foucauld, mostrar aquella ardiente llama que resplandece en el desierto y en la noche de nuestro tiempo.
JEAN-FRANÇOIS SIX
VIDA
DE
CHARLES DE
FOUCAULD
Traducción de
T
RINIDAD
S
ÁNCHEZ
-P
ACHECO
Madrid 1966
Traducción del original francés: VIE DE CHARLES DE FOUCAULD Nihil obstat: D. Vicente SERRANO Madrid, 4 de julio de 1966 Imprimatur:
ANGEL, Obispo aux.
y Vic. gen.
Í N D I C E HIJO PRODIGO 1858-1886...6 Hijo único...8 La gran vida...11 Africa...14 Liberación...18 Un existencia solitaria...22 DIOS SOLO 1886-1901...24
«Por su silencio, su dulzura, su bondad...»...24
Dios, ¡si existís!...27
La luz de los acontecimientos...30
El desierto de la Trapa...33
«No somos pobres...»...41
Nazaret...43
Espera...47
Doméstico...54
La condición común de Nazaret...58
«SACERDOTE-ermitaño»...61
EN EL CORAZÓN DEL MUNDO 1901-1916...63
Hasta el último bocado de pan...63
El punto mejor situado...68
«No quiero ser mal pastor»...74
El ejército romano...84
La misión en Marruecos...85
Métodos misioneros...92
El sur misterioso y atrayente...95
Rutas saharianas...101
Unir en la fraternidad...108
Según las circunstancias...111
En el corazón del Hoggar...115
El interés general...117
«Guerras, contradicciones insensatas»...121
Trabajos preliminares...128
Se convierte en uno «del país»...134
La Nochebuena...137
«Siglos, quizá...»...141
«Volver al Evangelio»...147
Un médico protestante...152
«Vanguardia»...166
En el punto más céntrico...171
Civilización...176
«Medio siglo»...181
«La vida es un combate»...187
«Arrebatos de indignación»...193
Uksem, su hijo...198
«Tal, como son»...201
Misioneros laicos...204
Toda la humanidad entera...210
Paz a los hombres de buena voluntad...214
Un hombre de oración...217
Informes a los oficiales...221
Puntos de vista políticos...230
«No les hacemos justicia»...233
Todo lo que hacéis a uno de estos pequeñuelos...237
HIJO PRODIGO
1858-1886
Octubre de 1878. Una habitación en la academia de caballería de Saumur. Un joven vizconde, Charles de Foucauld, se ha instalado confortablemente. Acaba de cumplir los veinte años; mayor de edad, ha podido tomar posesión de su herencia que es inmensa. A su llegada a Saumur ha hecho gran provisión de vituallas y de vinos finos.
«Quien no haya visto a Foucauld en su cuarto, en pijama de franela blanca con galones, confortablemente instalado en su chaise longue o en un excelente sillón, degustando un sabroso pâté de foie gras, regado con excelente vino de Champagne, no puede hacerse idea de lo que es un hombre satisfecho de la vida.» Uno de sus camaradas, el futuro general de Urbal, sitúa así al Foucauld de Saumur.
Este joven de veinte años ha sido siempre un gourmand. Le gustan las cenas interminables y suculentas. Se ha puesto gordo y pesado. De mediana estatura ha estado a punto de ser rechazado por obesidad en el ingreso a Saint-Cyr. No es un hombre apuesto. Pero va siempre a la última moda. Escoge la mejor peluquería de la ciudad y, para ahorrarse la más pequeña fatiga, manda venir al peluquero a domicilio. Hace la fortuna de los sastres y de los zapateros de Saumur. Invita con largueza, es de una prodigalidad loca, juega fuerte, no acepta que un camarero le devuelva el cambio de un luis de oro, no va nunca a cobrar su paga.
El joven y extravagante vizconde de Foucauld se hace pronto célebre en toda la Academia, en toda la ciudad. Se cuentan sus extravagancias. Invitado a una fiesta del gran mundo, en Tours, en el último momento, una vez más, se hace arrestar. Foucauld se viste de paisano, se pega una falsa barba, sale de la Academia sin ser reconocido, salta al tren y se apea en Tours triunfante. Golpe teatral: a la salida de la estación es detenido y conducido a la comisaría. Foucauld no comprende nada. Se le explica: su barba se ha medio despegado y le toman por un bandido. Libre, Foucauld corre a casa de sus amigos. Se ha quitado la barba, y la primera persona a
la que encuentra en la velada es al general que manda la academia de Saumur. Lo que le vale otros quince días de arresto.
Al final de la estancia en Saumur, el inspector general emitirá este juicio sobre Charles de Foucauld: «Tiene distinción, ha sido bien educado. Pero tiene poca cabeza y no piensa más que en divertirse.»
Un hombre dichoso de vivir, un hombre que no piensa más que en divertirse: ¿no es nada más que esto Charles de Foucauld? El sorprendente vizconde de Foucauld que gusta de los buenos trajes y los disfraces, que parece evadirse con facilidad en los placeres, tiene lados misteriosos que sus amigos o sus jefes no conocen. Así, por ejemplo, esta extraña fuga. Una noche, el teniente de Foucauld desaparece de Saumur. Su mejor amigo, su inseparable, el compañero de juergas, el mismo marqués de Morés ignora lo que ha sido de él. Discretamente, le hace buscar por los gendarmes. Se le encuentra, la víspera del día en que iba a ser declarado desertor, en un pueblo perdido del Maine-et-Loire. Se ha disfrazado una vez más, pero esta vez es de mendigo, harapiento y miserable. Vaga por el campo, mendigando su pan.
Ante tales aventuras, nos preguntamos: ¿Quién es Charles de Foucauld? ¿Qué pensamientos le guían? ¿Qué hay exactamente bajo el exterior de este grueso muchacho, detrás de su extrema reserva que nadie pueda penetrar?
HIJO ÚNICO
Tenemos que mirar su pasado para comprender. No es una infancia dichosa la de Charles de Foucauld. Nace en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858. Tres años más tarde tuvo una hermana, María. Charles pasa muy pocos años apacibles. No tiene más que cinco años cuando su padre se ve atacado gravemente de tuberculosis, lo que le obliga a presentar su dimisión como inspector forestal, convirtiéndose en un amargado. Se va a residir a casa de su hermana, la bella Inés, pintada por Ingres y esposa del Sr. Moitessier. Elisabeth de Foucauld, con sus dos hijos, se refugia en casa de su padre, el coronel Morlet. Muere de un aborto el 13 de marzo de 1864. Cinco meses más tarde, el Sr. de Foucauld muere en París, lejos de sus hijos.
El joven Charles de Foucauld queda, pues, huérfano a los cinco años. Guardará siempre la nostalgia del tiempo en que su madre todavía vivía y le orientaba hacia Dios. Charles y María son confiados a su abuelo. Este es
más que débil con sus nietos, con Carlos, sobre todo, que le recuerda mucho a su hija.
A los diez años, Charles empieza el bachiller en el liceo de Estrasburgo. Su profesor dirá más tarde: «Niño inteligente y estudioso, pero que estaba lejos de hacer presentir la naturaleza ardiente e impulsiva que debía manifestar.» Charles es un niño más aletargado que turbulento. No le gusta el ruido. Busca la soledad. Es un niño replegado en sí mismo, de una gran sensibilidad. La muerte de sus padres le ha herido en lo más vivo; este sufrimiento le ha hecho cerrado, vulnerable y susceptible, agresivo e impaciente.
En ese momento, Charles de Foucauld encuentra una especie de nuevo hogar. Su tía Inés le acoge en su propiedad cerca de Evreux. El niño pasa allí vacaciones deliciosas. Pero, sobre todo, es allí donde encuentra a la que será para él una segunda madre, María Moitessier. nueve años mayor que él, una joven sencilla y silenciosa de una gran bondad apoyada en una fe profunda. Ella le comprende; le ayudará, con una inmensa paciencia, tanto a lo largo de sus años de errores como de los de su vida religiosa.
Pero esas horas de dicha apenas duran. En 1870 —Charles tiene doce años — estalla la guerra. Ante el invasor, el señor Morlet huye precipitadamente de Estrasburgo, arrastrando a sus dos nietos en el éxodo. Desastre de Sedan, sitio de París, hambre, derrota, guerra civil: todos estos acontecimientos tienen una profunda repercusión en el ánimo del niño al que afectan dolorosamente las desgracias de su país. Una vez terminada la guerra, el señor Morlet opta por la nacionalidad francesa y se fija en Nancy. El 1.º de octubre de 1871, Charles de Foucauld entra, en cuarto curso, en el liceo de esa ciudad.
El 28 de abril de 1872, hace su primera comunión. Es un acontecimiento que deja una fuerte huella en su espíritu. Veinticinco años después escribirá: «Primera comunión rodeada de las gracias, de los estímulos de toda una familia cristiana, ante los ojos de los seres que yo más quería en el mundo.» María Moitessier está allí; ha venido expresamente desde París. Le ha traído, como regalo, un libro de Bossuet. Ese libro le ayudará a recapacitar su pasado y a convertirse, algunos años más tarde.
La primera comunión, realizada después de una larga y buena preparación, ha sido muy piadosa pero esos días de fervor no se prolongan. Algunos meses después, en octubre de 1872, Charles de Foucauld, que está
en quinto, se pone a leer toda clase de libros. Ese muchacho de catorce años, replegado en sí mismo, se arroja con avidez sobre todas las lecturas que se le ofrecen. ¿Qué saca de ello? Una excelente cultura general, pero su fe se quebranta pronto: llega a dudar de todo. Sus maestros son estrictamente neutrales, no le guían en ningún sentido. El ambiente de la época, la atmósfera, está impregnada de incredulidad y de escepticismo. Carlos de Foucauld habría necesitado lo que él mismo llamará uno de esos «hombres sabios en cosas religiosas, que saben dar la razón de sus creencias». Pero el joven alumno no encuentra un maestro de religión de ese tipo. Su abuelo es creyente, pero es un esteta amante de la literatura y la arqueología y que no puede responder a las preguntas religiosas de su nieto.
Poco a poco, Charles de Foucauld se aleja de la fe. Comienza por apartarse de la práctica religiosa. Viene en seguida una pérdida real de la fe. No es que se haya hecho ateo; no niega formalmente a Dios: para él, Dios es solamente lo incognoscible. Sus estudios contribuyen a encerrarle en sus dudas; busca, con preferencia, los autores que son maestros en escepticismo; le gusta mucho Montaigne, por ejemplo, y Voltaire; escribe a uno de sus amigos: «Algunas novelas de Voltaire son un condimento del que no podría privarme mucho tiempo.»
Recordando lo que pensaba a los quince años, dirá: «Nada me parecía suficientemente probado; la fe semejante con que se siguen religiones tan diversas, me parecía la condenación de todas.»
Guarda un respeto por la religión católica, continúa mostrando deferencia a los religiosos. Pero tiene una duda extrema sobre la capacidad de su razón para alcanzar la verdad. Escribirá: «Permanecí doce años sin negar y sin creer nada, desesperando de la verdad y no creyendo, incluso, en Dios; ninguna prueba me parecía lo suficientemente evidente.»
Quizá María Moitessier le hubiera podido ayudar en su problema. Pero se ha casado el 11 de abril de 1874, se ha convertido en la vizcondesa Olivier de Bondy. Charles de Foucauld se encuentra más solo que nunca. La que considera como su segunda madre parece alejarse de él. El lazo más fuerte que humana y religiosamente le unía a todo lo que creía antes, le parece roto.
En ese mismo año de 1874, a los quince años, Charles aprueba, con dispensa de edad, la primera parte del bachillerato. Decide entonces prepararse para la vida militar, cosa que desea desde hace mucho tiempo. Su abuelo, que estudió en la Politécnica, querría que su nieto pasara por la
misma escuela; pero Charles de Foucauld opta por Saint-Cyr. ¿Por qué? Porque la entrada en Saint-Cyr es más fácil; Charles es muy perezoso.
Entra, pues, para su preparación, en «Sainte-Geneviève». Se trabaja mucho y la disciplina allí es estricta. Charles no soporta esa atmósfera, y casi no trabaja. Aprueba, sin embargo, la segunda parte del bachillerato.
En octubre de 1875 vuelve, para un segundo año, a «Sainte-Geneviève». Acaba de cumplir diecisiete años. Este año es un año terrible. «Creo no haber estado nunca en un estado de espíritu tan lamentable», dirá. «En cierta manera, he hecho más cosas malas en otros tiempos, pero siempre había algún bien al lado del mal», «a los diecisiete años yo era todo egoísmo, todo impiedad, todo deseo de mal, estaba como enloquecido».
Hay que mirar de cerca la evolución de los hechos. No son los errores morales y el pecado los que han hecho perder la fe a Charles de Foucauld; hubo dudas al principio, después alejamiento de la fe, y entonces, tras de la pérdida de la fe, es cuando comienza una completa laxitud moral: «Vivía como se puede vivir cuando la última chispa de fe se ha extinguido.» En aquel muchacho de diecisiete años hay una auténtica voluntad positiva de rechazar toda creencia y, a partir de ahí, toda regla; Charles de Foucauld está entonces tan inmerso en su egoísmo que su actitud le parece la única
normal: «Cuando peor vivía, estaba persuadido de que eso estaba
absolutamente dentro del orden, y de que mi vida era perfecta.»
¿Hay que representarse al Charles de Foucauld de esa época como un joven que busca con ímpetu «caminos de libertad» y que pone un ardor extremado en hacer el mal? De ninguna manera. Está profundamente replegado sobre sí mismo; es vicioso y perezoso, es un adolescente indolente que no tiene gusto ninguno por el trabajo ni por la acción: sólo a veces alguna brusca explosión —como cuando escribe cartas de cuarenta páginas a su abuelo para pedirle permiso para volver a Nancy —y terribles cóleras aisladas.
En el mes de marzo le expulsan de «Sainte-Geneviève». ¿Razones de la expulsión? La pereza y la mala conducta. Faltan tres meses para el examen de ingreso en Saint-Cyr. Charles, que ha vuelto a Nancy, trabaja con un preceptor que le ha puesto su abuelo. Considera como puntillo de honor entrar en Saint-Cyr; se presenta en junio, obtiene el número 82 de 412 alumnos aprobados.
El 27 de octubre deja Nancy para entrar en Saint-Cyr. Acaba de cumplir dieciocho años. En Saint-Cyr, los jóvenes oficiales están
henchidos de ambición y de gloria. Se quiere borrar la derrota de 1870. En la promoción de Foucauld hay nombres que serán ilustres: Driant, Sarrail, Pétain; pero él no tiene nada de inquieto; no es célebre en la academia más que por su gordura, que le ha impedido encontrar, entre los uniformes, uno a su medida.
LA GRAN VIDA
Los dos años de Saint-Cyr son años de indolencia. Foucauld apenas trabaja. No es que lleve una vida de fiestas; al contrario, tiene una existencia solitaria, ocupada en deambular perezosamente. Se aburre. Su vida le parece solitaria y pesada. No se preocupa nada de su indumentaria. Se le nota indiferente a la vida. El segundo año de Saint-Cyr, a los diecinueve años, continúa trabajando como amateur. El 1 de febrero de 1878, es llamado precipitadamente a Nancy: su abuelo agoniza y morirá el 3 de febrero. De esta nueva prueba, Charles de Foucauld dirá que fue una desgracia; la ternura que sentía por su abuelo, que era un hombre bueno, le había impedido caer en un libertinaje alborotado o sórdido. Este último lazo de afecto, que le retenía todavía, está roto ahora.
Al principio, este sufrimiento provoca en él un abatimiento profundo, una especie de aturdimiento que tiene como consecuencia una gran laxitud. Las causas de castigo de esta época no son faltas de disciplina, sino de corrección: «pantalón sucio», «cabellos demasiado largos», todos los signos de un verdadero hastío de vivir. No trabaja en absoluto: el 1.º de abril pierde sus galones: el 19 de agosto sale el 333º de 386, lo que supone un descenso muy fuerte con relación al año anterior.
Saint-Cyr ha terminado. Charles de Foucauld va a entrar, en noviembre, en la academia de caballería de Saumur. Sale en octubre de 1879. ¿En qué lugar? El último. Es el 87º de 87 alumnos.
Nombrado alférez en el 4.º de Húsares en Sézanne, se aburre terriblemente y se hace trasladar a Pont-ü-Mousson que le parece un poco menos insoportable. Instala allí un piso de soltero; alquila otro en París, calle de la Boétie, para los permisos.
¿Cómo aparece el joven oficial a los que le rodean? Sus jefes le encuentran muy joven, falto de firmeza y de ardor, de carácter blando; estiman que no está a la altura de sus funciones. ¿Y sus camaradas? El duque de Fitz-James, que le conoce entonces, cuenta: «Era un gordo divertido y nos unimos rápidamente en una amistad a la que sólo la muerte
puso fin. Por lo demás, ¿cómo no amar y estimar a este buen camarada? Con un tacto perfecto, con una delicadeza exquisita, Foucauld nos dejaba aprovecharnos de su bolsa; a veces, al jugarnos las consumiciones, si ganaba demasiado, le he visto perder expresamente. Muy gourmet, le gustaba obsequiarnos, en pequeños grupos. Nos invitaba a veces a saborear, en un pequeño pero confortable alojamiento, sandwiches de foie
gras regados con excelente jerez. Tenía un criado, un tílbury y un caballo.
Invitaba siempre a montar a su lado, en su coche, a un camarada, pero casi nunca al mismo. No mostraba su coche ni en el barrio ni ante su puerta... Nunca deslumbraba con su lujo.»
La vida de placer y de diversión que había llevado en Saumur la continúa, pero en mayor plan. Toda la pequeña ciudad lorena, militar y piadosa, habla de las excentricidades del teniente Foucauld y de sus escándalos. Dilapida alegremente su fortuna. Sus gastos, difíciles de valorar, son enormes: pero es que sus ingresos anuales son del orden de varios millones de nuestro tiempo. Da suntuosas tiestas nocturnas y también algunas recepciones muy íntimas. ¿No se ven algunas noches, apearse del expreso de París, vivarachas y perfumadas, señoritas de dudosa virtud? Es la época en que Charles de Foucauld se enreda con una cierta Mimí, una demi-mondaine tan espiritual como ligera.
Siempre tan distinguido, pero siempre tan cerrado, frío, Charles de Foucauld continúa divirtiéndose tan locamente, pero cada vez está más taciturno y melancólico. En apariencia, es un bon vivant, se ríe de la vida; pero ¿qué hay en el fondo del corazón de este hombre que va de placer en placer, deseando aturdirse cada vez más? Lo que siente en el fondo de su corazón, no lo confesará a nadie: «Un vacío doloroso, una tristeza que no he experimentado nunca más que entonces, y que me envolvía cada noche cuando estaba solo en mi habitación... Me tenía mudo y anonadado durante eso que se llama las fiestas: yo las organizaba pero, llegado el momento, las pasaba en un mutismo, un hastío, un aburrimiento infinitos... Esa vaga inquietud venía de una mala conciencia que, por muy dormida que estuviera, no estaba muerta del todo. No he sentido esa tristeza, ese malestar, esa inquietud más que entonces.»
Todo el año 1880, el de sus veintidós años, transcurre así, de fiesta en fiesta; pero bruscamente, en diciembre, un acontecimiento viene a trastornar la monótona vida de la guarnición: el 4.” de Húsares se llamará en adelante 4.” de Cazadores de Africa y tendrá sus cuarteles en Sétif y en Bona. Para Foucauld, es un viaje y una aventura más. Deja Pont-a-Mousson, pero no deja su manera de vivir. En Sétif comienza de nuevo la
vida de guarnición, una vida desocupada. Charles de Foucauld comienza a aburrirse.
No está solo. Ha llevado con él a Mimí; lo ha hecho con despreocupación y ligereza; le ha acompañado en el barco, ha desembarcado con él con el nombre do vizcondesa de Foucauld. En tierra, no se ha tomado la molestia de deshacer el equívoco. Por el contrario, hace alarde de esta liaison.
Consejos, amonestaciones, orden, finalmente, de sus superiores: Foucauld no quiere oír nada; quiere continuar llevando la vida que le parezca bien. Aunque Mimí no sea para él más que una insignificante amante, aunque no tenga nada en común con ella, aunque no pueble, de ninguna manera, su soledad, Foucauld no puede admitir que se inmiscuyan en sus asuntos personales: su orgullo se opone a ello absolutamente; pretende afrontar toda sociedad y gobernar solo su vida. Se niega, pues, a someterse y prefiere salirse del ejército. Pasa a la reserva «por indisciplina acompañada de mala conducta notoria». El 20 de marzo de 1881, vuelve a Francia con Mimí; se instalan en Evian.
AFRICA
Charles de Foucauld se ha marchado de Africa. Pero Francia, en ese año de 1881, mira especialmente hacia el sur, hacia Africa; es el año del establecimiento del protectorado francés en Túnez. Es también el año en que el gobierno envía misiones a través del Sáhara para hacer un reconocimiento para posibles trazados de vías férreas. La columna Flatters, exterminada por los tuaregs, es una de estas misiones. El año anterior había tenido lugar, en Madrid, la conferencia sobre Marruecos: se exige al cherif Muley Hassan que conceda un estatuto comercial a las naciones europeas. Brazza había explorado el Gabón en 1875, y la Asociación internacional africana había sido fundada en Bruselas el año siguiente. Francia intervendrá en Madagascar en 1883.
Francia vive, al mismo tiempo, otros acontecimientos en el interior. El año 1880 ha visto la subida al poder de una mayoría republicana. Los católicos son, en su mayor parte, monárquicos, y rinden al pretendiente real un verdadero culto; así se encuentra en Lille, en 1880, un jefe de batallón legitimista que distribuye a sus hombres «manuales del soldado» editados por una casa católica y cuyas noventa y cinco primeras páginas están consagradas a los «deberes hacia Dios». Luis Veuillot, director del
periódico L’Univers y director espiritual del clero francés desde hace casi treinta años, es más papista que el Papa y más realista que el rey. Los sacerdotes «republicanos» son una minoría muy débil.
El 15 de marzo de 1879, Jules Ferry ha propuesto dos proyectos de reforma de la enseñanza, uno de los cuales contiene un artículo, el 7.º, que suprime la posibilidad de enseñanza a una serie de congregaciones religiosas. Un año más tarde, el gobierno va a promulgar dos decretos sobre las «congregaciones no autorizadas»: nueve mil religiosos, cien mil religiosas caen bajo la prohibición. Indignación de los católicos, campañas de todas clases. El padre Félix Klein cuenta en sus Recuerdos que, siendo alumno de segundo en el seminario menor de Meaux, redacta entonces una llamada que terminaba con estas exclamaciones: «¡A las armas, hijos de los cruzados! ¡Viva la libertad y viva la Religión! ¡Viva el Rey y viva Cristo! ¡Muerte a los matarifes! ¡Matad a los republicanos! ¡A las armas! ¡A las armas!» Por el otro lado se escriben panfletos como los Crímenes
del capelo o folletines como Los Amores de un Jesuíta. Y durante este año
de 1889, se había procedido a numerosas expulsiones de religiosos, particularmente de jesuítas. Otra ley, la del 12 de julio de 1880, suprimió la obligación del reposo dominical.
León XIII, elevado al solio en 1878, es políticamente mucho menos absoluto que su predecesor Pío IX. Intenta conciliar, tiene cuidado de no chocar.
En estos años hay una proliferación de invenciones y de descubrimientos: el teléfono eléctrico de Bell data de 1876, el fonógrafo de Edison del año siguiente: en 1877 Thomas y Gilchrist inventan el convertidor de acero. Michelson, en 1881, hace su experimento sobre la velocidad de la luz. En 1879, Pasteur descubre el principio de la vacunación, y en 1881 experimenta la vacuna contra el carbunco.
Durante ese tiempo, en Evian, donde la temporada mundana está en su apogeo, Foucauld se pasea con Mimí; Evian es una manera de vengarse de la vida, de las humillaciones. Foucauld intenta aturdirse en nuevos placeres, pero, más triste que nunca, presa de un hastío tenaz, llega hasta la desesperación; un día exclama: «Soy un hombre acabado.»
Esas semanas de vida mediocre son semanas muy peligrosas: el gran soñador que es Charles de Foucauld, ese hombre que en su infancia quedó profundamente desconcertado por la muerte de sus padres y que ha proseguido inadaptado, ¿no corre el peligro de encerrarse en una eterna adolescencia muelle, instalándose en una experiencia banal e inútil?
Tres meses más tarde, en junio, Foucauld, leyendo un diario, da con una noticia que lee ávidamente. Un título: «Oranesado del Sur. Insurrección de los Uled sidi Cheij.» Más abajo: «El 4.º de cazadores está en pleno combate.» Lee el artículo de un tirón.
¡Sus camaradas se baten! Con una sorprendente capacidad de ruptura, que es uno de los rasgos de su carácter, deja Evian y la alegre vida fácil; va a París, obtiene una audiencia en el Ministerio de la Guerra, pide su reincorporación al ejército: aceptará las condiciones que le sean impuestas (ofrece, incluso, su dimisión para alistarse inmediatamente en los spahis como simple soldado de caballería). Se le devuelve su graduación; se incorpora en seguida a su regimiento en el Oranesado del Sur. El ejército le ha sacado del fango en que se hundía.
Pero ¿será capaz de adaptarse a la existencia del bled ese hombre perezoso, gourmand y sensual, ese oficial independiente y orgulloso? Hace más que adaptarse: está en el centro del combate y de la dificultad; Laperrine ha relatado su comportamiento: «En medio de los peligros y de las privaciones de las columnas expedicionarias, ese literato parrandero se reveló como un soldado y un jefe, soportando alegremente las más duras pruebas, exponiendo constantemente la vida, ocupándose con abnegación de su.» hombres; causaba la admiración de los viejos «mejicanos» del regimiento, de los entendidos.
Se han tranquilizado los jefes; los veteranos de la guerra de Méjico están asombrados ante ese alférez audaz y además afable, franco, servicial, alegre. Pues es un hecho que el alférez De Foucauld está tranquilo y alegre desde que ha dejado las juergas. Sigue siendo chistoso y escéptico. Uno de los que han vivido con él en Sétif, el general D’Amade, ha contado que un día, en una carrera, el caballo de Foucauld se cae; consultado el veterinario, decide matar al caballo. Foucauld consiente, pero pone una condición: él tomará la palabra en el momento del entierro. Y he aquí, en sustancia, lo que dijo: «Fuiste un buen caballo, un excelente caballo. Perteneces a la categoría de los caballos que van directamente al paraíso. Lo siento porque así, no nos encontraremos jamás.»
¿Podemos hablar de esta marcha a Africa como del comienzo de su conversión? Había en este gesto el deseo de coronar una gran obra de orden puramente humano, un estallido de voluntad de poder. ¿Y con qué objetivo, a no ser el de crecer, el de olvidarse, quizá?, porque la acción, lo mismo que el sueño, hace posible la evasión de la vida, una evasión quizá más peligrosa porque es más sutil. Decimos, pues, que esta marcha,
impulsada antes que nada por una búsqueda de sí mismo, tendrá consecuencias imprevisibles y constituirá una etapa real de la conversión.
¿Cuáles son, pues, los efectos de esta primera «inmersión» africana? A partir de la expedición del Oranesado del Sur, Charles de Foucauld rompe la soledad en la que se había encerrado: entra en contacto con los demás.
En primer lugar, se rehabilita ante los suyos. Sufría mucho por la mediocre estima en que le tenía, por ejemplo, su tía, la señora Moitessier, que le encontraba cobarde y sin voluntad. Él tenía una verdadera admiración por ella; a sus ojos, era su familia. Y la señora Moitesuier, que es una mujer enérgica, reconoce el valor que le ha sido necesario a Charles para arrancarse de Evian. Se le ha hablado del coraje de su sobrino en los combates de Africa. Charles de Foucauld se siente reunido, con un lazo de adulto, con aquella que representa, a sus ojos, la tradición familiar.
Hay un segundo descubrimiento que hace el teniente Foucauld: el del ejército, el de la fraternidad de las armas. En el Oranesado del Sur, Foucauld no se ha vuelto a enterrar en el aislamiento de los placeres: se ha mezclado con los hombres cuya vida comparte. Está a la cabeza —le gusta estar a la cabeza— de unos hombres que harían cualquier cosa por él, porque sienten que él tes estima. Los testimonios de los hombres que han servido a sus órdenes son conmovedores: muestran a un Foucauld que no piensa en sí mismo, sino que está al servicio de los hombres a quienes manda, que está especialmente al servicio de los últimos de su tropa, al servicio de los simples soldados.
Hay, finalmente, un tercer lazo que se crea a través de esta expedición del Oranesado del Sur: en el centro del combate, Foucauld encuentra no solamente a hombres que son hermanos suyos de armas, sino a adversarios; se enfrenta con ellos. Y he aquí que, poco a poco, en ese contacto de guerra, Foucauld llega a apreciar al adversario, e incluso a desear conocerle.
Después de la expedición en el Oranesado del Sur, Foucauld es enviado en guarnición a Mascara. Pero, como dirá más tarde: «Los Arabes le habían producido una profunda impresión.» Y ya en Mascara se pone a estudiar árabe. Ha sido conquistado por el sur, por el desierto. Guarda una incesante nostalgia de Africa, ese continente inmenso del que Lyautey habla en su diario personal (Lyautey, que descubre Africa en esos mismos años 1881-82): «¿Qué he amado de Africa sino una embriaguez de dos años, el olvido, una embriaguez pura, un hartazgo de sol, de luz, de
plenitud artística, en toda la acepción de la palabra?» Foucauld ha vislumbrado, en las marchas hacia el sur, inmensos espacios que se abren a inmensos sueños, un horizonte indefinido que le atrae y le subyuga: había allí algo capaz de apaciguar su sed de liberarse de todo límite. Y aunque se trate, para él, de un infinito completamente terrestre, cómo no pensar que, sin embargo, conoció las mismas impresiones que Psichari: «Porque sé que se hacen grandes cosas por Africa, puedo exigirlo todo de ella, y por ella puedo exigirlo todo de mí. Porque es la prefiguración de la eternidad, le exijo que me dé lo verdadero, el bien, lo bello y nada menos... Sidia se acercó a mí y, haciendo un amplio gesto hacia el horizonte, emocionado, transfigurado, me dijo: «Dios es grande.»
LIBERACIÓN
En enero de 1882, Foucauld pide un permiso a sus jefes; da, como razón de este permiso, la idea que tiene de hacer un «viaje a Oriente». Choca con una negativa. A finales de enero presenta la dimisión, que es aceptada en marzo. Va a instalarse a Argelia para perfeccionar el árabe y aprender todo lo necesario para la realización de su proyecto de exploración. Pues ha decidido explorar, no el Oriente, sino ese Marruecos donde nadie ha entrado todavía.
En este hombre de veintitrés años hay una necesidad imperiosa de engrandecerse ante sus propios ojos y ante los de los demás. Hay muchos medios para alcanzar este objetivo. Para la mente de Foucauld, uno de los mejores parece ser una exploración en un país misterioso y considerado como peligroso. En este punto de vista de la exaltación de sí, los combates, que son una empresa colectiva, son mucho menos interesantes que una exploración, que es una aventura solitaria donde se pone de manifiesto el heroísmo en todo lo que éste tiene de iniciativa individual y de valor personal. Y ¡qué gozo pensar que penetrará en el bled es siba, el país de la insumisión y que será el primero en hacerlo!
Parte de Argel el 30 de junio de 1883 con el deseo decidido de llegar al fin, cueste lo que cueste. Ya en ruta, envía el 3 de agosto una nota a su hermana que está muy inquieta; le promete «hacer todo lo que pueda (...), para volver lo más pronto posible, habiendo cumplido el itinerario hasta el
fin». Le escribirá también: «Cuando se marcha uno diciendo que se va a
hacer una cosa, no hay que volverse sin haberla hecho.» A su vuelta, después de un año de terribles correrías a través de Marruecos, cuando
encuentre a su amigo Fitz-James, le dirá estas breves palabras: «Ha sido duro, pero muy interesante y he tenido éxito.» Es definir, en dos palabras, su tenacidad y su voluntad de eficacia.
Al leer el relato del viaje, las notas tomadas día por día, nos damos cuenta de que el joven explorador conoce un inmenso alivio y que se siente victorioso en medio de las mayores dificultades; camina a paso de dios joven.
Al presentar un informe sobre el viaje de Foucauld y al anunciar que el joven explorador recibiría la primera medalla de oro de la Sociedad de geografía, el señor Duveyrier dirá: «No se sabe qué admirar más, si los resultados tan bellos y tan útiles o si la entrega, el valor o la abnegación ascética gracias a los cuales este joven oficial los ha obtenido.» Añadirá que el explorador había sacrificado algo más que su comodidad, habiendo realizado y mantenido hasta el fin algo más que un voto de pobreza y de miseria. Pero Charles de Foucauld dirá más tarde que fue «por gusto», por lo que había soportado tales privaciones y conocido semejantes desprecios. Esto es lo que ha querido hacer de Foucauld; realizarse plenamente a sí mismo, completamente solo. Ha conseguido realizar este proyecto: se ha convertido, de golpe, en un joven y célebre explorador al que se disputan los salones, y esto halaga mucho el orgullo familiar de la señora Moitessier. Pero en esta exploración marroquí, y esto es una cosa que él no ve, Foucauld ha hecho descubrimientos mucho más importantes que los meros descubrimientos geográficos. Ha aprendido mucho más, ha recibido mucho más de lo que él mismo piensa. El mundo que ha explorado ha entrado en él, le ha penetrado enteramente. Ha ido a conquistar y ha sido conquistado.
Primero por los musulmanes. Varias veces, en su viaje, Foucauld ha sido eficazmente protegido por marroquíes que le han salvado la vida. Sabían quién era. Sin dudarlo, le han proporcionado recursos. Sin ellos, Foucauld habría sido asesinado, no en 1916, sino en 1894. Sin darse mucha cuenta de ello, Foucauld descubre la grandeza del mundo musulmán en el que se respeta al enemigo, al hombre que no pertenece ni a su nación ni a su religión, ese mundo musulmán en el que se practica una fraternidad y una hospitalidad reales.
En ese mundo musulmán, Foucauld descubre algo más todavía. Encuentra hombres para quienes Dios cuenta más que nada. Ha visto árabes prosternados, tumbados de bruces, reconociendo la mano de Dios sobre ellos. Ha estudiado el árabe en el Corán, ha leído la enseñanza del
Profeta: «Dios es el Unico, a quien todo le está sometido, nada se le escapa, tiene derecho a la adoración.» Ha visto a hombres viviendo esa enseñanza del Corán. Mientras, por ese contacto con esos creyentes, comienza a comprender que sólo Dios importa y que la vida de un hombre es muy sencilla. Debe consistir en darse totalmente al Altísimo; una existencia no está unificada más que por la donación incondicional a Dios.
Este testimonio de los musulmanes viene a quemarle como un hierro candente, le despierta de su entumecimiento. Todo su ser está penetrado como por un inmenso temblor ante la perspectiva de un Dios-Grande en quien toda la vida del hombre encuentra su sentido. Algunos días después de su ordenación, mientras piensa de nuevo en volver a Marruecos, escribe a su primo Henry de Castries, el 8 de julio de 1901: «Sí, tienes razón, el Islam ha producido en mí una profunda transformación. La vista de esta fe, de estos hombres viviendo en la continua presencia de Dios, me ha hecho vislumbrar algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas... Me he puesto a estudiar el Islam, después la Biblia, y con el concurso de la gracia de Dios, la fe de mi infancia se ha visto afirmada y renovada...» Una semana después escribirá también a Henry de Castries: «El islamismo es seductor en extremo: me ha seducido con exceso.» Esta seducción no era una simple seducción romántica, una atracción provinente de las costumbres árabes; era una seducción religiosa: «El islamismo me gustaba mucho por su sencillez, sencillez de dogmas, sencillez de jerarquía, sencillez de moral.»
Sí, Charles de Foucauld desea salir de la inquietud complicada de sus años de juventud; y por esto la sencillez del Islam está hecha para cautivarle el espíritu y el corazón. Será conmovedor ver a Foucauld, incluso después de su conversión, rezar todavía con pasajes del Corán. Al recobrar a Dios rendía homenaje, fraternalmente, a los que habían dado, especialmente, testimonio de El: los musulmanes de Marruecos.
Al mismo tiempo que a los musulmanes, Foucauld debe mucho a los judíos que encontró en su viaje marroquí. Laperrine escribirá, al hablar del Foucauld de esta época: «Esta vida de un año en medio de creyentes convencidos asestó el último golpe al escepticismo de Foucauld. Admiraba la fuerza que todos estos marroquíes extraían de su fe, tanto los musulmanes fanáticos y fatalistas como los judíos inquebrantablemente apegados a su religión a pesar de siglos de persecución.» No olvidemos que, para hacer esta exploración, Foucauld ha abandonado sus trajes europeos por un equipo israelita: durante un año llevará el bonete rojo y el turbante de seda negra; durante un año será el rabino José Alemán, nacido
en Rusia y arrojado por las últimas persecuciones (figura que viene de Jerusalén y viaja, piadosamente, a la aventura; durante un año, Foucauld va a encontrarse mezclado con las comunidades israelitas). Intenta, sin cesar, meterse en su personaje, el de una raza despreciada: los musulmanes miran con desprecio, en Africa del Norte, a los que pertenecen a la raza judía. Y Foucauld escribirá que, en un determinado camino de Marruecos, ningún musulmán pasó cerca de él sin haberle saludado con esta injuria: «¡Que Dios haga arder eternamente al padre que te engendró, judío!»
Antes, incluso, de haber entrado en Marruecos, Foucauld había comprendido ya las condiciones en que se encontraban los israelitas. Fue en Tlemecén; ya disfrazado, Foucauld está sentado en el suelo en una plaza, come pan y aceitunas. Pasa un grupo de oficiales, Cazadores de Africa. Foucauld los conoce a casi todos: «Los oficiales pasaron distraídos o despreciativos; uno de ellos, con una risa irónica, hizo notar a sus camaradas que ese pequeño judío en cuclillas, comiendo aceitunas, tenía el aspecto de un mono. Nadie me reconoció.» Es cierto que en Saint-Cyr y en Saumur, Foucauld había encontrado, muy a menudo, un antisemitismo violento. Así, en su viaje, Foucauld conoce realmente lo que es pertenecer a la raza en la que nació Jesucristo y comparte los oprobios y la abyección de la raza israelita.
En su viaje, algunos judíos le salvan la vida; y algunos años antes de su muerte, en 1912, Foucauld hará transmitir un mensaje a David Morciano, un israelita de Debdú, dándole las gracias por haberle «salvado de la muerte y haberle considerado como uno de sus hijos». Algunos días antes del fin de su exploración, Foucauld conocerá también lo que es la hospitalidad de los hombres de Israel: al hacer su aseo personal, se pone a lavar su barba. Horror de su compañero de habitación pues un verdadero «judío» no se lava nunca la barba; el explorador se acuerda demasiado tarde de la costumbre. Pero los que están allí le prometen no traicionarle y nadie faltará a este deber de hospitalidad.
Foucauld encuentra, sobre todo, a israelitas creyentes. El mismo dice ser rabino. Su compañero Mardoqueo le lleva a la sinagoga; y Foucauld contará, en la relación de su viaje, una plegaria a la que, entre otras, ha asistido: «La sinagoga presenta la imagen de todos los templos judíos que vería en Marruecos; es una sala rectangular, con una especie de pupitre en el medio y un armario empotrado en la pared. El pupitre sirve para apoyar el Libro de la Ley en las lecturas públicas que ve hacen dos veces por semana; en las comunidades ricas hay un estrado, a veces con un dosel; en las aldeas pobres consiste en una pieza de madera horizontal sostenida por
dos postes. El armario contiene uno o varios ejemplares de la Ley, escritos en pergamino y enrollados en cilindros de madera (como los volúmenes romanos, con la diferencia de que están enrollados en dos cilindros en lugar de uno); estos dobles rollos tienen cincuenta centímetros de alto y están cubiertos por tres o cuatro envoltorios, hechos con las más ricas telas, superpuestos. Así es la sinagoga; un banco apoyado a lo largo de los muros la completa. Después de la cena entran, unos tras otros, treinta o cuarenta hombres; se sientan en los bancos y hablan en voz baja; son los israelitas del lugar que vienen a hacer en común la oración de la tarde; a una señal, todos se levantan, se vuelven hacia Oriente y comienzan su oración, en voz baja o a media voz; intimidado, les miro para hacer como ellos.» Foucauld entra, pues, en ese mundo israelita en el que se reza y, aunque no sea más que para no traicionar su origen, les imita en su actitud de plegaria.
Así, pues, Foucauld, que penetra en Marruecos, es rodeado por una doble fraternidad humana, la de la comunidad musulmana y la de la comunidad israelita. Su exploración le hace descubrir a hombres que se comportan como hermanos hacia él. Esta actitud fraternal germinará en su corazón hasta hacerle desear convertirse él mismo, a su vez, en un hermano para todos ellos, musulmanes e israelitas.
Charles de Foucauld, no creyente, en busca de exploración de tierras humanas, encuentra hombres para quienes Ja Tierra de Dios contaba más que todo. Su actitud de adoración va a insertarse en su espíritu hasta hacerle buscar, apasionadamente, a ese Dios grande que ha entrevisto a través de ellos.
Esta doble transformación no va a cumplirse tan pronto; el retorno de Marruecos va acompañado, de rechazo, de un nuevo acceso, brutal, de furor de vivir; después de tantos peligros y tensiones, Foucauld quiere gustar el placer de la victoria; y su hazaña le ha endurecido.
Apenas terminada su exploración, se arroja de nuevo en la vorágine: «Al volver de Marruecos estaba igual que algunos años antes, y mi primera estancia en Argelia había transcurrido en el mal.»
La bondad de su prima le salvará de este mal. Al contacto con esta bondad, Ja personalidad rígida de Foucauld se aligera de manera inesperada.
UN EXISTENCIA SOLITARIA
Foucauld llega a París el 17 de junio de 1884. Se traslada, cerca de Burdeos, a un castillo de la señora Moitessier. Vuelve a encontrar allí a la señora de Bondy. Esta es extremadamente benévola con él, tan benévola que él se aplica de nuevo, según dice, «a ver y respetar el bien olvidado desde hace diez años». La amistad de su prima es una amistad admirablemente atenta. Charles de Foucauld se baña en esta atmósfera: «He llegado esta mañana al campo; es un ambiente que me agrada mil veces más que el de París; la soledad en compañía de los que más se ama en el mundo, un país encantador, todo agua, todo verdor, es más de lo que necesito para encontrarme perfectamente dichoso.»
«Perfectamente dichoso»: hace mucho tiempo que Charles de Foucauld no ha hablado de dicha, pero ¿cuál es el fondo de su felicidad? Es una mezcla de silencio y de amistad. Foucauld es, en este momento y lo seguirá siendo siempre un hombre prendado de la soledad, pero de una soledad poblada de presencias amadas y silenciosas.
¡Qué diferencia entre el Foucauld, joven oficial de cabeza loca y el Foucauld de hoy, reflexivo, mesurado! Busca paz y estabilidad. Piensa, incluso, en casarse. En Argel ha conocido a la hija de un comandante. Es una joven de veintitrés años; acaba de convertirse del protestantismo al catolicismo. La señorita Titre dirá, más tarde, que Foucauld le había dado la impresión de un profundo dominio de sí; le había encontrado serio, seguro, como una persona de cuarenta y cinco años: «Hablaba muy bien, con cordura, seria o tiernamente, conteniéndose siempre, sin atropellarse, con una reflexión profunda. A esto se añade el que, sin afectación, su manera de vestirse era perfecta, nunca descuidada, siempre adecuada, aunque fuera paisano en aquella época.» Pero la señora de Bondy, puesta al corriente y temiendo un capricho apresurado, desaconseja el matrimonio. Foucauld reconocerá más tarde que había tenido razón.
Durante más de un año, Charles de Foucauld va a preparar la relación escrita de su viaje. Preocupado por la precisión, con una admirable conciencia profesional, hace, incluso, un nuevo viaje al sur de Argelia y Túnez a fin de poderse dar cuenta de los puntos de semejanza que podían presentar con el sur marroquí.
En febrero de 1886 está en París. Alquila un apartamento en el número 50 de la calle de Miromesnil. Quiere encerrarse en una vida de trabajo y preparar otras exploraciones. Se instala a lo árabe, sin lecho —se
acuesta, con el burnus sobre la alfombra —y trabaja vestido de gandurah. Vive a doscientos metros de la iglesia de San Agustín y está muy cerca, también, de la calle de Anjou en que se han instalado, en su villa, la señora Moitessier y María de Bondy.
Fuera, la atmósfera está cargada; el general Boulanger es ministro de la Guerra; las relaciones franco-alemanas son extremadamente tensas; se habla de una guerra para el verano. La gente se maravilla con un coche Daimler capaz de rodar a 20 kilómetros por hora. La exposición se aproxima y se está construyendo la Torre Eiffel: algunos católicos protestan violentamente contra esta construcción, en la que ven una nueva Torre de Babel, fruto del orgullo del hombre. En Nueva York se ha inaugurado la estatua de Bartholdi: La libertad alumbrando al mundo; Fernando de Lesseps presidía la delegación francesa.
Foucauld vive en silencio: «Una vida de estudios serios, una vida oscura, una existencia solitaria.»
DIOS SOLO
1886-1901
«POR SU SILENCIO, SU DULZURA, SU BONDAD...»
¿Cuál es el estado de su espíritu cuando comienza a vivir, en febrero de 1886, en la soledad de su apartamento de la calle de Miromesnil?
En una oración, volviéndose, años más tarde, sobre su pasado, escribirá: «Mi corazón y mi mente continuaban lejos de ti, pero vivía, sin embargo, en una atmósfera menos viciada; no era la luz ni el bien, ni mucho menos..., pero no era una ciénaga tan profunda ni un mal tan odioso... El lugar se iba limpiando de escombros poco a poco..., el agua del diluvio cubría todavía la tierra, pero bajaba cada vez más y la lluvia había cesado... Tú habías roto los obstáculos, ablandado el alma, preparado la tierra quemando las espinas y las malas yerbas.»
Puesto que trabaja en el relato de su exploración, vuelve a considerar todos los encuentros que ha tenido en Marruecos. ¿Va a sentir la tentación de hacerse musulmán?
Charles de Foucauld piensa que el Islam no es la verdadera religión porque el Islam no es suficientemente lógico consigo mismo, porque el Islam no vive íntegramente esa parcela de verdad que hay en él e incluso le impone límites: «Veía claramente —dice a Henry de Castries —que (el Islam) no tenía fundamento divino y que en él no estaba la verdad.» ¿Por qué? Porque «el fundamento del amor, de la adoración es perderse, abismarse en lo que se ama y mirar tocio lo demás como una nada: el islamismo no tiene suficiente desprecio por las criaturas como para poder enseñar un amor de Dios digno de Dios: sin la castidad y la pobreza, el amor y la adoración continúan siendo muy imperfectos; pues cuando se ama apasionadamente se separa uno de todo lo que puede distraer, aunque
sea sólo por un minuto, del ser amado y se arroja uno y se pierde
totalmente en El».
Dios continúa preparándole. Foucauld hará esta confidencia, hablando de febrero de 1886: «La castidad se convirtió para mí en una dulzura y en una necesidad del corazón»; y añade: «Era necesaria para
preparar mi alma a la verdad: el demonio es demasiado dueño de un alma que no es casta para dejar entrar la verdad en ella.»
Esta aspiración a la castidad parece haber sido muy ayudada por el hecho de que Foucauld vivía en contacto con su familia. Ya conocemos a esa familia: la señora Moitessier, que vive con sus hijas, la señora de Bondy y la señora de Flavigny, en su villa de la calle de Anjou —a unos metros de la calle de Miromesnil—. Muy inteligente, con una voluntad testaruda como Foucauld—es digno de admiración el porte de su cabeza en el cuadro de Ingres que la representa—, la señora Moitessier había llegado a organizar y a mantener magistralmente el salón político del sobrino de su marido, Luis Buffet, que había sido ministro a los treinta años. Se había reconciliado con Charles de Foucauld: si el éxito y la gloria de la expedición a Marruecos habían pesado no poco en esta reconciliación, la señora Moitessier tema, sobre todo, un gran afecto por él, afecto un tanto rudo pero profundo. Charles de Foucauld vuelve a encontrar para su tía y su prima «la admiración de antaño» y anotará este sentimiento como una gracia de Dios en el desarrollo de su conversión. Es también una gracia la manera con la que será recibido por los suyos: «Vos les inspiráis la manera de recibirme como al hijo pródigo al que, incluso, no se le hacía sentir que hubiera abandonado nunca el techo paterno. Vos les dais para mí la misma bondad que hubiera podido alcanzar si no hubiera yo fallado... Me estreché más cada vez contra esta familia bien amada. Vivía en ella en una atmósfera tal de virtud, que mi vida volvía; era la primavera que devolvía la vida a la tierra después del invierno; a este dulce sol habían crecido este deseo del bien, esta repulsa del mal, esta imposibilidad de caer de nuevo en ciertas faltas, esta búsqueda de la virtud.»
En ese momento —en aquella primavera de 1886— tiene tendencia a perseguir un esfuerzo todavía muy humano: tiene «el gusto de la virtud, de la virtud pagana». Lee a filósofos paganos, pero experimenta una viva decepción: «No encontraba más que el vacío, el tedio.»
Entonces da con algunas páginas de las Elevaciones sobre los
misterios, de Bossuet, el libro que su prima le había regalado el día de su
primera comunión. Aunque siente «el calor y la belleza» de este libro, está todavía, sin embargo, muy lejos de la verdad: se ve cómo se expresa: «Me ha hecho entrever que quizá la religión cristiana sea verdadera.» Incluso quiere servirse de este libro de una manera que le alejaría, más bien, de la verdad: no ve, en efecto, en estas páginas de Bossuet más que un alimento a su proyecto de ideal estoico: «Quizá encuentre allí, si no la verdad (no
creía que los hombres pudiesen conocerla), al menos enseñanzas de virtud»; se pone, pues, a «buscar lecciones de virtud pagana en libros cristianos...». Se ve que está todavía en un plano puramente moral. Continúa sin resolver el fondo de su problema: no cree que pueda alcanzar la verdad y conocer, al fin, que una religión es la verdadera.
Esta búsqueda estoica permite la influencia decisiva, la que se cumple en el plano, no solamente de la voluntad, sino de la inteligencia y del corazón.
La bondad de María de Bondy era lo que le había atraído a un mayor valor moral. Ahora, es la belleza de esta alma la que le atrae «a la verdad»: «Puesto que esta alma es tan inteligente, la religión que cree tan firmemente no podría ser una locura, como pienso.» Dirá, de la misma manera, a Enrique de Castries que, ante esa persona tan inteligente y tan cristiana, había pensado «que quizá esta religión no era absurda».
María de Bondy es, pues, el primer instrumento de Dios en la conversión de Charles de Foucauld: «Si usted no me hubiera convertido, conducido a Jesús, enseñado poco a poco, casi palabra por palabra, lo que es la piedad y la bondad, ¿dónde estaría yo hoy?» —escribirá más tarde—. Pero, para enseñarle este «palabra por palabra» del amor de Cristo, ella no hace más que callarse, literalmente. Recordando las «misericordias» de Dios en los últimos meses antes de su conversión, escribirá en noviembre de 1897 que María de Bondy había trabajado con Dios, le había secundado en esta aproximación. ¿Cómo?, «por su silencio, su dulzura, su bondad, su perfección; se dejaba ver, era buena y repartía su perfume atrayente, pero no actuaba». Lo esencial de la acción de María de Bondy sobre su primo consistía, pues, en una presencia silenciosa.
Siguiendo ese «método», la señora Bondy aplicaba perfectamente los consejos habituales de su director, el Padre Huvelin. Este era, desde 1875, vicario en la parroquia de San Agustín, la parroquia de los Moitessier; María de Bondy había entrado en su confesionario «por casualidad» —un día de 1876—; lo había encontrado de una gran perspicacia espiritual y le había escogido como director; lo había presentado a los suyos y se había convertido en consejero de la familia.
La vida del Padre Huvelin era de un eclipsamiento y de una ineficacia aparentes. Su apostolado consistía en testimoniar, con bondad y paciencia, mucha amistad a las almas que encontraba; tenía la costumbre de decir: «Cuando se quiere convertir un alma, no hay que predicarla, el mejor medio no es hacerle sermones, es testimoniarle que se la ama.»
Un «método» semejante, vivido por una mujer muy inteligente que habría podido intentar convertir con conversaciones y argumentos, vivido también por un sacerdote que, profesor de historia y orador de gran clase, habría sido capaz de utilizar inmensos talentos de persuasión, chocará mucho a Charles de Foucauld; no dejará de seguirlo él también y de pedir a sus discípulos que salven a sus hermanos estando presentes ante los hombres y siendo testigos silenciosos, junto a ellos, del amor de Cristo.
DIOS, ¡SI EXISTÍS!...
En el mes de octubre de 1886, Foucauld siente dentro de él un hambre extraordinaria de Dios y una profunda necesidad de dirigirse a Él. Entra en las iglesias; durante horas repite incansablemente una extraña oración (experimentando con ello una gran fatiga): «Dios mío, si existís, haced que os conozca.» En adelante, para Foucauld, Dios ya no es, únicamente, una verdad que hay que aprender, es alguien a quien se busca, alguien a quien se querría conocer, alguien a quien se pide que se dé a conocer.
Foucauld espera una respuesta de Dios, pero, al mismo tiempo, no permanece pasivo: quiere interrogar a un «maestro de religión», a un hombre que sepa un poco lo que es Dios. Está, pues, en busca de alguien que le inicie en el conocimiento de Dios. Su prima le habla del Padre Huvelin. En la mañana de uno de los últimos días de octubre, Foucauld entra en la iglesia de San Agustín. El Padre Huvelin está, como de costumbre, en su confesionario. Foucauld se aproxima y dice que no viene a confesarse, sino que quiere adquirir algunos conocimientos sobre Dios y la religión. El Padre Huvelin le dice, sencillamente: «Póngase de rodillas y confiésese.» Inmediatamente después, le envía a comulgar.
La manera de actuar del Padre Huvelin tiene, quizá, algo de sorprendente: aconseja inmediata y vigorosamente que se confiese a ese hombre que viene a decirle que no tiene fe. Pero estamos casi seguros de que el Padre Huvelin estaba al corriente de la crisis de Foucauld durante esos últimos días de octubre: ¿no le había visto, incluso, pasar largas horas en la iglesia?, ¿y acaso la señora Bondy no le había hablado de las preguntas que se planteaba su primo? Pero, sobre todo, el Padre Huvelin posee una intuición impresionante sobre las almas — ¡muchos contemporáneos suyos han hablado de ello! — y ha llegado a la conclusión de que Charles de Foucauld había librado sus últimos combates y que lo
que deseaba ahora no era discutir sino adherirse. Por lo demás, Foucauld tema suficiente personalidad para rechazar al Padre Huvelin si el gesto de confesarse hubiera estado en contra de su íntima voluntad.
Conversión total, incondicional. Foucauld cree: recibe la fe de Dios, y Foucauld, con todas sus fuerzas, quiere responder «sí» a Dios que se ha dado a él. El que, menos de un año antes, escribía a su amigo de la infancia, Gabriel Tourdes: «Definitivo, tú sabes cómo hay que entender esta palabra; los dos somos demasiado filósofos para figurarnos que hay en el mundo algo definitivo», este hombre hace a Dios el don absoluto de toda su vida. Es un cambio radical: «Tan pronto como creí que había un Dios comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para El.»
¿Cómo traducir, en la vida concreta, día tras día, la conversión? ¿Cómo darse a Dios? Y, sobre todo, ¿cómo quiere Dios que Charles de Foucauld se dé a Él? Son estas ardientes interrogantes las que repetirá sin cesar en busca de la exacta voluntad de Dios sobre él; es «la dura lucha de la vocación tan severa como la de la muerte» la que comienza para él. En Roma, diez años más tarde, en diciembre de 1896, escribirá en una meditación: «Siempre éste “¿Qué queréis que haga?” que, en los diez años que hace que me habéis devuelto al redil, que me habéis convertido y, sobre todo desde hace ocho años, vuelve, tan a menudo a mis labios.»
En esta larga búsqueda será ayudado, durante veinticuatro años, por el que le ha invitado a confesarse.
Un amigo, un padre, eso será el Padre Huvelin para el joven converso, y son éstos los dos términos que hay que retener para juzgar su influencia exacta sobre la trayectoria espiritual de Charles de Foucauld. Si éste, por voluntad de entrega absoluta y por temperamento, quiere una dirección que abarque todas las actividades de su vida y le haga obedecer en el menor detalle, el Padre Huvelin no corresponderá a este deseo absoluto de su dirigido; basta con leer su correspondencia para convencerse de ello: ¿cuántas veces tergiversa? ¿Cuántas veces pone, simplemente, a su dirigido frente a las exigencias de su vocación sin darle una respuesta precisa? Cuando actúa, es sólo para desgastar la voluntad de poder siempre renaciente en Foucauld.
Pero, ¿qué quiere hacer, sobre todo, el Padre Huvelin? Insertar, cada vez más, en el corazón de su dirigido un amor sencillo y muy ardiente hacia Jesucristo. Y cuando Charles de Foucauld quiera definir lo que ha recibido de su director, hablará de este injerto paciente del amor de Jesús
realizado en él: «El amor de Nuestro Señor que usted me puso en el corazón, en la medida en que pudo, y con un cuidado tan grande.»
En los primeros meses que siguen a la conversión, el papel del Padre Huvelin consiste, sobre todo, en ayudar a Charles de Foucauld a ver más claro en su situación, la cual, después de doce años de anarquía, presenta un estado más bien caótico.
Hay que volverle a dar, primero, los elementos de la fe, y hay que extirpar lo que el espíritu del joven converso oculta todavía de elementos extraños a la revelación de Jesucristo. «En los comienzos —dirá —la fe tuvo muchos obstáculos que vencer; yo, que había dudado tanto, no lo creí todo en un día.» Sobre todo, dos grandes dificultades: «Unas veces, los milagros del Evangelio me parecían increíbles: otras, quería entremezclar pasajes del Corán en mis oraciones.» Estos obstáculos no parecen haber durado mucho tiempo: «La gracia divina y los consejos de mi confesor disiparon estas nubes.»
Hay que encontrar también una orden religiosa. Pues Foucauld quiere ser religioso, y religioso austero: así es como quiere darse totalmente a Dios. El Padre Huvelin le invita, primero, a leer el Evangelio, más que a estudiar largamente la historia y los reglamentos religiosos: «No sabía qué orden escoger. El Evangelio me mostró que el primer mandamiento es amar a Dios con todo su corazón y que era necesario encerrar todo en el amor.»
Lo que Charles de Foucauld quiere hacer, en adelante, es imitar a Jesús. En la base de todo el itinerario espiritual de Charles de Foucauld está Jesús, a quien quiere imitar, a quien quiere amar sin medida. Después del encuentro con sus hermanos, he aquí que se ha hecho, para él, el gran descubrimiento: Jesús al que mira, Jesús al que ama y con el que quiere vivir en amistad absoluta. Entonces se pone a buscar con pasión en los Evangelios. Sus palabras y sus actos, a fin de conformarse con ellos concreta y simplemente, lo más exactamente posible. Y toda su vida, hasta su muerte, será ahora, a pesar de los caminos inesperados, las contradicciones aparentes, los obstáculos, los fracasos y los retrocesos, una única y sola búsqueda continuada y continua: Jesús.
Esta búsqueda de una vida según el Evangelio, de una imitación exacta de Jesucristo en la existencia cotidiana, esta búsqueda es un combate terrible. Los amigos de Foucauld nos lo muestran, en este momento, tenso y como dolorido; Charles de Foucauld está,
verdaderamente, a oscuras, querría, por fin saber cómo puede imitar a Jesús.
LA LUZ DE LOS ACONTECIMIENTOS
Dios va a darle sobre su vocación la luz, que él pide ardientemente, durante el año 1888, el año de su trigésimo aniversario, especialmente por medio de tres acontecimientos que, progresivamente, expresan, de manera cada vez más precisa, a Charles de Foucauld dónde está, para él, la verdadera imitación de Jesús.
El primero de estos acontecimientos es una frase de un sermón del Padre Huvelin: «Hasta tal extremo habéis cogido el último lugar que nunca nadie os lo ha podido arrebatar.» Charles de Foucauld, hasta el momento, ha buscado ante todo el primer puesto. Y he aquí que descubre que Jesús es el que ha escogido el último puesto, el que se ha hecho servidor de todos, el que no ha conquistado nada por la fuerza, sino que se ha presentado como el pobre, el último de los pobres.
El segundo acontecimiento es una visita a la trapa de Fontgombault, con María de Bondy. Los edificios son extremadamente pobres; el estilo de vida de los monjes es miserable. Y he aquí que, en un recodo, Charles de Foucauld encuentra a un hermano converso que pasa, vestido muy pobremente. Es para él una especie de nueva revelación de Jesús. «Había un hermano con un hábito tan sucio, tan recosido, que esta pobreza le sedujo» —contará la señora Bondy—. Este ejemplo vivo, encontrado un día en el azar de una visita a una abadía, le hace ver cómo podría imitar la extremada pobreza de Jesús. El hermano converso de Fontgombault es un modelo concreto en el camino de la búsqueda del último lugar.
El tercer acontecimiento es una peregrinación a Tierra Santa, realizada entre finales de noviembre de 1888 y principios de febrero de 1889. Es el Padre Huvelin quien le pide que haga esta peregrinación; Foucauld no tiene demasiado interés, pero obedece. Marcha sencillamente, como peregrino solitario. Estará quince días en Jerusalén y en los alrededores; quince días en Galilea; después, de nuevo, quince días en Judea. Podemos seguir su itinerario por las flores, las briznas de yerba, los guijarros que el peregrino ha recogido, piadosamente, en los diversos lugares por los que ha pasado Cristo: manifestación de ternura meticulosa que corresponde muy bien a su carácter.
Algunas semanas después de su ordenación, evocará estas semanas en Tierra Santa: «Ya sabe usted el bien infinito, incomparable, que me ha hecho mi peregrinación a Tierra Santa hace doce años, qué influencia bendita tuvo en mi vida.» Charles de Foucauld sobrepasa el plano de la sola emoción ferviente sentida al contacto con los lugares que Cristo había conocido; descubre en Tierra Santa el rostro muy concreto de Jesús.
Primero se le presenta el Niño Jesús de Belén, el niño muy pobre del Nacimiento. Llega, para la Navidad, a Belén y conoce allí una alegría extraordinaria. Reza en la gruta de la Natividad y se vuelve a encontrar, de corazón, con María y José, en la adoración del Niño-Dios. Pero la alegría de la Navidad deja pronto lugar al sufrimiento. El peregrino que había ya recorrido Jerusalén descubre de repente, a su vuelta de Belén, en los últimos días de diciembre, el misterio de la Cruz: «Después de haber pasado la Navidad de 1888 en Belén, de haber oído la misa del Gallo y recibido la Santa Comunión en la gruta, al cabo de dos o tres días me volví a Jerusalén. La dulzura que había experimentado al rezar en esta gruta en la que habían resonado las voces de Jesús, de María y de José y en la que yo estaba tan cerca de ellos, había sido indecible... Pero ¡ay! después de una hora de marcha, el domo del Santo Sepulcro, el Calvario, el monte de los Olivos, se erigían delante de mí; era necesario, quisiera o no, cambiar de pensamientos y encontrarse al pie de la Cruz.»
En la prolongación de esta comprensión de la Cruz, Charles de Foucauld, algunos días más tarde, el 10 de enero, toma conciencia, en la misma ciudad de Nazaret, de lo que ha sido la vida oculta de Jesús, una vida monótona, común. La humildad de Jesús, que le había impresionado tanto en el Calvario, está inserta, con fuerza, en la condición cotidiana de Nazaret, y Charles de Foucauld se representa desde entonces la vida oculta como una vida extremadamente pobre y despojada: «Tengo hambre de llevar, por fin, la vida que busco desde hace siete años —escribirá en 1896 —(la vida) que he entrevisto, adivinado al caminar por las calles de Nazaret que pisaron los pies de Nuestro Señor, pobre artesano.»
La peregrinación a Tierra Santa es importante; a partir de enero de 1889, Charles de Foucauld sabe mejor cómo debe imitar a Jesús: en la pobreza de una vida sencilla, la vida de Nazaret. Y comienza a practicarla. Poco a poco, a través de la experiencia, descubrirá que esta vida es muy diferente de lo que había creído en 1889; poco a poco, sobre todo, irá encontrando, viviéndole, al mismo Jesús: «Jesús lo ha dicho: es su primera frase a los apóstoles, su primera frase a todos los que tienen sed de conocerle: “Venid y ved”; comenzad por “venir”, siguiéndome,
imitándome, practicando mis enseñanzas; y después “veréis”, gozaréis de la luz en la misma medida en que hayáis practicado... “Venid y ved”; he visto, por mi propia experiencia, la verdad de estas palabras.»
Imitar lo más exactamente posible al «pobre artesano» de Nazaret, he aquí a lo que le lleva, cada vez con una fuerza más irresistible, su amor hacia Jesús, un amor tierno y muy absoluto. A su vuelta de Tierra Santa, el Padre Huvelin le convence para que vaya a Solesmes a hacer un retiro; Charles de Foucauld va con una carta de presentación de su director: «Muy reverendo Padre: el vizconde Charles de Foucauld, que os entregará ésta, es un antiguo oficial, intrépido viajero en Marruecos, peregrino en Tierra Santa, perfecto gentilhombre, muy buen cristiano, que hace de la religión un amor. Desde hace mucho tiempo veo que sus gustos, su atracción, le llevan hacia la vida monástica. Tiene necesidad de vivirla, se ejercita en ella desde hace meses... Le he aconsejado que la viva algunos días en Solesmes, y le suplico, mi Reverendo Padre, que, además de verla, le haga vivirla en medio de ustedes. Conozco al señor De Foucauld desde hace años: es absolutamente seguro y su vocación me parece de las más serias, si no para Solesmes, al menos para una familia monástica. Yo casi desearía Solesmes.»
En este retiro, Foucauld oye unas palabras que quedarán grabadas en su corazón —se trata de una frase que Dom Delatte, prior de la abadía, le dice al despedirse—: «Que se acuerde siempre de dos cosas en las horas de tristeza: que Dios le ama y que la vida no es eterna aquí abajo.»
En Solesmes se le dice que parecía más hecho para la Trapa. Se va, pues, a Soligny: esta vida de la Trapa le atrae y le parece que es la vida que más se parece a la de Jesús de Nazaret. El Padre Huvelin tenía un gran amigo en la Trapa de Aiguebelle: Dom Chautard. Y Aiguebelle había fundado en el Ardéche una abadía pequeña: Nuestra Señora de las Nieves. Era el monasterio más alto de Francia, en un lugar árido con el invierno que dura, a veces, seis meses; era un monasterio muy pobre. El director de Charles de Foucauld lo sabía y ha querido, al mencionarle Nuestra Señora de las Nieves y exponerle las condiciones de vida de ese monasterio, responder a sus deseos. Había incluso más; Nuestra Señora de las Nieves poseía una promesa de pobreza mayor todavía: los decretos de expulsión del 29 de marzo de 1879 habían recaído sobre la Abadía y, para hacer frente a la eventualidad del exilio, Nuestra Señora de las Nieves había fundado en Siria, en Cheikhlé, cerca de Akbés, un pequeño priorato extremadamente pobre: Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que dirigía, desde abril de 1882, Dom Policarpo, el antiguo abad de Nuestra Señora de