• No se han encontrado resultados

Un coro de llantos de ranchito en ranchito y los perros ladraban toda la noche

CAPÍTULO III. NO SE DEJE ENGAÑAR: ESTE LOTE NO SE VENDE

3.3 Un coro de llantos de ranchito en ranchito y los perros ladraban toda la noche

Los primeros habitantes del Barrio Hacienda los Molinos, compran los lotes a muy bajos precios a pesar de la centralidad del terreno, teniendo en cuenta que es un barrio ilegal. De esta manera se puede generar la percepción equívoca de que el territorio en mención está ubicado en las periferias de la ciudad y tal vez en un lugar montañoso y alejado de las instituciones del Estado, pero no es así, el barrio queda prácticamente detrás de la Penitenciaria La Picota y del Batallón de Artillería del Ejército, a muy pocos metros del estación de Policía del barrio Marruecos y de la unidad básica de reacción inmediata de Tunjuelito URI, además cuenta con diversas rutas de transporte, incluyendo alimentadores y la troncal de Transmilenio.

La atención fue captada por diferentes incautos habitantes de los barrios que rodeaban el terreno: muchos pagaban arriendo y otros vieron la posibilidad de hacer negocio y ganar un dinero extra, excavadoras hidráulicas y volquetas trabajando en el lugar, llamaron la atención de diferentes personas.

Yo vivía como inquilino en el barrio Palermo cercano a este lugar, para el año 2011 entraron maquinaria pesada a este terreno, yo pasaba por aquí casi todos los días pues es de camino al barrio donde vivía, me llamó [sic] la atención los cambios que se estaban realizando en el lugar pues era conocido por los atracos, consumo de droga, violaciones y muertos que botaban en la noche, era un lugar inseguro.

Preguntándole a la gente sobre lo que ocurría, me dijeron que estaban vendiendo lotes y desde arriba, desde el barrio Palermo se veía el terreno bonito, plano, alto, libre de inundaciones, un día me vine a averiguar lo de la venta de los lotes y ese día el lugar tenía un ambiente de fiesta, había mucha gente con chaquetas de la alcaldía que en esa época eran naranjas, en una especie de tienda estaban policías y personal de la alcaldía hablando con unos señores, al preguntar quiénes eran, la respuesta que recibí era que eran los duros, la alcaldesa de la localidad y los que vendían los lotes, yo no percibí ningún conflicto, todo lo contrario, yo me fui convencido que ante la presencia de autoridades todo era legal y hasta me entregaron el plano (Imagen 1) los supuestos ingenieros y topógrafos de lo que sería la urbanización, entonces me propuse comprar un lote pues ya estaba cansado de pagar arriendo. (Anécdota de Víctor Hugo Ramírez, Víctima del fraude). Fotografía 6. Víctor Hugo Ramírez

Imagen 1. Plano de reloteo.

Fuente: Elaborado por los ingenieros y topógrafos de ‘Los Tierreros’ y entregado a los posibles compradores de los lotes.

La voz a voz en los barrios cercanos, sobre la venta de los lotes cautivó a muchas personas, incluyendo a desplazados por el conflicto armado.

Yo soy desplazada de Cartagena del Chaira por la Guerrilla, ellos se querían llevar a mis hijos y me perseguían a mí también porque decían que colaboraba con el ejército, pero lo cierto era que yo había salido del puerto para reclamar lo de familias en acción, cuando volví a coger la lancha un guerrillero que había sido raspachín conmigo, ¡yo como raspaba por allá!, me contó y me advirtió lo de mis hijos, que a los menores se los querían llevar y que al mayor lo querían matar, todo porque le había tocado ir a presentarse a Florencia en el ejército para lo de la libreta. Me tocó dejar el ranchito con todo abandonado apenas saqué lo necesario y en la noche, me vine para Bogotá porque aquí vivía una hermana, aquí arribita en el barrio la Paz, nos metimos a la red de desplazados pero eso nos ponen a dar muchas vueltas y uno sin conocer, ¡vivir arrimado es muy feo! Yo tenía una amiga que había comprado aquí un lotecito y ella me convenció que comprara aquí, que todo era legal pero aquí también fue muy duro. (Anécdota María Marlene González, Cardona Víctima del fraude).

Fotografía 7. Señora María Marlene González Cardona

Fuente: Iván Casas

Un número significativo de habitantes que llegaron al lugar, tenían condiciones sociales especiales y en su gran mayoría eran de bajos recursos; gente humilde, cargadas de historias de vida marcadas por la violencia, que ante cualquier esperanza de vivienda cederían sus sueños y confiabilidad al mejor postor. La

venta de lotes estaba a la orden del día, se vendían y se revendían a precios más altos, muchos adquirieron buenas ganancias en estos negocios, pero otros compraban la ilusión de una nueva vida.

Yo tenía ahorradito quinientos mil pesos y con eso compre el lote, le metí unos palitos y unas tejitas de zinc porque no me alcanzaba para más, un señor me ayudó a hacer la base del ranchito yo reciclo material todo lo que me encuentro, que me parece que sirve lo traigo, el ranchito tiene problemas de goteras, mis hijos me regañan dicen que traigo mucha basura pero ahí va más o menos, así va ahorrando uno, yo le compré el lote a un señor que se llama Olimpo Garzón, él está allá (señalando la penitenciaria la Picota) en la cárcel, con otro que le llamaban el barbas (Álvaro Hernández Torrado). Hace más de un año, yo tengo el papel que consta que él me vendió el lote, yo lo aparté con los quinientos mil que tenía ahorrados y seguí pagando por cuotas me costó todo cinco millones, hasta un hermano me prestó. (Anécdota de María Marlene González Cardona)

Yo compré dos lotes cada uno en diez millones, uno de ellos lo compré con un dinero que tenía ahorrado mi mamá y al otro le invertí todo lo que yo había ahorrado desde que llegué a Bogotá, porque yo no nací aquí, soy desplazado, yo trabajaba en una empresa de montajes eléctricos, pero vivía en arriendo, entonces comencé a construir. (Anécdota de Víctor Hugo Ramírez).

En el lugar se tejen historias de diferentes matices. Luis Quintero afirma que ha sido un hombre de negocios, compra y vende carros, al igual que casas y lotes. Cuando se enteró de la venta de los lotes en el lugar, compró tres, los cercó con tejas y él mismo se quedó en el lugar día y noche hasta su reventa, otro buen negocio. Sin embargo, aunque el señor Luis Quintero estaba de paso por el lugar, su sensibilidad afloró en las noches mientras cuidaba sus lotes.

En las noches escuchaba los niños llorar, yo también soy padre, mis hijos ya están grandes, pero eso me dolía, yo no sabía si era por frío o por hambre, pero cuando comenzaba a llover se hacía un coro de llantos de ranchito en ranchito y los perros ladraban toda la noche, pasé noches enteras sin dormir; al otro día compraba leche, pan y huevos y repartía por ahí. (Anécdota de Luis Quintero, Comerciante de lotes).

Por otro lado, había personas que lo habían entregado todo, como el caso del joven Germán González, con tan solo 22 años de edad, al cual lo acompañan en

esta aventura sus dos hijos, Mateo de 5 años, Andrés de 3 años y su compañera Diana Montes.

Mis hijos me ponen a mil cuando dicen que tienen hambre, eso me da escalofríos, desde chiquito yo he sido muy trabajador, no me gustó el estudio, pero sí trabajar, con Diana nos fuimos a vivir en arriendo cuando yo supe que estaba embarazada, en una pieza, ahí en el barrio Diana Turbay, (señalando con una pala la montaña frente al barrio); yo llevaba mucho tiempo trabajando en un lavadero de carros en la autopista norte, Mateíto tenía 2 años y Diana ya estaba esperando a Andrés. La señora que nos había arrendado la pieza era muy cansona, y yo averigüé que aquí vendían lotes, precisamente para ese año me retiré de ese lavadero, para irme a uno que había puesto un amigo, y entonces recibí la liquidación y toda la plata se la metí a este lote, toda; don Luis me lo vendió, no es tan grande como los lotes de los demás, este es como la mitad, con mis amigos hicimos una enramada, con tejas de zinc, pero como no sabíamos nada de construcción, en las noches cuando llovía se nos desbarataba y amanecíamos con mi familia todos mojados, eso nos pasó como tres veces. (Anécdota de Germán González, Víctima del fraude).

Otras personas llegaron al barrio con la intensión de pagar un arriendo más barato, porque ni siquiera tenían el dinero para comprar un lote. Este es el caso de la señora Gloria Alba, madre de tres hijos y desplazada de San José Del Guaviare. Ella llegó al barrio como inquilina a uno de los lotes del Barbas y se convirtió en una de las habitantes más reconocidas en el barrio por su perseverancia y trabajo, pues inició su negocio en la calle con una mesa vendiendo tamales y tinto; ahora, es propietaria de un lote y de una de las tiendas más visitadas del sector. Así consiguió su propiedad doña Gloria:

Venía de pagar un arriendo en Arborizadora Alta de 350 000 mil pesos, el padre de mis hijos me dijo que aquí era más barato yo sin pensarlo me vine para acá, para la época estaba embarazada llegué a pagar un arriendo de 150 000 mil pesos, yo siempre he sido muy trabajadora, yo chatarreaba, trabajaba por días en casas de familia, lavaba ropa, lo que tocara hacer, el padre de mis hijos no vive conmigo, pero él consiguió para comprar un lote y está a nombre de uno de mis hijos. Aquí no hubo ninguna invasión, aquí se pagó por los lotes, es donde vivimos ahora, como yo era prácticamente sola los vecinos me ayudaron a construirlo con los materiales que yo reciclaba, no puedo negar que a mí me ayudaron mucho, aquí como venían a arrojar escombro las volquetas los conductores ya me conocían y me buscaban para entregarme material que servía para construir, como inodoros, puertas hasta ladrillo, me regalaron mercados, pero yo siempre la luché y ahora

me mantengo con esta tienda, no le pido a nadie por lo contrario, lo que me traen todavía a mí, se lo entregó a la comunidad que lo necesita. (Anécdota de Gloria Alba, víctima del fraude).

Fotografía 8. Señora Gloria Alba

Fuente: Iván Casas

Cada vez que la gente se hacía a un lote se tenía que perpetuar físicamente en el mismo, pues si lo abandonaba por mucho tiempo, corría el riesgo de perderlo, en algunos casos, los mismos que se lo habían vendido lo revendían o invadían. Los primeros lotes fueron adecuados para vivienda con polisombras, cartones y tejas de zinc, al construirlas, a lo que más se le prestaba especial cuidado era al techo, evitar las goteras era vital, asimismo en algunos ranchos se realizaban divisiones con paredes falsas hechas con polisombras, para asemejar las habitaciones de los hijos y de los padres, además de la cocina y la sala, realmente era un acto de la imaginación indeleble para el respeto, organización y privacidad de los espacios de estas familias.

Fotografía 9. Hogares que mantienen su estructura desde los inicios del barrio

Fuente: Iván Casas

Para el 2012, año de la ocupación, el gobierno distrital declaró alerta naranja en Bogotá por el invierno; entonces, los noticieros se centraron en las víctimas de las torrenciales lluvias, pero el barrio Hacienda los Molinos, no era tenido en cuenta, ni siquiera por los medios de comunicación, pues aunque no se inundó como en otros sectores de Bogotá, sus habitantes permanecían mojados día y noche, por las deficiencias de los materiales con los que estaban construidas sus casas, como el barrio no estaba pavimentado el lodo los inmovilizaba y era como una mancha que los distinguía de los habitantes de los otros barrios, “eran los invasores”, no llegó ninguna ayuda, la ilegalidad del sector los cercó ante cualquier auxilio estatal.

Yo sufrí mucho, porque vivíamos en unas condiciones tenaces, yo dormía en plásticos, en un cambuche en el lote, ahí guardaba el material, era una época de invierno dura, para esa tiempo se incendió, un rancho de madera, se le quemó todo a la señora, porque como no teníamos luz y si la teníamos eran unas instalaciones artesanales tenaces, muy peligrosas, se quemó esa casa, se le quemó todo a la señora, ahí llegaron los bomberos, por ahí todavía está la señora, luego se nos quemó otra casa al lado de la avenida, luego se nos quemó otra casa allá arriba donde se nos quemaron unos niños, gracias a Dios muy superficialmente y no fue tan grave, pero sí estuvieron hospitalizados varios días en el Simón Bolívar. (Comenta, Víctor Hugo Ramírez)

Realizando una exploración, de los testimonios de quienes fueron los primeros habitantes del barrio, se puede evidenciar en medio de las dificultades por las que pasaron por mantenerse en el territorio, el comienzo de una identidad colectiva y de la semilla de futuras prácticas de micropolítica.

El compartir las mismas situaciones difíciles, generó la apertura de nuevas relaciones sociales de convivencia, que ya poco se practican en la ciudad, puesto que las nuevas vecindades verticales se mueven a través de intereses particulares, parte de esto responde a que las reuniones de las administraciones en los diferentes conjuntos residenciales sean obligatorias, seguramente porque no se ha creado comunidad, a diferencia de lo que comenzaba a ocurrir en el barrio Hacienda los Molinos, pues estas nuevas relaciones sociales están basadas en la necesaria solidaridad para enfrentar y solucionar conjuntamente los retos colectivos.

Estos relatos exponen el nacimiento de la identidad barrial; sin embargo, en este caso la identidad surge desde la negación de la percepción –o prejuicios– que la sociedad y las instituciones tienen de ellos, llamándolos invasores. Por el contrario, ellos se perciben a sí mismos como víctimas de unos estafadores. En función de desmentir que son invasores y afirmar que son víctimas de unos estafadores. Es una identidad que surge desde la negación de un perjuicio, desde el ‘no ser’ que del reconocimiento afirmativo.

El campo micropolítico se comienza a establecer a través de la horizontalidad en la que se encuentran los habitantes que inician el poblamiento del barrio; en tanto no existen diferencias en recursos materiales o prelaciones ante el territorio, sus encuentros se establecen a partir de la vida misma, sus múltiples historias de vida convergen en un mismo lugar, en el que no solo se solidarizan sino que además se abren paso sus prácticas de resistencia ante el Estado. Pero esta comunidad debe cubrir otros frentes, entre ellos el señalamiento de sus vecinos como invasores, ante la presencia de los delincuentes que buscan revender sus lotes y la inclemencia del tiempo, a los que responden de manera creativa.