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Gentecita de los ranchos de lata daban hasta el último pesito que tenían para que no los

CAPÍTULO III. NO SE DEJE ENGAÑAR: ESTE LOTE NO SE VENDE

3.5 Gentecita de los ranchos de lata daban hasta el último pesito que tenían para que no los

Después del desalojo y la demolición, comenzaron a aparecer otros actores conflictivos y con ellos se sumaron los problemas en el sector; entre ellos los policías motorizados del cuadrante, quienes pasaban revista diariamente, para evitar que los propietarios hicieran mejoras a los ranchos. Cualquier tipo de nueva construcción fuera en lata, bareque, prefabricada o ladrillo era derribada. No se podía hacer una zanja ni cualquier tipo de trabajo, lo que generó varios conflictos con los habitantes del barrio, pues a algunos propietarios se los llevaron presos e inclusive otros fueron golpeados.

Fotografía 13. Habitantes del barrio Hacienda los Molinos realizando mejoras a sus viviendas

Fuente: Víctor Hugo Ramírez

La policía llegaba aquí a tumbar lo que hacíamos; al padre de mis hijos, que compró un lote aquí, por estar haciéndole unas mejoras se lo llevaron preso y lo judicializaron por eso, se lo cargaron a empellones, no les importó que él fuera discapacitado. A mi hijo también le pegaron una vez. Luego ya venían era a pedir plata, que nos dejaban trabajar pero había que darles plata a ellos; a mí me tocó darles tres veces. Todo el que quisiera mejorar su ranchito ya sabía que le tocaba no solo invertir en los materiales sino que además dejar una plática aparte, para lo que pidiera la policía. Luego ellos se ponían muy amables y nos decían que si queríamos construir lo hiciéramos de noche. (Comenta Gloria Alba)

Esto ha sido una lucha y todos los días nos acostamos pensando que al otro día iban [sic] a tumbar. Aquí hubo un viejito que hasta le dio un paro cardiaco y se murió de la ansiedad, de los nervios. Llegaba la policía, nos amenazaba, empezaron a robarse la herramienta, el que estaba construyendo porque tenía moditos le tocaba darles su dinerito porque estaba prohibido construir. Desde que comenzó el terreno hubo estafa por parte y parte, yo me vine a enterar que cuando comenzó todo, al comandante de la estación le habían dado su buen billete para que dejara construir. Eso quiere decir que hubo una negligencia total, tanto es así que yo ya hablé con el abogado nuestro y le dije que para el año entrante tengamos preparada la demanda al Distrito, por omisión, por haber sido permisivo en todo esto, porque nos han causado muchos daños materiales y psicológicos de toda clase, nos han discriminado, nos han tratado de ladrones, nos han tratado de invasores, en el caso mío llevó 4 años de tortura. (Comenta Víctor Hugo Ramírez)

Sin legitimidad, el Estado queda desnudo de representación y sin disfraz para encubrir los verdaderos intereses que representa. Se torna una otredad, un afuera, un objeto de la resistencia de la gente, contra el que se puede y se debe luchar.

Innumerables testimonios señalan la intransigencia y corrupción de algunos policías, los cuales se aprovechaban de la situación de la comunidad, de su falta de conocimiento de las leyes y de la verdadera situación jurídica en la que se encontraban. Pero la policía no fue la única que se aprovechó de la situación: ante el miedo que se había generado por la demolición, y los constantes rumores de desalojo, algunas personas del mismo barrio, que tenían conexiones con los abogados que habían contratado ‘Los Tierreros’, intensificaban el miedo en los habitantes asegurándoles que la demolición estaba a menos de dos semanas, que vendieran los lotes así fueran baratos para recuperar algo de lo que habían invertido. Muchos propietarios cayeron en la trampa y vendieron, perdiendo más de la mitad de su dinero, mientras los nuevos propietarios los revendían con otro discurso a nuevos incautos.

Otra manera de despojar a esta comunidad por parte de estas personas anteriormente mencionadas, era correr por el barrio afirmando que la demolición ya era un hecho, que la maquinaria y la policía estaban listas y que la única forma de detenerlas era con dinero. Ellos sostenían que tenían la persona indicada que recibiría el dinero y que aplazaría la demolición.

Comenzaron los abogados pícaros, unidos con una gente de aquí del barrio que afortunadamente ya se fueron, a robar a la gente, les decían: que mañana va a haber un desalojo y hay que pararlo, entonces comenzaban a pedir plata de casa en casa y a quitarle la poquita plata que tenían las personas, les quitaban lo del diario, lo que pudieran dar, que para parar los desalojos, para parar las demoliciones; hasta yo caí varias veces, le daba a los abogados convencido que ellos nos salvaban de la demolición. Gente que dormía en los ranchos de lata y en esos días que el invierno azotó tanto, la gente con el barro en la rodilla; no teníamos agua, no teníamos luz, la gente que había hecho sus pozos sépticos se explotaron y las aguas negras corrían por todo lado. Esta gentecita de los ranchos de lata daban hasta el último pesito que tenían a estos pícaros, para que no los desalojaran. (Comenta Víctor Hugo Ramírez)

Pero también las instituciones hicieron de las suyas, dado que a la población le recomendaron una entidad que se encargaba de la defensa del derecho a la vivienda, llamada Provivienda que funcionaba en el barrio Policarpa, en el sur de Bogotá. Para entonces, una funcionaria de la entidad realizó una reunión donde también se recolectó un dinero para su gestión y representación ante las querellas contra el barrio.

Un día en plena audiencia le pregunté al abogado de Inversiones Aguas Blancas, porque hasta me hice amigo del señor, y le dije: bueno doctor, y a nosotros ¿quién nos está representando acá si la comunidad le ha aportado un dinero a Provivienda y entonces, nuestros abogados? Y el abogado de Agua Blanca soltó la risa y me dijo: “no, aquí están solos”, pues Provivienda nunca se metió a los procesos y nunca solicitó la personería para respaldarnos, otra plata que se perdió. (Comenta Víctor Hugo Ramírez)

De la misma manera, las personas que habían colocado algunos negocios eran víctimas de los paramilitares que rondaban todavía el lugar tratando de revender los lotes, pues estos últimos decidieron cobrar vacunas, para supuestamente brindar seguridad a los nuevos negocios.

Otra situación inusual se desarrolló en una madrugada, cuando llegaron varios camiones repletos de gente a invadir la supuesta invasión; otras personas desplazadas y de escasos recursos creían que podían perpetuarse en el lugar, no se sabía de dónde venían ni cómo estaban organizados, pero lo cierto era que estaban equipados para aguantar la inclemencia de la intemperie. Los habitantes

del barrio les explicaron que los lotes habían sido comprados, que no había nada que invadir pues el terreno ya estaba dividido en diferentes propietarios; la discusión entre la gente del barrio e invasores se mantuvo por horas, en algunos momentos se percibía violento, a tal punto que una de la mujeres que venía con los invasores dio a luz en uno de los camiones, finalmente desistieron de su intensión y se marcharon como vinieron.

Estas situaciones y triquiñuelas eran comunes en el diario vivir de los pobladores; el dinero era fundamental para mantener de pie sus casas y esperanzas, como si con el dinero se compraran los derechos y la dignidad. Se encontraban solos, no había a quién pedirle ayuda desde su supuesta ilegalidad: el Distrito, los medios de comunicación, la policía y los delincuentes estaban en contra suya.

El miedo rondaba cada hogar del barrio Hacienda los Molinos, sus habitantes temían a quedarse sin viviendas, a perder el dinero invertido, tenían miedo de la alcaldía, de la policía, de los abogados. Era muy difícil creer de nuevo en las instituciones y sus funcionarios. Muchos habitantes ya habían sido víctimas del miedo y por eso se sumaban a las cifras de desplazados por el conflicto armado, ahora se enfrentaban de nuevo a ese antiguo adversario, pero en esta ocasión no había hacia dónde huir. El miedo entonces dejaba solo dos opciones, la primera era mantenerse en una quietud presa del pánico y la desesperanza, sin ni siquiera emprender la batalla, seguramente corriendo con la misma suerte que el barrio vecino Bosques de los Molinos y la segunda por lo contrario, consistía en crear un dinamismo que venciera el miedo y todos los avatares que los cercaban a partir de acciones conjuntas, abrir camino con sus movilizaciones y creatividad para la resistencia.

3.6 No podemos vivir en el miedo y que los demás estén haciendo fiestas