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CORRIGE AMABLEMENTE A LOS DEMÁS

APRENDE A HABLAR CON AMABILIDAD

12. CORRIGE AMABLEMENTE A LOS DEMÁS

Corregir o reconvenir consiste en reprender a otro con autoridad, abierta y directamente, por lo que ha hecho mal. Es la manera de expresar desaprobación hacia la persona corregida y deben hacerlo, obviamente, quienes poseen un cargo de gobierno sobre otros, como ocurre con las autoridades eclesiásticas, los representantes de la ley, los padres, los empresarios, los profesores...; en definitiva, quienes tienen obligación de proteger los verdaderos intereses de cualquier actividad en general.

Cuando las exhortaciones amables y el estímulo han fracasado, la caridad debe tomar el camino de la amonestación, que ha de ser siempre manifestación del amor. Cristo no dudó en pronunciar palabras de reprobación: reconvino a Cafarnaún y a Jerusalén, a los apóstoles e incluso a Pedro. Dios censura todo error a través de la voz de la conciencia.

Solo es lícita la corrección que está justificada, es decir, si se trata de un pecado o de esas faltas más leves que conducen fácilmente a él. El Señor dijo: «Andaos con cuidado. Si tu hermano peca, repréndele; y, si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás»[1]. No se está refiriendo a la mera compensación personal del ofendido, sino a la corrección y salvación del que yerra, pues Cristo ha dicho: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano»[2].

El carácter de una persona aparece claramente reflejado en el ejercicio de su autoridad. No puedes evitar manifestar tu grandeza o tu pequeñez, tu egoísmo o tu consideración, en la manera de tratar a quienes te están sujetos, tanto si eres padre o madre de familia, como el jefe de una empresa, un hombre de buena posición social, un superior o un alto cargo en alguna institución.

Es señal de debilidad de carácter ejercer la autoridad con ánimo de enaltecerte a ti mismo jactanciosamente, aludiendo con frecuencia a tu autoridad e insistiendo sin motivo en el respeto que se te debe.

Demuestras tu debilidad de carácter si te tomas como un asunto personal el fracaso en la ejecución de una tarea —o tal vez un error inadvertido— de un subordinado tuyo. Si eres magnánimo, te olvidarás de ti mismo cuando debas corregir y solo tendrás en cuenta el éxito del trabajo que se tiene entre manos y el bien de la persona a quien corriges.

Muestras también que eres débil de carácter cuando hablas o actúas como si la autoridad llevara aparejados un conocimiento, una prudencia, una capacidad y un juicio perfectos en todo.

Si tu carácter es sólido, te conducirás siempre con sencillez y modestia, porque, por mucha autoridad que poseas, serás consciente de que es un medio necesario para unir a los hombres y obtener grandes bienes. La firmeza de carácter de quien tiene autoridad

significa reconocer las propias carencias. Consultarás a otros y buscarás consejo; pedirás ayuda y delegarás voluntariamente en los demás.

LOS MOTIVOS PARA AMONESTAR DEBEN SER JUSTOS

Para corregir con fruto, hace falta delicadeza y mucho tacto. Si quieres que tu amonestación obtenga su fruto, debes estar movida por justos motivos, como los siguientes:

—El celo por el cumplimiento de la ley de Dios. Abstente de corregir si las circunstancias parecen indicar que no se va a lograr el bien deseado: puede que la amonestación empeore aún más las cosas, induciendo a quien es censurado a cometer una maldad mayor o a hacerse incorregible. Quizá hay otra persona capaz de reprender de un modo más provechoso.

—La enmienda de quien ha errado. Habrás llevado a cabo una estupenda obra de misericordia y demostrado la nobleza de tu caridad si apartas a un cristiano del mal camino.

—La responsabilidad en ese asunto. Incumplirías tu deber si dejaras de corregir al prójimo que yerra cuando te corresponde hacerlo a ti.

SÉ LENTO EN CORREGIR

Si la caridad lo exige, no temas corregir, pero no te precipites. Piensa primero si merece la pena, porque hay quienes son aficionados a reprender a otros por menudencias. San Pablo dice a Timoteo: «Reprende, reprocha y exhorta siempre con paciencia y doctrina»[3]. El resultado de una corrección precipitada es que pierde su poder o provoca el efecto contrario.

Sopesa luego si únicamente la corrección logrará la enmienda del prójimo. No permitas que sea el resultado de una pereza mental que no se molesta en buscar otros medios. Puede parecer el camino más corto, pero no siempre es el más prudente y seguro. Antes de hablar reza para que guíen tus palabras. Sé rápido en alabar y lento en corregir: en eso reside la auténtica nobleza de espíritu.

Que tu corrección nazca siempre del amor y nunca del enfado. Muchas veces la gente censura a otros no por el error cometido, sino porque les molesta. En lugar de mostrarse disconformes con las faltas que condenan, disfrutan —al menos inconscientemente— volcando en alguien su mal genio.

No corrijas jamás por enemistad o por soberbia. No está bien recordar a otros constantemente sus defectos, simplemente porque tú eres virtuoso. «No tienes consideración» suele interpretarse como «yo que siempre soy considerado». Una corrección que no brote de la caridad no puede estar justificada ante Dios.

No permitas nunca que la reprimenda degenere en agravios o insultos, ni que contenga algo capaz de herir u ofender. Los abusos, en lugar de corregir o hacer más humilde, despiertan un odio secreto y muy amargo. Cuando la gente responde al abuso con el abuso, da una imagen totalmente indigna del ser humano.

La corrección nacida de un corazón que ama y administrada con amabilidad obtendrá su fruto. La música del amor, tanto si se escucha en el suave tono del elogio como en las notas más severas de la corrección, nunca deja de recibir amor a cambio.

Afirma san Pablo que debemos corregir de manera verdaderamente fraternal. «Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado»[4].

Ten la suficiente comprensión para valorar qué reacción es probable que se genere en la otra persona y disponte a hacerle frente. A la naturaleza humana le cuesta aceptar las correcciones. En la mayoría de los casos, una humillación hiriente puede causar una amargo resentimiento y una honda ira, o provocar el desprecio y la consiguiente indiferencia. Ni una cosa ni otra lograrán el bien deseado.

Si te mueve un auténtico amor a Dios y al prójimo, reprenderás con amabilidad. Quien reciba tu corrección notará la ternura que caracteriza a la santidad. Nada atrae con tanta fuerza el corazón del hombre como las manifestaciones de amor. San Pablo aconseja corregir al que se descarría, y no juzgarlo ni castigarlo: «Vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre»; y exhorta a reprender «como a un hermano»: «Vosotros, hermanos, en cambio, no os canséis de hacer el bien. Y si alguno no obedece lo que os decimos en nuestra carta, a ese señaladle y no tratéis con él, para que se avergüence; sin embargo, no lo consideréis como un enemigo, sino corregidle como a un hermano»[5].

Cuando amonestes a otro, lograrás más fruto si te acercas a su naturaleza sensible con la ternura de Cristo. Elogia generosa y magnánimamente sus buenas cualidades, no con ánimo de adular, sino para dejar constancia de lo bueno que realmente existe en él, y es probable que lo potencies, si no hubiera otros obstáculos. Habla brevemente pero con claridad de lo que es reprensible. No vale de nada extenderse en lecciones ni en sermones. Al amonestado no le llevará mucho tiempo comprender cuál es tu intención.

Que aquel a quien corriges se dé cuenta de que te limitas a hacer recomendaciones por su bien y para que pueda crecer su influencia, y que dejas a su discreción si servirse o no de tu consejo.

Bien sabes que, si sucediera al revés y fueras tú quien recibiese una justa corrección, querrías que te trataran con consideración. Para esta delicada obra de caridad necesitas la guía del Espíritu Santo.

Por eso dice san Pablo: «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga»[6].

—Empieza elogiando. Si tienes algo que criticar, comienza por elogiar y reconocer lo bueno con sinceridad. Siempre es más fácil oír lo que nos desagrada después de haber escuchado alabar nuestras cualidades. No utilices métodos expeditivos. Señala los defectos del otro con tacto.

—Habla de tus fallos antes de criticar los ajenos. No cuesta tanto escuchar cómo recitan tus faltas si quien te critica comienza admitiendo humildemente que también él dista mucho de ser impecable.

—Pregunta en lugar de impartir órdenes directas. Esto hace más fácil que una persona enmiende su error, mantiene a salvo su orgullo y le proporciona un sentimiento de importancia, animándole a colaborar y a no rebelarse.

—Protege la fama del otro. Muchas veces pisoteamos los sentimientos ajenos yendo a lo nuestro, acusando, amenazando, o criticando a un niño o a un adulto en presencia de terceros, sin tener en cuenta el daño que infligimos a su orgullo. Pararse unos minutos a pensar, decir una o dos palabras amables, y una auténtica comprensión hacia la actitud del otro harán mucho por aliviar el resquemor.

—Elogia la más mínima mejora. El elogio, y no la condena, mueve a la otra persona a seguir mejorando.

Reconoce la buena reputación del otro, cuyas expectativas debe cumplir, y hará un gran esfuerzo para no defraudarte. Si quieres que alguien mejore en un determinado aspecto, actúa como si poseyera esa característica. Presupón y afirma que ya cuenta con la cualidad que pretendes que desarrolle. Casi todos, pobres y ricos, están a la altura de la fama de honradez que se les reconoce.

Infunde aliento. Haz que el defecto que quieres corregir parezca fácil de enmendar y deja ver que lo que deseas que haga el otro no es difícil de llevar a cabo.

Dile a tu hijo, a tu marido o a un amigo que es un incompetente y que lo hace todo mal, y habrás destruido prácticamente cualquier estímulo para la mejora. Pero si infundes sin reservas ánimo en el otro, si haces que la cosa parezca fácil y le das a entender que confías en su capacidad, se esforzará todo lo posible por triunfar.

RECIBE LA CORRECCIÓN CON AMABILIDAD

—Escucha sin interrumpir hasta que la persona que te está corrigiendo haya dicho lo que piensa. Esta renuncia de ti mismo te dará serenidad y te ofrecerá la oportunidad de pedir ayuda al Espíritu Santo para saber cómo comportarte.

—Ofrécete a meditar el asunto. Si la acusación es falsa o injusta, ten al menos el coraje y la buena voluntad de decir que lo pensarás, aunque no veas las cosas como te las exponen.

—Evita reaccionar hablando o actuando con violencia o arrogancia, sobre todo si la acusación es falsa. La autodefensa o tu indignación expresa ante la injusticia brinda al otro una fácil oportunidad de suponer que tienes conciencia de tu culpa, por lo menos en cierta medida. Por otra parte, aceptar una reprimenda injusta con amabilidad y buen humor suele interpretarse como señal de inocencia de la acusación que se hace.

—Procura fomentar un sentimiento de gratitud hacia Dios porque te ofrece la ocasión de sufrir por Él. Convierte la reprimenda en una oportunidad para practicar el amor a tus enemigos y demostrar la calidad de tu amor a Dios. Pídele al Señor la gracia de guardar silencio, como hizo Él cuando fue víctima del vil desprecio de la gente y de sus jueces aquel primer Viernes Santo.

[1] Lc 17, 3-4. [2] Mt 18, 15. [3] 2Tm 4, 2. [4] Ga 6, 1. [5] 2Ts 3, 13-15. [6] Ga 6, 2-5.