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PRACTICA LAS OBRAS DE MISERICORDIA

DEMUESTRA TU AMOR OBRANDO AMABLEMENTE

16. PRACTICA LAS OBRAS DE MISERICORDIA

El fin de todo amor es el bien del ser amado; el fin del amor a Dios, su honor y su gloria; el del amor al prójimo, el bien espiritual y temporal de los hombres y, a través de él, el honor y la gloria de Dios. Debes amar al prójimo por amor a Dios.

El amor al prójimo te impone numerosas obligaciones, cuyo objetivo es lograr el bienestar y la felicidad de los demás.

Tu primer deber consiste en prestarles ayuda material siempre que te sea posible. Jesús ha dicho: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber... estaba desnudo y me vestisteis»[1]. Se trata de una ayuda solo corporal, pero no por ello menos necesaria.

Las principales obras de misericordia corporales son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los encarcelados, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos y enterrar a los muertos.

Dar limosna de un modo auténticamente cristiano no solo alivia las necesidades materiales, sino que alza el espíritu del pobre de su triste penuria y sus dificultades. El espíritu del amor debe transformar el mundo y hacer de él un lugar mejor donde vivir. Los pobres nunca dejarán de existir, pero no hay pobreza que no pueda ser menor mientras cada uno de nosotros cuente con la posibilidad de hacer algo por paliarla.

Por eso dice san Juan: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad»[2].

En este sentido, san Pablo describe la actitud auténticamente cristiana: «A los ricos de este mundo ordénales que no sean engreídos y que no pongan su esperanza en las riquezas perecederas, sino en Dios, que nos provee de todo con abundancia para que lo disfrutemos: que hagan el bien, que se enriquezcan en buenas obras, que sean generosos al dar y hacer a otros partícipes de sus bienes, que atesoren para el futuro unos sólidos fondos con los que ganar la vida verdadera»[3].

La Iglesia ha defendido siempre el derecho a la propiedad privada. Pero cualquier superávit, antes que añadirse a la abundancia del rico, tiene que destinarse a quienes carecen de las necesidades básicas. La aversión que causa el rico no se debe a su riqueza, sino al mal uso que hace de ella. No es el que tiene mucho el que desagrada al Señor, sino el que ama en exceso los bienes de este mundo.

Da de lo que tienes. Después de todo, no es realmente tuyo. Los bienes de este mundo los tomamos prestados de Dios. Tienes la obligación de utilizarlos y repartirlos de acuerdo con su voluntad. No es más rico el que más posee, sino el que da más. Negar lo tuyo a quien lo necesita es contrario a la voluntad de Dios y se asemeja a robar. Dice san

Pablo: «Ni los ladrones, ni los avaros... ni los rapaces heredarán el Reino de Dios»[4]. «¡Cuánto amó Jesucristo a los pobres!», dice san Vicente de Paúl. «Él escogió su condición; Él es el Padre de los pobres y considera que lo que se hace por ellos se le hace a Él. Por eso, hemos de amar a los pobres con un amor especial, viendo en ellos la persona de Jesucristo, y haciendo todo por ellos como si lo hiciéramos por Él».

CRISTO TE INVITA A VISITAR AL ENFERMO

Visitar al enfermo es una gran obra de misericordia corporal. Hay quienes son capaces de vivir sin el amor del prójimo, pero a los enfermos el amor de los demás les da la vida.

En ocasiones cuesta amar a los enfermos, necesitados de tanto afecto como los niños. Muchas veces están de mal humor, descontentos y susceptibles, y son exigentes y egoístas.

Aun así, la enfermedad deja al descubierto rasgos de las personas dignos de recibir amor. El hombre enfermo, despojado de su atuendo formal y de los signos externos de su posición y honor, se hace aún más hombre. No importa lo que haya sido: en el lecho del dolor se convierte simplemente en un niño necesitado de ayuda. La enfermedad nos hace más sencillos y humildes.

Un resplandor divino ilumina los tristes rasgos del hombre enfermo, que se asemeja a Cristo doliente, tan desfigurado exteriormente que «no hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él»[5]. Interiormente quizá esté triste, como Cristo cuando dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte»[6]. No hay nada que sufra un enfermo que no lo haya sufrido antes Él.

La caridad que reclama el enfermo es un derecho sagrado. Ni los ruidos ni las conversaciones, ni la falta de consideración ni la incomprensión deben incrementar su sufrimiento. No se le puede abandonar a su aflicción.

Visita al enfermo y sírvele como esté en tu mano: con una palabra de consuelo y aliento, con tu conversación, con tus cuidados, o con un obsequio o una grata sorpresa. La delicada finura del amor te permitirá evitar que note que acompañarle te exige un esfuerzo.

Recuerda que visitar y atender al enfermo es una obra de misericordia con la que alivias una pequeña parte de su miseria compartiéndola con él. Cuando el sufrimiento le vuelva irritable y le lleve a perder el control, escúchale si siente deseos de hablar, y de ese modo podrás dar consuelo a su alma.

Aunque se muestre desconsiderado y constantemente esté pidiendo esto o aquello, sírvele si así le confortas. Al entrar en su habitación, despliega todo el afecto, la serenidad y la paciencia de que seas capaz. Recuerda que el vaso de agua que le ofrezcas se lo ofreces a Aquel que clamó en la Cruz: «Tengo sed»[7].

Cristo, modelo de quienes visitan y cuidan a los enfermos, no evitó el contacto con ellos. Tocó los ojos, la lengua y los oídos enfermos, e impuso sus manos sobre el

leproso[8]. Sabía bien cuánto les consuela que no pasemos de largo junto a ellos.

Dice san Vicente de Paúl: «Visitar y dar consuelo a los enfermos y débiles es obra que agrada mucho a Dios, pues Él mismo aconsejó esta forma de misericordia. Pero, para practicarla con un celo y un mérito mayores, debes ver a Jesucristo en la persona del enfermo, ya que Cristo dice que lo que se hace por el pobre y el enfermo se le hace a Él».

En cierta ocasión, san Juan de Dios se hallaba lavando los pies de un mendigo cuando aparecieron en ellos los estigmas de nuestro Señor. Sin perder el sosiego, san Juan miró al mendigo a los ojos y, con suma sencillez, exclamó: «¡Eres tú, Señor!».

Si no te queda tiempo para el enfermo, ¿no tendrá razones Jesús para mirarte con reproche el día de tu juicio y quejarse en nombre de todos aquellos a quienes ignoraste: «Estuve enfermo y en la cárcel y no me visitaste»[9]?

La humanidad sufriente clama a ti, implorando un acto de amabilidad. Si hay un dolor que te resulte insoportable, que sea el dolor del prójimo. A imitación de Jesús, debes estar siempre dispuesto a obrar el bien, incluso cuando no tengas obligación de hacerlo. No obstante, debes practicar las obras de misericordia en nombre de Cristo, según tus posibilidades y las necesidades del prójimo.

ATIENDE LAS NECESIDADES ESPIRITUALES DE LOS DEMÁS

Tu segundo deber consiste en prestar ayuda espiritual al prójimo siempre que te sea posible. Las enfermedades del espíritu son aún más apremiantes que las físicas. Corregir al que se equivoca, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, perdonar las ofensas y rogar a Dios por los vivos y los difuntos: estas son las principales obras de misericordia espirituales.

Nada hay más precioso en este mundo que un alma en gracia, porque ha sido comprada con la preciosa sangre de Cristo. Una vida entera gastada en rescatar a una sola alma de la ruina espiritual es una vida bien aprovechada. Si las circunstancias no te permiten tratar a muchas almas, entrégate a las pocas que la amorosa Providencia haya puesto a tu lado.

Hacer el bien a los demás es una caridad desinteresada. Compartir sus necesidades físicas y materiales, aliviar su penuria, mitigar su tristeza y ser un instrumento que brinde ayuda espiritual a su alma es una caridad a imagen de la de Cristo y contribuye a la salud de la Iglesia, su Cuerpo Místico.

En el mundo de hoy existe, junto a la miseria corporal, mucha miseria espiritual: una fe que agoniza, una esperanza hecha pedazos, un amor destrozado, la duda, el error, la pasión y el pecado. No dejes que tu caridad ignore tanta miseria.

Un día, la muchedumbre puso a los pies de Jesús a un hombre afectado de una cruel parálisis. El Señor, sin embargo, vio en él una desgracia aún peor: la enfermedad del alma. Conmovido en su misericordia divina, pronunció unas palabras omnipotentes: «Ten

confianza, hijo, tus pecados te son perdonados»[10]. El Señor sabía que la necesidad de su alma era mucho mayor que la del cuerpo.

El alma es más profundamente consciente de sus necesidades que el cuerpo. Quien sufre solo en el cuerpo puede ser feliz mientras su alma permanezca sana. Pero aquel cuya alma está enferma nunca puede hallar reposo, por sano que se conserve físicamente. El pecador no siempre es consciente de su enfermedad, pero a la hora de la muerte su triste estado, lejos de hallar la paz, se agrava aún más.

LAS OBRAS AMABLES LLEVAN ALMAS A CRISTO

En otra ocasión, Jesús contempló la triste miseria de una mujer sorprendida en adulterio y se compadeció de ella, porque veía un alma humana, la criatura más bella y noble de su Padre: un hijo de Dios; y, movido por su amor misericordioso, se volvió hacia esa alma y le dijo: «Tampoco yo te condeno»[11]. Palabras llenas de piedad, de confianza, de amor, de disposición al perdón. El pecador no necesita ser juzgado, sino recibir misericordia y amabilidad. La amabilidad ha convertido a más pecadores que el celo, la elocuencia o la sabiduría.

A menos que seas un sacerdote en el confesionario, no puedes pronunciar una sola palabra que redima al pecador de su miseria espiritual, pero sí cuentas con el poder de tu amable manera de hablar. Una palabra oportuna, pronunciada con prudencia y afecto, tiene un poder extraordinario. Y dispones también del silencioso —pero todavía más elocuente— lenguaje del buen ejemplo, que habla más alto que las palabras. Finalmente, cuentas con las poderosas palabras de la oración, con la que puedes salvar las almas de los hombres obteniéndoles la gracia de la conversión.

Emplea estas palabras, igual que Cristo empleó sus palabras llenas de poder. Tu misión en la vida es la de reconquistar para Dios este mundo suyo, infeliz y díscolo, y devolverlo a Él. Haces con el pecador una magnífica obra de caridad cuando le ayudas a liberarse de la miseria del pecado para ponerlo en el camino que conduce a la paz de Dios y a la vida eterna.

Y rindes también un servicio a Dios, que se mantiene siempre al lado del pecador y hace suyos sus intereses. El pecador ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, aunque esa sagrada y hermosa imagen esté distorsionada y profanada por el pecado. Debes sentirte urgido a restaurar la imagen de Dios en el alma del pecador. Tienes que colaborar, si es que puedes hacerlo.

En el pecador no es solo la imagen de Dios la que sufre; en cierto modo, como dice san Pablo, Dios mismo es deshonrado y crucificado: «Crucifican al Hijo de Dios y lo escarnecen»[12].

Es una obra espléndida convertir al pecador y, por así decirlo, quitar los clavos de las manos y los pies de su Dios que, cosido al madero del pecado, sufre en el alma del pecador.

Y es también un inmenso favor que te haces a ti mismo. Como hijo de la eternidad, eres consciente de la urgencia de esforzarte por alcanzarla. Ese anhelo de tu alma quedará plenamente satisfecho si tiendes tu mano para ayudar en la obra de la salvación de las almas. San Ignacio de Loyola nos dice: «Os aconsejo que os dediquéis a ayudar al alma del prójimo de modo que siempre podáis procurar a la vuestra el cuidado necesario para guardarla y perfeccionarla en todas las virtudes, para gloria de nuestro Señor».

[1] Mt 25, 35; 36. [2] 1Jn 3, 17-18. [3] 1Tm 6, 17-19. [4] 1Co 6, 9-10. [5] Is 53, 2. [6] Mt 26, 38. [7] Jn 19, 28. [8] Mt 9, 29; Mc 7, 33; Mt 8, 3. [9] Mt 25, 43. [10] Mt 9, 2. [11] Jn 8, 11. [12] Hb 6, 6.