• No se han encontrado resultados

Crítica del mundo afectivo

El estudio de los sentimientos podría terminar aquí. Disponemos ya de un plano del laberinto, de un croquis esbozado e imperfecto que nos permite transitar por él sin extraviarnos. Los sentimientos, ya lo sabemos, son una evaluación del presente que procede del pasado y nos empuja hacia el futuro. Son frutos de la memoria, de la realidad y de la anticipación. Derivan de nuestras tendencias e implantan tendencias nuevas. Están influidos por los recuerdos y a su vez organ- izan la memoria. No en vano nos acordamos de las cosas, y al usar esta palabra derivada de cor, corazón en latín, estamos mencionando las raíces afectivas del recuerdo.

Los sentimientos brotan de nosotros «como el calor de un alimento caliente», dijo Rilke. Vivimos esa emanación afectiva como agradable o desagradable, ac- tivadora o deprimente. Buscamos unos sentimientos y huimos de otros. Funcion- an como sensores de dirección, que nos dicen si vamos por buenos o malos an- durriales, animándonos a persistir o a cejar, a luchar, a escondernos, a pavon- earnos, a claudicar.

Todo esto ya está explicado y podríamos dar por acabada nuestra explora- ción. Al fin y al cabo, no ha sido más que una descubierta. Pero nos queda un último pasadizo por explorar. Una galería cuya entrada descubrimos nada más comenzar el viaje. Los sentimientos cumplen una función adaptativa, en eso es- tán de acuerdo la mayor parte de los expertos. Nos ayudan a dirigir la acción, y son fenómenos naturales genéticamente diseñados. A pesar de lo cual los so- metemos a crítica. Todas las culturas han diseñado un modelo afectivo, foment-

ando unos sentimientos y prohibiendo otros. Consideramos que la estructura de nuestra personalidad afectiva puede ser un obstáculo para la felicidad o para la perfección moral. Rechazamos unos sentimientos porque nos hacen desgra- ciados; otros, porque nos hacen malos. No sólo sentimos, sino que juzgamos nuestra vida sentimental.

Este asunto me llena de perplejidad. Me parece sorprendente y trascendent- al. Siento al estudiarlo la misma admiración que sentiría un biólogo al que se le permitiera contemplar el nacimiento de la vida. Creo descubrir aquí un fenó- meno originario, la aparición de una nueva clase de experiencias. La inteligen- cia humana va a transfigurar nuestras operaciones afectivas de la misma manera que ha transfigurado nuestras operaciones intelectuales. Todo sigue igual y dis- tinto. No podemos prescindir de nuestros sentimientos porque forman la textura de nuestro ser, pero aspiramos a vivir por encima de nuestros sentimientos. De la misma manera que la inteligencia encuentra posibilidades nuevas en las co- sas materiales cuando integra sus propiedades reales en proyectos inventados, y hace que el petróleo vuele y que las caedizas piedras mantengan en alto es- piritadas bóvedas y que el agua embalsada produzca luz, así actúa también en nuestra vida sentimental. Los deseos nos lanzan más allá del deseo, el anhelo de felicidad más allá del placer, los sentimientos más allá de los propios senti- mientos. Experimentamos miedo, oímos sus voces en los sótanos de la concien- cia apremiándonos a huir o a escondernos y, sin embargo, decidimos aguantar. La ira nos atrae hacia su remolino, pero no queremos ceder a su poderosa fas- cinación. La sexualidad nos impulsa hacia lo genérico, pero el amor nos lleva hacia lo individual.

Pretendemos utilizar nuestros afectos como utilizamos el mar. No podemos alterar sus mareas, ni el encrespamiento de su oleaje, pero podemos utilizar su fuerza para navegar. Construimos un rumbo afectivo usando las fuerzas irre- mediables de nuestra afectividad básica.

¿Qué pretendemos con ello? ¿Cuáles son los criterios con que evaluamos los sentimientos? Hay dos. Unos sentimientos nos sumergen en la desdicha y nos gustaría librarnos de su nefasto influjo. Queremos mantener la exaltación y la alegría, y librarnos de las tristezas, del desánimo y del aburrimiento. En este capítulo estudiaré las consecuencias de este afán de cambiar. El segundo criterio es más sofisticado. Tiene un carácter moral y nos sirve para separar los buenos

sentimientos de los malos, sin que por el momento sepamos de dónde nos viene esta peregrina idea.

Creo que, sin buscarlo, hemos descubierto la fuente de la moral. Las teorías éticas se han dividido en dos grandes grupos irreconciliables. Uno tiene como idea central la felicidad. El otro, el deber. Ninguno de los dos acierta a funda- mentar la moral. Quienes la identifican con la búsqueda de la felicidad explican fácilmente la motivación ética. ¡Cómo no vamos a buscar nuestra felicidad! En cambio, les resulta difícil justificar la universalidad de las normas porque cada cual encuentra su felicidad donde puede. A las éticas del deber les ocurre todo lo contrario. Justifican la universalidad de la norma, pero no saben cómo con- vertirla en motivo para actuar. ¿Quién quiere los deberes? Sería estupendo que nuestra exploración de los sentimientos sirviera para aclarar el fundamento de la ética.

2

El ser humano ha deseado siempre alterar su estado de ánimo. ¿Es posible cambiar nuestro balance sentimental? Desde niños aprendemos técnicas para hacerlo, que funcionan con eficacia cuando los sentimientos son superficiales. Si mi irritación procede del cansancio, me basta con descansar para que desa- parezca. Si estoy aburrido, puedo buscar compañía, salir a navegar, o jugar al tenis. Algunos miedos se desvanecen si consigo reírme de ellos. Sin embargo, todos somos conscientes de las limitaciones de estas estrategias.

El lector ya conoce los ingredientes de nuestro balance sentimental: unos son coyunturales, y cambian de caso en caso; otros son estructurales, y depend- en de nuestro carácter, que funciona así como un destino biográfico. En muchas ocasiones los sentimientos son adecuados a la situación real y la única solución para cambiar realmente nuestro estado de ánimo sería cambiar lo que nos su- cede. Unas veces es posible hacerlo y otras no, porque hay situaciones reales irresolubles. De estos casos hablaré más tarde. Otras veces la situación puede cambiarse pero el sujeto en vez de enfrentarse con ella prefiere cambiar por otros medios su propio sentimiento. Aquí entran en juego, a veces, soluciones cosméticas, como el alcohol, los tranquilizantes, los estimulantes. Alteran el resultado del balance sin cambiar las partidas, como hacen los malos contables.

Otras veces se producen comportamientos que alteran algunas de las partidas sentimentales. Saber en cada momento cuál es la mejor forma de resolver el problema suele ser difícil. Supongo que el lector conocerá la antigua plegaria de la serenidad:

Que Dios me conceda serenidad

para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valentía para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para ver la diferencia.

Al escuchar las historias terribles de abusos familiares, de crueldades o vi- olaciones, soportados durante años, todos nos preguntamos por qué las víctimas no acudieron a la policía para denunciar el hecho. En muchos casos, el miedo a hacerlo era tan fuerte que optaron por la peor solución: cambiar su sistema afectivo para amoldarse a tan terrible estado.

En este caso, como en muchos otros, entran en juego los componentes es- tructurales. A una persona cobarde le faltarán fuerzas para enfrentarse a la situa- ción. Una persona optimista superará con buen ánimo las dificultades. Una persona agresiva puede desbaratar su mundo familiar con sus intemperancias. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de este libro, el estudio de los sentimi- entos, de sus causas o efectos, nos conduce hasta la personalidad.

Nuestro estilo de sentir es depresivo, furibundo, exaltado, melancólico, abúlico, optimista, pesimista, amoroso, híspido. Éste es el caso que más me in- teresa, cuando no son las cosas sino el modo como interpretamos las cosas lo que nos hace felices o desdichados. Así sucede en esas ocasiones que Fernando Pessoa describe en su poesía, cuando nos invaden oscuras desolaciones tal vez porque es grande el alma y la vida pequeña, y tan sólo alcanzamos hasta donde el brazo llega y tan sólo vemos hasta donde alcanza el mirar. Entonces:

¡Qué profunda inquietud, qué desear otras cosas que no países ni momentos ni vidas,

qué desear tal vez otros modos de estados de alma humedece por dentro este instante tan lento y lejano!

Hay personalidades que parecen poco dotadas para la felicidad, porque en cada bache ven un precipicio y en cada decepción una tragedia. No tienen ilusiones e incluso las desdeñan, como el mismo Pessoa en el Libro del de- sasosiego: «El cansancio de todas las ilusiones… Su pérdida… La inutilidad de tenerlas… El antecansancio de tener que tenerlas para perderlas… La amar- gura de haberlas tenido… La vergüenza intelectual de haberlas tenido, sabiendo que tendrían tal fin…». Pessoa armó minuciosamente la trampa donde se iba a meter.

Otras personalidades, en cambio, tienen una mirada aguda para percibir lo estimulante. Basta comparar los versos de Pessoa con los de Walt Whitman:

¡Ay, vivir un poema de nuevas alegrías, siempre!

¡Danzar, aplaudir, exultar, gritar, saltar, brincar, seguir viviendo, seguir flotando!

Ser marinero del mundo, en dirección a todos los puertos. Ser un barco (mirad las velas que extiendo al sol y al aire). Un barco desbord- ante y raudo, lleno de palabras ricas, lleno de alegrías.

¿Quién no prefiere la alegría a la tristeza, la serenidad a la angustia, el ánimo a la depresión, la exaltación a la melancolía, el amor a la envidia, la generosidad al odio, la intrepidez a la medrosidad? Lo malo es que al llegar a la edad adulta nos encontramos con un estilo sentimental hecho que, como he explicado, con- figura el núcleo duro de nuestra personalidad. Parece que hay personas que ex- perimentan sentimientos positivos, agradables y estimulantes con más frecuen- cia que otras, y que estas diferencias significativas en el tono afectivo son es- tables durante largos periodos de tiempo. Al menos eso dicen Diener y Larsen. En una palabra, las personas difieren en su habilidad general para ser felices, y para algunos autores, como Jahoda, la habilidad para disfrutar de la vida es un criterio de salud mental.

En este punto comienzan los problemas. Aquí sólo voy a tratar tres. ¿Está tan claro que haya que cambiar un modo de sentir sólo porque produzca des- dicha? ¿Se puede realmente cambiar? ¿Tenemos un modelo claro del cambio que nos gustaría conseguir? A responder a estas preguntas va a estar dedicado el resto del capítulo.

3

Rainer Maria Rilke no quiso cambiar. Necesitaba el sufrimiento para crear, dice una de sus biógrafas, aunque después niega que fuese un «masoquista» como mantuvo el doctor Simenauer, y que «gozara renunciando», como supone Lou Andreas-Salomé. Cuando su esposa, Clara, al igual que Lou Andreas, le acon- sejan que se someta al psicoanálisis, se niega porque supone que si se deshi- ciera de sus sufrimientos perdería también su capacidad creadora. Al fin y al cabo había escrito «es un privilegio poder sufrir hasta el fin, para conocer de la vida hasta sus más íntimos secretos». El 14 de enero de 1912 dice en una carta al doctor Emil von Gelbsattel, médico psicoanalista: «Si no me equivoco, mi mujer está convencida de que es una especie de dejadez por parte mía lo que me impide hacerme analizar conforme al aspecto piadoso de mi naturaleza (como dice ella); pero esto es falso; es precisamente, por así decirlo, mi piedad lo que me impide aceptar esta intervención, ese querer poner en orden mi interior, esa cosa que no forma parte de mi vida, esas correcciones en tinta roja en la página escrita hasta ahora. Ya lo sé, estoy mal, y usted, querido amigo, ha podido ya comprobarlo; pero créame, estoy tan lleno de esta maravilla incomprensible e inimaginable que es mi existencia que, desde un principio, parecía imposible y, no obstante, continuaba, de naufragio en naufragio, por caminos cuajados de las más duras piedras, que si pienso en la posibilidad de no volver a escribir, me trastorna la idea de no haber trazado sobre el papel la línea maravillosa de esta existencia tan extraña».

Rilke no quería cambiar su modo de sentir porque temía que «si expulsaba a mis demonios interiores, alguno de mis ángeles, aunque fuera el más pequeño, quedaría aterrado», y su capacidad de crear se resentiría. No voy a entrar en las ideas que Rilke tenía de la inspiración, que me parecen herencia de una con- cepción mitológica del quehacer poético. Sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que la búsqueda del cambio afectivo debe cuidar de no perder más de lo que gana. El dolor físico es un acontecimiento odioso que debe paliarse cuanto antes, pero su abolición completa acarrearía consecuencias dramáticas, como lo demuestran los casos de insensibilidad congénita al dolor. Estos suje- tos, aparentemente afortunados, sufren lesiones terribles al carecer de un sis-

tema de alarma. No sufren, pero se destrozan y mueren (L. D. Cohen y otros: «Case report. Observation of a person with congenital insensitivity to pain», Journal of Abnormal and Social Psychology, 51, 1995).

Con la aparición de la farmacología cosmética y de las drogas que alteran el estado de ánimo se ha planteado una interesante polémica acerca de las venta- jas e inconvenientes de eliminar todos los sentimientos desagradables. Heide- gger, para quien el sentimiento de la angustia revela nuestra verdadera condi- ción, se habría subido por las paredes al pensar que pudiéramos alienarnos con un fármaco. Más que indignación provocan risa las circunspectas discusiones de algunos psicoterapeutas sobre la conveniencia de dejar sufrir durante cuatro o cinco días a las personas que hayan experimentado una grave pérdida, antes de euforizarlas químicamente.

La complejidad del sentimiento, resultado de múltiples partidas subjetivas y balance de nuestro ajustamiento a la realidad, exige una cuidadosa atención a las condiciones del cambio. Los sentimientos nos revelan significados de la realidad que acaso sea suicida o monstruoso aniquilar. Es precisamente esta ne- cesidad de saber lo que conviene cambiar, y, en su caso, si es posible hacerlo y cómo, lo que aconseja que pongamos la inteligencia al servicio del sentimiento y de sus sugerencias.

El caso de Jean-Paul Sartre es completamente distinto al de Rilke. Siendo muy joven, escribió a una muchacha: «No he nacido con un carácter afortunado, salvo la inteligencia. Hay en mí un carácter de solterona, estúpidamente sen- timental, asustadizo y blando. Esas tendencias tienden a reaparecer a cada in- stante y al suprimirlas mantengo una actitud artificial. Nunca soy auténtico, pues siempre busco modificar, recrear. Nunca tendré la dicha de actuar con es- pontaneidad». Comentando este texto, profundo y patético, podría exponer gran parte de las paradojas del sistema sartriano, o, lo que es igual, de Sartre, ya que como confesó explícitamente no distinguía entre una cosa y otra. La libertad, que es espontaneidad, le obligaba a actuar sin espontaneidad. Citaré un texto de la autobiografía que escribí de él: «A los doce años ya se sabe si te resignarás o no. Yo no me resigné. ¿Mi carácter era detestable? Lo cambiaría. ¿Me sen- tía sometido a los demás? Acabaría sometiéndoles con mi seducción. ¿Estaba decepcionado por mi fealdad? No sería feo ni un día más. Me elegiría atract- ivo y lo conseguiría desplegando mi ingenio. Todo se resumía en una palabra: crear. He profesado siempre un cartesianismo de la creación. Invento, luego ex-

isto. Fuera de mí sólo hay trampas peligrosas. No podía contar con nadie ni con nada. Tuve que ser mi propia causa. Fui mi propio autor y por eso nunca quise depender de nadie. No quiero que me hagan favores. Me resulta insoportable la idea de que me ayuden. No he pedido ayuda en mi vida».

Hasta aquí hay dos casos opuestos que tienen, sin embargo, un rasgo común: la creencia en la posibilidad de cambiar. Les distanciaban muchas cosas. Rilke fue aparentemente resignado y pasivo. Sartre, aparentemente rebelde y activo. Ambos buscaron sin duda la felicidad, pero uno quiso encontrarla profundiz- ando en la desdicha que le permitía crear; y otro creando, para cambiar un carác- ter que le condenaba a la desdicha. En ambos casos, lo que sirve de criterio del cambio es la idea de felicidad, una idea tan vaga que sorprende que pueda servir para algo. Más tarde volveré sobre este complicado asunto.

4

El segundo tema que quería tratar es la posibilidad del cambio. A lo largo de este libro he relacionado la personalidad con la memoria personal, que es un híbrido de biología e información. Los esquemas operativos que nos propor- cionan ocurrencias intelectuales y afectivas son estructuras neuronales cargadas de información biográfica. En ellos actúan determinismos genéticos y determ- inismos aprendidos.

J. A. Gray sostuvo que la tendencia a sentir con mayor facilidad afectos pos- itivos o negativos depende de diferencias neurológicas e individuales. Los ex- travertidos serían más sensibles a las señales de recompensa, reguladas por el «sistema de activación conductual», mientras que los neuróticos son más sens- ibles a las señales de castigo, controladas por el «sistema de inhibición conduc- tual». Aquéllos están dispuestos a soportar el esfuerzo con tal de alcanzar la re- compensa, mientras que éstos prefieren eludir el esfuerzo aunque ello implique renunciar al premio. Como dice el refrán castellano, perdonan el bollo por el coscorrón.

Los trabajos de Davidson demuestran que las diferencias individuales en la predominancia de un lóbulo frontal u otro reflejan y predicen rasgos im- portantes del estilo afectivo. La mayor activación del lóbulo frontal izquierdo

favorece los afectos positivos, mientras que el lóbulo frontal derecho parece re- sponsable de síndromes depresivos.

Estas condiciones fisiológicas intervienen en la trama de nuestra person- alidad, pero no son el único factor. El niño aprende muchas respuestas sen- timentales, algunas de las cuales ya he mencionado. Vive en una realidad que desconoce y va construyendo sentimentalmente su mundo, contando con su ambiente familiar como punto de referencia. Sus sentimientos configuran un mundo que después actuará con independencia provocando sentimientos. Aprende miedos, aprende el optimismo o el pesimismo, aprende el apego o el despego, la benevolencia o la generosidad, pero lo hace, desde luego, desde sus determinismos genéticos.

En su reciente libro The Role of Emotions in Social and Personality Devel- opment (Plenum, Nueva York, 1995), Carol Magai y Susan McFadden han estu- diado la emoción y el cambio personal, que consideran un tema de interés per- manente para la literatura y la medicina. Los cambios producen sorpresa, in- cluso miedo, porque gran parte de nuestra vida está organizada para preservar la continuidad. Las rutinas, contra las que tantas veces protestamos, garantizan cierta estabilidad en un mundo caótico. Al mismo tiempo, la posibilidad del cambio excita la imaginación. Todas las psicoterapias intentan producirlo. Estas autoras defienden que es la emoción lo que proporciona el lazo de continuidad en la vida, bajo la forma de un rasgo de personalidad. También proporciona el dinamismo motivacional del cambio, tanto si este proceso sucede en un con- texto terapéutico como si ocurre durante una crisis vital.

Han distinguido dos tipos de cambios personales: uno gradual, casi imper- ceptible, y el otro dramático. Una crisis produce siempre intensas emociones. Clasifican los cambios que aparecen en la literatura. Eran historias de amores apasionados, de conversiones religiosas y políticas, de alteraciones causadas por