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La entrada al laberinto

EN TORNO AL FUEGO

Fuego de campamento. Todo explorador sabe que los atardeceres son el mo- mento más divertido del día. El trabajo está hecho, las tiendas montadas, y sólo queda recordar las aventuras y desventuras, bromear, discutir, pasar a limpio los apuntes de campo, escribir un diario. Les propongo por ello una reunión des- pués de cada jornada. Puede intervenir todo el que quiera. Si se trata de una ex- ploradora, escribiré EH, si es un explorador EV. No doy más datos para evitar

la tentación del protagonismo. Tampoco en los coros de las tragedias griegas se daban los nombres y apellidos.

JAM: ¿Qué os ha parecido el día?

EH: Me perdí nada más empezar el recorrido y he llegado hasta aquí de milagro. ¿Me podrías contar lo que habéis visto?

JAM: Muy graciosa. Yo, por supuesto, no.

EV: Sólo recuerdo que nos ha contado un ligue en Gante —de gante blanco, al parecer—, y unas historias sobre Kafka.

EH: Entonces no me he perdido mucho.

EV: Yo he estado a punto de perderme en el miedo. Por un momento creí que nos quedábamos en él para siempre.

JAM: No sé qué hago aquí con vosotros. Hoy debería estar en mi huerta porque es el día de San Marcos, y «Por San Marcos el melonar ni sembrado ni por sembrar». Así que tendría que estar sembrando los melones, cosa que aquí es innecesaria. A vosotros no os gusta explorar, sois carne de agencia de viajes. Hay que acercarse a las cosas con calma. Yo he aprendido mucho hoy. Por ejemplo, que en nuestros sentimientos intervienen unos elementos cambiantes y otros estructurales.

EV: Eso me suena a Ortega: «Yo soy yo y mi circunstancia».

JAM: En efecto. Pero la circunstancia puedes entenderla de dos maneras: como una situación real o como la interpretación que hacemos de una situación real. Al estudiar los sentimientos vemos con claridad que hemos de enten- derla de la segunda manera. No todos sentimos miedo por las mismas cosas. A mí, por ejemplo, me da miedo convertirme en vampiro.

EH: Si te pasa durante este viaje, avísanos. Conmigo no cuentes porque estoy anémica perdida.

JAM: Eres poco sutil. Me estaba refiriendo a un vampirismo menos truculento. Lo que me da miedo es sorber el ánimo de las personas que me rodean, eso que hacemos todos con tanta facilidad. A lo que iba. Si cada uno tememos cosas distintas es porque tenemos diferentes organismos afectivos. Esos or- ganismos afectivos que interpretan, seleccionan y lanzan a la conciencia sus productos sentimentales están compuestos por esquemas.

EH: He pensado que cualquiera de los dos sentimientos que Kafka experimentó —la vergüenza y el miedo— podrían explicar el caso de G. M. Es muy difí- cil amar a un ser ante el que se siente vergüenza o miedo.

JAM: Ya lo he pensado. Suele decirse que los sentimientos se dan en parejas de opuestos: amor/odio, tristeza/alegría, atracción/aversión. En casos muy claros, es verdad. Pero en ocasiones no sucede así. Pueden darse intermit- encias del corazón, porque podemos aplicar a un mismo suceso o a una misma persona dos esquemas sentimentales distintos. Se produce entonces una situación de desconcierto afectivo porque no sabemos a qué carta quedarnos. Sin embargo, es verdad que cuando el miedo o la vergüenza se convierten en esquemas afectivos predominantes, monopolizadores, no pueden convivir con determinados tipos de amor.

EV: ¿Qué quieres decir con «determinados tipos de amor»? JAM: Lo sabrás más adelante.

EH: No me ha parecido ninguna cosa del otro jueves considerar que los sen- timientos proceden de una evaluación. Te brindo otra cita de Nietzsche, que escribió en La voluntad de poder. «Nuestros sentimientos dependen de nuestros juicios de valor; éstos corresponden a nuestros instintos y a sus condiciones de existencia. Nuestros instintos son reducibles a la voluntad de poder».

JAM: Tienes razón. Es una pena que los psicólogos sepan tan poca filosofía. EV: No acabo de entender por qué identificas la personalidad con la memoria

personal.

JAM: No creo que sean lo mismo. La memoria personal sería lo que llamamos carácter. El núcleo duro de la personalidad. Lo único que quiero dejar claro es que la memoria es —siento decirlo otra vez— un híbrido de información y biología. Hay una idea de memoria que me parece propia de arcángeles o de archiveros, en la que parece que nosotros podemos guardar informa- ción sin que se produzcan acontecimientos fisiológicos. Somos memoria. Y si pudiéramos construir nuestra memoria de nueva planta, podríamos con- struir nuestro carácter por entero. Lo que ocurre es que no podemos.

EH: Voy a pasar a limpio mi cuaderno de campo. En los garabatos que tengo aquí creo entender: 1) que los sentimientos son experiencias conscientes en las que el sujeto se encuentra implicado, 2) que se encuentra implicado porque afectan a sus necesidades, 3) que los sentimientos aparecen en el cir-

cuito de la acción, 4) que en el origen de cada sentimiento hay una eval- uación, 5) que la evaluación se realiza desde los esquemas afectivos de cada sujeto, 6) que el conjunto de esquemas forma la memoria personal. ¿El carácter?

EV: Esta chica está buscando un sobresaliente.

EH: A mí me ha quedado una duda. ¿Ocurre en todos los sentimientos lo mismo que ocurre con el miedo? ¿Hay en todos ellos elementos innatos y elemen- tos aprendidos?

JAM: Creo que sí, pero eso habrá que descubrirlo en las próximas jornadas. EH: Me he acordado de un poema de Luis Cernuda que me parece una buena

ilustración para el concepto de esquema interpretativo:

Bien sé yo que esta imagen fija siempre en la mente, no eres tú, sino sombra del amor que en mí existe antes que el tiempo acabe.

Mi amor así visible me pareces, por mí dotado de esa gracia misma que me hace sufrir, llorar, desesperarme de todo a veces, mientras otras me levanta hasta el cielo en nuestra vida, sintiendo las dulzuras que se

guardan sólo a los elegidos tras el mundo.

JAM: Tienes razón. «Me pareces por mí dotado de esa gracia que me hace su- frir». Exacto.

EV: Hay otro parecido de Neruda.

JAM: Tengo que cortar la velada poética. Mañana nos queda un largo camino. El último que apague el fuego.

Jornada 2ª

La realidad y el deseo