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LA CREENCIA EN LA PROPIA RECTITUD

In document La confesión frecuente (página 85-90)

«Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y escribas murmuraban diciendo: Éste acoge las pecadores y come con ellos. Les propuso entonces esta parábola, diciendo: ¿Quién habrá entre vosotros que, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deje los noventa y nueve en el desierto y vaya en busca de la perdida hasta que la halle? Y, una vez hallada, alegre la pone sobre sus hombros, y vuelto a casa convoca a los amigos y vecinos, diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja perdida. Yo os digo que en el cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesiten de penitencia» (Lc 15, 1-7).

1. Los «hombres rectos» que no necesitan de la penitencia, los justos que toman a mal que el Señor se apiade de los pecadores y que coma con ellos; esas personas que en la orgullosa conciencia de su rectitud, sin mácula de pecado, de su corrección, de su irreprochabilidad, no necesitan de la penitencia... ésas son las que creen en su propia rectitud. La más odiosa de todas las herejías de que habla la historia de la Iglesia es aquella que no toleraba «pecadores» en su seno, la que antes bien se enorgullecía

de constar solamente de «santos», de limpios de pecado, de justos. Estos santos miran con desprecio a la Iglesia de Cristo, que arrastra consigo tanto lastre humano, en lugar de exterminar por el fuego y la espada todo lo malo y pecaminoso. Estos montanistas, maniqueos y cátaros de los tiempos antiguos y modernos se vanaglorian de su limpia santidad y presumen con ella. Rivalizan entre sí en rígidas exigencias y rodean la ley de Cristo y de la Iglesia con más y más cercos. Prohíben a sus prosélitos gustar la carne y el vino, les vedan el matrimonio y asimismo los trabajos humildes y serviles; rezan mucho, ayunan con severidad y deslumbran a las masas.

2. Éstos son los que se creen justos. También los hay entre los cristianos. El creer con exceso en la propia rectitud es precisamente el pecado de los cristianos piadosos, diligentes, «correctos», que en todo cumplen irreprochablemente su deber y de nada tienen que acusarse. A su alrededor y ante sus superiores tienen fama de cristianos ejemplares, y esto con razón.

¡Pero ojalá no estuvieran ellos mismos tan convencidos de su propia corrección e irreprochabilidad, ojalá no lo creyeran tanto, ni pensaran siempre en ello envaneciéndose en secreto! Aquí es donde les amenaza el peligro: saben que nada hay criticable en ellos, ellos mismos nada encuentran en sí que criticar, nada tienen de que arrepentirse, nada que mejorar. «Justos que no necesitan penitencia».

Cuanto más convencidos están de su propia rectitud, tanto más atienden a los pecados y faltas de los demás, de todos los que los rodean. Notan cómo acá y allá se rezagan remisos en el cumplimiento de los preceptos de la ley, de la Regla, que contravienen aquí y allá, cómo no cumplen exactamente sus deberes religiosos y los de la vida de su comunidad, haciéndose culpables de toda clase de cosas en que ellos jamás incurrirían. Se molestan y amargan, se vuelven faltos de caridad, llenos de desprecio y repugnancia interior contra los incorrectos. Nada quieren tener de común con ellos, los evitan lo más que pueden y los apartan de su camino. En su interior se inciensan a sí mismos por su mucha virtud y se figuran que todos habrían de fijarse en su conducta ejemplar, alabarla y reconocerla. Se vuelven susceptibles y lo hacen sentir a todo aquel que no los admire. ¡Justos que no necesitan de la penitencia!

Este peligro amenaza al cristiano fervoroso y diligente y también a nosotros. La creencia en la propia rectitud se introduce casi inadvertida en la conciencia, y el espíritu del cristiano que lucha honradamente y

seriamente se preocupa por su vida religiosa y perfeccionamiento cristiano. Ello es más de temer teniendo en cuenta el hecho de que son siempre pocos los que toman la vida cristiana verdaderamente en serio, habiendo a su alrededor tantos bautizados que se dicen cristianos y cuya vida práctica ofrece, sin embargo, tantas cosas incomprensibles, tanta imperfección, tanta contradicción entre su vivir y la fe que profesan, tanta esterilidad a pesar de todas las enseñanzas y estímulos que reciben, a pesar de los buenos ejemplos que tienen ante sus ojos, a pesar de los consejos y amonestaciones que encuentran en los libros y textos litúrgicos, a pesar de las meditaciones que hacen, a pesar de los santos sacramentos que reciben. Ocurriendo esto no pocas veces incluso con aquellos que por su estado y sagrados votos están especialmente obligados a ser cristianos ejemplares y a conducir a otros a las alturas de la vida cristiana; dándose aun entre éstos tan poco conocimiento, tanta medianía, ¿cómo extrañar que en el que lucha y se esfuerza se vaya formando cierta conciencia, cierto sentimiento de superioridad moral, determinada satisfacción de sí mismo, que con demasiada facilidad degenera en exagerado convencimiento de la propia rectitud, que conduce a considerar y tratar a «los otros» en forma despectiva, o con cierta altanería, con un compasivo orgullo?

«Yo os digo que en el cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesiten de penitencia.» Con esto ha pronunciado el Señor su fallo sobre la creencia en l propia rectitud. El «justo» no necesita de la penitencia ni del arrepentimiento. ¿Para qué, si es en todo correcto, irreprochable? La conciencia de su impecable corrección le obstruye el camino del reconocimiento de su pecado y, con ello, el de la penitencia. Ésta es la maldición de la creencia en la propia rectitud que ciega. Donde no hay conocimiento de sí mismo, no hay tampoco disposición ni actos de penitencia. Y donde falta la disposición para la penitencia, se produce un endurecimiento del corazón y de la voluntad. La gracia de Dios, las ins- piraciones del Espíritu Santo, las amonestaciones de fuera no producen efecto alguno: «justos que no necesitan de la penitencia», que nada tienen de que arrepentirse, que, cada vez que oyen o leen algo acerca del pecado, no piensan ni remotamente en mismos, sino sólo en «los demás».

La creencia en la propia rectitud nace del orgullo, y su fruto es a su vez orgullo y altivez espiritual. Lo bueno que descubre en sí, lo atribuye exclusivamente al propio esfuerzo. No es capaz de repetir con el apóstol San Pablo: «Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no ha sido estéril, antes he trabajado más que ellos (que los otros

apóstoles), pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (I Cor 15, 10). También olvida la otra frase del mismo apóstol: «...¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieses recibido?» (I Cor 4, 7). La creencia en le propia rectitud menosprecia la gracia y sus efectos y es así injusta para con ella y con quien nos la da. Esta conducta, ¿no ha de enajenarte poco a poco la gracia y benevolencia de Dios? «Porque Dios resiste a los soberbios» (1 Petr 5, 5).

El que se cree a sí mismo justo, se ensalza en su interior sobre «los demás». «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres.» Éstos forman la gran masa, con la que para nada se puede contar; él, en cambio, se cuenta entre los elegidos. Se sabe puro y perfecto; los otros quedan muy por debajo de él. « ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres.» ¿Y cuál es el juicio que pronuncia el Señor sobre quien así acude a su presencia? «Os digo que éste (el publicano] bajó justificado a su casa y no aquél. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 18, 14).

«No como los demás hombres.» Para éstos no siente, en lo más profundo de su corazón, sino menosprecio y repugnancia. Le son desconocidas las palabras del Señor: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; absolved y seréis absueltos. La medida que con otros usareis, ésa se usará con vosotros» (Lo 6, 37-38). En la vida y en la eternidad.

¿Puede entonces asombrarnos que en el cielo sea mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesiten? Sólo una cosa puede extrañarnos: que entre los cristianos pueda darse y se dé, efectivamente, el vicio de la creencia en la propia rectitud; que haya cristianos que cumplan con toda seriedad sus deberes religiosos, recen con fervor y reciban los sacramentos, que vivan honradamente y a pesar de todo ello sean tan ciegos, que no se den cuenta de hasta qué punto se creen en lo más profundo de su corazón justos e irreprochables, envaneciéndose de su corrección, fidelidad y ausencia de faltas.

La creencia en la propia justicia se convierte sin notarlo en seguridad, como si para el alma devota no existiera ya ningún peligro y como si ya estuviese inmunizada contra los atractivos del mundo, contra las tentaciones y persecuciones del infierno, contra el poder de los bajos impulsos y de las malas inclinaciones. El que está seguro de sí mismo vive en una certeza de salvación que para él está por encima de toda duda seria.

Él no quiere que también para él, como para todo ser humano, subsista siempre aquí sobre la tierra la posibilidad de que se haga infiel a su vocación, de que se haga débil frente a los muchos deberes, sacrificios y renuncias impuestas por la vida, y que abuse de la gracia de Dios: de que en todo tiempo es posible que tenga fracasos y caiga en pecados y faltas si la gracia de Dios no le preserva. Se porta de manera como si para él no fuera de aplicación la seria advertencia del Apóstol: «Con temor y temblor acabad la obra de vuestra salud. Porque Dios es quien por la benevolencia obra en vosotros tanto el querer como el obrar» (Phil 2, 12-13): y como si no supiera con cuánta insistencia recomienda San Pablo a los corintios que reflexionen cuán elevadas gracias concedió el Señor a su pueblo de Israel en la travesía del mar Rojo y en el desierto: la salvación de manos del Faraón. la columna de nube, el maná y el agua brotada de la roca. «Y, sin embargo —recalca el Apóstol— en los más de ellos no se agradó el Señor. sino que quedaron tendidos en el desierto, para advertencia nuestra. De manera que, quien piense estar en pie, mire no caiga» (1 Cor 10, 2-12). La seguridad de sí mismo tiene que conducir a que en los asuntos de la fervo- rosa y devota vida espiritual cristiana siga uno sus propios caminos, y de esa manera, sin notario, pero con toda seguridad, caerá en caminos extraviados. El que tiene seguridad de sí mismo no necesita ya nadie que le ilustre o amoneste: él se basta a sí mismo y se apoya en su propia ciencia y discreción. En su fondo es el mal espíritu del orgullo el que se manifiesta en la propia seguridad. Pero Dios no consiente que su orden sea quebrantado sin recibir el castigo: «A los orgullosos se resiste Dios.» Y «el que se ensalza será humillado» (Lc 14, 11). Da miedo ver cómo hasta un apóstol que vivió en la mayor proximidad del Señor llegó al fin a ser un «hijo de perdición» (Ioh 17, 12).

3. Frente al peligro de la creencia en la propia rectitud que amenaza al que lucha honradamente, encontramos poderosa ayuda en la confesión frecuente bien hecha. Cuanto mejor la hagamos, con tanto mayor seguridad será para nosotros camino hacia el mejor y más profundo conocimiento de nosotros mismos, hacia e1 reconocimiento de nuestra imperfección y propensión al pecado. Ella nos descubre las heridas de nuestra alma y nos permite reconocer que, verdaderamente, aún «pecamos todos en mucho» (Iac 3, 2), y que nunca tendremos motivo para creernos justos y perfectos o despreciar a otros y su vida religiosa. Si aún nos ayuda un confesor inteligente y comprensivo a profundizar y hacer fructífera nuestra confesión, entonces de la confesión frecuente sacaremos cada vez

más perfecta disposición para la penitencia y vivo anhelo de completa pureza y caridad.

Oración

«Señor, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué ha merecido el hombre para que le des tu gracia? Sólo una cosa puedo yo pensar y decir con verdad: Nada soy, Señor, nada puedo, nada bueno tengo de mí; mas en todo me hallo débil, y camino siempre hacia la nada. Y si no soy ayudado e instruido interiormente por Ti me vuelvo enteramente tibio y disipado.

«Gracias sean dadas a Ti, de quien viene todo, siempre que algo me sale bien. Porque delante de Ti yo soy vanidad y nada, hombre mudable y flaco. ¿De dónde, pues, me puedo gloriar? Verdaderamente, el alabarse a sí mismo es la mayor locura. Porque, agradándose un hombre a sí mismo, te desagrada al Ti. La verdadera gloria y santa alegría consiste en gloriarse en Ti y no en sí, gozarse en tu nombre y no en la propia virtud. Sea alabado tu nombre y no el mío, engrandecidas sean tus obras y no las mías. Tú eres mi gloria; Tú la alegría de mi corazón. En Ti me gloriaré y ensalzaré todos los días, mas de mi parte no hay de qué, sino flaquezas.»

(KEMPIS, Imitación de Cristo, lib. III, cap. 40.)

In document La confesión frecuente (página 85-90)