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NUESTRA VIDA DE ORACIÓN

In document La confesión frecuente (página 135-138)

Otro fruto característico de la confesión frecuente tiene que ser una vida honda de oración constante.

1. Es algo conmovedor la oración del sumo sacerdote Cristo en el santísimo sacramento del altar, en el tabernáculo. En él ora, ama, agradece, alaba, suplica y expía sin interrupción, sin cansancio, día y noche. Eleva una oración tan pura, tan santa, tan íntima, tan infinitamente valiosa, que el

ojo del Padre se posa con infinita complacencia sobre este suplicante y acepta esta oración con divina complacencia,

Nuestra oración queda a menudo interrumpida por el trabajo, por la conversación, por las distracciones y necesidades de la vida cotidiana. Es una oración a menudo fría, sin fervor, sin atención y sin temor, precipitada y superficial. Sentimos la diferencia entre la oración de Jesús y la nuestra, y por eso, desde lo profundo de nuestra miseria, elevamos nuestra humilde súplica al Salvador: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11. 1).

¿Quién deberá tener estas súplicas más íntimamente en el corazón y en los labios, que el que va con frecuencia a la santa confesión y aspira seriamente a la perfección? ¿Y quién podrá disfrutar más de la gracia de la oración, que el que pone todo su celo en libertarse de toda falta consciente, de las imperfecciones y de todas las aficiones desordenadas a cosas, hombres y, sobre todo, a sí mismo? Eso es lo que queremos en la confesión frecuente. Y ¿en qué deberán mostrarse la eficacia y la fecundidad de la santa confesión y comunión frecuente más que en una sana y perfecta vida de oración?

La confesión frecuente, bien hecha, forma necesariamente almas que saben orar, hombres cristianos que con aplicación y gusto se elevan a Dios y a Cristo sin interrupción que con Dios y con Cristo viven una vida continua de adoración, de alabanza, de agradecimiento, de súplica y de expiación. Ellos realizan la palabra del Salvador: «que en todo tiempo hay que orar y no desfallecer» (Lc 18, 1).

Esta vida de oración es una característica distintiva del hombre nuevo, sobrenatural, transformado en Dios. Él vive en otro mundo completamente diferente que las personas que no oran. Su ambiente no es el mismo que el de los demás. A sus pensamientos y a las aspiraciones de su alma entera les da una dirección completamente distinta. No tiene ni los mismos intereses, ni las mismas intenciones que otros hombres. Cuando algo emprende, obra de otra manera que el hombre que no ora. Sus ideas acerca del mundo y de la vida son claras y definidas, pero se diferencian en mucho de las de los demás. Los fenómenos y acontecimientos de este mundo le producen menor impresión que a los otros, de manera que se le considera frío, insensible e impasible. Una serenidad clara y segura le diferencia de los otros que no conocen otra cosa que la constante lucha por el éxito y el progreso en el sentido del mundo.

consiste en un sinnúmero de oraciones vocales, ni en la oración interior ininterrumpida, ni en el incesante pensamiento puesto en Dios y en las cosas divinas, ni en la atención continua del espíritu a Dios, presente en nosotros y alrededor de nosotros. No consiste en un número definido de actos, de prácticas y jaculatorias; consiste más propiamente en una actitud permanente y en una dirección de la voluntad por la cual todo lo que hacemos y padecemos se convierte en oración continua.

Nuestra vida será una oración continua cuando se haya convertido en costumbre y en una segunda naturaleza la disposición constante de amor a Dios, de confianza en Dios, de sumisión a su santa voluntad en todas las cosas y sucesos. Uno está firme, resuelto a no hacer conscientemente nada que desagrade a Dios, al Salvador. Uno tiene la aspiración de vivir en la conformidad más completa con la voluntad de Dios, en agradar en todo a Dios y al Salvador, en no negar jamás nada a Dios y al Salvador, y en recibirlo todo de la mano de Dios tal como Él lo da y lo quita: trabajo, deber, sacrificio, padecimientos, circunstancias, disposiciones, alegrías. No siempre piensa uno en Dios, pero jamás se detiene voluntariamente en un pensamiento inútil y menos en un pensamiento malo. No practica constantemente actos de adoración, no recita constantemente oraciones; el espíritu está en el trabajo, en el deber, pero el corazón y la voluntad están siempre vueltos hacia Dios, atentos a Dios, dispuestos a hacer su voluntad y a someterse en todo a ella. El hombre vive en un olvido completo de sí mismo y todos sus deseos e inclinaciones los tiene orientados hacia Dios. La oración es disposición del espíritu, orientación de la voluntad, unión de ésta con Dios y con Cristo, caridad, abnegación, obediencia, paciencia silenciosa, buena opinión y santo celo. Mediante la meditación diaria se alimenta, se manifiesta en todo el modo de obrar, en pensamientos y juicios, en el odio contra el mal, en el interés por Dios y por Cristo, en la oración vocal y las jaculatorias a menudo repetidas, que como llamas, casi naturalmente y, por decirlo así, por sí mismas, brotan del ascua de la oración y del amor a Dios que arde en lo más profundo del corazón.

3. Una tal oración «continua», una tal disposición honda e íntima de la voluntad y de la oración, una tal prontitud y decisión santas de estar enteramente unido con la voluntad de Dios y entregarse a Él, tienen que ser el fruto de la frecuente confesión. La oración pura es una fuerza santificadora y transformadora del hombre en su interior y en su exterior. Cuando nuestra oración no nos hace diariamente más entregados a la voluntad de Dios, ni más despegados de la propia voluntad, más sumisos y

pacientes, cuando no nos hace siempre más obedientes, más humildes, más amorosos, más sufridos y perdonadores, más bondadosos y benévolos para con los otros, entonces la confesión no es buena y pura. La verdadera oración produce una voluntad sincera y pronta para referir toda obra diaria, todas las circunstancias, sucesos y acontecimientos, fracasos, padecimientos y esfuerzos a Dios y a Cristo, y hacerlo y aceptarlo todo con sumisión a Dios y en unión con el sentimiento y la oración del sacratísimo corazón de Jesús. He aquí el precioso fruto de la confesión frecuente, en la que el alma se hace cada día más pura y libre, más unida con Dios y más transformada en el espíritu de Cristo.

Oración

Señor, enséñanos a orar. Amén.

In document La confesión frecuente (página 135-138)