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CRISIS Y CAMBIO

In document Nueva Historia Minima de Mexico (página 31-38)

La etapa que va del año 650 al 900 d.C. se conoce normalmen­ te con dos nombres. Si se mira desde el centro de México, des­ de el punto de vista de la caída de Teotihuacán y los dramáticos cambios que le sucedieron, se le llama Epiclásico; pero si se mi­ ra desde el punto de vista de la región maya, que justo enton-

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ces alcanzó su momento más próspero, se le denomina Clásico tardío. En cualquier caso, la fecha inicial de esta etapa corres­ ponde con la crisis que acabó con la hegemonía teotihuacana, y la última fecha se refiere a la extinción de la cultura maya clási­ ca. Para ser exactos, 909 d.C., última fecha registrada en los monumentos de Calakmul y Toniná.

Algo antes del año 600 d.C. cesa la influencia teotihuacana en el área maya, y entre esa fecha y el año 700 d.C. las huellas de la presencia teotihuacana se borran de toda Mesoamérica: el gran puerto de Matacapan se esfuma como centro de intercambio; la cerámica teotihuacana desaparece de la zona de minas de cina­ brio en San Luis Potosí; se interrumpe el comercio entre Mom­ ios y el valle de México, y, en pocas palabras, la era teotihuacana llega a su fin. Esta violenta contracción del sistema teotihuacano parece haber sido causada por el empuje de ciudades interme­ dias que buscaban un papel más activo en las redes de intercam­ bio; es como si las regiones de Mesoamérica se hubieran sacudi­ do la presión de una potencia que pretendía regular la vida económica de todos. La antigua metrópoli perdió durante la cri­ sis más de cuatro quintas partes de su población.

La extinción de la influencia teotihuacana en el área maya parece ser una de las causas del aceleramiento en el desarrollo regional; las ciudades mayas se volvieron más prósperas: la ar­ quitectura, la escultura y la manufactura de objetos rituales y suntuarios alcanzó una variedad y riqueza sin precedentes. Al­ gunas de las principales ciudades mayas, Palenque, al pie de la sierra chiapaneca, Piedras Negras y Yaxchilán en el Usumacin- ta, Tikal en el Petén, Calakmul al sur de la península de Yuca­ tán, tuvieron su etapa de mayor florecimiento en el siglo vil. Y como ocurre con el resto de la historia maya, esta etapa de es­ plendor la conocemos con más detalles y matices que otras his­ torias de Mesoamérica porque los mayas utilizaron una escritura glotográfica, capaz de reproducir el discurso oral, y utilizaron, como se ha visto, un sistema de fechamiento preciso. En ocasio-

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nes los relatos de los mayas del Clásico resultan monótonos; se habla de nacimiento, entronización, declaraciones de guerra, dedicación de templos, muerte... Sin embargo, la lectura com­ pleta de las inscripciones, que ha sido particularmente exitosa en los últimos veinte años, permite descubrir matices y singu­ laridades: no todos los reyes se comportaban igual, ni todas las ciudades contaban su historia de la misma manera. Hay cientos de historias que se desprenden de las inscripciones disponibles, y muchas proceden de ese lapso de gran esplendor alrededor del siglo vil.

Las inscripciones de Yaxchilán nos permiten conocer, entre otros individuos, a un rey especialmente afortunado, Itzamnaaj Balam II, que gobernó de 681 a 742 d.C. Aparece en los más cé­ lebres dinteles labrados de Yaxchilán, como gran guerrero y protector de la ciudad. Su gobierno fue próspero y su vida lar­ ga; longevo como su madre, vivió más de noventa años. Entre sus varias esposas, este monarca tuvo a la señora Kabal Xook como la más importante: a ella se dedicó uno de los mejores templos de Yaxchilán, cuyo interior fue decorado por magnífi­ cos escultores traídos de otras ciudades. Muerta siete años des­ pués que el rey, Kabal Xook fue enterrada en el magnífico tem­ plo, con una impresionante ofrenda de veinte mil navajas de obsidiana.

Otra historia de la época de prosperidad es la de Pakal y su hijo Kan Balam, señores de Palenque (en su época llamada La- kamhá). Los artistas de esta ciudad prefirieron registrar sus his­ torias en estuco, sobre las paredes, y en algunos objetos de pie­ dra, pero no en estelas. Kinich Janaab Pakal I, es decir, Pakal el Grande, recibió el poder de manos de su madre, cosa poco co­ mún en una sociedad preferentemente patrilineal. Al parecer, la madre, Sak Kuk, había asumido el poder ante la falta de herma­ nos varones; el último habría muerto en la feroz guerra contra Calakmul. Después de gobernar tres años, en una especie de re­ gencia, la señora dejó el poder en manos de su hijo, que sólo te-

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nía doce años. Pakal logró levantar a la ciudad de una mala ra­ cha de derrotas militares y alcanzó suficiente riqueza como para construir uno de los mayores palacios del México Antiguo y un mausoleo monumental para su viaje a Xibalbá, al mundo de los muertos: el llamado templo de las Inscripciones. Sobre la base de la estabilidad construida por Kinich Janaab Pakal I, su hijo, Kinich Kan Balam II llevó a la ciudad a su mayor poderío, e igualó a su padre en la iniciativa para construir: a él se debe el célebre conjunto de tres templos, de la Cruz, de la Cruz Folia­ da y del Sol.

Estrictamente contemporáneos de Pakal el Grande fueron Yuknoom-Cabeza y Yuknoom el Grande, señores de Calakmul. Singularmente bravo, y al frente de una ciudad más belicosa que sus vecinas, Yuknoom-Cabeza cuidaba con celo el prestigio militar del reino y su autoridad sobre ciudades menores. Cuan­ do la ciudad de Naranjo, en el Petén guatemalteco, quiso eman­ ciparse, el ejército de Calakmul acudió de inmediato a someter­ la y Yuknoom en persona asesinó a su rey. En el relato se usa el verbo kuxaj para referir lo que Yuknoom le hizo a su adversario; se puede traducir de dos formas: lo torturó o se lo comió. El he­ redero de Yuknoom-Cabeza, Yuknoom el Grande, orientó las fuerzas del reino a luchar contra Tikal, apoyando a sus enemi­ gos o atacándola directamente.

Una señal del poder de los reinos mayas en el siglo vil, pue­ de apreciarse en su capacidad para influir en el México central. Esta influencia, sin embargo, es parte de un fenómeno generali­ zado de expansión de las regiones que habían constituido la pe­ riferia del sistema teotihuacano. Los grupos de la zona centro y centro-norte de Veracruz, con la floreciente ciudad de Tajín a la cabeza, penetraron en la Huasteca y en la meseta central. Algu­ nos artefactos encontrados en la ciudad de Cholula muestran una clara influencia de los estilos decorativos del Golfo. Grupos de mixtéeos se dirigieron también hacia Cholula, y seguramen­ te contribuyeron a la diseminación de ciertos rasgos iconográfi-

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eos, y específicamente calendáricos, en asentamientos de Puebla y Morelos. Los mayas, por su parte, influyeron de manera deci­ siva en la vida de las elites de dos importantes ciudades, Cacax- tla y Xochicalco. En la célebre pintura mural de Cacaxtla hay fi­ guras y símbolos procedentes del Golfo y también del repertorio teotihuacano, pero el estilo de las pinturas, la composición de las escenas y el tratamiento de los personajes es, ante todo, maya. Los artistas que los pintaron, y seguramente también un seg­ mento de la nobleza local, estaban familiarizados con la tradi­ ción artística de la cuenca del Usumacinta.

En el caso de Xochicalco la confluencia de tradiciones re­ gionales es aún más sorprendente. La urbanización del espacio tiene semejanzas con la que vemos en Monte Albán, pero sobre todo se acerca al sistema maya de agregación de conjuntos ce­ remoniales y formación de acrópolis. Las plataformas arquitec­ tónicas operan con el talud y el tablero a la manera de Cholula, pero utilizan la cornisa volada a la usanza de Tajín. La decora­ ción del templo de Quetzalcóatl reproduce un tema teotihuaca­ no, pero más allá de este homenaje, los xochicalcas evitan el contacto con la decadente metrópoli y prefieren abastecerse de obsidiana en los yacimientos de Michoacán, a pesar de encon­ trarse mucho más lejos que los del valle de México. En las ins­ cripciones calendáricas de Xochicalco se pone de manifiesto la influencia oaxaqueña aunque también se traslucen los esfuerzos por crear un nuevo sistema. Y una vez más, igual que en Cacax­ tla, encontramos en Xochicaclo elementos estilísticos que sólo pueden explicarse por un contacto estrecho con grupos de éli­ te que conocieran bien el arte maya. Las figuras humanas escul­ pidas en el templo de Quetzalcóatl proceden, sin duda, de la tradición plástica maya, probablemente de la lejana Copán.

Tal parece que, ante el vacío dejado por Teotihuacán, todos se apresuraron a reconstruir, desde sus respectivas regiones, los hilos de una antigua red de intercambios. Y en esa red, antes ad­ ministrada por un poder central, ahora se formaban nudos en

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los que coincidían varias iniciativas. Fue una época agitada, no cabe duda, y fue una época de intensa actividad militar: Teote- nango, en el nacimiento del Lerma, se desarrolla en una monta­ ña difícil de atacar, y Xochicalco y Cacaxtla, no satisfechos con situarse en lo alto de colinas, se rodean de fosos y murallas. En la pintura mural de Cacaxtla, el tema de la lucha entre la hume­ dad y la sequía adopta la forma de una cruel batalla. En la pirá­ mide de Quetzalcóatl, en Xochicalco, los personajes esculpidos en el cuerpo superior muestran un enorme escudo y un mano­ jo de dardos.

Durante el siglo v h i la actividad militar se intensificó tam­

bién en el área maya, donde alcanzó niveles nunca antes vistos. Las disputas por definir las respectivas áreas de influencia — que en última instancia entrañaban luchas por los recursos económi­ cos— dieron lugar a una espiral bélica que sólo concluyó con la extinción de la cultura maya tal como había florecido en las tie­ rras bajas durante siglos. Algunos sucesos de la zona del río de la Pasión y el lago Petexbatún pueden servir para ilustrar ese tiempo de guerra frenética. Allí se gestó un conflicto regional, en la década del 760 d.C., que involucró a las localidades de Dos Pilas, Aguateca, Seibal, Aguas Calientes y Amelia. La ciudad de Dos Pilas, que hasta ese momento había sido la más poderosa de la región, fue abandonada por la nobleza local; la gente que se quedó a vivir en el sitio construyó una doble muralla que pasa­ ba cortando antiguas plazas y recintos ceremoniales. También los habitantes de Aguateca recurrieron a la construcción de m u­ rallas para mejorar su defensa, y eventualmente se refugiaron en una isla, que también fortificaron. Al final de esta crisis, hacia el año 830, la única ciudad de la región que tuvo cierta prosperi­ dad fue Seibal. En términos generales, puede afirmarse que las ciudades mayas van entrando en crisis insolubles a lo largo del siglo ix, y como resultado van quedando abandonadas: Yaxchi- lán queda despoblada hacia el 808 d.C. y Palenque poco des­ pués; Tikal es abandonada cerca del 870 d.C. Calakmul, deca-

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dente durante casi un siglo, es finalmente abandonada hacia el año 909 d.C., y por esa misma fecha se abandona la ciudad de Tonina.

La historiografía más reciente ha desplazado la antigua idea de un colapso misterioso: hoy sabemos que fue la guerra lo que produjo la catástrofe final de los antiguos reinos mayas. Sin em­ bargo, es preciso reiterar que detrás de esas batallas había más que un belicismo vertiginoso, irracional. Estamos, muy proba­ blemente, ante la expresión más aguda de la lucha por la super­ vivencia de los pobladores de una selva exuberante en apariencia pero frágil si tenía que cargar con el peso de poblaciones nume­ rosas. Los mayas aprovechaban para el cultivo las ricas tierras de las márgenes de los ríos, y frecuentemente las beneficiaban con canales de riego. También cultivaban tierra adentro, en el suelo que ganaban al monte con el sistema de tumbar árboles y quemar la vegetación. Pero las tierras ribereñas eran escasas, y el siste­ ma de “tumba y quema” tenía un punto débil: después de dos o tres años era preciso dejar descansar, hasta por más de diez años, las parcelas que se habían utilizado, para que recuperaran su vegetación natural y sus nutrientes.

Los nobles vieron en la guerra una vía expedita para incre­ mentar sus recursos con el tributo que imponían a los vencidos, pero la energía y el tiempo invertidos en estas guerras termina­ ron por afectar la organización y el rendimiento de la agricultu­ ra, especialmente en las zonas de irrigación. Hay pruebas firmes de que la nutrición de los campesinos mayas empeoró progre­ sivamente durante el Clásico tardío, como consecuencia de una disminución de la producción agrícola, y probablemente tam­ bién como resultado de las muchas exigencias tributarias de unas elites que no conocían límite cuando se trataba de enri­ quecer sus ciudades. Sociedades menos cohesionadas, más dé­ biles, y noblezas que insistentemente buscaron mejorar su po­ sición y sus recursos por medio de la guerra, llevaron a los reinos a un punto crítico. Muchas ciudades cayeron, devastadas

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o exhaustas, y en otras los campesinos le dieron la espalda a su nobleza: bastaba con que los agricultores se internaran en las montañas durante unos meses para que la nobleza quedara sin sustento.

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