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8 NUEVA HISTORIA MINIMA DE MÉXICO

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el caso de excepción que se dio en la región del Nayar (es decir, la sierra de los coras y los huicholes), enclave relativamente céntrico que había permanecido fuera del control español y que no fue conquistado sino hasta 1722. Puede decirse que, al igual que veinticinco años atrás en el Petén, el gobierno cubría sus asignaturas pendientes.

Pero las nuevas prioridades que se habían puesto sobre la mesa eran costosas y se enfrentaban con la cada vez más eviden­ te debilidad económica de la corona. Por fortuna para ella, Nue­ va España continuaba viviendo una apreciable bonanza econó­ mica fundada en su comercio, en su rica producción agrícola y, de manera especial, en un nuevo y muy conspicuo auge mine­ ro, representado por el descubrimiento de yacimientos de plata no sólo en localidades norteñas, como Guanaceví, Cusihuiriá- chic, Batopilas, Chihuahua y Álamos, sino también, y sobre todo, en lugares cercanos al centro del país, como Guanajuato, Real del Monte y Taxco. De las riquísimas minas de estos sitios sur­ gieron grandes y ostentosas fortunas que la metrópoli no dejó de percibir.

Siempre buscando nuevas y lucrativas fuentes de ingreso, y a tono con su política de venta de oficios públicos, la corona dio un paso más allá y procedió a ofrecer posiciones de mayor valor, como por ejemplo en las audiencias. La ocasión sirvió a los criollos para mejorar su posición y sus contactos. Al mismo tiempo la corona abrió la puerta a la adquisición de nuevos y rutilantes títulos de nobleza. Con ello se creó un nuevo ele­ mento de desigualdad en la ya de por sí heterogénea estructu­ ra social novohispana (que poco antes de 1700 contaba sólo con tres antiguas familias tituladas, pero habrían de ser cator­ ce en 1759). La nueva nobleza estuvo integrada sobre todo por mineros, peninsulares en su mayoría, o por individuos que ha­ bían hecho méritos —y dinero— en las arduas tareas del Sep­ tentrión.

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A mediados del siglo xvm Nueva España era un país que había alcanzado suficiente solidez como para encontrar en él, no obs­ tante su situación colonial, muchos de los elementos de iden­ tidad que habrían de expresarse más tarde en el México inde­ pendiente. La consolidación de una identidad nacional o, en términos más generales, “americana”, fue una preocupación fundamental de la cultura criolla y mestiza. Historiadores que recogieron los enfoques indigenistas sembrados en el siglo an­ terior, como José Joaquín Granados Gálvez, revivieron, y en gran medida crearon, la idea de la gran nación tolteca — inicio de la historia de la “tierra de Anáhuac”— y de la legítima mo­ narquía o “Imperio Mexicano”. De aquí sólo faltaría un paso para definir como “mexicana" a la nacionalidad que cobraba forma en Nueva España.

Naturalmente, tales intentos de conformación de una iden­ tidad se restringían a una elite intelectual muy reducida — tal vez poco más de mil personas. El común de la gente estaba lejos de tener conciencia de estas cuestiones, máxime que aun la educa­ ción más elemental era de alcances reducidos y no tocaba, ni de lejos, temas históricos. Esta falta de conciencia no significaba ausencia de denominadores comunes, muchos de los cuales quedaron ya referidos al hablar de la etapa precedente. El culto a la virgen de Guadalupe, cada vez más popular, fue un excelen­ te catalizador ideológico. Pero las identidades más fuertes se apo­ yaban en sentimientos regionales y, en el caso de la población in­ dígena, en la individualidad de los pueblos, que a pesar de su evolución y fragmentaciones seguían siendo el referente básico, y a menudo el único, de la vida social y cultural. La identidad corporativa, cabe señalar, era muy fuerte en todas sus expresio­ nes y, como tal, significaba un contrapeso frente a cualquier otra. En el terreno económico también se dejaban ver, alternati­ vamente, muestras tanto de integración como de falta de ella.

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Los insumos y los productos de la actividad minera cubrían cir­ cuitos amplios que abarcaban casi todo el país, las operaciones de crédito — sustentadas en libranzas, consignaciones, pagarés y otros instrumentos— se extendían de un extremo a otro, y las hipotecas que respaldaban la actividad agropecuaria enlazaban a los centros urbanos con todas las regiones. El abasto de carne a las ciudades implicaba desplazar partidas de ganado a lo lar­ go de distancias tan grandes como la que hay entre Sinaloa y la ciudad de México. Intercambios como éstos contribuían, de un modo u otro, a armar un entramado global. Pero, pasando a otras expresiones de la vida económica, la mayoría de los pro­ ductos agrícolas y manufacturas tenían un mercado que rara vez rebasaba el ámbito de sus regiones, y las diferencias entre unas y otras en materia de precios y disponibilidad de bienes eran muy grandes. Además, especialmente en ranchos y pue­ blos de indios, la economía dominante era de subsistencia.

Las redes de comunicación eran completas en un sentido; incompletas en otro. Por un lado, casi toda Nueva España se po­ día recorrer a pie o en montura por veredas y caminos de herra­ dura que tapizaban todos sus espacios (planos o montañosos) con excepción de las áreas selváticas o las muy deshabitadas, y el libre tránsito sólo se entorpecía en la temporada de lluvias. Por otro, los caminos carreteros, puentes y otros elementos ne­ cesarios para el transporte masivo y económico de mercaderías diversas eran pocos y malos, y estaban circunscritos a la zona central y partes del Norte. Había una movilidad espacial relati­ vamente amplia, pero de personas más que de bienes.

Al combinar este panorama con el de la movilidad social, la Nueva España de mediados del siglo xvm ofrecía un cuadro no menos contrastado. Las nítidas categorías sociales de los tiempos de la conquista — españoles e indios— todavía eran reconocibles en ciertos grupos de población que mantenían su distancia social o su aislamiento cultural. Pero, salvo estas excepciones, tales ca­ tegorías eran ya inoperantes: la población se había mezclado de-

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masiado como para que tuviera sentido trazar linderos sociales en esos términos, y continuaba mezclándose tanto racial como culturalmente. La legislación permitía conservar diferencias que a muchos convenía recalcar en busca de privilegios diversos, pero era un reflejo engañoso de la realidad social. En cambio, lo que se anunciaba en esta etapa de la historia colonial era el sur­ gimiento de clases sociales determinadas más por su posición económica que por cualesquiera otras consideraciones. La dis­ tancia entre ricos y pobres — muy pocos los primeros, muchos los segundos— , sus intereses encontrados y sus diferentes per­ cepciones de la realidad habrían de tener un peso importante en la historia de los últimos años de Nueva España, pero igual lo ha­ brían de tener las afinidades que unirían por un lado a las elites más privilegiadas y por otro a tributarios, peones, rancheros, ar­ tesanos y el personal más humilde del gobierno y la iglesia. Es­ tas diferencias socioeconómicas se hicieron más críticas a medi­ da que la corona se alejó de su interés por mantener el principio de legitimidad basada en la justicia y se preocupó más por afir­ mar su poder y saciar su apetito fiscal.

CONCLUSIÓN

España sufrió muchas pérdidas al apoyar a Francia contra Ingla­ terra durante la llamada Guerra de los Siete Años (1756-1763), acontecimiento europeo que tuvo repercusiones importantes en el continente americano. Los ingleses se apoderaron de La Ha­ bana en 1762, y esto provocó la fractura definitiva del sistema de flotas y un gran nerviosismo en el gobierno español. Cuan­ do se firmó la paz España recuperó La Habana y pudo reanudar sus operaciones comerciales, pero la experiencia había sido traumática. Tal como había ocurrido después de la derrota de la Armada Invencible en 1588, en España creció la preocupación por subsanar las debilidades del imperio y procurar devolverle

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algo del brillo que había perdido. Y también, igual que casi dos siglos atrás, la corona echó mano de los recursos que podía ob­ tener de sus posesiones ultramarinas. Pero, fuera de esas simili­ tudes, las circunstancias eran muy diferentes. En primer lugar, las potencias europeas habían modificado su concepción del poder y del estado, abandonando muchas de sus antiguas pers­ pectivas patrimonialistas para dar lugar a lo que se conoció como “despotismo ilustrado”, es decir, la exaltación de un go­ bierno autoritario, centralizado, eficiente, racionalista y preocu­ pado por el avance material, pero también interesado, si no es que obsesionado, por ampliar su base fiscal a toda costa. Ade­ más, en 1759 el trono de España había sido ocupado por un monarca sumamente activo, Carlos III. Él y sus ministros se en­ cargarían de llevar a cabo un sinnúmero de ajustes y reformas, juntamente con un relevo de las personalidades del gobierno. Una nueva generación de funcionarios, oriundos de España y muchos de ellos con formación militar y experiencia en las du­ ras condiciones del Septentrión, habría de sustituir a la burocra­ cia colonial, que a ojos de los flamantes ilustrados era ineficien­ te y corrupta. Y no se habría de tolerar que tantas posiciones de poder permanecieran en manos de criollos.

Teniendo en cuenta que Nueva España se había conducido durante el siglo xvn con una considerable dosis de autonomía, y que había logrado que buena parte de la riqueza que genera­ ba permaneciera en suelo americano, las acciones e intenciones de la corona auguraban cambios sustanciales y un reclamo de esa riqueza. Es comprensible que algunos historiadores hayan definido estos años de mediados del siglo xvm como aquellos en los que el gobierno ilustrado, desde su perspectiva, pondría fin a los tiempos de la impotencia para dar principio a los tiempos de la autoridad.

LAS REFORMAS BORBÓNICAS

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