• No se han encontrado resultados

El Cristianismo y la vida privada La posición de la

5. El Occidente de los siglos v-vm: una civilización cristiana

5.2. El lenguaje cristiano de las relaciones de poder y dominación

5.2.7. El Cristianismo y la vida privada La posición de la

La simplicidad frente al intelectualismo como característica del auténti­ co cristiano. Porque la verdad es que el Cristianismo había venido también a marcar nuevas pautas de conducta en la misma vida privada. Peter Brown ha señalado con razón como una de las características de la nueva mentali­ dad cristiana de estos siglos una pérdida de los típicos valores cívicos o públicos, propios de la civilización clásica, con una nueva valorización de las virtudes más estrictamente ligadas a la individualidad del ser humano. Desde el punto de vista literario no hay duda de que la hagiografía cristia­ na es una evolución de la biografía y aretalogías clásicas. Sin embargo el contenido moral de unos y otros es muy distinto. En las segundas interesan los rasgos propios de la identidad individual en la medida en que influyen, o más bien reflejan, las virtudes y obras cívicas del héroe, que son las que realmente importan y conviene describir con minuciosidad. Mientras en las primeras es todo lo contrario, lo que interesa es el itinerario vital del indivi­ duo, sus mismas luchas místicas con el Maligno, que llevarán al santo a alcan­ zar la beatitud eterna. Sin duda que las obras de los santos benefician a la comunidad, sobre todo después de su muerte. Pero no es éste precisamente el objetivo perseguido por el santo al obrar así, sino el de conseguir su per­ fección interior.

El Cristianismo supuso un canto a las renuncias en la vida presente y una glorificación de la sobrenatural. Ello tuvo implicaciones en la misma consi­ deración de la muerte. En tiempos del Imperio la ley había prohibido los ente­ rramientos en el interior de las ciudades, pues la muerte no por cotidiana dejaba de ser algo temido que no se debía mezclar con el mundo de los vivos. En estos siglos cada vez se fue imponiendo más la costumbre de ente­ rrarse ad sanctos, junto a las reliquias de algún mártir o confesor. Y si esto al final sólo pudo estar disponible para los poderosos al menos a los demás les quedó el consuelo de descansar en las proximidades de los que habían sido sus conocidos y seres queridos. Así contra las antiguas prohibiciones las anti­ guas necrópolis situadas fuera de las murallas se convirtieron con frecuen­ cia en lugares de habitación, mientras que en el interior de los muros, al socai­ re de una edificación religiosa, se multiplicaron los enterramientos.

Renunciar a este Mundo significaba desde luego hacerlo a sus riquezas. Sería erróneo creer que el ideal de pobreza evangélica fuera algo practica­ do por todos. Y también es erróneo pensar que conductas como las de los senadores Melania la Joven y Piminiano, a principios del siglo V, vendiendo

y entregando a la Iglesia y a los pobres sus inmensas propiedades, fueran imitadas por muchos poderosos. Sin embargo sí que fue más normal entre éstos hacer fundaciones monásticas o de iglesias en sus dominios, o dejar a la Iglesia por heredera al morir sin descendientes directos.

También sería erróneo que el especial desprecio del cuerpo, la valora­ ción del celibato y la condena de la sexualidad por parte de la doctrina cris­ tiana, produjeran una auténtica revolución en el comportamiento sexual de los occidentales. Las continuas condenas a las prácticas abortivas en los cáno­ nes eclesiásticos y en la legislación civil de la época indican que esos desór­ denes eran más frecuentes de lo que los ascetas deseaban. Sin embargo no se puede negar que la Iglesia obtuvo mayor éxito en las restricciones al matri­ monio entre parientes. También la poligamia fue duramente combatida, y con cierto éxito, tanto en su fórmula romana del concubinato como en la ger­ mana de las Friedlehen. Restricciones y condenas que no dejaron de crear problemas a las relaciones entre los eclesiásticos y los poderosos, incluso reyes. Pero al final ambas restricciones supusieron la destrucción de las típi­ cas relaciones familiares germánicas, en las que se depositaba el manteni­ miento de muchas de sus tradiciones.

También el papel de la mujer se vio afectado por la nueva mentalidad cristiana, especialmente entre los poderosos. Ahora las mujeres de la alta sociedad podían peregrinar, incluso hasta la lejana Tierra Santa, podían ele­ gir entre contraer matrimonio o entrar en un convento, o incluso fundarlo. En una palabra, a la mujer se le reconoce una función en la misma vida pública. El prestigio creciente que fue adquiriendo en estos siglos el culto a la Virgen María también contribuyó a ese mayor protagonismo femenino. El culto maria- no se extendió especialmente a consecuencia de la influencia bizantina y de las disputas cristológicas de la Cristiandad oriental a partir del Concilio de Éfeso (431). Las conquistas occidentales de Justiniano se colocaron bajo la protección de la divina Madre de Dios, a la que finalmente se aclamó en el escatológico asalto islámico a Constantinopla en el 717. Así el escrito maria- no más importante del Occidente de la época sería debido a un obispo 'visi­ godo de mediados del siglo vil, Ildefonso de Toledo, formado en un monas­ terio de indudable influjo oriental.

Naturalmente que el que la Virgen María fuera el ideal de la mujer cris­ tiana no dejaba de tener sus cargas. A fin de cuentas en María el cristiano valoraba su obediencia ciega, su sumisión al varón y su virginidad. Es decir el reconocimiento de la mujer venía en cierto modo a través de una nega­ ción de la propia identidad sexual de la misma. Así la legislación canónica y civil del Occidente impuso serias restricciones al matrimonio de las viudas. Y si se le reconocía a la mujer derechos hereditarios y la disposición de su propiedad, plenamente en el Reino visigodo y con muchas restricciones en la legislación longobarda, siempre la legislación canónica señaló la necesi­

dad de contar con el apoyo de sus parientes masculinos, menos en una cosa: en las fundaciones monásticas.

La tradición de mujeres de la alta sociedad retirándose a un convento era muy antigua. Clotilde, la cristiana mujer de Clodoveo, ya lo habría hecho al morir su marido. La tradición de las viudas reales entrando en un monas­ terio tendría muchas continuaciones tanto en la Francia merovingia como en la Italia longobarda y la España visigoda. En esta última al final del siglo vil esto se convirtió en una norma, para evitar así la instrumentalización de la viuda en las luchas por la sucesión real. Pero no todas las reinas se reti­ raron contra su grado. El ejemplo de renuncia voluntaria más famoso sería el de Santa Radegunda. Esta hija de un rey turingio había casado con Clo- tario I. Pero siempre vivió como una monja, en ascetismo y oración y entre­ gando numerosas limosnas. Al final abandonó a su real esposo y fue con­ sagrada por el obispo Medardo de Soissons. Al fin su marido accedió a perderla y fundó para ella el gran monasterio de la Santa Cruz en Poitiers. Como muestra de renuncia y humildad allí Radegunda se sometió volunta­ riamente a la primacía abacial de Agnes. Desde su monasterio Radegunda no dejaría de mantener estrechos contactos con el mundo exterior, que le servirían entre otras cosas para reunir una extraordinaria colección de reli­ quias.

Porque lo cierto es que la renuncia al Mundo adquiría su formulación más clara en esta época en la entrada en la vida monástica, como anaco­ reta y, sobre todo, como cenobita. Cuantificar la importancia de tal entra­ da es difícil. Aunque sea una exageración baste recordar aquí cómo el duque de la Bética, en la península Ibérica, se quejó al rey a mediados del

siglo VII, que el éxito de las fundaciones monásticas de San Fructuoso en su

provincia amenazaba con la disponibilidad de soldados. Un ideal de "Ciu­ dad de Dios” que llevó aparejado en esa época y en las Españas el surgi­ miento de un fenómeno curioso: la aparición de monasterios dúplices. Fun­ dados por un rico laico en él entraban su esposa y sus hijos y todos sus sirvientes de uno y otro sexo. Por supuesto que el abad y la abadesa serían los fundadores y los demás monjes y monjas juraban un pacto de obedien­ cia. Así se teñían de total color cristiano unas auténticas relaciones de poder y dominación.