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CRISTIANOS, SEMICRISTIANOS, ANTICRISTIANOS

In document Signo de contradicción (página 75-131)

Por una de esas paradojas de las que está como empedrado el camino de la fe, el nombre de "cristianos" les fue impuesto por desprecio a los secuaces de Jesús, como para designar una facción de la política o del hi- pódromo capitaneada por un no mejor calificado Cristo o Cresto, a la manera como se decía pompeyanos, cesarianos, herodianos. Cristo y... César, la mera comparación debía provocar risa.

El nombre, pues, nació como distintivo de irrisión. En pocos años se convertiría en distintivo de odio.

El cristiano es una pálida copia de Cristo en cruz, rodeado de una turba de burlones. A la cruz él mismo se condena, dando su nombre a Cristo. De clavarlo en ella se cuidan los demás.

Quien se decide a vivir integralmente el Evangelio, se convierte en apóstata del justo medio, en desertor de lo mediocre y de ser un cualquiera, que es la pragmática sanción impuesta por los dirigentes, no oficiales, pero sí autorizadísimos, de todos los reinos y repúblicas: y a los desertores se les aplica todavía la cruz.

“Os torturarán y os darán muerte; y seréis odiados de todas las gentes por mi nombre. Muchos se escandalizarán, y unos a otros se traicionarán y se odiarán.”

Y ved el cumplimiento: “Dondequiera encuentran un cristiano, es costumbre insultarle, provocarle, burlarse de él, tratarle de insulso, de necio, de villano y de estúpido”.— Esto lo advirtió San Agustín polemizando con los tiranuelos que cometían crueldades en su tiempo.

Las consecuencias se corresponden con los principios, ya que éstos imponen el credo de un Dios personal cuando, idealísticamente hablando, es mucho más útil no creer en otro dios que en sí mismo o simular creer en los ídolos creados por uno mismo. El cristianismo establece una Iglesia madre, desbaratando todo individualismo; preceptúa una moral

heterónoma14, siendo así que es mucho más cómodo tener una moral

autónoma, que deja hacer lo que a cada uno le conviene.

Al cristiano que lleva la cruz, no le faltará tampoco la corona de espinas, que le puede ser aparejada por los cristianos que llevan la cruz en la solapa por puro ornato, o sobre su seno, como las concubinas de los reyes cristianísimos, que se confabulaban con el turco para hacer capitular al Papa.

El cristianismo existe. Los que no existen muchas veces son los cristianos. Con harta frecuencia paseamos el atributo de cristianos con la misma inconsideración que el de europeos o burgueses... Y sin embargo, graba este atributo en el alma un estigma de fuego; nos injerta en un linaje sacerdotal —como decían los escritores del cristianismo primitivo—: tercera raza de la humanidad, después de los bárbaros (judíos) y después de los helenos (paganos). La raza nueva. Pero es precisamente esta novedad la que nos arredra. Es esta originalidad con la que negociamos, tornando a estados de servidumbre.

Implica este atributo la aceptación de los postulados revolucionarios del cristianismo: renuncia al mundo y santificación en Dios; un desfilar como peregrinos bajo la mirada de los mundanos, sin dejarse cautivar con los afectos por las bellezas que se contemplan a la vera del camino; todos cautivados por el afán de lo Eterno, por el amor de Cristo, considerando nuestro cuerpo, no como consumidor de lascivia, sino como templo ha- bitado por el Espíritu Santo; subordinándolo y orientándolo todo — intereses, patria, trabajo y hasta miserias— al Absoluto.

Tremendo cometido y maravillosa mudanza que nos desata de las ligaduras del momento fugaz, de las exigencias tiránicas, de las injusticias inevitables; por el cual esta breve jornada no se enzarza en peleas, rivalidades e inquietudes por el pan y por la carne, sino que, con la esperanza puesta en lo Eterno, saborea ya las primicias de las dichas de la inmortalidad. La carne muere, pero el espíritu permanece; y éste —y no aquélla— tiene razón de fin.

Restituidos a nuestra condición eternal, los hombres que antes vivían como animales ya no nos amedrentan por las miserias de esta vida: sus vejaciones afectan al elemento que perece, al cuerpo, pero no pueden menguar la independencia y la entereza del alma. Libertad en la alegría y en la gracia, con la perspectiva de la liberación final. Este es el plan de vida del cristiano, según aquel gran cristiano que se llamó Pablo.

Despojado el hombre viejo, revestido el hombre nuevo —ya que todo en el cristianismo tiende a la innovación contra la nociva influencia de las costumbres y leyes del mundo—, reformados a imagen de Cristo los que éramos a manera de monas de Satanás, entramos en una comunión de almas, donde no hay ya “ni griegos ni judíos, ni circuncisos ni incircuncisos, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni libre”, ni agente de banca ni explotador insolente, “sino Cristo, todo en todos...”

La cita es vulgar. Pero en cita se queda demasiadas veces; porque cuando se trata de llevarla a efecto, se ponen toda clase de rémoras y pretextos para seguir persistiendo en nuestras divisiones y diferenciaciones terrenas, por las cuales colocamos al escita y al bárbaro, al incircunciso y circunciso, sobre Cristo en todo y en todos.

De este modo se trueca la locura de la Cruz por aquella sabiduría del mundo que se nutre de estipendios y de cargos y se desquicia en cuanto se la toca en su ídolo de oro y de vanidad. Mientras tanto, la llamada locura de la Cruz ofrece la única solución a los problemas que los hombres con sus solas fuerzas —como se ha visto en sangrientas experiencias— saben muy bien provocar, pero no aciertan a resolver. Es un derrumbamiento radical que no puede hacerles gracia a los adoradores de lo palpable, de lo contingente, a los realistas del momento, a cuantos se regodean sobre la humanidad que sufre, reputándose felices con su condumio, con su automóvil, con sus pensiones... Y sin embargo no es así. Porque estos tales son esclavos del propio cuerpo, de la propia vanidad, del propio rango, estremeciéndose por la inquietud del mañana, por la inestabilidad inherente a todo lo humano... No es vivir el suyo: es una ilusión de vida; es un morir por vivir; es un agonizar espasmódico.

El que pone por obra el renunciamiento cristiano, el que pisotea el mundo con sus plantas haciendo de él senda para caminar al Infinito, plataforma para saltar sobre estos tugurios de argamasa, éste llega a ser libre, y éste defiende la libertad aun a costa de su sangre. Nuestra más pura gloria son las legiones de mártires, de vírgenes, de cuantos se negaron al goce de un instante para ofrendarse al amor de Dios. Ellos con su inmolación desencadenaron y desencadenan un torrente de espiritualidad, que trastoca este mundo materialista y lo regenera.

Por Cristo se abandonan carreras tenidas por envidiables, o el frívolo comercio sexual; y por Cristo, cuya sangrante imagen les parece ver en el prójimo que padece, se ocultan en lejanas o infestadas tierras, en hospitales, en escuelas, en claustros, para aliviar con su propia tribulación

las ajenas, entregando la vida por los otros.

El odio mata, incendia, depreda, y asimismo la codicia. La caridad vivifica, refrigera, cicatriza, y asimismo la renuncia.

El héroe del mundo empuña una brillante espada pero sangre humana gotea de sus manos; manifestando furor en sus ojos, atraviesa por devastadas regiones, llenas de ruinas, en las que sólo se oyen los gemidos de los moribundos y el llanto de las madres y el de sus pequeñuelos.

El héroe del cristianismo lleva una cruz en la mano y una sonrisa de compasión en el rostro; y sobre las huellas del exterminador, que la historia burguesa dará a conocer a sus vástagos con enojosas listas de batallas, va curando a los heridos, reparando los estragos, acudiendo al hambre y apagando la sed, seguido de la bendición de los vejados. La distraída superficialidad ignorará su nombre si bien se beneficiará de sus obras.—Muerte y vida.

Y el cristianismo forma legiones de seres semejantes: fundadores de órdenes, monjas heroicas, misioneros que se extinguen en leproserías, padres y madres que inculcan en sus hijos ideales de bondad...: la gran reserva moral, la levadura que, al fin, disolverá el odio, cargado como nublado devastador sobre la tierra; alma pura en el cuerpo contaminado del mundo.

Estos son los cristianos consecuentes, y, por tanto, los verdaderamente heroicos. Mas a su lado militan muchedumbres de cristianos rutinarios, cuyo cristianismo es una etiqueta puramente social.

Hoy en día se da una violenta contienda de sistemas, en la cual hace astillas un mundo que perece y un nuevo orden forcejea por formarse.

El antagonista más radical y más explícito del cristianismo es el ateísmo militante, como queda dicho. Hasta ahora no había constituido nunca el ateísmo un movimiento social. Se había presentado comúnmente como una concreción esporádica de individuos aislados. Pero hoy se presenta como un movimiento misional, como una milicia, dispuesta a luchar y a vencer, dispuesta a levantar sobre los escombros de la religión una religión nueva, monstruosa y atea: una ateocracia, como se la ha llamado, donde Dios es suplantado por un Mito; el cual ya provenga de la raza (nazismo), ya de la colectividad (comunismo), o de cualquier otra excusa terrena… es simplemente materialismo que se alza contra el espíritu.

audaz o a la penetración capilar de semejante adversario? Más lamentaciones que obras...

La Iglesia es una y si padece en un punto, padece toda entera. En nuestra fe a medias, en nuestros laicismos, en nuestros modernismos y similares compromisos, destinados a ser barridos, es preciso ver los signos que señalan el avance de la tempestad. ¡Ay si ella descargase sobre una Iglesia que adormece en la pasividad!

Son cristianos, pues, piadosos, pero poco activos; no militantes.

Entre ellos y la desbocada cuadrilla de sabuesos de la carne, se interpone una zona gris internacionalizada de cristianos neutros, de cristianos a medias, de cristianillos, que merodean todo el día entre las dos fronteras, balanceándose entre Cristo y el Anticristo, rociando con agua bendita las inmundicias con que se enlodan por fragilidad o por malicia. Desean el cielo pero agarrándose bien a la tierra; creen con el ápice del corazón en el Eterno y en su ley, pero con ambas ventrículos palpitan por los intereses del momento, pretendiéndolos, no como medios de subsistencia, sino como fin de la existencia. En suma: el paraíso, existirá sin duda; pero es más indudable que existe también la tierra. Y a la hora de partir de ella, besan el Crucifijo, pero no sin refunfuñar porque no les deja todavía por aquí abajo aunque sea con la uremia y los demás achaques; y suspiran cuando hablan de volar al cielo porque prescindirían de buen grado de semejante ascensión.

Si dan un céntimo, les parece empobrecer; y están amurallados como con hormigón en su egoísmo, reforzado con hipócritas excusas; si es que, consciente o inconscientemente, no consideran, ante todo, a la religión como un muro suplementario para defensa de su caja de caudales, o no conceptúan a la Iglesia como una especie de partido conservador de sus terrenales privilegios.

Es la retaguardia atiborrada de comestibles, que opone barricadas de sofismas al fluir del espíritu; que tiene pavor a las exigencias de la religión; que nunca pierde el equilibrio, nunca se compromete, nunca marcha a la cabeza, nunca toma la iniciativa; que acumula avara y chismorrera, sórdida, fraternizando con el hermano y pactando con el masón, que guiña con sus ojos impuros citando para el burdel. Ejército muelle de la Mediocridad.

El heroísmo, que es innato al cristianismo y constituye su condición esencial en la práctica, lo desvirtúan ellos con supersticiones, con una mo- ral laxa, a merced de las circunstancias y de las propias conveniencias.

Ante la desenfrenada neopaganización de la vida tendríamos que llevar el seguimiento de Cristo hasta sus extremas consecuencias, resistir a toda costa, dejarse matar antes de ceder en un ápice... Pero ¡ya! Veréis que estos con palabras melosas, aduciendo hasta razones espirituales, se justifican en su postura. Pero no pasan de ahí. Cuando se trata de llegar a las obras, esto es, de actuar, de ir contra corriente, de ponerse en riesgo, de sacrificarse, entonces se agazapan tras los parapetos de su carnal prudencia, se escudan en su propia casuística, aguardan a que mejoren las circunstancias. Y si salen fuera, proceden cautos, con pies de plomo, escurren el bulto, contemporizan, se acomodan, lamiendo los pies al mundo y haciendo carantoñas a sus dirigentes. De este modo salvan la situación, su propia situación, que se sostiene del favor de los de arriba y de las finanzas. Así caminan con aire de triunfo, cabeza en alto, sonriendo picarescamente.

A la acción de los principios, a la fuerza de lo divino, a la honestidad de la coherencia y otras cosas más de no menos quilates, no se niegan — con el estómago lleno, por supuesto—; pero en realidad fiando más de la astucia humana que de la gracia para salir de las situaciones difíciles. Porque, astutos como Herodes el pequeño, se ponen a sí mismos a salvo, si no siempre, muchas veces, y, en todo caso, de frente a los obstáculos, reducen su actuación a una aparatosa y desvaída inacción que no los compromete, y piensan —o simulan— que la fe está asegurada y el deber cumplido.

Mientras el cristiano es cristiano antes que nada y, por tanto, pone a Cristo en primer lugar y después y por debajo todo lo demás, sin parecerle demasiado ningún sacrificio por su amor, estos cristianos mediocres lo son todo antes que cristianos, y no sólo no abandonan por Cristo ni vida ni familia ni posesiones, sino que aún se creen en derecho de exigir de Él, en compensación de alguna que otra jaculatoria, la protección de la salud, la guarda del depósito, la prosperidad en el negocio y el éxito en la carrera. Primero, la digestión, el horario, el honorario, lo material; luego alejado, el último después del último pensamiento, Cristo. Primero la clientela, después Dios; primero la partida, después la Misa; primero el paseo, después la confesión; primero la propia comodidad, después la oración. Invierten el orden de los factores: realizan la antirrevolución.

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y de vileza tomada por prudencia, y a pesar de todos los tapujos de hipocresía tomada por educación, bien o mal, aun son capaces de tener, de cuando en cuando, algún pensamiento de remordimiento que les inquieta en medio de la placentera mediocridad con que viven.

Pero estas intermitencias de remordimiento están ausentes en los llamados falsos cristianos. Son aquellos para quienes el bautismo no fue más de un pretexto para un paseo festivo, y los demás sacramentos, si por ventura los han recibido, ocasiones de un poco de juerga y de tributo a los mayores. Cristianos en los registros, paganos en sus pensamientos.

Son los que ignoran o proceden como si ignorasen la diferencia entre el bien y el mal; los que para enriquecer o para lucrarse no reparan en modos ni en sus jolgorios reconocen límites; los que, transfiriendo todos los intereses al cuerpo, apacientan el espíritu con lo que el cuerpo rechaza: con los desechos. Al frenesí del goce no le sirven de barreras ni la decencia ni la amistad. No ven en la mujer un alma, sino un instrumento para divertirse, y esto logrado ponen los pies en polvorosa, burlándose de la propia deslealtad, de los padres hundidos, de los maridos traicionados, de los amigos afrentados. ¿Qué importa el honor, el porvenir de una doncella, cuya fascinación está precisamente en su virginidad y en su mo- destia? Hay quien reduce las preocupaciones de la existencia a la carrera, a las mujeres y bien vivir, sin preguntarse jamás si el hombre no habrá sido creado para cosa más seria.

Estos paganos desprovistos de moral, son engañosos en los negocios, explotadores con el prójimo, idólatras consigo mismos. De entre ellos salieron aquellos capitalistas que metódicamente han ido acumulando moneda, defraudando y destrozando incontables cuerpos humanos, fríamente mirados como bestias de excavación o de transporte. Amos de minas, de plantaciones, de oficinas, de talleres, de haciendas, se han enriquecido materialmente a fuerza de condenar a prolongada agonía o de explotar sin entrañas el hambre de millones de seres anónimos; ofreciendo el sarcástico espectáculo de sus rostros mofletudos, de sus mancebas enjoyadas ante los extenuados mozos y las enflaquecidas mujeres. Y luego, como en Méjico, han expoliado a sus víctimas hasta de las iglesias, hasta de los sacerdotes, hasta del abrigo de las cosas sagradas. Capitanes de aventura, que han saqueado las campiñas trabajadas con ruda fatiga de largos meses, único recurso de millares de familias desvalidas. Feudatarios que han traficado con tierras y almas por una partida de caza, o han tronchado inocentes cuerpos temblorosos por un capricho. Tiranos que han

confiscado y deportado por el antojo de una concubina inhumana o por la satisfacción de la propia crueldad que apetecía, en su furor, desmembramientos de cuerpos, aullidos de dolor y gemidos de hambre. Obispos y sacerdotes simoníacos, impuestos por poderes extraños, que administraban las cosas sagradas sin un solo pensamiento para lo divino, violando los sagrados preceptos cuyas fórmulas quizá repetían salmodiando con sus bocas adúlteras. Usureros que han despojado al aldeano hasta de la despedazada camisa quedando sus hijos desnudos. Cuantos han estuprado o mal traficado; cuantos han cerrado su corazón a la solidaridad y a la caridad; cuantos han sacrificado al débil, al huérfano o a la viuda o han abusado de la amistad; cuantos se han valido de las cosas más santas, de la religión, de la patria, de la familia, para encubrir rapiñas, sordideces y venganzas; cuantos en misión de hacer justicia, han hollado a los buenos, violentando las conciencias o sirviéndose de su función para personales logros; todos aquellos en suma que sin arrepentimiento han violado la ley religiosa, natural y moral: todos éstos, integran la mala casta de los pseudocristianos, que deberán rendir una cuenta harto más dura que los mismos idólatras ignorantes del cristianismo y que los mismos caníbales ignorantes de la civilización.

Mayor es todavía su responsabilidad cuando exhiben su cinismo y sus obras, para alimento de los otros, difundiéndolas en revistas y libros que corrompen y agotan la fuerza física y moral del pueblo, con una literatura que con más o menos descaro señala como meta de aspiración el prostíbulo, promoviendo la anarquía moral en los jóvenes. Porque tales producciones penetran por las más sutiles comisuras en las estancias de las doncellas y de los jovenzuelos, en casas honorables, en los hoteles, en los centros sociales, y, corrosivas como son, desvigorizan poco a poco el nervio de la voluntad, del sacrificio, de la honestidad; asfixian los entendimientos con su una frivolidad idiotizante; destruyen los principios en los que se fundamenta y se nutre una sociedad. Son los vendedores de opio en forma de poesía, de novelas y cuentuchos, con menos riesgo y más

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