III. PREMISAS TEÓRICAS
4. Doblete
4.6. Criterios de un doblete
Otra vez, los criterios de la delimitación de un doblete, coinciden en gran parte con los que conciernen a su integrante imprescindible: el cultismo o semicultismo.
Tal como lo hemos visto en las defi niciones tradicionales de los dobletes, preva- lece el fonetismo y el semantismo como dos principales puntos de referencia. Y así, Pidal aplica los criterios formal y cronológico al advertir que mientras los cultis-
NCVRNÞICŎJGTKFCCHNKEEKÎPŏ
RNCICŎRGUVGŏ RNCICŎOQPVÎPCNWFŏ NNCICŎJGTKFCŏ
mos son “voces literarias de introducción tardía en el idioma, tomadas de los libros cuando en latín clásico era ya lengua muerta” que tienen “desarrollo distinto”, los segundos constituyen la parte patrimonial del léxico, “producto de una evolución espontánea y no interrumpida” (Pidal 1992: 9). En efecto, algunos de los lingüistas (cf. Benítez Claros 1959; Alvar, Mariner 1967) elaboran una lista de rasgos vocálicos y consonánticos propios de los vocablos cultos que presentamos en el capítulo dedi- cado al análisis fonético de los dobletes.
Uno de los partidarios más fervientes de la “teoría formal” es Yakov Malkiel quien admite que:
“Los términos culto, semiculto, patrimonial representan normas del desarrollo fonético y no deben confundirse ni con los criterios del análisis sociológico, ni con la estratifi cación crono- lógica. (...) Situación tan inestable impone la necesidad de restringir el signifi cado de culto, semiculto, patrimonial al juego de las normas fonéticas (subrayado nuestro), para no quitar a estos rótulos un grado mínimo de precisión” (Malkiel 1951: 18 y passim en: Clavería Nadal 1991: 16).
Gutiérrez (1989) propone los criterios semántico y fonético (actuando juntos en caso de los dobletes puros y por separado en el de los solamente semánticos o fonéti- cos); Korolenko (1969) a los susodichos agrega el estilístico.
Ortega Ojeda (1982) se rige por el semantismo diferenciador como la condición
sine qua non de los dobletes.
Clavería Nadal (1999–2000) critica a Pidal al evaluar sus criterios como insu- fi cientes (¿por qué negar se considera una voz patrimonial y legar un cultismo?) y al constatar que el criterio semántico complica el juicio (cf. artejo y raudo, a pesar de ser voces patrimoniales se consideran más “cultas” que los cultismos artículo y rápido). Lo que resalta en estos ejemplos es, como con razón observa la autora, una “inadecuación de criterios” por lo que propone cambiar el criterio fonético por el “concepto de adaptación” sin explicarlo adecuadamente. Otra vez, a nuestro parecer, se entrecruzan el aspecto epistemológico (cultismo como préstamo de una lengua clásica, en este caso el latín) y axiológico (cultismo como una voz de altos registros de la lengua) que no siempre, según nuestra opinión, tienen que coincidir y por eso, deberían separarse a la hora del análisis de cualquier material.
Últimamente ha aparecido una teoría que parece explicar este dilema: la de Molho (1985), quien, inspirado en el dualismo de Saussure y partiendo de la existencia de dos vertientes de una palabra: la física y la mental, postula una proporción formada por: fi sismo (lo que equivaldría a la forma) y mentalismo (comparable, según la perspectiva, con el uso). Así se podría explicar por qué el muy a menudo citado caso de negro (con el conservado grupo -gr-) no se considera cultismo mientras sí lo es
íntegro. Para eso defi ne el cultismo como “un ente idiomático total” (Molho 1985:
90
subrayando que el mentalismo tiene valor diacrónico y el uso, sincrónico.
Asimismo, García Valle (1998) considera los criterios fonético y conceptual como insufi cientes sin proponer a cambio la ampliación de criterios. El que sí lo hace es Badía Margarit (1972) quien propone una revisión sin aplicarla a un material con- creto: al criterio fonético agrega el de la frecuencia de uso, cronología y geografía
del fenómeno.
Más ampliación aún propone la estudiosa rumana Reinheimer Rîpeanu (1990, 2004a) quien aconseja tener en cuenta los factores sociales y culturales, por lo que propone los siguientes criterios: fonético, cronológico, semántico y sociolingüís-
tico. En su monografía (2004a: 140) admite que el criterio fonético no siempre es
sufi ciente ni factible de averiguar (sobre todo en caso de las palabras cuyo fonetismo no acepta cambio, cf. esp. carne) y presenta la lista entera de ejemplos de diferentes tratos según diferentes lexicógrafos en sus diccionarios.
De la misma opinión parece ser Cano Aguilar (2002: 176):
“la consideración del ‘cultismo’ no puede hacerse desde una sola perspectiva (fonética, socio- cultural, etc.); al mismo tiempo, su estudio ha de vincularse a la historia literaria y cultural de la comunidad hablante”,
aunque ninguno de los dos presenta los instrumentos de la aplicación de los criterios innovadores.
Lo complicado que puede resultar semejante procedimiento lo muestra el ya men- cionado artículo de Colón (1973), al estudiar pormenorizadamente el caso de tan solo un vocablo: leyenda. De su análisis se desprende claramente que los criterios lingüísticos no son sufi cientes ya que siempre queda “realidad histórica” distinta para cada vocablo.
Es cierto que tales estudios amplían el panorama del fenómeno, pero son apropia- dos para los estudios puntuales y no para la elaboración del corpus en su fase principal (extracción de los dobletes mismos y su análisis posterior), como en nuestro caso. Por eso seguimos convencidos de que el criterio fonético (formal) sigue siendo de una im- portancia primordial no solo por ser “el indicio primero y más llamativo” (Bustos Tovar 1974: 39), sino también por ser el más preciso al investigar un material concreto. Tras haberlo aplicado podemos suministrar otros: el estilístico, el semántico, etc. El párrafo dedicado a la delimitación del material muestra claramente que en algunas ocasiones es justamente el criterio semántico el que aporta la información defi nitiva: al comparar el parentesco semántico o su falta, podemos corroborar la proveniencia del mismo étimo o distinto origen etimológico de las voces homófonas (el llamado “doblete aparente”).
fisismo palabra = --- mentalismo
tradicional culto culto
entero = --- °ntegro = --- negro = --- ,
El criterio cronológico, tanto en su “versión extrema” (considerando cultismos solo los vocablos entrados a partir de 1080) como en su versión más amplia (cualquier fecha de introducción) nos parece válido aunque no el más fi dedigno por dos razones: primero porque “el latinismo es constante a lo largo de toda nuestra historia lingüística” (Alvar, Mariner 1967: 48) – los cultismos aparecen permanentemente durante la existencia del castellano. Segundo, porque tal como ya lo advirtió Gloria Clavería Nadal:
“los documentos del pasado no son tan abundantes como para poder identifi car de forma precisa los latinismos a partir de su primera documentación en la lengua porque durante buena parte de la Edad Media los textos presentan primeras documentaciones de las palabras patrimoniales junto a primeras documentaciones de latinismos” (Clavería Nadal 1999–2000: 18).
Y, justamente, como observa la autora: éste no es un problema del método, sino del acceso de las lenguas románicas a la escritura.
Resumiendo, las formas cultas aparecen en castellano desde los tiempos más anti- guos (cf. laudar, mirra, oraçión en Poema de Mío Cid; escriptura, encenso, en Auto
de los Reyes Magos – Lapesa 1981: 220), por lo que los cultismos “propiamente di-
chos”, los que pueden considerarse préstamos, aparecen no solo cuando el latín y el romance están diferenciados y el latín de nuevo ha adquirido la pronunciación propia, sino durante toda la historia de la lengua. Proceden del latín hablado por los clérigos y otros hombres cultos (vía oral) o, con frecuencia, de los textos redactados en latín (vía escrita). (De ahí su pertenencia a los ámbitos religioso y jurídico: ángel, evange-
lio, cabildo, canónigo, etc.). En caso de estos préstamos tempranos puede suceder la
mezcla de formas y signifi cados que, con tiempo, se soluciona en la diferenciación for- mal y semántica. A ellos se suman a partir del s. XIII cultismos escolares, antecedentes del vocabulario científi co (geometría, allegoría, poética, etc.). Tal como observa Llo- yd (1993: 557), a partir del s. XIII (siglo alfonsí) aparecen cada vez más cultismos. Las consecuencias consonánticas tienden a simplifi carse (efecto > efeto, digno > dino). Cuando el sistema educativo obliga a pronunciar todas las consonantes, se rechazan las normas simplifi cadas a lo que ayuda la imprenta. Después del Siglo de Oro (épo- ca de la normalización) la forma simplifi cada queda relegada al habla popular. Pero cuando una de las dos formas ha llegado a asociarse con algún signifi cado específi co de la palabra originaria (diferenciación semántica), se crea un doblete: respeto ‘estima’ – respecto (a); afi ción ‘entusiasmo’ – afección ‘efecto’. El cultismo, siendo préstamo del latín, supone distinta (de la voz popular) forma fonética.