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4 CRITERIOS DE REALIDAD

El gran físico Galileo Galilei, quizás el primero en la moderna acepción del término moderno, realizó múltiples descubrimientos no sólo en física propiamente dicha, sino también en metodología de la ciencia. Revivió la antigua idea de expresar en clave

matemática las teorías generales sobre la naturaleza y la mejoró desarrollando el método de la prueba experimental, que

caracteriza a la ciencia tal y como la conocemos hoy. Denominó, acertadamente, a estas pruebas cimenti, es decir

«aquilataciones», en italiano antiguo. Fue uno de los primeros en usar telescopios para el estudio de objetos celestes, y recogió y analizó evidencias en pro de la teoría heliocéntrica, según la cual la Tierra se desplaza siguiendo una órbita alrededor del Sol y gira sobre su propio eje. Es bien conocido por su defensa de dicha teoría y por el duro conflicto con la Iglesia al que le condujo esta defensa. En 1633 la Inquisición le juzgó por herejía y le obligó, bajo amenaza de tortura, a leer en voz alta y de rodillas una larga y abyecta retractación en la que declaraba que «abjuraba,

condenaba y detestaba» la teoría heliocéntrica. (Según la leyenda, al ponerse en pie murmuró las palabras «Eppur si muove...», es decir, «Y, sin embargo, se mueve...».) A pesar de su retractación, fue condenado a arresto domiciliario, en el que permaneció el resto de sus días. Si bien su castigo fue relativamente leve, no por ello dejó de conseguir su propósito, como explica Jacob Bronowski:

El resultado fue el silencio de los científicos católicos en todas partes a partir de entonces [...] El efecto del juicio y el

confinamiento fue la radical interrupción de la tradición científica en el Mediterráneo. (The Ascent of Man, página 218).

¿Cómo pudo tener tan graves consecuencias una discusión sobre la configuración del sistema solar? ¿Qué movía a quienes participaron en ella a obrar tan apasionadamente? En realidad, la verdadera discusión no estribaba en si el sistema solar tenía una u otra organización, sino en la brillante defensa por Galileo de una nueva y peligrosa manera de pensar acerca de la realidad. No acerca de la existencia de la realidad, puesto que tanto Galileo

como la Iglesia creían en el realismo, el punto de vista inspirado por el sentido común que nos dice que existe realmente un

universo exterior y que afecta a nuestros sentidos, incluso si estos sentidos ven aumentada su percepción mediante instrumentos como los telescopios. En lo que difería Galileo era en su concepción de la relación entre la realidad física, por un lado, y las ideas, las observaciones y la razón Humanas, por otro. Defendía que el universo podía ser comprendido en términos de leyes universales formuladas matemáticamente, y que un conocimiento sólido de éstas era accesible a los seres humanos a condición de aplicar su método de formulación, matemática ¿sistemática comprobación .experimental. Según sus propias palabras, «el Libro de la

Naturaleza está escrito en símbolos matemáticos». Se trataba de una comparación consciente con ese otro Libro en el que era más convencional confiar.

Galileo consideraba que si su método resultaba efectivamente fiable, como creía, las conclusiones que

proporcionaría dondequiera que fuese aplicado serían preferibles a las obtenidas por cualquier otro. Insistía, pues, en que el

razonamiento científico debía prevalecer no sólo sobre la intuición y el sentido común, sino también sobre las doctrinas religiosas y la revelación. Era esta idea, y no la teoría heliocéntrica en sí, lo que las autoridades eclesiásticas consideraban peligroso. (Y con razón, puesto que si alguna idea puede reclamar el mérito de haber

iniciado la revolución científica y la Ilustración, así como de haber sentado los cimientos seculares de la civilización moderna, es, sin duda, ésta.) De ahí que se prohibiera «sostener o defender» la teoría heliocéntrica como explicación del aspecto del cielo

nocturno. Pero utilizarla, escribir sobre ella, considerarla «una suposición matemática» o propugnarla como método para hacer predicciones estaba permitido. Por esta razón, la obra de Galileo

Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, que comparaba la

teoría heliocéntrica con la teoría geocéntrica oficial, había

conseguido la autorización de los censores de la Iglesia para la impresión (imprimatur). Incluso el propio Papa había manifestado previamente su aquiescencia a que Galileo escribiese semejante libro (si bien en el juicio se utilizó un documento engañoso, que pretendía que se había prohibido con anterioridad a Galileo toda discusión sobre el tema).

Es conveniente, desde el punto de vista histórico, señalar que en tiempos de Galileo no era aún indiscutible que la teoría

heliocéntrica permitiese hacer mejores predicciones que la

geocéntrica. Las observaciones disponibles no eran muy exactas. Habían sido propuestas modificaciones ad hoc para mejorar la exactitud de la teoría geocéntrica, y no resultaba fácil cuantificar los poderes predictivos de ambas teorías rivales. Además, debe tenerse en cuenta que había más de una teoría heliocéntrica.

Galileo creía que los planetas se movían en círculos, mientras que, en realidad, sus órbitas son prácticamente elipses, de modo que los datos tampoco encajaban con la particular teoría heliocéntrica que Galileo defendía. (Lo cual, incidentalmente, no explica cómo llegó a convencerse de su bondad gracias a la acumulación de observaciones.) Pero no fue esto lo que hizo que la Iglesia tomara posiciones en esta controversia. No le importaba a la Inquisición dónde parecían estar los planetas; lo que de veras le interesaba era la realidad. Quería saber dónde estaban realmente, y, al igual que Galileo, quería hacerlo mediante explicaciones. Los

instrumentalistas y los positivistas dirían que, puesto que la Iglesia estaba dispuesta a aceptar las predicciones fruto de la observación de Galileo, toda discusión ulterior era ociosa y su casi inaudible «Eppur si muove» no tenía sentido. Pero Galileo sabía qué estaba en juego, al igual que los inquisidores. Al negar la fiabilidad del conocimiento científico, éstos pensaban precisamente en su parte explicativa.

La concepción del mundo de la Iglesia era falsa, pero no ilógica. Sin duda, creía en la revelación y la autoridad tradicional como fuentes fiables de conocimiento, pero tenía también una razón adicional e independiente para criticar la fiabilidad del conocimiento obtenido mediante los métodos de Galileo. Hubiera podido aducir, simplemente, que, por muy abundantes que sean las observaciones o argumentos, jamás podrán probar que una explicación de un fenómeno físico es cierta y otra es falsa. Hubiera podido decir que Dios podía producir aquellos efectos observados repetidamente de infinidad de maneras distintas, de modo que pretender estar en posesión de un método de conocimiento basado meramente en las falibles dotes de observación y razonamiento de un hombre no era más que un vanidoso y arrogante deseo de compararse con el Sumo Hacedor.

Hasta cierto punto, la Iglesia no hacía más que pedir

modestia y que se reconociera la falibilidad humana. Y si Galileo declaraba que la teoría heliocéntrica estaba más o menos probada —o a punto de serlo—, desde una perspectiva en cierto modo

inductivista, no les faltaba razón a sus detractores. Si Galileo pretendía que sus métodos podían conferir a cualquier teoría una autoridad comparable a la que la Iglesia reclamaba para sus doctrinas, tenían razón al criticarlo por arrogante (o, como seguramente pensaban, blasfemo), si bien, por supuesto, de acuerdo con los propios criterios que aplicaban, los inquisidores eran aún más arrogantes que él.

¿Cómo podemos, pues, defender a Galileo frente a la Inquisición? ¿Cuál podría ser su defensa ante los cargos de ir demasiado lejos cuando aseguraba que las teorías científicas contienen unconocimiento fiable de la realidad? La defensa

popperiana de la ciencia como proceso de resolución de problemas y búsqueda de explicaciones no es por sí misma suficiente.

También la Iglesia se interesaba primordialmente por las explicaciones y no por las predicciones, y se mostraba bien

dispuesta a permitir que Galileo resolviera problemas utilizando la teoría que quisiese. Lo que no estaba dispuesta a aceptar era que las soluciones de Galileo (lo que denominaba meras «hipótesis matemáticas») tuviesen relación alguna con la realidad extema. Después de todo, la resolución de problemas es un proceso que tiene lugar enteramente en el interior de las mentes humanas. Galileo podía considerar el mundo como un libro en el que las leyes de la naturaleza están escritas en símbolos matemáticos, pero esto, estrictamente hablando, sólo era una metáfora; no hay explicaciones que giren por el espacio en órbita con los planetas. La realidad es que todos.. nuestros problemas, junto con sus soluciones, se encuentran dentro de nosotros, han sido creados por nosotros. Cuando resolvemos problemas científicos, mediante la argumentación elaboramos teorías cuyas explicaciones nos

parecen las mejores. De modo que, sin negar en modo alguno que sea justo, adecuado y útil resolver problemas, la Inquisición y los escépticos modernos pueden legítimamente preguntarse qué tiene que ver la resolución de problemas con la realidad. Podemos hallar las «mejores explicaciones» que nos satisfagan desde un punto de vista psicológico. Podemos descubrir que resultan útiles para hacer predicciones. Nos pueden parecer, sin duda, esenciales en cada campo de la creatividad tecnológica. Todo ello justificará que sigamos buscándolas y que las utilicemos para estos fines. Pero ¿por qué hemos de sentirnos obligados a aceptarlas como hechos? Lo cierto es que la proposición que la Inquisición obligó a admitir a Galileo era la siguiente: que la Tierra está, en realidad, en reposo,

y el Sol y los planetas giran a su alrededor; pero los caminos por los que viajan estos cuerpos astronómicos están dispuestos de un modo tan complejo que, vistos desde la perspectiva de la Tierra, resultan coherentes con la concepción de que el Sol está en reposo y la Tierra y los planetas en movimiento. Permítaseme

denominarla «teoría de la Inquisición» del sistema solar. Si esta teoría fuese cierta, seguiríamos pudiendo esperar que la teoría heliocéntrica hiciese predicciones ajustadas de los resultados de cualquier observación astronómica realizada desde la Tierra, a pesar de ser factualmente falsa. Así pues, toda observación que pareciera apoyar la teoría heliocéntrica apoyaría también la teoría de la Inquisición.

Podríamos ampliar la teoría de la Inquisición para dar cuenta de observaciones más detalladas que apoyan la teoría

heliocéntrica, como las de las fases de Venus y las de los pequeños movimientos adicionales denominados «movimientos propios» de algunas estrellas en relación con la bóveda celeste. Para hacerlo, deberíamos presuponer maniobras aún más complejas en el

espacio, gobernadas por leyes físicas muy diferentes de las que se dan en una Tierra que se supone estática. La diferencia sería la estrictamente necesaria para que fueran compatibles con el hecho, demostrado por la observación, de que la Tierra se mueve, y

dichas leyes, además, deberían ser válidas tanto en el espacio como aquí abajo. Son posibles muchas teorías así. En efecto, si hacer las predicciones adecuadas fuese nuestra única

preocupación, podríamos inventar teorías que dijeran que en el espacio sucede cualquier cosa que nos interese. Por ejemplo, las meras observaciones jamás contribuirían a desechar una teoría que sostuviese que la Tierra está encerrada en un inmenso planetario que nos muestra la simulación de un sistema solar heliocéntrico, y que fuera de ese planetario se encuentra lo

primero que se nos ocurra, o nada en absoluto. Por supuesto, para dar cuenta de las observaciones que hacemos cada día, ese

planetario debería también redirigir nuestras emisiones de radar y láser, capturar nuestras sondas espaciales y, evidentemente, nuestros astronautas, enviarnos falsos mensajes de dichos

astronautas y devolvérnoslos con las adecuadas muestras de suelo lunar, alteraciones de la memoria, etcétera. Tal vez parezca una teoría absurda, pero lo fundamental es que no puede ser

desechada por la experimentación. Tampoco es válido desechar ninguna teoría aduciendo únicamente que es «absurda»: en

tiempos de Galileo, no sólo la Inquisición, sino casi todo el mundo, consideraba el colmo del absurdo afirmar que la Tierra se mueve. Después de todo, no notamos su movimiento, ¿verdad? Cuando se mueve, durante en un terremoto, por ejemplo, lo notamos

inequívocamente. Se dice que Galileo retrasó unos años su defensa pública de la teoría heliocéntrica no por miedo a la Inquisición, sino al ridículo.

La teoría de la Inquisición nos parece, sin duda, absurdamente artificial. ¿Por qué deberíamos aceptar una

explicación tan complicada y ad hoc para justificar el aspecto del cielo cuando la sencilla cosmología heliocéntrica hace lo mismo y sin tantas complicaciones? Podríamos aducir el principio de la navaja de Occam: «No multiplicar las entidades más allá de lo necesario.» O, como prefiero decir: «No complicar las

explicaciones más allá de lo necesario», ya que, si lo hacemos, las propias complicaciones innecesarias quedarán sin explicar. Sin embargo, que una explicación sea considerada o no «artificial» o «innecesariamente complicada» depende del conjunto de ideas y explicaciones que constituyan la concepción del mundo en cada persona en un momento dado. La Inquisición habría podido argumentar que la idea de una Tierra en movimiento resultaba innecesariamente complicada. Contradecía el sentido común, contradecía las Sagradas Escrituras y (hubieran podido añadir los inquisidores) existía ya otra explicación perfectamente válida y que no necesitaba recurrir a semejante idea.

Pero ¿existía realmente? ¿Proporcionaba la teoría de la Inquisición explicaciones alternativas sin tener que recurrir a la «complicación», tan contraria al sentido común, del sistema heliocéntrico? Echemos una atenta mirada al modo en que la teoría de la Inquisición explica las cosas. Justifica la aparente inmovilidad de la Tierra afirmando que está inmóvil. Hasta aquí, muy bien. A primera vista, esta explicación es mejor que la de Galileo, quien tuvo que emplearse a fondo y rebatir algunas

nociones de sentido común sobre fuerza e inercia para explicar por qué no notamos el movimiento de la Tierra. Pero ¿cómo se

enfrenta la teoría de la Inquisición a la tarea, y más difícil, de explicar los movimientos de los planetas?

La teoría heliocéntrica los explica diciendo que vemos que los planetas siguen complicadas trayectorias por el espacio porque, aunque en realidad describen círculos (o elipses), mientras lo hacen la Tierra también se mueve. La explicación de la Inquisición

consiste en que los planetas parecen moverse trazando

complicados circuitos por el espacio porque eso es precisamente lo que hacen; pero (y en ello, según la teoría de la Inquisición,

estriba la esencia de la explicación) este complejo movimiento es gobernado por un principio sencillo, pero fundamental: los

planetas se mueven de tal modo que, vistos desde la Tierra, parece que tanto ellos como ésta se desplacen siguiendo órbitas sencillas alrededor del Sol.

Para comprender el movimiento de los planetas en términos de la teoría de la Inquisición es imprescindible entender este principio fundamental, puesto que las limitaciones que impone constituyen la base de toda explicación detallada que se desee formular de acuerdo con ella. Por ejemplo, si nos preguntasen por qué se da una determi nada conjunción de planetas en una fecha concreta, o por qué un determinado planeta describe cierta

trayectoria particular a través del cielo, la respuesta sería siempre: «Porque así es como se vería si la teoría heliocéntrica fuese

cierta.» Nos encontramos, pues, ante una cosmología —la de la Inquisición— que sólo puede ser comprendida en términos de otra distinta —la heliocéntrica—, a la que contradice, pero que imita fielmente.

Si los inquisidores hubiesen tratado en serio de comprender el mundo en los términos de la teoría que intentaron imponer a Galileo, también se habrían dado cuenta de su fatal debilidad, es decir, que es incapaz de solucionar el problema que pretende

resolver. No explica las evoluciones de los planetas «sin necesidad de introducir la complicación del sistema heliocéntrico», sino que, al contrario, lo incorpora inevitablemente como parte de su propio principio fundamental para explicar el movimiento de los planetas. No se puede comprender el mundo mediante la teoría de la

Inquisición a menos que se entienda primero la teoría heliocéntrica.

Tenemos razón, pues, al considerar a la teoría de la Inquisición como una retorcida elaboración de la teoría

heliocéntrica, en vez de lo contrario. No hemos llegado a esta conclusión juzgando la teoría de la Inquisición de acuerdo con la cosmología moderna, lo que habría sido una falacia, sino

insistiendo en tomarla en serio, en sus propios términos, como explicación del mundo. He mencionado anteriormente la teoría de la cura de hierba, que podemos desechar sin necesidad de

explicación alguna. La de la Inquisición es otra teoría que podemos desechar del mismo modo; sin necesidad de comprobarla

experimentalmente puesto que contiene una mala explicación, una explicación que, en sus propios términos, es peor que su rival. Como he dicho, los inquisidores eran realistas. Sin embargo, su teoría tiene punto en común con el solipsismo: ambas teorías trazan una frontera arbitraria, más allá de la cual —según

afirman— no puede llegar la razón humana. O, por lo menos, más allá de esa frontera la resolución de problemas no sirve para

comprender la realidad exterior. Para los solipsistas, esa frontera se limita a sus propios cerebros, o quizás únicamente a sus

mentes abstractas o sus almas incorpóreas. Para la Inquisición, incluía toda la Tierra. Algunos creacionistas actuales creen en una frontera similar, no en el espacio, sino en el tiempo, ya que están convencidos de que sólo hace seis mil años que el universo fue creado en su totalidad, lo que incluye incluso las evidencias

irrefutables de acontecimientos anteriores. El conductismo sostiene que carece de sentido intentar explicar el comportamiento humano en términos de procesos mentales internos. Para los conductistas la única psicología legítima es el estudio de las respuestas

observables de las personas al recibir estímulos externos. Delinean así la misma frontera que los solipsistas al separar la mente

humana de la realidad exterior, pero mientras que éstos dicen que carece de importancia pensar en cualquier cosa que quede fuera de dicha frontera, aquéllos dicen que lo que no tiene importancia es pensar en cualquier cosa que se halle dentro de ella.

Existe gran variedad de teorías similares, pero, a efectos prácticos, podemos considerarlas variantes del solipsismo. Difieren entre sí en dónde sitúan el límite de la realidad (o de aquella parte de la realidad comprensible mediante la resolución de problemas). Difieren también en si, y cómo, buscan el conocimiento fuera de dicha frontera. Pero todas se asemejan en que consideran que la racionalidad científica y otras maneras de resolver problemas son inaplicables más allá del límite establecido, y hacerlo no para de ser un juego. Pueden llegar a conceder que se trate de un juego satisfactorio y útil, pero sigue sin ser más que un juego, del que no puede sacarse ninguna conclusión válida sobre la realidad exterior.

También se asemejan en que comparten una objeción

fundamental a la resolución de problemas como medio de creación de conocimiento, consistente en argumentar que ésta no extrae

sus conclusiones de ninguna fuente última de justificación. Dentro