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3 RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS

No sé qué es más sorprendente, si el propio comportamiento de las sombras o el hecho de que la observación de algunas

conformaciones de luz y sombra nos obligue a revisar tan

radicalmente nuestra concepción de la estructura de la realidad. El argumento que he esbozado en el capítulo anterior es,

independientemente de su controvertible conclusión, un ejemplo típico de razonamiento científico. Vale la pena reflexionar sobre el carácter de este razonamiento, que constituye por sí mismo un fenómeno natural tan sorprendente y lleno de implicaciones, por lo menos, como la física de las sombras.

A aquellos que preferirían atribuir a la realidad una

estructura más prosaica, tal vez les parezca desproporcionado —e incluso injusto— que consecuencias tan trascendentales puedan seguirse del hecho de que un diminuto punto de luz sobre una pantalla se encuentre aquí, en vez de estar allí. Pero así es, y no se trata de la primera vez en la historia de la ciencia que ocurre algo semejante, ni mucho menos. A este respecto, el

descubrimiento de otros universos recuerda mucho el de los planetas hecho por los primeros astrónomos. Antes de que

mandásemos sondas a la Luna y a algunos planetas, toda nuestra información sobre estos últimos procedía de manchas de luz (y de otras radiaciones) cuya presencia era observada en lugares donde no se esperaba encontrarla. Consideremos cómo se descubrió el hecho fundamental y definitorio acerca de los planetas: el de que no son estrellas. Si miramos el cielo por la noche durante unas horas, observaremos que las estrellas parecen evolucionar alrededor de un determinado punto del espacio. Lo hacen rígidamente, manteniendo posiciones fijas entre sí. Según la

explicación tradicional, el cielo nocturno estaba constituido por una enorme «esfera celestial» que giraba alrededor de una Tierra fija, y las estrellas eran, o bien agujeros en dicha esfera, o bien

cristales resplandecientes engarzados en ella. Sin embargo, entre los millares de puntos de luz visibles de noche al ojo desnudo, algunos de los más brillantes, cuando son observados a lo largo de períodos prolongados de tiempo, no se comportan de esa manera rígida, como si estuviesen fijos en la bóveda celestial, sino que parecen pasearse por el espacio con movimientos más complejos.

Son los denominados «planetas», palabra que deriva del griego

planétes, que significa «vagabundo» o «errante». Su vagabundeo

indicaba que la explicación de la esfera celestial resultaba inadecuada.

Las sucesivas explicaciones sobre el movimiento de los planetas han tenido un importante papel en la historia de la

ciencia. La teoría heliocéntrica de Copérnico situaba los planetas y la Tierra en órbitas circulares alrededor del Sol. Kepler descubrió que esas órbitas no eran circulares, sino elípticas. Newton explicó las elipses mediante su ley de la gravitación al cuadrado de sus distancias, la cual fue utilizada más tarde para predecir que esas fuerzas de atracción entre los planetas causarían pequeñas

desviaciones en sus órbitas elípticas. La observación de estas desviaciones condujo al descubrimiento de un nuevo planeta — Neptuno— en 1846, uno de los muchos hallazgos que corroboraron de manera espectacular la teoría de Newton. Sin embargo, algunas décadas más tarde, la teoría general de la relatividad de Einstein nos proporcionaría una explicación fundamentalmente distinta de la gravedad, en términos de tiempo y espacio curvos, y predeciría asf trayectorias ligeramente distintas. Predijo correctamente, por ejemplo, que el planeta Mercurio se desvía cada año una

diezmilésima de grado de la posición prevista por la teoría de Newton. Predijo también que la luz estelar, al pasar cerca del Sol, era desviada por la gravedad el doble de lo previsto por dicha teoría. La comprobación de esta desviación, efectuada por Arthur Eddington en 1919, es considerada a menudo el momento a partir del cual la visión newtoniana del mundo dejó de ser sostenible desde un punto de vista racional. (Irónicamente, las

reevaluaciones modernas de la exactitud del experimento de Eddington sugieren que esta apreciación podría haber sido prematura.) Dicho experimento, que ha sido repetido con gran exactitud, incluía la medición de las posiciones de manchas (las imágenes de estrellas cercanas al limbo del Sol durante un eclipse) sobre una placa fotográfica.

A medida que las predicciones astronómicas se hacían más exactas, disminuían las diferencias en el aspecto del cielo nocturno predichas por las sucesivas teorías, y ha habido que construir

telescopios e instrumentos de medida cada vez más potentes para detectar esas menguantes discrepancias. Sin embargo, las

explicaciones en que se basan esas predicciones no han convergido, sino todo lo contrario: como ya he señalado, ha

habido una sucesión de cambios revolucionarios. Así pues, la observación de efectos físicos cada vez más pequeños ha

provocado cambios cada vez más grandes en nuestra concepción del mundo. Se diría que sacamos conclusiones cada vez mayores de evidencias cada vez menores. ¿Qué es lo que justifica esas inferencias? ¿Podemos estar seguros de que sólo porque una estrella aparezca desplazada unos milímetros en la placa

fotográfica de Eddington el espacio y el tiempo deben ser curvos, o de que sólo porque un fotodetector situado en una determinada posición no registre un «impacto» con luz débil, deben existir universos paralelos?

Sin duda, lo que acabo de decir subraya tanto la fragilidad como el carácter indirecto de toda evidencia experimental. No percibimos directamente las estrellas, ni las manchas en una placa fotográfica, ni cualquier otro objeto o acontecimiento externo. Sólo vemos las cosas cuando sus imágenes aparecen en nuestras

retinas, y ni siquiera percibimos estas imágenes hasta que han dado lugar a impulsos eléctricos en nuestros nervios que, a su vez, han sido recibidos e interpretados por nuestros cerebros. De modo que la evidencia física que influye directamente en nosotros se mide en milésimas de milímetro (la distancia que separa las fibras nerviosas en el nervio óptico) y en centésimas de voltio (la carga del potencial eléctrico de nuestros nervios, que marca la diferencia entre percibir una cosa u otra).

No obstante, no otorgamos la misma importancia a todas nuestras impresiones sensoriales. En la experimentación científica, por ejemplo, hacemos grandes esfuerzos por acercar a nuestra percepción aquellos aspectos de la realidad exterior que creemos que nos pueden ayudar a evaluar las teorías rivales que estamos considerando. Antes incluso de realizar una observación, decidimos con todo cuidado qué, cuándo y dónde debemos buscar. A menudo utilizamos instrumentos complejos, diseñados específicamente, como telescopios y fotomultiplicadores. Pero, por más

perfeccionados que estén los equipos empleados, y por más

consistentes que sean las causas externas a las que atribuimos los resultados de sus observaciones, en última instancia los

percibimos únicamente a través de nuestros órganos sensoriales. No hay escapatoria al hecho de que los seres humanos somos criaturas pequeñas, dotadas sólo de unos pocos e inadecuados canales para recibir toda la compleja información que nos llega del exterior. Interpretamos esta información como prueba de la

existencia de un universo exterior grande y complejo (o un multiverso), pero cuando sopesamos esas pruebas, no

contemplamos, literalmente, nada más que unos débiles circuitos de corriente eléctrica que cosquillean nuestros cerebros.

¿Qué justifica las inferencias que extraemos de esos circuitos? No se trata, sin duda, de una cuestión de deducción lógica. No hay manera de probar, mediante estas o cualesquiera otras observaciones, no ya que el universo exterior, o multiverso, existe realmente, sino ni siquiera que las corrientes eléctricas recibidas por nuestros cerebros tengan alguna relación con él. Todo lo que percibimos puede ser una ilusión, un sueño. Las ilusiones y los sueños son, después de todo, cosa corriente. El

solipsismo —teoría según la cual sólo existe una mente, y lo que

aparenta ser la realidad externa no es más que un sueño

desarrollado en esa mente— no puede ser rechazado lógicamente. La realidad podría consistir en una sola persona, presumiblemente usted, que soñara las experiencias de toda una vida. O podría consistir tan sólo en usted y yo. O en el planeta Tierra y sus habitantes. Y por más evidencias —de la clase que fuera— que soñáramos acerca de la existencia de otras personas, de otros planetas, de otros universos, ello no probaría ni la existencia real de esas cosas ni su número.

Puesto que el solipsismo, e infinidad de teorías relacionadas con él, son compatibles, desde un punto de vista lógico, con el hecho de que usted perciba cualquier evidencia observable posible, resulta que no puede deducir lógicamente nada acerca de la

realidad a partir de dicha evidencia observable. ¿Cómo puedo, entonces, decir que el comportamiento observado de las sombras «refuta» la teoría de que existe un solo universo, o que la

observación de los eclipses realizada por Eddington hace que la concepción newtoniana del mundo resulte «racionalmente

insostenible»? ¿Cómo es posible? Si «refutar» no significa «demostrar la falsedad», ¿qué significa? ¿Por qué deberíamos sentirnos inclinados a cambiar nuestra concepción del mundo, o incluso cualquier opinión, sobre la base de que algo quede

«refutado» en este sentido? Esta crítica parece proyectar dudas sobre la totalidad de la ciencia, es decir, sobre cualquier

razonamiento acerca de la realidad exterior que se base en la evidencia observable.

Si el razonamiento científico no se concreta en secuencias de deducciones lógicas a partir de esa evidencia, ¿en qué se

concreta? ¿Por qué deberíamos aceptar sus conclusiones?

Esta cuestión se conoce como el «problema de la inducción». Este nombre deriva de la que fue, durante la mayor parte de la historia de la ciencia, la teoría dominante acerca del

funcionamiento de ésta. Dicha teoría postulaba que, a falta de demostraciones matemáticas, existe un modo menor, pero todavía suficiente, de justificar las observaciones, denominado inducción. La inducción se contraponía, por un lado, con la justificación supuestamente perfecta proporcionada por la deducción, y, por otro, con las formas, supuestamente más débiles, desde el punto de vista filosófico, del razonamiento intuitivo, que carecen de evidencias obtenidas de la observación que las respalden. En la teoría inductivista del conocimiento científico, las observaciones tienen dos papeles: primero, en el descubrimiento de teorías científicas, y segundo, en su justificación. Se supone que se descubre una teoría por la «extrapolación» o la «generalización» de los resultados de las observaciones. Así pues, si gran número de observaciones se adaptan a la teoría, y no hay ninguna que discrepe de ella, se la considera justificada, creíble y fiable. Ilustra este esquema la figura 3.1.

El análisis inductivista de lo que he dicho acerca de las sombras sería, pues, el siguiente: «Observamos una serie de

sombras y detectamos fenómenos de interferencia (estadio 1). Los resultados se ajustan a los que cabría esperar si existiesen

universos paralelos que se afectasen mutuamente en cierta

medida. Pero al principio nadie se da cuenta de ello. Con el tiempo (estadio 2), alguien hace la generalización de que las

interferencias siempre serán observadas si se dan las

circunstancias adecuadas, y, por consiguiente, induce la teoría de que los responsables son los universos paralelos. Cada vez que se observan nuevas interferencias (estadio 3), nos convencemos un poco más de la validez de esa teoría. Tras una secuencia

suficientemente larga de tales observaciones, y a condición de que ninguna de ellas contradiga la teoría, concluimos (estadio 4) que ésta es cierta. Si bien jamás podremos estar completamente seguros, a efectos prácticos nos damos por convencidos.»

No resulta fácil decidir por dónde empezar la crítica del

planteamiento inductivista de la ciencia, dada su profunda falsedad en tan diversos aspectos. Quizás su peor defecto, en mi opinión, sea el evidente non sequitur de que una predicción generalizada equivale a una nueva teoría. Como toda teoría científica de cierta profundidad, la de los universos paralelos, simplemente, no tiene la forma de una generalización a partir de la observación. ¿Acaso observamos primero un universo, luego otro, y más tarde un tercero, y de ello inducimos que su número es infinito? ¿Era la generalización de que los planetas «vagarán» por el espacio

siguiendo una órbita, y no otra, equivalente a la teoría de que son mundos que giran alrededor del Sol y la Tierra es uno de ellos? Resulta igualmente erróneo pretender que repetir nuestras

observaciones sea el modo en que nos convencemos de las teorías científicas. Como he dicho, las teorías son explicaciones, no meras predicciones. Si uno no acepta una explicación propuesta para una serie de observaciones, repetir éstas una y otra vez difícilmente será la solución. Y todavía más difícil será que repetir las

observaciones nos ayude a elaborar una explicación satisfactoria cuando no se nos ocurre pensar en ninguna.

Es más, ni siquiera las meras predicciones pueden ser justificadas nunca por la evidencia obtenida mediante la

observación, como demostró Bertrand Russell con su historia del pollo. (En evitación de cualquier posible malentendido,

permítaseme señalar que se trata de un metafórico pollo antropomorfo que representa a un ser humano que trata de entender las regularidades del universo.) El pollo observa que el granjero va cada día a darle de comer, y predice que lo seguirá haciendo así día tras día. Los inductivistas dirían que el pollo ha «extrapolado» sus observaciones en una teoría, y que cada comida la justifica un poco más. Un buen día, sin embargo, aparece el granjero y, en vez de darle de comer, le retuerce el pescuezo al pollo. El desengaño experimentado por el pollo de Russell lo han sentido también billones de otros pollos. ¡Ello justifica

inductivamente la conclusión de que la inducción no puede justificar ninguna conclusión!

Esta crítica, sin embargo, resulta demasiado tolerante con el inductivismo. Ilustra el hecho de que la observación repetida no puede justificar teorías, pero, al hacerlo, deja de lado

más fundamental: la de que resulta posible extrapolar

inductivamente las observaciones para formar nuevas teorías. De hecho, es imposible extrapolar observaciones, a menos de

haberlas situado previamente dentro de un marco explicativo. A fin de «inducir» su falsa predicción, por ejemplo, el pollo de Russell debe tener previamente una falsa explicación para el i

comportamiento del granjero. Quizás suponía que éste tenía sentimientos humanitarios hacia los pollos. Si se le hubiese ocurrido otra explicación—por ejemplo, que el granjero sólo engordaba a sus pollos para comérselos—, habría «extrapolado» su comportamiento de modo bien distinto. Supongamos que, un buen día, el granjero empieza a dar más comida que antes a sus pollos. El modo en que se extrapole este nuevo conjunto de observaciones para predecir el comportamiento del granjero

dependerá enteramente de cómo se explique éste. Según la teoría del granjero humanitario, resulta evidente que su benevolencia ha aumentado, y, por lo tanto, los pollos tienen aún menos motivos que antes para preocuparse. Sin embargo, según la teoría del engorde, el nuevo comportamiento resulta sumamente ominoso: es evidente que el momento del sacrificio se acerca.

El hecho de que una misma evidencia procedente de la

observación pueda ser «extrapolada» para arrojar dos predicciones diametralmente opuestas —según la explicación que se adopte—, sin que sea capaz de justificar ninguna de ellas, no constituye una limitación accidental del medio agropecuario. Es cierto para toda evidencia fruto de la observación en cualquier circunstancia. Las observaciones no pueden tener ninguno de los dos papeles que les atribuye el esquema inductivista, ni por lo que respecta a las

meras predicciones ni, todavía menos, por lo que se refiere a las genuinas teorías explicativas. Sin duda, el inductivismo se basa en una teoría muy sensata del crecimiento del conocimiento —la de que aprendemos de la experiencia—, e históricamente ha estado asociado con la liberación de la ciencia del dogma y la tiranía. Pero si deseamos entender la verdadera naturaleza del conocimiento, así como su lugar en la estructura de la realidad, debemos

afrontar el hecho de que el inductivismo es falso de raíz. Ningún razonamiento científico —y, lo que es más, ningún razonamiento, de la clase que sea, que haya resultado cierto—, ha encajado nunca en la descripción inductivista.

¿Cuál es, pues, el patrón del razonamiento y el

las demás teorías del conocimiento centradas en la predicción, se basan en una idea errónea. Lo que necesitamos, entonces, es una teoría del conocimiento centrada en la explicación: una teoría que permita comprender cómo se producen y se justifican las

explicaciones; una teoría que permita comprender cómo, por qué y cuándo debemos aceptar que nuestras percepciones cambien

nuestra concepción del mundo. Una vez la tengamos, no

necesitaremos ya separar la teoría de las predicciones, puesto que, si se tiene la explicación de un fenómeno observable, hacer

predicciones acerca de él no es ningún misterio. Y, una vez

justificada una explicación, toda predicción derivada de ella lo está también de manera automática.

Por fortuna, la teoría del conocimiento científico que

predomina en la actualidad—debida, en gran medida, en su forma moderna, al filósofo Karl Popper, y que constituye una de mis «cuatro vías» principales de explicación de la estructura de la

realidad—puede ser considerada una teoría de las explicaciones en el sentido que acabo de exponer. Considera a la ciencia como un proceso de resolución de problemas. El inductivismo considera que el conjunto de nuestras observaciones pasadas es una especie de entramado teórico que la ciencia ha de ir rellenando mediante la interpolación y la extrapolación. La resolución de problemas empieza con una teoría inadecuada, pero no con una «teoría» nocional consistente en observaciones pasadas. Se inicia a partir de las mejores teorías disponibles. Si alguna de dichas teorías nos parece inadecuada, y deseamos sustituirla, entonces nos

encontramos ante un problema. Así pues, y al contrario de lo que propone el esquema inductivista de la figura 3.1, el

descubrimiento científico no necesita iniciarse con la evidencia fruto de la observación. Pero siempre empieza con un problema. «Problema» no significa por fuerza una emergencia práctica ni un motivo de ansiedad, sino, simplemente, un conjunto de ideas que parece inadecuado y merece que se intente mejorarlo. La

explicación disponible puede parecer demasiado fácil o laboriosa, o innecesariamente estrecha, o ambiciosa de un modo irreal. Quizás vislumbramos alguna posible unificación con otras ideas. O tal vez dos explicaciones, satisfactorias en sus respectivos campos, nos parecen inconciliables. O puede que se hayan efectuado

interesantes observaciones —como el deambular de los planetas— que las teorías de que disponemos no predijeron y no pueden explicar.

Este último tipo de problema se parece al estadio 1 del

esquema inductivista, aunque sólo superficialmente. Y es que una observación inesperada nunca inicia un descubrimiento científico, a menos que la teoría preexistente contenga las semillas del

problema. Las nubes, por ejemplo, deambulan más que los planetas. Su impredecible deambular era, lógicamente, familiar antes del descubrimiento de éstos. Por otra parte, la predicción del tiempo siempre ha sido de utilidad para agricultores, marineros y soldados, de modo que siempre debe de haber existido un buen