R.-La razón determinante del tercer mandamiento es que por más que eviten los infractores de este mandamiento el castigo humano, el Señor nuestro Dios no les dejará escapar de su justo juicio. Deut. 28:59.
Pasamos ahora al estudio del tercer mandamiento, que nos enseña nuestra obligación de tener en alta reverencia a Dios y a todo lo que con El tiene alguna relación. No es suficiente que en obediencia al primer mandamiento adoremos sólo a Dios. ni que de acuerdo con el segundo le rindamos un culto netamente espiritual y que no practiquemos la adoración a imágenes de ninguna clase; es además indispensable que nuestra comunión con Dios y nuestra relación con todo lo que con El tiene qué ver, sea mantenida en un espíritu de absoluta reverencia. El mandamiento tercero hace un resumen y dice: "No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano"; pero corresponde a nosotros estudiar todo, lo que tal resumen significa.
Por regla general, está en la conciencia de todo creyente, que la reverencia hacia Dios y todo lo que con El se relaciona ha de ser observada estrictamente en su Casa de Oración, en su Santo Templo, tal como su Palabra lo exige, (Hab. 2:20); porque es el lugar especial de la adoración. (Salmo 29: 1. 2). Claro es entonces, que cualquier acto que directa o indirectamente contribuya a romper esta reverencia, será una violación del tercer mandamiento, equivalente a haber tomado el nombre de Dios en vano.
Al Santo Templo de Dios es necesario llegar con espíritu de humillación. (Salmo 138:2): con espíritu de positiva atención, (Ec1es. 5:1); y con respeto muy profundo y solemne, semejante al que tuvo que manifestar Moisés en el monte santo, (Éxodo 3:1~5): teniendo presente que el culto que se va a tributar a Dios, debe ser semejante al que se le tributa en el cielo. (Apoc. 15:2-4). Se viola entonces el tercer mandamiento, cuando se llega a la Casa de Dios sin llenar las condiciones expresadas, y también cuando estando ya en el templo, se canta sin entendimiento volviendo la cara a todos lados, sin tomar sentido al canto de adoración que se levanta; se viola asimismo por no entrar espontáneamente en el espíritu de oración, por no poner la debida atención cuando la Santa Palabra de Dios está siendo leída o explicada; por mantener en la mente pensamientos mundanos, impuros, que no están de acuerdo con lo solemne de la ocasión. Se quebranta igualmente este mandamiento por conversar, reír, entrar o salir haciendo demasiado ruido, y de otras varias maneras que la conciencia de un verdadero cristiano puede con facilidad hacerle comprender. Quienes incurren en cualquiera de estas violaciones olvidan que el Señor está presente y lo que es peor, que El no está dispuesto a permitir esta falta de reverencia a su santo y bendito nombre y castigará sin remedio a quienes no tengan en la debida estima, temor y reverencia este nombre que es alabado en el cielo con toda perfección. (Deut. 28:58~61; Apoc. 7:9~12).
Pero, el sacrosanto nombre de nuestro Dios, debe ser respetado no solamente en su Casa de Oración y en ocasión del culto que se le rinde; sino en cualquier lugar, tiempo y circunstancia. Si solamente mostramos respeto a Dios en su Templo y no en todos los actos de nuestra vida diaria, nuestra religión no será sino una falsa, una hipocresía. No existen leyes entre hombres para castigar el uso indebido del nombre de Dios o alguna de las diferentes formas con que se falta a su debida reverencia; pero El ha dicho: "No daré por inocente al que tomare mi nombre en vano". Conviene entonces que veamos en qué formas puede ser violado este tercer mandamiento en nuestra vida diaria.
En primer lugar, se viola este mandamiento, cuando hacemos uso del nombre de Dios o de nuestro Señor Jesucristo, en expresiones de conversación familiar, sin el espíritu de adoración, como con frecuencia suma hacen muchísimas personas. Usar estos nombres sin objeto, es un pecado del cual se da cabal cuenta nuestro Dios. Parecerá a algunos que no teniendo la intención de ofender a Dios cuando usan su nombre en la conversación ordinaria, podrá ser este un pecado pequeñito, no comparable al de robar o matar; pero la Palabra de Dios asegura que no es así. (Sant. 2:10).
Otra violación de este mandamiento consiste en jurar por el nombre de Dios, como con frecuencia lo hacen los niños. Muchas ocasiones es una mentira lo que se trata de hacer pasar como una verdad, y para conseguirlo, suele decirse: "verdad de Dios". Hacer esto, lo mismo que jurar por cualquiera otra cosa, es contrario al mandato del Señor. (Lev. 19: 12; Mateo 5: 33-37)
Otra violación más consiste en usar el nombre de Dios, como con frecuencia lo hacen los impíos, para maldecir a su prójimo, a las bestias y en ocasiones a sus propias almas. Dice un escritor a propósito de esto lo siguiente: "Parece ser este el pecado dominante en todas las naciones. Por dondequiera se oyen maldiciones: en los muelles las dice el estibador, a bordo de los barcos las empleas el capitán para dar sus órdenes y los marineros al hacer su trabajo. Maldice el herrero al golpear el yunque, al herrar un caballo o remachar una caldera; maldice el carpintero mientras usa el cepillo, el berbiquí o el serrucho, exhala su mal humor el labrador en profanas expresiones cuando anda en sus labores del campo; el carretero excita con maldiciones a sus pobres bestias cuando hay que subir una cuesta o cuando su carreta se atasca en el lodo; por todas partero por las calles, por los caminos, se oye la blasfemia que hiere los oídos". En medio de todo esto, con frecuencia se oye tomar el nombre de Dios hasta para maldecir al prójimo. Horrible blasfemia es la palabra sucia e injuriosa. Cometerla es tomar el nombre de Dios en vano, y El habrá de dar el castigo correspondiente a los transgresores.
Finalmente, se viola o quebranta este mandamiento, por poner a nuestros hijos, cualquiera de los nombres con que honramos a Dios, a nuestro Señor Jesucristo, o al Espíritu Santo, tales como: Jesús, Salvador, Manuel, Juan de Dios, Adonai y algunos otros. El nombre de Dios en sus tres divinas personas, es sacratísimo y no debemos usarlo en ninguna forma que altere la reverencia que merece. (Filip. 2:9~ 11)