COMO NO bastan concesiones, buenas maneras ni conjeturas razonables, hay que dar con un terminus terminante. A ver si te digo un par de ellos.
Que la Ilíada desconozca el Mar Negro, su descubrimiento y colonización por los griegos del siglo VII, y los movimientos políticos y guerreros en Asia Menor Occidental y sus costas, donde tenía lugar la acción narrada y vivía el poeta, en una palabra, que la
Ilíada no tenga noticia alguna de su entorno en el siglo
VII, es considerado muy natural y probatorio para quienes la datan en el siglo VIII a. C.
Lo que está por ver es que eso sea cierto. Verdad es que el poeta demuestra una asombrosa capacidad y destreza al redactar un catálogo de contendientes y muchos otros lances, casi tal y como se recitarían en el siglo XII a. C. Y también hay que reconocer la total ausencia de alguna nota al margen del tipo “me resulta muy penoso concentrarme en el canto de la cólera de Aquiles, se confirman las peores noticias: un contingente cimerio avanza por la costa de Frigia Oriental, oh Zeus, temo por mi recital ante el rey Midas” que vendrían
bastante bien para establecer fechas y alguna otra minucia.
Pero hasta el divino Homero, que tiene su corazoncito, y no de hierro, cede a la tentación de dar un papel de figurante a promesas de la mitología de su tiempo, una oportunidad a las jovencitas para que vayan haciendo tablas al lado de los grandes héroes.
Las amazonas entraron en la literatura occidental de la mejor mano posible, en la Ilíada se las cita dos veces. La primera por boca del rey Príamo, al que recordarás porque lo dejamos hace un rato conversando en la muralla troyana con Helena, la divina entre las mujeres. Está contando batallas y recuerda (III, 187-9): “...a orillas del Sangario, aquel día en que llegaron las amazonas...” El río Sangario desemboca en el Mar Negro, y atraviesa el país que los hititas llamaron Masa, y los griegos, Frigia, al Noroeste de Asia Menor.
Unos hexámetros más adelante, entre las hazañas de Belerofonte —el héroe eximio y valeroso, pero no iletrado, quien se pasó tanto haciendo cosas grandiosas que atrajo la peligrosa admiración de los dioses y acabó muy malamente— se cuenta (VI, 186): “en tercer lugar, exterminó a las amazonas semejantes a hombres”. Este Belorofonte procedía de Éfira, ciudad de Argos, excelente comarca para la cría caballar, pero se estableció en Licia, Asia Menor Occidental, donde consiguió un empleo de rey. O sea, según se cuenta en la Ilíada, hizo justo lo que la historia dice de los griegos ya letrados del
siglo VII a. C.: colonizar la costa anatolia.
El mito de las mujeres guerreras, las “matadoras de hombres”, se repite en varias culturas y épocas. En las costas del Mar Negro, los griegos oyeron hablar a unos nómadas venidos del Norte de las características legendarias de ciertas damas belicosas que se amputaban el pecho para tirar con el arco. Herodoto y otros autores como Apolonio de Rodas dan noticias de testigos del fabuloso matriarcado.
¿Qué quiere decir “amazona’? Herodoto entrevistó a los escitas sobre ése y otros temas de actualidad que recopiló en su libro cuarto, también llamado Melpómene. Dejó entender de ellos cosas curiosas, como que pasaron de la vida urbana a la nómada, tras sesuda reflexión (46): “Han hallado cierto secreto o remedio muy sabio y es su modo de impedir que cualquier agresor que vaya contra ellos escape y tampoco que ninguno los alcance, si no quieren ser descubiertos. En efecto, como no tienen ciudades fundadas, ni murallas levantadas, sino que llevan la casa consigo, son arqueros a caballo, no viven de cultivar la tierra, sino del ganado y viven en carros, ¿cómo no van a ser invencibles?” Vino luego (110) la pregunta, y pasó un chiste, como verás si lo lees.
Herodoto no puede dudar de que “amazona sea palabra griega. ¿Cómo no va a serlo, si la emplea el gran Homero que, según el propio Herodoto creía, vivió cuatrocientos años antes y fue contemporáneo de Hesiodo? Los escitas, por su parte, de Homero quizá no
supieran mucho, pero sí que “amazona es palabra escita de toda la vida. Así que el uno, el escritor griego, pregunta: ¿cómo se dice “amazona” en escita? Pero el otro, el escita del carro, no puede menos que entender: ¿qué quiere decir “amazona” en escita?
El pequeño malentendido tuvo su consecuencia, porque el escita sabía, aunque no hubiera ido al carro— escuela, que en la definición no se dice lo definido. Así que explicó “amazona en otros términos. Herodoto anotó —seguramente mal, porque no oímos bien el idioma que no sabemos— “Oiorpata'. Y averiguó, de los gestos del escita, que eso era una palabra compuesta de “hombre” y “matar”. Así, aún se consolidó más la convicción de que
“amazona —que en escita se dice “oiorpata = matadora de
hombres”— es una palabra griega, cuya misteriosa etimología había que dilucidar, por las buenas o como fuera. De ahí nació “a-mazone= la sin pecho”, que es un delirio de explicación, pero ha llegado seriamente al siglo XX, y no sé si también a éste.