TE PONGO a continuación los dos hexámetros iniciales de la Ilíada y la Odisea, traducidos del modo más literal posible, aunque resulte una sintaxis esquinada, para que veas en qué orden van las palabras iniciales, las que anuncian y delimitan el tema —y, por lo mismo, condicionan las posibles interpolaciones—. En ningún género artístico tiene tanta importancia el inicio como en el canto épico. Aquí no se sugiere, sino que se proclama. Son términos contractuales entre el aedo y el oyente.
La Ilíada empieza:
La cólera canta, diosa, del hijo de Peleo, Aquiles,
La destructora, la que incontables sufrimientos a los aqueos trajo.
Y la Odisea·.
El hombre dime, musa, el multimodal, el que mucho Anduvo, después que de Troya la sagrada fortaleza destruyó.
La una va a cantar la cólera; la otra, el hombre. De entrada, el primer tema es mucho más preciso y limitado. Y eso se recalca de inmediato, será la cólera de alguien concreto y en determinada circunstancia. El segundo tema, por el contrario, es el hombre multimodal, nada menos. Y, encima, anduvo mucho. Es
decir, el asunto se abre a posibilidades sin cuento. Multimodal —así traduzco al pie de la letra “polytropon", que autores como Platón, Tucídides o Herodoto preferían entender como “ingenioso" y otros posteriores como “errante"— no está escrito al azar, ni por cumplir la hexametría. Es el primer epíteto de la obra, la definición matriz del personaje, que sólo saldrá una vez más (cuando Circe lo reconoce X, 330: “eres tú, el multimodal...). Multimodal es justo la calidad que permite y anuncia conexiones con historietas de toda índole, y también desconexiones, porque Ulises, a quien se refiere, también salía en la Ilíada y de una manera desacorde con su imagen de la Odisea.
Ya el segundo hexámetro de la Odisea revela una preocupación llamativa. ¿Por qué tanta prisa en caracterizarse como el que destruyó Troya? ¿Teme que le quiten el título y por eso corre al registro de propiedad? Fíjate en el contraste con la figura de Aquiles; nada se dice de sus cualidades, méritos u origen divino. El personaje está seguro de su categoría.
La falta de seguridad heroica de Ulises —la falta de seguridad homérica del poeta de la Odisea— asoma desde el primer momento y recorre toda la obra. Ha hecho falta prepararle un viaje a través de todos los mares conocidos de uno al otro confín, con la rosa de los vientos no dando abasto de soplidos, para que acumule currículum. La navegación desde Troya a Ítaca es una peregrinación de veinte años, subvencionada con
trasvases masivos del poema de Gilgamés, encuentros con gigantes, antropófagos, monstruos y seres demoníacos, todo para alcanzar algún crédito en lo tocante a un tema que preocupa al personaje: no ser héroe —así como paralelamente preocupa al autor no ser Homero—, Y con tanto insistir en que lo es, hace imposible olvidar que no lo es.
En los entreactos, este gran héroe lleva a cabo proezas como ensañarse con mendigos, espiar a la servidumbre, arrojar desde la muralla al niño contra cuyo padre no se atrevió a luchar y ordenar la ejecución de todas las mujeres de su casa que han mirado a un hombre durante su ausencia. Es chocante lo antipático que puede llegar a resultar este especimen admirado por la literatura moderna, al que Pope saludó como dueño de sus pasiones en todo momento. El personaje literario al que Horkheimer y Adorno veneran como figura señera de la identidad europea y prototipo del individuo civil.
Pues sí. Leída la Odisea, es difícil sustraerse a la impresión de que ese texto es el primero de todo esto. Así como la Ilíada se impone indudable como lo último de todo aquello.
No hubo más de dos o tres décadas entre ellas y, sin embargo, la Ilíada queda sola en la lejanía y la Odisea está mucho más cerca de los estupefacientes textuales modernos.
Fíjate en la actitud de los dioses en cada obra. Los de la Ilíada, vituperados por siglos de roña didáctica
apatatada como elementos groseramente humanos, tienen un papel literario verdaderamente divino, por el que nunca se les alabará bastante: representan el absurdo y la arbitrariedad —y lo que más rabia te dé: la injusticia, la crueldad, lo inconducente y la porca miseria—, siempre entretejidos con la vida. No es posible componer un gran obra, si se ignora esa intromisión incesante de lo fatal y lo incomprensible. Con esas intervenciones divinas, insensatas y contradictorias, Homero hace legible que la vida no es lógica. Dioses que se regocijan ante el espectáculo de la gran gresca humana; ahí tienes a Atenea y Apolo que se posan como buitres contentos (VII, 61) para contemplar el heroico combate que ellos mismos han atizado. Las divinidades se inmiscuyen para empeorar y complicar la existencia de la doliente cuadrilla, que riñe y se da mal con dedicación exclusiva. Como la vida misma.
Los dioses de la Odisea, en cambio, parecen supervivientes eventuales de una reducción de plantilla, apenas actúan dos y se les ve al borde de la cesantía: Poseidon, el contrario, y Atenea, la favorable. Meros recaderos de Zeus, quien ya no tiene nada de irracional y más bajo no puede caer: se le imputa la idea gagá del final justo y feliz. La cuestión divina odiseica, escorada ya hacia una teología monoteísta, infantil y totalitaria, es un insulto a la inteligencia, no sólo de jonios, sino de dorios.
a la Odisea lo hace a costa de toda su autenticidad y atractivo literario. El propio Ulises, ¿qué era y en qué se convierte al ingresar en su obra capital?