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Cualidades y entidades

In document Manual de semiótica general (página 105-108)

3 ¿De dónde viene el sentido?

3.1. Cualidades y entidades

En la perspectiva que acaba de citarse, semiótica y cognición están estrechamente ligadas: la estructura semiótica elemental refleja exactamente nuestra actividad de

percepción. Nuestro cuerpo, gracias a esta actividad perceptiva, es la sede de los

mecanismos cognitivos. Acerquémonos a esta actividad.

Miremos un campo cualquiera sobre el cual llevemos nuestra actividad per- ceptora (visión, audición, etc.).

En su desarrollo más simple, esta actividad consiste en detectar una cualidad en el campo. Ahora bien, nuestros órganos perceptivos y el sistema nervioso central que coordina las informaciones que ellos proporcionan están equipados para detectar las invariantes en un campo dado. Mi ojo, por ejemplo, no se contenta con detectar múltiples puntos yuxtapuestos: si todos esos puntos tienen la misma luminosidad y el mismo color, diré que constituyen en conjunto una mancha, o una forma precisa. La cualidad percibida puede entonces llamarse translocal. Detectar una cualidad en un campo permite distinguir una entidad, dotada de esta cualidad y distinguirla de su entorno: en ese papel blanco discierno una mancha (entidad) azul (cualidad), en el aire percibo un sonido de sirena (entidad) agudo y poderoso (cualidad). En cierto modo puede decirse que la entidad es una cualidad vuelta cosa: una cualidad reificada*. He aquí el origen del saber humano: la conjunción de estas adquisiciones simultáneas —cualidad y entidad— constituye un conocimiento elemental.

Notemos de paso que no se puede distinguir cualidad y entidad sino median- te una maniobra de diferenciación: la forma vista se desprende de un fondo visual,

como el sonido identificado lo hace de un fondo sonoro. En el capítulo IV volvere-

mos a examinar largamente esta diferenciación, capital en semiótica, que estudia- remos bajo el nombre de oposición.

Volvamos al conocimiento elemental. Éste puede ser almacenado en la me- moria. La memoria permite, en efecto, comparar unas cualidades entre ellas y, por tanto, unas entidades. Puedo tener la experiencia repetida de cualidades asociadas como rojo, esférico, comestible, jugoso, y de allí crear la clase «tomate». Es la puesta en evidencia y el almacenamiento de cualidades lo que permite elaborar

clases y después integrar entidades a dichas clases.

Vamos a completar inmediatamente esta descripción, insuficiente en este es- tadio. Pero hay que anotar dos cosas importantes a propósito de estas clases.

Ante todo, la noción de clase no debe tomarse aquí en sentido restrictivo. La lógica nos ha enseñado que hay conjuntos borrosos. En otros términos, una enti- dad puede conocer grados diversos de pertenencia a las clases. Por consiguiente, una mancha puede ser más o menos azul; una señal de tránsito «dirección prohibi- da» será más o menos roja según sea nueva o esté desteñida por la lluvia y el sol: la mancha pertenecerá entonces fuerte o débilmente a la clase de los objetos azules y la señal fuerte o débilmente a la clase de los objetos rojos. En otros términos, se puede atribuir fuerte o débilmente una cualidad dada a una entidad dada: dado que vuela, el pinzón (entidad) es a nuestros ojos más pájaro (cualidad) que el pingüino. Cada clase tiene, en efecto, uno o más prototipos, que son su o sus mejo- res ejemplos.

Por otra parte, ciertas clases tienen una existencia muy institucionalizada y otras no. La clase de los «animales» nos es familiar, como la de los «objetos domés- ticos». Pero la de los «objetos rojos» tiene un menor grado de evidencia, y las de los «objetos planos» o de los «objetos energéticos» están menos institucionalizadas todavía. Sin embargo, estas clases existen, o al menos existen en potencia. Son ellas las que permiten construir y comprender frases como “La cama tendida con arenas chorreantes” o “Ponga un tigre en su motor”, presentes en la poesía o la publici- dad. La clase de «objetos planos» se produce (si no está disponible) para compren- der a la vez «playa en marea baja» y «cama tendida». Postular la de los «objetos energéticos» permite asociar «tigre» y «gasolina». La fuente de la fuerte o débil institucionalización de una clase debe buscarse, evidentemente, en la sociedad y su historia. Las clases existen, en efecto, en razón de su interés social o biológico.

III. La significación

Volvamos al esquema general de la cognición —cualidad, entidad y procedi- mientos de clasificación— para subrayar que todo el proceso científico procede de estas operaciones elementales. En efecto, este proceso científico no hace más que cumplir en el campo perceptivo total unas distinciones cada vez más finas: se dis- tingue, por ejemplo, lo viviente de lo no viviente; en lo viviente, se distinguirán las entidades que tienen la cualidad «animal» y aquellas que tienen la cualidad «vege- tal»; en los vegetales, se distinguirán las criptógamas y las fanerógamas; entre las criptógamas, las plantas celulares y las vasculares; entre las celulares, las talofitas y las briofitas; entre las talofitas, las bacterias, las algas, los líquenes y los champiñones; entre los champiñones, los sifomicetos, los ascomicetos y los basidiomicetos, y así sucesivamente…

Observemos dos cosas a propósito del proceso científico, del cual volveremos a hablar ampliamente en el capítulo VIII (parágrafo 6.3).

Primero que todo, el movimiento de distinción que se sigue no es rectilíneo: la ciencia admite a menudo volver a cuestionar ésta o aquella cualidad translocal. Es así como la consideración del biotipo, que autorizaba clasificar la ballena entre los peces en nombre de una de sus cualidades, ha cedido el lugar a otras consideraciones que le confirieron nuevas cualidades sobresalientes que autorizaron clasificarla de otra ma- nera. Al mismo tiempo, al cuestionar una cualidad, la ciencia puede, incluso, renun- ciar a considerar como confirmada la correspondiente entidad segregada. Es tam- bién así como se reconoce desde hace mucho tiempo que las constelaciones, a pesar de la figura perceptible que dibujan en el cielo, están en realidad constituidas por estrellas que no tienen entre sí ningún vínculo privilegiado.

Lo segundo que hay que anotar, al paso, es que el discurso científico —como el discurso poético o el publicitario, de los que se han proporcionado ejemplos más arriba— asocia a veces entidades en el seno de clases fuerte o débilmente institu- cionalizadas. Ahora bien, esta institucionalización depende del público interesado. Determinada clase es muy sólida a los ojos del especialista, pero puede no serlo para el gran público. Éste apenas si distingue lo que hay de común entre el añublo, la levadura de cerveza, la trufa y el moho verde sobre una tajada de pan, todos hongos sifomicetos. Pero una clase sólida a los ojos del especialista puede perder esta cualidad: un descubrimiento científico es, a menudo, la puesta en evidencia de una cualidad (o de una entidad) nueva y, por tanto, el cuestionamiento de las clases establecidas anteriormente.

Ya se trate del saber más común o de la disciplina científica más sofisticada, el proceso cognitivo recorre el árbol de las disyunciones en el sentido de unas distin- ciones siempre nuevas y multiplicadas. Se trata de un proceso incansable, en el curso del cual se aventuran nuevos matices, nuevas clasificaciones, aceptando vol- ver a cuestionarlas si hace falta.

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