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Dos modelos de descripción del sentido: diccionario y enciclopedia

In document Manual de semiótica general (página 111-114)

3 ¿De dónde viene el sentido?

4. Dos modelos de descripción del sentido: diccionario y enciclopedia

Nuestra exposición acerca de los orígenes del sentido aclara la manera como se describe el sentido en semiótica.

Para describir el significado, se dispone de dos grandes familias de modelos: el “modelo diccionario” y el “modelo enciclopedia”. Hablamos en efecto de modelos. En los diccionarios corrientes se encuentran los dos estilos, tanto el enciclopédico como el que concierne al diccionario, e incluso, a veces, los dos estilos se enlazan al interior de una misma definición, sin importar que los productos vendidos en el mercado —diccionarios y enciclopedias— manifiesten sensibilidades diferentes que ilustran muy bien la distinción aquí estudiada.

Imaginemos que yo deba definir un automóvil (una definición es una des- cripción del sentido). Puedo para eso proceder de varias maneras. Puedo, por ejem- plo, tratar de describir el concepto en términos exclusivamente lingüísticos: “má- quina que se mueve por sí misma”. Ésa es la definición de tipo “diccionario”. Puedo también describir el auto con términos que apelan a mi experiencia de la cosa misma. Ésa es la definición del tipo “enciclopedia”: se dirá por ejemplo que “la máquina es metálica, tiene cuatro ruedas, neumáticos, y sirve para el transporte de cosas y de personas. Es fabricada por diferentes marcas como General Motors, Lada, Toyota, Peugeot, BMW…”

Lo que llamaremos más adelante semántica —ciencia de la descripción del sentido en la lengua— nace en el seno de una lingüística que, con razón, se ha preocupado por distinguir los signos de los referentes. A partir de allí se compren- derá que siempre haya desconfiado de las “cosas” aparentemente extrañas a su objeto: debía tratar el sentido de la palabra /árbol/ y no la síntesis de la clorofila, la clasificación de las oleáceas o los asuntos del leñador. En consecuencia, la semánti- ca lingüística se ha preocupado siempre por ajustarse al modelo del diccionario. Es

decir que para describir el sentido, tratará siempre de recurrir a unas proposiciones llamadas analíticas (cuya definición citamos aquí abajo). Un semántico de estricta observancia dirá por ejemplo que «árbol» hace parte de la definición de «abedul» (“el abedul es un árbol” es una proposición analítica), pero no «flexible» o incluso «blanco». Atenerse a «árbol» es optar por el modelo del diccionario; disponer un lugar para «flexible» y «blanco» sería optar por el modelo enciclopédico.

Acabamos de servirnos de una oposición clásica en lógica y en teoría de las ciencias: aquella que distingue proposiciones analíticas y proposiciones sintéticas. Las proposiciones analíticas son proposiciones siempre verdaderas en virtud del sentido de los términos que las componen. Enunciar “mi madre es una mujer” es formular una proposición analítica: el sentido de “madre” comporta (presupo- ne) necesariamente el sentido de “mujer” o, más aun, para decirlo en la terminolo- gía de la lingüística, “mujer” es un sema de “madre”. Estas proposiciones se llaman analíticas porque proceden de un análisis de los términos que las componen.

A las proposiciones analíticas se oponen las proposiciones sintéticas: estas pro- posiciones no son verdaderas o falsas más que en virtud de condiciones exteriores a ellas mismas. Para verificar o falsar el enunciado “mi libro está sobre la mesa”, es preciso confrontarlo con su referente. Estas proposiciones se llaman sintéticas por- que ponen juntas —sintetizan— realidades de un orden diferente (un enunciado y un referente): imponen que se salga del enunciado lingüístico.

Tal oposición es sostenible en tanto que se toma la distinción entre las pala- bras y el mundo como una oposición irreductible.

Ahora bien, ésa no es la posición de la semiótica. Ésta muestra en efecto, como se ha visto, que el entorno (un conjunto de objetos cuya función primera no es comunicar), así como los sistemas de valores, se construyen sobre una gramática general. Esta gramática general engloba ciertamente a la gramática de la lengua, pero no se limita a ella. Si resulta interesante distinguir el enunciado lingüístico de su contexto y de los participantes de la comunicación, no lo es menos que la se- miótica no vea una diferencia irreductible entre ellos. Cabe, pues, preguntarse si la oposición analítico vs sintético es tan sólida como parece.

Tomemos un ejemplo muy simple. Si yo digo “huyó como una liebre”, es evidente que destaco un rasgo «rapidez» y que considero este rasgo como parte del sentido de “liebre”. Me apoyo entonces sobre una proposición que puede enunciarse de la manera siguiente: “La liebre es rápida”. ¿Pero semejante proposición es analí-

III. La significación

tica? Un semiótico integrista no lo admitiría. Sin embargo, una frase como la mía sería incomprensible si «rapidez» no interviniera, de alguna manera, en la defini- ción de liebre. Dicho de otra forma, esta frase no sería válida desde la perspectiva del diccionario. Si se quiere describirla correctamente, se debe, pues, optar por la perspectiva enciclopédica.

Por otra parte, ¿cuál es el estatuto de los rasgos de los términos que entran en las proposiciones sintéticas? Se ve de entrada que no hay un límite definido entre las cualidades que producen proposiciones analíticas y las demás cualidades: es bastante claro que «ser árbol» es analítica en el caso de «abedul»; es igualmente claro que «ser utilizado frecuentemente en papelería» no lo es. Pero, ¿qué pasa verdaderamente con «flexible» y, sobre todo, con «blanco»? ¿No deben situarse en alguna parte entre los dos rasgos precedentes? Parece, pues, que todos los interme- diarios son posibles entre los rasgos del diccionario y los rasgos enciclopédicos. «Rapidez» pertenece a la definición de la «liebre» por la misma razón que «animalidad», pero tal vez en grado menor…

Por consiguiente, se llega a decir que las proposiciones analíticas no son otra cosa que antiguas proposiciones sintéticas que se establecieron en una cultura. Son unánimemente aceptadas y no tienen ya que ser objeto de confrontaciones con la realidad. Asignan a una entidad estable una cualidad estable también: una cuali- dad prototípica. Pero la confrontación puede tener lugar en cualquier momento para hacer atribuir nuevas cualidades a las entidades, de modo que se puede siem- pre remodelar el conjunto de proposiciones analíticas disponibles en dicha cultu- ra. “Las ballenas son peces” fue una proposición analítica; hoy en día, “las ballenas son mamíferos” es igualmente analítica. “La tierra es plana” se ha vuelto “la tierra es redonda”. Estos cambios no han podido producirse sino a través de un discurso enciclopédico (el paso de la una a la otra se establece gracias a proposiciones sinté- ticas del tipo: “Pero créame, la tierra es redonda, ha sido probado por el cálculo, y por Magallanes”).

Si se puede definir las proposiciones analíticas como aquellas que no se discuten en una cultura dada, todos los grados de estabilización son posibles. Y no solamente todos los grados de estabilización son posibles, sino también mu- chas enciclopedias pueden coexistir, como vimos. Pueden coexistir en la misma sociedad (muchos de nuestros contemporáneos estiman todavía que la tierra es plana, que las ballenas son peces), pero igualmente en el mismo individuo (el

industrial que se gana la vida con el papel podría, al borde de un lago finlandés, olvidar que el abedul es uno de sus proveedores y dejarse conmover por el tem- blor de sus hojas).

Por lo tanto, la perspectiva semiótica impone optar por el modelo enciclopé- dico: tratar de ver lo que hay de común entre la manera como el sentido ocurre a través de todas las semióticas es hacer intervenir todos los fenómenos del conoci- miento.

Es particularmente el caso en las semióticas no lingüísticas. La semiótica de los iconos visuales nos muestra que se reconoce eficazmente un referente dado, si se reproducen ciertas características consideradas como representativas de este re- ferente. Esas características deben haber sido seleccionadas a lo largo de las expe- riencias repetidas que una cultura dada tiene del referente. Si hay que dibujar un gato, no se omitirán —sobre todo si se juega al Pictionary, deleite del semiótico— los bigotes, rasgos de reconocimiento; se agrandarán de buena gana aunque en realidad sean muy finos. Es el efecto de enciclopedia (“el gato tiene bigotes”: pro- posición sintética). Si hay que dibujar un barco, no se omitirá el penacho de vapor o la vela, que son los elementos más apropiados para asegurar su reconocimiento (“un barco puede ser a vela o a vapor”: otra proposición sintética).

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