Juzgamos incorrectamente los motivos de los poderes euro- peos en la guerra de la misma manera que se juzgaron incorrec- tamente nuestros propios motivos hace dieciséis años. Se ha sostenido que la presunta “calma” de nuestro juicio en la actua- lidad demuestra que el carácter de nuestra nación ha cambiado por completo. ¿Realmente nos consideramos tan correctos aho- ra que afirmamos con toda justicia ser los representantes de la paz? ¿Hace dieciséis años no éramos nosotros los criminales y las naciones europeas los defensores de los principios de la paz?
Creo que si pudiéramos reconocer la relevancia de estos he- chos, no deberíamos estar tan predispuestos como lo estamos a condenar las acciones que se desprenden de emociones pro- fundas, solo porque no participamos en ellas, y a reemplazar motivos arbitrariamente egoístas con actos que están determi- nados por sentimientos muy arraigados.
Esto debe recordarnos que en la etapa actual de nuestra ci- vilización, todos los países, incluido el nuestro, reaccionan de igual manera ante el mismo tipo de provocación. Hasta ahora el origen de todas nuestras aspiraciones nacionales no ha sido intelectual sino emocional, y debemos ser claros en lo que res- pecta a los valores emocionales que subyacen tras los pensa- mientos de los miembros de cada nación.
Debido a la lejanía de nuestra posición, representamos en este momento a los intelectuales, lo que no impide que, en ciertas condiciones, podamos nuevamente ser influidos por emociones y condenados por aquellos que no están interesados en nuestras discusiones o en nuestra lucha por el instinto de supervivencia.
Con respecto a esto, discrepo de manera radical con las opi- niones expresadas por el expresidente Eliot. Aunque concuerdo por completo con el punto de vista intelectual y el deseo que tiene de la paz, no creo que los ideales que él defiende de mane- ra elocuente se concreten en ningún lugar del mundo y, sin lugar a dudas, tampoco entre nosotros. La nación estadounidense no está conformada en su mayoría por intelectuales sino que está dominada por pasiones, quizás incluso más que algunos de los países europeos más tranquilos. No alcanzamos el nivel intelec- tual que permitiría a toda la nación aceptar la acertada paráfrasis de Carl Schurz, que tantas veces se ha citado mal, “¡Mi país! Si tiene la razón, para que siga teniéndola y si no la tiene, para co- rregirla”. Nuestros ciudadanos, la Cámara de Representantes, el Senado están bajo la influencia de las pasiones y los prejuicios. Las decisiones dependen de la manipulación de la información y de las sugerencias administrativas teñidas por la opinión perso-
nal, que en momentos de conmoción, precipitan el accionar. ¿O acaso alguien podrá afirmar que nuestra política exterior no está en gran medida determinada por el Presidente y sus asesores? Incluso el verano pasado, ¿qué sabía nuestro país sobre las condi- ciones en México? Y aún así “apoyamos al Presidente”.
No siempre podemos contar con la buena fortuna de tener políticas delineadas por un Presidente de ideales elevados acer- ca de lo que es correcto e incorrecto como tenemos ahora. Otro nos podría haber conducido desde la ocupación de Vera Cruz hacia una guerra y aún así lo hubiéramos apoyado. ¿O alguien pretende creer que la política exterior británica está diseñada por el pueblo? ¿Fue el pueblo el que exigió la división de Persia, la ocupación de Chipre, Egipto y otros tantos?
No existe un país en donde la política exterior no esté en manos de unos pocos, que pueden obtener, al menos por un tiempo, la aprobación popular de sus políticas mediante una manipulación adecuada de la información.
Otros aspectos de nuestra vida pública demuestran además que la posición intelectual que adoptamos en el conflicto actual no se debe a hábitos de un pensamiento más claro sino a la falta de participación en las causas emocionales. Toda nuestra ora- toria patriótica, la mayor parte de nuestro arte y una parte aún mayor de nuestra educación están dirigidos a generar pasiones patrióticas. No elogiamos la devoción heroica por los ideales que con nuestro intelecto respaldamos, sino las acciones heroi- cas; complacemos a nuestra nación haciéndole creer su superio- ridad sobre todas las demás; alimentamos la convicción de que la promoción de nuestros propios intereses a costa de otras na-
ciones es una política meritoria. Nuestra grandeza y excelencia son los temas con los que se alimenta nuestra imaginación y a partir de los cuales se desarrolla la actitud internacional emocio- nal que aún es común a toda la humanidad.
No aprenderemos la lección de esta guerra si condenamos a Austria y Alemania, y nos ensalzamos en nuestra superiori- dad. Debemos recordar que hemos reaccionado de la misma manera ante una provocación similar. Debemos aprender que es nuestra obligación dominar a las fuerzas emocionales pro- fundamente arraigadas que están presentes en todas las na- ciones y que, en ciertas condiciones, cobran el aspecto de un patriotismo admirable.
Ingleses Escandinavos Alemanes
Teutónicas Romances
Holandeses Franceses Españoles
Rusos Polacos Checos Eslovenos Serbios Búlgaros
LA CRISIS DE LA CULTURA Georg Simmel
traducciónyrevisiónbilingüe
María Cecilia Aguado y Natalia Lobo
GEORG SIMMEL (1858-1918)
Filósofo y sociólogo, estudió en la Universidad de Berlín y a lo largo de su formación exploró distintas áreas de conocimiento —historia, psicolo- gía, etnología y filosofía—, doctorán- dose en 1881 con un trabajo titula- do “Descripción y valoración de las diversas opiniones de Kant sobre la naturaleza de la materia”. Estudio- sos de su pensamiento y trayectoria coinciden en afirmar que su inserción en la academia fue marginal: luego de obtener su título de habilitación en 1885, ejerció como docente inde- pendiente en la misma universidad hasta 1901, y solo en 1914 logró acce- der a un cargo como profesor titular en la Universidad de Estrasburgo. A partir de 1893, sus cursos y escritos procuraron delinear las bases de la sociología como disciplina científica,
estableciendo como el objetivo prin- cipal de ésta el estudio histórico y comparativo de las formas de asocia- ción e interacción social. La búsque- da de reconocimiento institucional y académico hacia lo que consideraba como un nuevo campo de conoci- miento se caracterizó por el con- tacto y las disputas con Durkheim, entre otros. Fue autor de numerosos textos —libros, ensayos, artículos periodísticos y reseñas— en los que analizó las maneras de vivenciar el mundo contemporáneo a través del abordaje de diversos objetos empí- ricos, destacando las tensiones entre experiencia vivida y cultura objetiva que se dan a partir de la prolifera- ción de estímulos y objetos, y la ca- pacidad limitada de los individuos para apropiarse de los mismos en su
proceso de cultivación. Al igual que otros intelectuales alemanes, duran- te sus últimos años de vida adhirió a la guerra y se interesó sobre los efectos del conflicto bélico en la cul- tura. Tal toma de posición condujo al distanciamiento y la crítica de dis- cípulos como Ernst Bloch y György Luckács, contraposición que, sin em- bargo, no obstaculizó la herencia de sus propuestas analíticas.
Referencias
Frisby, D. (2002). Georg Simmel. Revised Edition. London and New York: Routledge.
García Chicote, F. (2016). “La con- moción intelectual. Georg Simmel, György Lukács y Ernst Bloch frente a la Gran Guerra”. En Vernik, E. y Borisonik, H. (Eds.) Georg Simmel, un Siglo Después. Actualidad y Perspectiva. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Instituto de Investiga- ciones Gino Germani.
Vernik, E. (2002). “Cuestiones fundamentales de sociología. Georg Simmel”, Revista Colombiana de So- ciología, Vol. VII, Nº 1, pp. 217-225.
quienhablesobrecultura debe limitar la ambigüedad del con- cepto a los fines que persigue.
Entiendo la cultura como el mejoramiento del alma que ésta no logra directamente desde sí misma —como sucede en su profundización religiosa, pureza ética o creatividad primaria— sino indirectamente, por medio del producto de la historia inte- lectual de la especie humana: el camino de la cultura del espíri- tu subjetivo discurre a través de la ciencia y las formas de vida, del arte y el Estado, de los oficios y el conocimiento del mundo, y vuelve hacia sí mismo como algo superior y más completo.
Por lo tanto, todo comportamiento que ha de cultivarnos está asociado a la forma de medios y fines, aunque esté dividido en innumerables subdirecciones. La vida se compone de modos de acción que solo en una medida muy limitada tienen –o se puede ver que tienen– una dirección común.
La tendencia resultante hacia la fragmentariedad y la incer- tidumbre se maximiza por el hecho de que los diversos medios que sirven a nuestros fines, nuestra 'técnica' en el sentido más amplio de la palabra, se vuelven constantemente más extensi- vos y más intensivos.
La resultante inmensidad de la serie de medios y fines da lu- gar a un fenómeno de largo alcance e incalculables consecuen- cias: ciertos elementos de estas series se vuelven, en nuestra conciencia, fines en sí mismos.
Innumerables cosas que, objetivamente hablando, no son más que un punto de transición, un medio para nuestros fines reales, se nos aparecen mientras luchamos por ellas, y con fre- cuencia incluso después de que las hemos alcanzado, como el cumplimiento final de una voluntad.
Necesitamos este énfasis relativo en nuestras aspiraciones porque son tan extensas y complejas que nuestra energía y va- lentía flaquearían si tuviéramos como único incentivo nuestro verdadero objetivo final, a quién sabe cuánta distancia.
El inmenso crecimiento intensivo y extensivo de nuestra téc- nica —que de ningún modo es únicamente la técnica en sentido material—, nos enmaraña en una red de medios y medios de los medios que nos aparta de nuestros objetivos reales y definiti- vos a través de cada vez más instancias intermedias.
Aquí radica el inmenso peligro inherente a todas las culturas desarrolladas, es decir, las épocas en las que todas las esferas de la vida están cubiertas por un máximo de medios super- puestos.
La transformación de algunos medios en fines últimos le pro- porciona a esta situación una tolerabilidad psicológica, aunque en realidad la convierta en algo cada vez más falto de sentido. Sobre la misma base se desarrolla una segunda contradicción de la cultura.
Las figuras objetivas que son el precipitado de una vida crea- tiva, y que luego son recogidas por las almas para su cultiva- ción, pronto consiguen un desarrollo independiente a través de sus condiciones objetivas. Las industrias y las ciencias, las artes y las organizaciones imponen su contenido y ritmo de desarro- llo a los sujetos, independientemente de —o incluso en contra de— las exigencias que estos deberían hacerse para alcanzar su propio mejoramiento, es decir, para cultivarse.
Cuanto más refinados y completos en su tipo son los obje- tos que tienen su base en la cultura y son ellos mismos la base de la cultura, más siguen una lógica inmanente que no necesa- riamente es apropiada para el proceso de desarrollo y autorrea- lización individual, que es el objetivo de todas las formaciones culturales en tanto tales.
Innumerables objetivaciones de la mente nos enfrentan: obras de arte, formas sociales, instituciones, conocimiento. Son como reinos administrados según sus propias leyes, que exigen que los convirtamos en el contenido y la norma de nuestras vi- das individuales, aunque no sabemos realmente qué hacer con ellos. De hecho, a menudo sentimos que son una carga y un impedimento.
Pero no es solo esta disociación cualitativa la que establece una barrera entre los aspectos objetivos y subjetivos de las cul- turas superiores. También es, de manera crucial, una cuestión de inmensidad cuantitativa. Un libro tras otro, una invención tras otra, una obra de arte tras otra —una infinitud sin forma—, por así decirlo, que se aproxima al individuo con la pretensión de ser absorbida.
Pero el individuo, determinado por su forma y limitado en su capacidad receptiva, solo puede satisfacer esta demanda en un grado visiblemente decreciente, mientras que todo esto final- mente lo afecta de algún modo.
Así surge la típica situación problemática del hombre mo- derno: el sentimiento de verse abrumado por este sinnúmero de elementos culturales que no puede asimilar internamente ni simplemente rechazar, ya que todos pertenecen potencialmen- te a su esfera cultural.
El resultado de lo que se podría llamar la “cultura de las co- sas” —que sigue su propio curso y que tiene ante sí una ampli- tud de desarrollo ilimitada— es que el interés y la esperanza se inclinan cada vez más hacia esta cultura, en detrimento de la tarea, en apariencia más estrecha y más finita, de la cultivación personal de los individuos.
Estos son los dos peligros más profundos de las culturas maduras y demasiado maduras: por un lado, que los medios de vida subordinen por completo a sus fines y así muchos medios puros asciendan irremediablemente al rango psicológico de fin último y, por el otro, que las formaciones culturales objetivas experimenten un crecimiento independiente y obediente de las normas meramente objetivas, y con ello no solo adquieran una profunda extrañeza respecto de la cultura subjetiva, sino tam- bién un ritmo de avance que esta no pueda alcanzar.
Tal como lo veo, a estos dos motivos y sus derivaciones po- demos atribuir todos los fenómenos que desde hace un tiempo nos dan la sensación de que se aproxima una crisis de nuestra cultura.
Todo el desasosiego, la codicia manifiesta y el hedonismo de nuestra época son solo consecuencias y reacciones al hecho de que los valores personales se buscan en un plano en el que realmente no están. Que los avances tecnológicos sin más se consideren avances culturales; que en ámbitos intelectuales los métodos sean considerados como algo sagrado y más importan- te que los resultados; que el ansia de dinero deje muy atrás al ansia por objetos que éste puede comprar: todo esto comprue- ba que los fines y objetivos son gradualmente sustituidos por los medios y los métodos.
Si estos son los síntomas de una cultura enferma, ¿marca la guerra el estallido de la crisis a la cual puede seguirle la recupe- ración? No me atrevo a afirmar sin reparos que el primer grupo de fenómenos de esta patología de la cultura —el retraso del perfeccionamiento de las personas por detrás del de los obje- tos— dé una esperanza de curación.
Probablemente aquí radique una tragedia de la cultura que es inseparable de su naturaleza. Como la cultura es la cultiva- ción de los sujetos por medio de la cultivación del mundo obje- tivo, y como este último es capaz de un refinamiento, una ace- leración y una expansión ilimitados, mientras que la capacidad de cada sujeto es irremediablemente unilateral y limitada, no veo de qué manera podría evitarse, en principio, el surgimiento de una incoherencia, de un estado de insatisfacción y saturación simultáneas.
Al fin y al cabo, la guerra parece actuar en favor del estre- chamiento de esa grieta desde ambos lados. Detrás del solda- do se hunde el aparato completo de la cultura, no porque éste
realmente deba prescindir de aquél, sino porque el sentido y el requerimiento de la existencia en la guerra se fundan sobre una acción de cuyo valor uno es consciente sin la mediación de ob- jetos.
Fuerza, coraje, destreza y resistencia prueban de inmediato ser los valores de la existencia del soldado, y se hace evidente que la «máquina de la guerra» tiene una relación completamen- te diferente, infinita y mucho más viva con aquello a lo que sir- ve, que la máquina de una fábrica.
En este sentido, cualquier separación de la vida personal de las acciones objetivas no existe por sí misma, por más que la gran extensión de los acontecimientos y la imperceptibilidad del desempeño individual sean las condiciones decisivas para tal separación.
Ciertamente, esta situación de guerra no tiene ninguna re- lación objetiva con la tensión cultural general entre la subjetivi- dad de la vida y su contenido material.
Esta tensión es, en principio, insuperable. Sin embargo, qui- zá las personas que han vivido su superación en el campo de ba- talla sentirán también de modo más claro y, por así decirlo, en persona, el significado que tienen sus otras acciones parciales y anónimas, y buscarán con mayor decisión la conexión entre su trabajo para los medios de vida y los valores últimos de la vida personal. Ya sea que la encuentren o no, esta búsqueda es un valor inconmensurable.
Si a esta guerra se le asocia la esperanza general de que re- úna con más fuerza a lo individual con el todo, de que de algún modo suavice el dualismo entre el individuo como fin en sí mis-
mo y el individuo como parte de un todo, entonces el problema aquí enunciado es, de hecho, un escenario de este dualismo.
Al ver cómo el reducido alcance de sus acciones individuales puede acoger completamente toda su energía y fuerza de vo- luntad, el soldado y, en cierta medida, también quienes se han quedado en casa al menos tendrán una noción de la forma de tal reconciliación, de alguna relación significativa entre la parte y el todo, la cosa y la persona, incluso si esto no es más que una pausa para respirar antes de nuevas luchas y desgarros.
Esto puede ser elaborado en una dirección particular a la luz de nuestra situación actual. Me parece a mí que una serie parti- cular de fenómenos culturales contemporáneos demuestran de la manera más clara posible un proceso que se puede observar a lo largo de toda la historia de la cultura: por un lado, la interac- ción entre la vida, en constante flujo y expansión de sus ener- gías, y por el otro, su expresión histórica en formas que perma- necen —o al menos intentan permanecer— fijas e inmutables.
La expansión del naturalismo artístico a finales del siglo pa- sado fue un indicio de que las formas culturales reinantes desde la época del clasicismo ya no podían alojar la vida que pugnaba por expresarse. Surgió la esperanza de poder capturar esta vida en la imagen inmediata de las realidades dadas, en lo posible despojada de intenciones humanas.
Pero el naturalismo no ha podido satisfacer estas necesida- des cruciales, como tampoco parece hacerlo el expresionismo actual, que reemplaza la imagen inmediata del objeto por el proceso mental y su expresión, también inmediata.
Se creyó que al exteriorizar dinámicas internas en una obra de arte sin tener en cuenta ni la forma propia de esa obra ni las normas objetivamente válidas, la vida podría por fin recibir la forma de expresión genuinamente apropiada para ella sin ningu- na falsificación por formas externas.
Pero parece ser la naturaleza de la vida interior encontrar siempre su expresión únicamente en formas que tienen sus pro- pias leyes, sentido y firmeza, y que, en cierto modo, son autó- nomas e independientes respecto de la dinámica espiritual que las produjo.
La vida creativa genera permanentemente algo que cierta- mente no es vida en sí misma, algo que de una forma u otra la destruye, algo que le opone un derecho legítimo propio.
La vida no puede expresarse sino en formas que tengan su propia existencia y significado independientes. Esta contradic-