La unión política de la nación francesa es mucho más antigua que la de Alemania e Italia, y sus problemas son infinitamente más sencillos que aquellos de Austria y Rusia. Lo que Italia y Alemania consiguieron hace menos de cincuenta años Francia lo logró en los siglos pasados, y los límites territoriales y los lí- mites nacionales afortunadamente coinciden. No hay colonias europeas periféricas en áreas donde se hablan lenguas extranje- ras; pero los límites de los franceses forman, en general, líneas ininterrumpidas. Algunos valles en el noroeste de Italia están habitados por francohablantes, el territorio del norte de Fran- cia o valón forma la mitad sureña de Bélgica y alrededor de 230 000 franceses se ubican en la Lorena germánica.
El aspecto actual del nacionalismo francés está determina- do por la pérdida del territorio imperial de Alsacia y Lorena en
1871. Previo a esto, los alsacianos eran el blanco del ingenio francés debido a su acento alemán y a sus costumbres. Ya desde entonces, los franceses ven a los alsacianos como los hijos ama- dos que han perdido, una actitud que bien puede comprender- se, pero que es necesariamente contraria al sentimiento alemán descripto antes.
La posición insular de Gran Bretaña y su unificación tempra- na provocó que el nacionalismo nunca tomara la forma que es característica en Europa Central. Durante el periodo del desa- rrollo del nacionalismo moderno no ha habido ni una sola vez en la que Gran Bretaña tuviera que trabajar para lograr la unifica- ción de los anglohablantes. En lugar de ello, podemos observar más bien el crecimiento de la individualización de partes del Es- tado. El lugar del nacionalismo británico lo ocupan el sentimien- to reinante de que a Inglaterra le pertenece el dominio de los mares y el ser conscientes de que poseen un imperio mundial.
A los estadistas de la “Pequeña Inglaterra” del siglo pasado que creyeron que Inglaterra debía ocuparse ante todo de sus propios asuntos se les mira hoy con un claro desprecio. La posi- ción de Inglaterra ha suscitado una actitud distante para con el resto del mundo y un sentimiento de satisfacción intransigente y egocéntrico con respecto a las costumbres inglesas, que hace que los ingleses no quieran abandonar ni un ápice de su indivi- dualidad, pero exige a los demás adoptar sus costumbres. Este sentimiento elemental crea hostilidad para con cualquier pue- blo que parezca desarrollar características similares.
En los últimos años, en Alemania, se han creado condiciones que de alguna manera son análogas a aquellas que estaban acti-
vas durante el desarrollo tardío del Imperio Colonial Británico. Los alemanes han ido aumentando en cantidad, y al ser incapa- ces de expandirse en su propio territorio, han sido obligados a buscar nuevas tierras en el extranjero. Aun cuando Alemania no ha aplicado una política colonial particularmente agresiva, ha dado pruebas de que busca su expansión y de que se opone a la alienación continua de los alemanes que emigran. La cone- xión de estos con la madre patria es mayor de lo que solía ser; y los ingleses sienten con una irritación creciente la rivalidad con los alemanes en todas partes del mundo.
Es curioso que este sentimiento se haya estado desarrollan- do en un momento en que la emigración alemana se ha reduci- do debido al mejoramiento de las condiciones económicas en el país. La incomodidad de los ingleses los lleva a interpretar las acciones alemanas como si surgieran de una agresividad dirigida contra ellos. En la relación con Francia y Rusia estos sentimien- tos no están tan activos, ya que los franceses, que están menos expandidos, no entran a diario en una rivalidad con los intere- ses británicos en todas partes del mundo, y su imperio colonial en África no se interpone entre las acciones inglesas. Rusia es capaz de expandirse dentro de su propio dominio y en las zonas adyacentes de Asia. El único país que está situado como Ale- mania es Japón; y podemos predecir con seguridad que cuando las empresas comerciales japonesas se expandan, los celos que ahora se dirigen a Alemania se manifestarán en esa dirección.
Es necesario considerar este trasfondo emocional si que- remos comprender las causas que llevaron a la guerra actual. Debería estar claro para todos y cada uno que el hecho de que
los mismos eventos se interpreten de manera diferente en In- glaterra, Francia, Alemania, Austria y Rusia, puede explicarse únicamente cuando recordamos que en cada nación prevalece un estado emocional diferente y que este determina el modo de pensamiento de ese pueblo. Es un error evidente asumir que solo aquellos que comparten nuestra posición emocional son capaces de pensar con lógica o que son los únicos dueños de los más altos estándares éticos; ya que es posible demostrar con facilidad que la posición fundamental de cada nación se deter- mina en gran medida por el trasfondo emocional de su vida na- cional, la que, debido a su poder emocional, nunca está sujeta a una evaluación rigurosa y crítica.
Francia siente la pérdida de Alsacia y Lorena. No se inclina Francia a mirar atrás, al momento en el que adquirió esas pro- vincias mediante la fuerza y el fraude, mas basa su resentimien- to en el hecho de que hace cuarenta y tres años las provincias le fueron forzosamente arrebatadas. Al asumir esta posición, le conviene utilizar el sentimiento antigermánico de una gran can- tidad de alsacianos y generalizar sobre esta base, reclamando que toda la región anhela reintegrarse a Francia. Alemania no ol- vida su profundo anhelo por una unificación alemana de la que Alsacia y Lorena formaban parte, y llama “restitución” a lo que Francia llama “robo”. Señala con orgullo la lealtad de muchas personas de Alsacia y Lorena, la adaptación de los partidos de acuerdo con las líneas políticas alemanas, el desmantelamiento del intento reciente de revivir un partido nacional francés, y me- nosprecia los pocos pero revoltosos amigos de Francia.
La popularidad de la guerra en Rusia se debe sin dudas al arraigo que la idea de paneslavismo tiene en la gente. “Protec- ción de los eslavos del sur”, “liberación de los rutenos en Aus- tria”, “unión de todos los eslavos” son las consignas, que signi- fican el desmembramiento de Austria y en parte de Alemania e intentan causar la expansión de los territorios rusos hasta el Bósforo, el Mar Egeo y a lo largo del Mar Báltico. Los deseos de los rusos se dirigen a perpetrar acciones en áreas que están fuera de los límites territoriales de su país.
Es una guerra para la expansión de la influencia y el poder rusos, que acarrea la ficción de que Rusia va a “liberar” me- diante la incorporación y subyugación a esos eslavos que están comenzando a disfrutar de su independencia. Por cierto, esta agresión se dirige contra los húngaros y alemanes que separan a los eslavos del norte y del sur, y contra todos aquellos que se encuentran dentro de territorio eslavo, como los alemanes de Silesia y Prusia.
Atrapada en medio de la agresión rusa y el deseo de revan- cha francés, Alemania ha permanecido en un estado de preo- cupación constante, que se ha agravado mucho debido a la en- trada de Gran Bretaña en la Triple Entente y que se refleja en la inconsistencia nerviosa que en los últimos años ha caracte- rizado a las políticas alemanas. El trasfondo emocional de las acciones recientes de Alemania parece estar basado en el temor de una combinación de enemigos poderosos
La agresividad de los rusos y eslavos del sur crea una tensión más fuerte todavía en Austria-Hungría, porque la concreción de cualquiera de las políticas del paneslavismo amenazaría la
mera existencia del imperio, y al mismo tiempo firmaría la sen- tencia de muerte de los austro-alemanes y de los húngaros, ni hablar del destino de los checoslovacos del sur y polacos. Años de agitación serbia, que, según la convicción de Austria, Ru- sia continuamente fomentaba, suscitó una intensa hostilidad. Cuando finalmente llevó al asesinato del heredero natural de Austria-Hungría, se creó una situación en la que la reacción na- tural consistió en tomar medidas drásticas inmediatas contra Serbia.