• No se han encontrado resultados

El amor incondicional

Cultivar la compasión y la felicidad auténtica

Cuando me encontré con Rachel, una amiga y alumna de meditación, me sorprendió diciéndome entusiasmada: «¡Me he enamorado del hombre de la tintorería!». Hacía seis meses que la había visto por última vez, en un retiro en el que enseñé el poder del amor incondicional. Al ver que me mostraba eufórica ante su confesión (dada su historia romántica anterior, que yo conocía, aquélla era una buena noticia), ella se rio y se apresuró a explicar: «No me he enamorado de él románticamente. Quiero decir que el hombre de la tintorería es una de las personas que he escogido para que sean el foco de mi meditación de amor incondicional».

En aquel retiro, yo les había pedido a los participantes que eligieran a alguien de sus vidas por el que no tuvieran sentimientos importantes, alguien al que no le hubieran prestado demasiada atención, para comenzar a prestársela a partir de entonces durante las sesiones de meditación. Tendrían que ver su cara en sus mentes con regularidad y desearle lo mejor. Rachel me contó que todos los días, cuando meditaba, acogía a ese hombre en su corazón y le deseaba lo mejor de forma consciente. «Ahora me muero de ganas por ir a la tintorería para encontrármelo porque me importa mucho.»

Aunque seguro que ese hombre es un magnífico encargado de tintorería, Rachel no se sentía repentinamente conectada a él debido a la gratitud que le despertaba su ejemplar habilidad a la hora de eliminar manchas. No estaba en deuda con él y tampoco se había enterado de sus tristezas o tribulaciones particulares. El cambio en su relación había sucedido tan sólo a causa de que ella, en vez de ignorarlo, lo incluía continuamente en su campo de atención.

Suelo oír una y otra vez reacciones como la de Rachel por parte de personas que hacen la meditación de amor incondicional. Consiste en prestarnos atención a nosotros mismos y a los demás con una sensación de interés y cariño. Durante la meditación de amor incondicional, centramos una atención llena de cariño en nosotros mismos, en primer lugar, y después en alguien que conozcamos bien, luego en otra persona que nos resulte neutral — como el encargado de la tintorería de Rachel— y, finalmente, en otra serie de individuos. Los alumnos me dicen que, cuando intentan esta práctica, se les despierta una sensación de conexión nueva y muy fuerte, no sólo hacia personas que hasta el momento les resultaban invisibles (yo misma he visto cómo a una mujer se le iluminaba la cara cuando hablaba de un cajero de su banco, que era prácticamente un extraño, pero que se había convertido en el receptor involuntario de sus mejores deseos), sino también hacia gente que conocían pero que habían dejado de lado u ofendido, o de los que se habían distanciado. Un hombre me dijo: «Empecé a practicar la meditación de amor incondicional y a proyectar todos mis buenos deseos hacia un compañero de trabajo con el que era especialmente difícil tratar. Yo era muy escéptico. Mi colega no se volvió menos difícil, pero, en vez de mostrarme exasperado con él, me sentí más compasivo. Empecé a ver que él tenía sus problemas, como todos nosotros».

En ocasiones, el amor incondicional se describe como «extender nuestra amistad para incluirnos a nosotros mismos y a los demás». No se trata de que todo el mundo nos caiga bien ni de que demos

nuestra aprobación universalmente, sino más bien de que alcancemos el conocimiento interno de que nuestra vida está conectada inextricablemente con las de los demás. El amor incondicional es un poder del corazón que se desprende de dicha conexión. Cuando lo practicamos, reconocemos que todos nosotros compartimos el mismo deseo de ser felices y la misma vulnerabilidad ante el cambio y el sufrimiento.

En la película Como la vida misma, protagonizada por Steve Carell en el papel de padre separado, hay una frase que parece resumir la naturaleza del amor incondicional. Uno de los personajes dice como si le saliera del alma: «El amor no es un sentimiento, es una capacidad». Yo di un respingo en el cine cuando lo oí.

El amor incondicional es una forma de amor que es en realidad una capacidad y, como han demostrado los científicos, puede aprenderse. Es la capacidad de correr ciertos riesgos con nuestra conciencia, de mirarnos a nosotros mismos y a los demás con amabilidad en vez de con un criticismo reflexivo, de incluir en nuestras preocupaciones a aquellos a los que normalmente no les prestamos atención, de cuidar de nosotros de manera incondicional en lugar de pensar: «Me voy a querer a mí mismo siempre y cuando no cometa ningún error». Es la capacidad de concentrar nuestra atención y de escuchar realmente a los demás, incluso a aquellos que ignoramos porque creemos que no merecen nuestro tiempo. Es la capacidad de ver la humanidad de la gente que no conocemos y el dolor en personas que nos resultan difíciles.

El amor incondicional no es lo mismo que la pasión o el amor romántico; tampoco es un sentimentalismo ñoño. Como he dicho, no tenemos que aprobar a todo el mundo, ni siquiera es obligatorio que aprobemos a las personas a las que les ofrecemos nuestro amor incondicional. Centrando nuestra atención en la inclusión y el cariño, creamos poderosas conexiones que desafían la idea del mundo del «nosotros-ellos», ya que nos ofrecen una forma de ver a todas las personas como «nosotros».

Hay una técnica que funciona a pequeña escala. Varios artistas me han dicho que hacen la siguiente breve meditación de amor incondicional cuando padecen miedo escénico: de pie, ante el público, antes de empezar a actuar, a tocar o a recitar un poema, proyectan un deseo de bienestar para todos los que están en la habitación. Un cantante me dijo: «Cuando hago eso, ya no tengo la sensación de que el público sea un grupo de gente hostil que está esperando para juzgarme. Me siento como si todos estuviéramos unidos».

A veces el amor incondicional llega en forma de compasión, de un corazón que se conmueve en respuesta al dolor o al sufrimiento —el nuestro o el de los demás—. Es una compasión que supera la tendencia a aislarnos que surge si somos nosotros los que estamos sufriendo y el instinto de evitar a otros cuyo dolor tememos que nos afecte. Cuando visité un ala del hospital militar Walter Reed (antes de pasar la tarde dando una clase de meditación a las enfermeras que trabajaban allí), la mujer que me guió durante el paseo me dijo: «¿Sabe? Las enfermeras que consiguen permanecer aquí no son las que se pierden en el sufrimiento, sino las que pueden conectar con la resistencia del espíritu humano». Para esas profesionales la compasión no significa verse tan superadas por la pena que no sean capaces de ayudar a los enfermos, sino entrar en contacto con su resistencia y con la de sus pacientes para verse motivadas a actuar.

A veces el amor incondicional aparece en forma de alegría solidaria; se trata de la capacidad de alegrarse de la buena fortuna y la felicidad de los demás. Cuando ocurre algo realmente bueno y la gente se alegra de verdad por nosotros, su reacción nos parece un regalo tremendo. Puede que a algunas personas les cueste un poco desarrollar una alegría solidaria ante nuestros éxitos; sonríen por fuera, pero percibimos que se sentirían más felices si nosotros no lo estuviéramos tanto. La capacidad de sentir una alegría solidaria nos ayuda a ignorar esa voz interior que en ocasiones oímos al enterarnos del triunfo de un amigo, esa voz que dice: «Seguro que me sentiría mejor si no le fuera tan bien ahora mismo».

Dado que nos ayuda a conectar con los demás, la meditación de amor incondicional aumenta nuestra capacidad de sentir alegría solidaria. Podemos ir más allá del sentimiento de amenaza o de la sensación de sentirnos menospreciados por el éxito de otros y llegar a entender que ese triunfo no nos quita nada a nosotros. De hecho, incrementa nuestras propias posibilidades de felicidad. El Dalai Lama ha señalado en varias ocasiones que existen tantas otras personas en este mundo que tiene sentido hacer que su felicidad sea equivalente a la nuestra, porque entonces nuestras oportunidades de regocijo «se ven aumentadas en una proporción de seis mil millones a una. Y eso es una buena proporción».

Robert Thurman, profesor de estudios budistas en la Universidad de Columbia, suele utilizar una imagen muy poderosa y a la vez divertida para describir cómo debe de ser vivir una vida llena de compasión y de amor incondicional: «Imaginen que están en el metro de la ciudad de Nueva York y llegan unos extraterrestres que se llevan el vagón en el que están. Todos los pasajeros que viajaban allí van a tener que permanecer juntos… para siempre». ¿Qué haríamos? Si alguien tiene hambre, lo alimentaríamos. Si alguien tiene una crisis nerviosa, intentaríamos calmarlo. Tal vez no nos gustaran todas aquellas personas o no aprobásemos a algunas, pero íbamos a tener que convivir con ellos para siempre, así que tendríamos que arreglárnoslas para seguir, cuidar unos de otros y reconocer que nuestras vidas están irremediablemente unidas. ¿Y vivir en la Tierra no es como estar en ese vagón de metro? Todos estamos juntos para siempre; nuestras vidas están unidas.

Esta semana vamos a practicar meditaciones que nos permitirán extender el amor incondicional, la compasión y la alegría solidaria a todos los que están en ese vagón de metro, incluidos nosotros mismos.

Una forma de alimentar el amor incondicional es buscar lo bueno que hay en cada persona. Eso no significa ignorar lo malo o perdonar conductas que consideremos insanas o peligrosas. Pero, si nos fijamos sólo en lo malo de una persona, naturalmente nos

sentiremos cada vez más distanciados de ella. Tal vez seamos capaces de encontrar aunque sea una sola cosita buena; pero, si podemos fijarnos en ese pequeño rasgo de bondad en nuestro trato con esa persona, entonces no tendremos que salvar un gran abismo entre ella y nosotros.

RECOMENDACIÓN