Las semanas siguientes
R: Determinados tipos de sufrimiento pueden actuar como buenos sistemas de respuesta, de autoevaluación A veces
tomamos una decisión, consciente o inconscientemente, sobre cómo debería ser nuestra meditación y rechazamos cualquier otra cosa que no cumpla con ese ideal. Juzgamos nuestra meditación y nos juzgamos a nosotros mismos. Si lo notamos, ya habremos aprendido algo importante sobre nosotros.
Si nuestra práctica nos hace sufrir, esa sensación puede enseñarnos cómo respondemos habitualmente ante otras muchas cosas de nuestra vida, no sólo ante la meditación. Mi respuesta ante mi dolor de rodillas durante la práctica me enseñó lo a menudo que solía proyectar mi dolor físico o emocional hacia un futuro
inamovible y lo derrotada que me sentía por ello. A partir de mi forma de relacionarme con la ira que me surgía durante la meditación, aprendí cuánto miedo tenía a ciertos sentimientos y me di cuenta de que negándolos los estaba fortaleciendo. Las dificultades constantes de mi mente me mostraron a cuánta autocrítica me estaba sometiendo. Y aprender cómo empezar de nuevo, cómo abrirme a cualquier cosa que estuviera ocurriendo, cómo sentir compasión por mí misma en lugar de criticarme, me enseñó a relacionarme con el sufrimiento de mi vida de forma muy diferente.
Todos tenemos grandes expectativas acerca de lo que debería ser nuestra práctica de la meditación. Pero el objetivo no es alcanzar ningún modelo o ideal, sino ser conscientes de todos los estados diferentes que experimentamos. Es un mensaje difícil de creer y por eso necesitamos oírlo una y otra vez.
Reflexiones finales
Una vez le pregunté a un amigo cómo había cambiado su vida desde que empezó a meditar. Sin dudar, me dijo que antes, pasara lo que pasara por su mente, se sentía como si todo se estuviera representando en un teatro pequeño, oscuro y claustrofóbico y que veía toda la acción del escenario como algo abrumador y sólido; sin embargo, desde que había empezado a meditar, su conciencia sobre lo que ocurría en su mente era más bien como ver una ópera en un teatro al aire libre. Ya no era tan abrumador ni parecía sólido e inmutable.
Entendí perfectamente lo que quería decir. Poco tiempo antes de esa conversación yo había visto mi primera ópera al aire libre en un teatro abierto en Santa Fe, Nuevo México (EE.UU.). Podía contemplar el escenario y el amplio cielo a la vez. Ver a los personajes luchar contra esas situaciones y emociones inmensamente complicadas sobre el fondo de un cielo abierto y
espacioso era una yuxtaposición extraordinaria: por muy dramática o incluso histriónica que fuera la acción, por mucha angustia o éxtasis que se produjera en el escenario, todo quedaba dentro del contexto de un cielo enormemente extenso y lleno de posibilidades. La práctica de la meditación trata de proporcionarnos una amplitud de miras tan vasta como el cielo. Eso nos da una perspectiva más holgada. Puede que no seamos capaces de cambiar las circunstancias de nuestras vidas, pero sí podemos cambiar nuestra relación con esas circunstancias.
La meditación nos permite dejar de buscar la felicidad en los lugares equivocados y descubrir que la de verdad, la duradera, no es el resultado de satisfacer nuestras necesidades de forma temporal. Eso, por lo general, nos lleva a un ciclo infinito de decepción y a un deseo siempre en aumento: las cosas en las que ponemos nuestras esperanzas no suelen ser suficientes, el listón sube continuamente y volvemos a estar alertas, tensos, en busca de alguna otra cosa.
La felicidad convencional, el consuelo de la distracción momentánea, no es sólo transitoria, sino que puede aislarnos de los demás, ya que suele llevar implícita una corriente de miedo subyacente. Incluso cuando las cosas van bien, en medio de nuestro placer tenemos la sensación acuciante de que nuestro bienestar es frágil e inestable y de que debemos protegerlo. Y la forma que tenemos de hacerlo es apartándonos del reconocimiento compasivo del sufrimiento del mundo y del nuestro propio, porque sentimos que, si lo reconocemos, debilitaremos o destruiremos nuestra frágil felicidad. Pero en ese estado de aislamiento protegido no podemos experimentar la felicidad real. Sólo cuando reconozcamos todos los aspectos de nuestra experiencia vital podremos ser verdaderamente felices.
La felicidad auténtica depende de lo que hagamos con nuestra atención. Si la entrenamos a través de la meditación, conectaremos con nosotros mismos, con nuestra verdadera experiencia, y después con los demás. El simple acto de estar completamente presentes y
atentos a otra persona es un acto de amor y fomenta un bienestar indestructible. Ésa es una felicidad que no está vinculada a una situación concreta, es la felicidad que puede soportar cualquier cambio.
Con la práctica regular de la meditación descubrimos la felicidad auténtica de la simplicidad, de la conexión, de la presencia. Cultivamos la capacidad de desvincularnos de las luchas habituales en las que ni siquiera pensamos. Experimentamos el placer de esa integridad y nos sentimos cómodos con nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras vidas. Vemos que en realidad no tenemos que mirar más allá de nosotros para sentirnos realizados. Y nos acercamos más y más a vivir cada día de acuerdo con esta bella cita de Wordsworth: «Con ojos hechos a la calma por el poder de la armonía y el gozo, escrutamos la vida de las cosas».
A veces les digo a mis alumnos: «Si averiguarais que hay una actividad segura y simple que podéis realizar durante veinte minutos al día para ayudar a un amigo que lo necesita, ¿la haríais?». Siempre me responden que claro que sí, que la harían gustosamente, sin planteárselo. Pero parece que pasar esos veinte minutos ayudándonos a nosotros mismos nos resulta incómodo; nos preocupa ser muy egocéntricos o demasiado indulgentes con nosotros mismos. No obstante, ayudarnos a nosotros es ayudar a nuestros amigos. Nuestra felicidad auténtica es la fuente de la que surge nuestra capacidad para dar a los demás. Como dijo Thich Nhat Hanh una vez: «La felicidad está disponible. Sírvanse ustedes mismos».