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Capítulo IV: Los diarios de Ribeyro como creación de la memoria

IV.2 Creación del personaje Ribeyro

IV.2.2 El escritor y la escritura

IV.2.2.1 Los cuentos

Un primer comentario parece necesario ahora, y es que, al menos numéricamente, serán las menciones referidas al cuento menores que las que dedica a la novela. Acaso esto se deba a cierta comodidad con que Ribeyro se mueve ya en este terreno o a que, por comentarios que parece marcarán al protagonista, y que veremos en su momento, entiende que la novela es necesaria a una ciudad que, en cierto modo, espera conquistar gracias a su escritura.

Muy relacionada con la reconocido imagen de escepticismo, la primera nota en que se menciona su producción de cuentos seguirá ese tono, que por demás, volveremos a encontrar y a señalar en sus reflexiones sobre la escritura y, más aún, en “Los estados de ánimo”, así afirma el 3 de agosto de 1953, en su primera nota parisina: “(…) en mis cuentos hay un tono sombrío, que precipita los desenlaces o pide prestada ayuda, a veces, a la exageración”. (Ribeyro, 1992:32)

Volverá a abordar directamente el tema de sus cuentos solo el 5 de octubre del año siguiente y, con un ánimo más bien optimista, que no lo acompañará, acaso huelgue decirlo, en otros momentos, arriesga esta apreciación crítica sobre su trabajo: “Tengo la impresión de que “Los gallinazos sin plumas” es el mejor cuento que he escrito hasta ahora. Tal vez “Mientras arde la vela” sea más redondo, técnicamente más acabado, pero no tiene la vitalidad ni la fuerza del otro” (Ribeyro, 1992:51). En lo que sigue de esa nota hará, el narrador, algunas observaciones sobre su forma de escritura, como el hecho de haberse sorprendido en un café: “(…) haciendo muecas de cólera, de asco, de frío, según el curso de lo que escribía.” (Ribeyro, 1992:51)

El 4 de diciembre, como se puede apreciar, casi dos meses después de la nota anterior dirá:

Acabo de terminar “En la comisaría”, último cuento para mi libro. Tuve necesidad de beber media botella de vino rosé para realizar esta proeza. No sé qué tal habrá quedado. Temo releerlo para no sufrir una decepción. Mañana lo haré. Hoy es sábado, merezco una recompensa. (Ribeyro, 1992:57)

Un aspecto interesante aquí, más allá de la mención al cuento y al anunció del término del primer libro, aquel que se publicará en 1955, es la aparición de la bebida como algo ligado a la escritura y que será retomado tanto en el propio diario como en las Prosas apátridas, pero veamos ahora esta nota del diario: “no es que el alcohol fecunde mis ideas, sino que tiempla mi voluntad, robustece mi entusiasmo y me permite mantener un tren de escritura sin sentirme doblegado por el aburrimiento” (Ribeyro, 1992:110-120) y, un centenar de páginas después: “Para escribir necesito un mínimo de irresponsabilidad que solo puede dármelo el alcohol hábilmente dosificado. Lúcido soy tan incapaz como borracho. Alcanzar esta embriaguez media es una operación arriesgada.” (Ribeyro, 1992:213). Esta imagen tendrá su correlato o su ampliación, como ya hemos señalado, en las Prosas apátridas, donde afirma, en la Prosa 79:

El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad y emprender de ella una nueva lectura. (…) En ese sentido la embriaguez es un método de conocimiento. La embriaguez moderada, es decir, aquella que nos aleja de nosotros mismos sin abandonarnos, no la borrachera, en la cual nuestra conciencia le dice adiós a nuestro comportamiento. (Ribeyro, 1986:85)

Más tarde, en el mismo libro, pero en el texto que lleva el número 85 vuelve sobre el tema:

La única manera de comunicarme con el escritor que hay en mí es a través de la libación solitaria. Al cabo de unas copas, él emerge. Y escucho su voz, una voz un poco monocorde, pero continua, por momentos imperiosa. Yo la registro y trato de retenerla hasta que se va volviendo cada vez más borrosa, desordenada,

y termina por desaparecer cuando yo mismo me ahogo en un mar de nauseas, de tabaco y de bruma. (Ribeyro, 1986: 89)

Lo que continúa, a reglón seguido, no deja de ser interesante, pues podría apreciarse una contradicción o simplemente una nueva aparición de esa memoria recreada, aunque ahora estemos ante un texto que, si bien parece nutrirse en muchos casos del diario, no es tal:

¡Pobre doble mío, a qué pozo terrible lo he relegado, que solo puedo tan esporádicamente, y a costa de tanto mal, entreverlo! Hundido en mí como una semilla muerta, quizá recuerde las épocas felices en que cohabitábamos, más aún, en que éramos el mismo y no había distancia que salvar ni vino que beber para tenerlo constantemente presente. (Ribeyro, 1986: 89)

Volviendo al tema de los relatos breves, de sus cuentos, vistos por el propio autor, llegamos al 12 de diciembre de 1955:

Me sería imposible explicar la impresión que me ha producido mi libro Los

gallinazos sin plumas, cuyo primer ejemplar he recibido esta mañana. Lo he

leído, lo he releído, lo he ojeado y examinado por todas partes. Mi opinión ha oscilado entre el entusiasmo más ardiente y la decepción más desgarradora. Por momentos he arrojado el libro con amargura, para cogerlo luego, y al cogerlo luego y al reconocer una frase o una escena preferida reconciliarme con él. Ahora mismo, estando ya sereno, no puedo emitir un juicio y creo que tardaré mucho en poder hacerlo. (Ribeyro, 1992:110)

Nuevamente encontramos la imagen del escritor que duda, al igual que el de las primeras páginas del diario, que desconfía, acaso de su propio juicio crítico, y que se resiste a creer en el de los demás.

Entre el 14 y el 18 de marzo se dan dos notas breves sobre el proyecto de libro llamado Sonambulario, pero solo para volver sobre la duda y el escepticismo ante la propia obra: “…mi libro Sonambulario es impublicable (…) No se puede escribir en

serie. Los cuatro últimos cuentos fueron escritos en una semana. De todo el conjunto se salvarán algunos relatos que trataré de publicar en El Comercio.” (Ribeyro, 1992:119)

Por último, finaliza este período, el que abarca los diarios de los diez primeros años, de textos entregados a la imprenta, no de los escritos pues debe recordarse que el propio Ribeyro afirma haber destruido los primeros, con una nota muy breve que vuelve sobre las dudas y el abandono o la dificultad de escribir, tenemos al autor en el 30 de agosto, ya a su regreso a Lima, solo para afirmar que ha interrumpido la escritura de Al

pie del acantilado.

Hasta aquí las referencias al tema del cuento que será luego reconocido como lo fundamental de su producción, sorprende, en todo caso, que más espacio y días sean los dedicados a la novela, quizá por la simple razón de no poder trabajarla fácilmente o porque un cierto espíritu crítico le dificulta el trabajo o por considerarlo un género que tenía, casi, la obligación de abordar.