norma
En las existencias que escapan a la norma y pueden ser nombradas desde lo ‘patológico’ y ‘anormal’ se encarna el síntoma social: donde se abre una grieta que concretiza las contradicciones del sistema heteropatriarcal capitalista y desde donde se avizora la posibilidad de deconstruir esa fantasía totalitaria que homogeniza a los seres en hombre, masculino; mujer, femenina: ciudadanos/as funcionales cuyos roles asignados se despliegan en aras de solventar sus necesidades de consumo impuestas. Estas existencias constituyen un otro que se niega a acatar el mandato simbólico: la fisura.
Estos seres periféricos, en tanto no tenían un lugar en el orden simbólico al cual coserse, constaban con la posibilidad de construir su subjetividad a partir de nuevos relatos que den sentido a un trayecto de nuevas humanidades. Se empezaron a crear movimientos políticos disidentes, cuya militancia se impregnaba en sus cuerpos y prácticas no dóciles y disfuncionales, al margen del heteropatriarcado capitalista que encuentran una manera de existir y erigir su resistencia y lucha política desde la reapropiación y resignificación de la palabra ‘queer’ y desde su existencia en tanto que transfeministas, posfeministas, feministas
prosexo, etc.
Estas personas, al estar sometidas a procesos de marginalización, intuyen la artificialidad de la construcción del mundo: no acatan el mandato simbólico, el universo simbólico puede ser desmontado, para crear otro, o simplemente para girar entorno a la pulsión de muerte –no hay relato, no hay futuro‐. En este quiebre está implícita la irrupción de subjetividades alternas, maleables y desmontables. Este proceso no es posible sin atravesar la fantasía, con
la que se instaure un nuevo significante. En este proceso, Michael Foucault, Deleuze y Guatari, Monique Wittig y Adrianne Rich, entre otros/as, son los/as que, a través de sus elaboraciones teóricas en contra del biopoder y el heteropatriarcado, interpretadas por las teorías ‘queer’ y posfeministas, constituye la guía que funge como descifradora del misterio: cuentan como sujeto supuesto de saber.
Por tanto, es el discurso posfeminista y ‘queer’ que, a través de su elaboración académica,
que le otorga de legitimidad, el que intenta elaborar una objetividad que hace posible la desintegración de la realidad heteropatriarcal capitalista ontologizada. Este nuevo discurso aboga por la destrucción de la realidad hegemónica y la edificación de una nueva realidad a partir de la cual se erijan nuevas subjetividades. Los sujetos construidos desde estos nuevos discursos empiezan a actuar bajo un renovado mandato simbólico: desmontar el cuerpo dócil y crear un cuerpo disfuncional al margen del régimen totalitario y al servicio de un deseo reinventado para desestabilizar al sistema y afianzarse como el síntoma.
La mayoría de las interpretaciones teóricas del movimiento ‘queer’ que ulteriormente
devino un cuerpo conceptual amplio, no surgieron de las subjetividades periféricas que se apropiaron del término y crearon un movimiento cultural y político, sino de teóricas/os y académicas/os, burguesas/es con acceso a estándares de vida que les permitiría ‘educarse’, los que empezaron a crear el discurso académico de lo ‘queer’, ligado al feminismo posestructuralista y al transfeminismo. La academia empieza a apoderarse de estas categorías, a repensarlas y a establecer las coordenadas desde las cuales se interpreta las práctica de los movimientos ‘queer’ o afines a sus preceptos: el sexo, el género, las masculinidades, las feminidades, las identidades disidentes, la sexualidad devienen nociones
elaboradas desde una posición crítica al régimen heteronormativo y la homofobia que establecen una nueva forma de concebir el cuerpo, la sexualidad y el placer.
Este nuevo discurso es el que posibilita la trascendencia histórica de los nuevos sujetos, quienes a partir del arte intentan superar la finitud inherente en el campo social. De ahí el porqué de su extensa gama de productos artísticos disidentes como poesía, vídeos DIY, literatura, performances e intervenciones públicas. Así, desmontan el orden simbólico dominante y empieza un orden simbólico alterno que les otorga certidumbre: se empieza a legitimar con esas prácticas el orden simbólico ‘queer’ y posfeminista; deconstruyen el cuerpo formado por el biopoder: suspenden los flujos simbólicos objetivados. El que el nuevo paradigma desde el cual se establecen estas nuevas subjetividades sea un discurso que devino académico y legítimo, anula su capacidad subversiva en tanto acatan un mandato elaborado por una de los dispositivos de control de saber‐poder del sistema mismo: la academia. Las existencias periféricas devienen sujetos ‘queer’ o transexuales que
acatan un mandato que responde, como se verá, de un modo oculto, a la dinámica libidinal del capitalismo.
Los universales que articulan este discurso son la libertad de gozar al margen de la norma, su particular es el cuerpo no dócil, no funcional, productor de un placer infinito. Este sujeto, cuando ejerce la libertad de gozar, renuncia a ella: se inserta en el ámbito pulsional; el cuerpo alienado por el heteropatriarcado muere y nace el cuerpo pulsional que gira entorno a la Cosa. Esta es la ilusión que soporta la realidad de los nuevos sujetos: la libertad está igualada a la capacidad infinita que tiene el cuerpo de gozar, por lo tanto, todas la prácticas que permitan generar mayor goce son directamente proporcionales a la ‘libertad’ que se alcanzaría con ellas. Este nuevo discurso, no erige una fantasía que permita enfrentarse al
vacío, ligada al ejercicio de la libertad a partir del sometimiento a una ley fundamental que hace posible la edificación de mundo y de una utopía que organice el deseo hacia la consecución de la misma.