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2.2. Marco literario

2.2.4. Una cuestión de herencia: El exilio.

Finalmente, el último periodo migratorio español registrado activamente por la literatura argentina, el producido por la Guerra Civil, se evidencia en obras tales como La cruz invertida de Marcos Aguinis55.

En ella, es posible ver como, al principio, los exiliados llevaban la guerra civil adonde iban, pero luego, cuando se daban cuenta de que no podían volver, su realidad fue el silencio:

¿Cómo no ir a misa si pretendía extender sus vinculaciones a todos los copetudos del barrio elegante en el que acababa de instalarnos? No se debía mencionar el

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Se refiere a personajes de la novela, tales como Carlos Gardel, quienes son tratados por el autor independientemente de la historia oficial que se conoce de ellos.

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En esta línea se inscriben también El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez Rial; Apuntes de familia, de Miguel de Torre; Informe de París de Paula Wajsman; Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, de María Rosa Lojo; etc.

pasado republicano de papá. Era casi un comunista porque... “dime con quién andas...” 56

El retorno fue una idea siempre presente para estos últimos. Y éste es uno de los puntos más destacables en la narrativa argentina de las últimas décadas:

¿Por qué venían a Latinoamérica? No lo sabían con certeza. Este continente sería su refugio transitorio, una posada en el camino hasta que la noche se fuera de España. Lo imaginaban atrasado y amorfo donde los europeos amasan con rapidez prodigiosas fortunas, pero donde no se encuentra incentivo para vivir. (pp. 25-26)

El sentimiento de transitoriedad del exilio fue penetrando en los hijos de los refugiados que heredaron la nostalgia de algo que casi no conocían.

Logran un ascenso económico que, tampoco en este caso, dependía exclusivamente del esfuerzo y el trabajo: “El resto es historia fácil: dinero, dinero y más dinero. Los años de la posguerra chorrearon oro en este continente” (p.28). Y volviendo a la desmitificación mencionada anteriormente, se introduce nuevamente la idea de que ya la prosperidad no está ligada al estudio: Néstor y Eurídice57, los hijos de los exiliados españoles de esta novela, estudian en colegios religiosos, aprenden buenos modales, piano, etc., pero vivirán inmersos en el sin sentido, conscientes de que siempre serán los hijos de los republicanos escapados de la guerra, con un origen humilde que los perseguirá por siempre y que no permitirá jamás su integración real a la alta sociedad porteña:

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Aguinis, Marcos, La cruz invertida, Barcelona, Planeta, 1970, p. 25. Todas las citas pertenecen a la misma edición.

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Es interesante la razón por la que la madre decide ponerle estos nombres a sus hijos: “Mi madre se opuso a todos los nombres que sugirió papá, inspirado en los Presidentes de la República o en sus camaradas de milicia ¡Basta de Pepes y Pacos!, le gritó. Tendrá un nombre fino, histórico: Néstor.” (p.28). Lo cierto es que el adjetivo “histórico” niega, en este caso, su posible vinculación con la Guerra Civil y acentúa paradójicamente la idea de anulación del pasado.

Hicieron una fiesta en casa, invitaron a la gente bien del barrio [...] Llegaron un montón de chicas y muchachos que conocía por primera vez. Mi madre invitó a sus presuntas “amigas”. No entiendo como tantos copetudos se dignaron venir. Yo se lo dije: Papá, no te engañes: aprovechan la fiesta, pero no nos han aceptado. Saben que fuiste un vulgar miliciano y que mamá trabajó como sirvienta. (p.54)

Pero no sería cierto decir que el exilio republicano español siempre dio como resultado esta oscura visión en los hijos. En algunos casos, como el del escritor argentino Álvaro Abós, hijo de exiliados barceloneses por la guerra civil en Buenos Aires, la posición adoptada frente a esta circunstancia varía notablemente. La presencia española en la Argentina no está ausente en su obra. En el año 2000, publicó un trabajo titulado El libro de Buenos Aires, donde recopiló numerosos escritos de viajeros, narradores, filósofos, historiadores, etc. que versan acerca de la ciudad en cuestión. Desde la primera fundación de Buenos Aires, en 1536, hasta la actualidad, a través de voces de distintas procedencias: españolas, inglesas, francesas, italianas... así como argentinas, dibuja una suerte de mapa de recorridos históricos por la ciudad porteña, sus calles, su gente, esa mezcla tan peculiar de culturas que ha caracterizada siempre a la gran urbe. Todas esas voces que han peregrinado por allí por uno u otro motivo –que van desde el viaje por curiosidad o la inmigración por ambición económica hasta la desesperación del exilio forzado, también económico o político-, trazan un entramado de culturas que definen la esencia misma del patrimonio cultural bonaerense.

Este libro está dividido en distintas partes que se corresponden con momentos significativos de la historia de la ciudad, encabezadas por poéticos títulos como: “Una orilla barrosa” (de remembranzas borgianas), “La Gran Aldea” (homónimo de la novela de Lucio Vicente López), “Fervor de Buenos Aires” (homónimo del poemario del mismo Borges) y, finalmente, “La reina destronada” (desesperanza de la actual crisis

porteña). En cada una de estas secciones, dialogan voces españolas y argentinas, muchas veces con la intervención del mismo autor, que las articula desde la introducción. Comenzando por la época de la conquista, el compilador hace emerger del pasado la ciudad de Buenos Aires, “aquella ciudad dificultosamente surgida de los contratiempos y los azares”, según afirma Álvaro Abós, de donde llegan los escritos, por una parte, de Ulrico Schmidl e Isabel de Guevara, alemán y española respectivamente, ambos miembros de la expedición de Pedro de Mendoza, primer fundador español de la ciudad, y, por otra parte, de Juan de Garay, segundo fundador, también español. Apadrinando los discursos, Abós deja flotando sobre ellos la idea de que “Toda ciudad es su memoria”, por lo tanto, desde el inicio, pone de manifiesto que la primera memoria –oral o escrita- de Buenos Aires le es ajena a sí misma, a diferencia de otras grandes urbes hispanoamericanas de origen precolombino, ya que antes de aquélla, sólo encontramos la figura de Europa en el recuerdo de sus fundadores: “Sólo Ulrico e Isabel no incorporan ese tiempo agregado que tienen las ciudades. Sólo ellos no tenían nada que recordar porque antes no había nada”58. A esa misma carencia de origen independiente del español, pero camuflada por los años y la evolución de la ciudad dentro del virreinato, le sucede otra carencia: la de una identidad propia. Abós sostiene: “La Argentina se separó de España en 1810 y ratificó su independencia en 1816, sin tener una idea muy clara de qué clase de país era, [ni] cómo se llamaba”[p. 67]. Esta realidad, sumada, a fines del mismo siglo, a la fuerza europeizante de la generación del ’80 y a las vastas corrientes inmigratorias europeas, así como a otras semejantes en el siglo XX, incluido el exilio republicano59 a mediados de la centuria, derivaría en la fachada variopinta de la ciudad y de sus habitantes.

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Abós, Álvaro [compilador], El libro de Buenos Aires, Buenos Aires, Mondadori, Lecturas Argentinas, 2000, pp. 25-26. Todas las citas pertenecen a esta edición.

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Hasta aquí, historias de conquistadores, inmigrantes y exiliados que han forjado un ámbito donde convergen multitud de culturas. Bajo el ala de este pasado heterogéneo, surgen los escritores argentinos, hijos de exiliados españoles, como el citado Álvaro Abós, o como María Rosa Lojo –cuya obra será analizada más exhaustivamente en el punto 4-, Aitana Alberti, Miguel de Torre, etc., quienes, en mayor o menor medida, incorporan la temática hispánica en sus textos y recrean, por otra parte, esta imagen de Buenos Aires, que ha servido de escenario del exilio de sus padres. Es allí, en sus obras, donde resulta interesante pensar de qué manera plantean las formas del trazado del sujeto exiliado en la sociedad porteña en la que éste deja su marca y cómo su literatura se constituye en un conjunto de enunciados de saberes sociales, tanto acerca de la experiencia del desarraigo paterno, como de la de sus co- protagonistas, los hijos.

¿De qué manera afecta todo esto a los hijos de exiliados y a su literatura, tanto en lo que atañe a los enunciados legitimados por el exilio paterno como a los otros enunciados silenciados? Esto configuraría, desde luego, el sociograma del exilio heredado.

Volviendo a la obra de Abós, ésta emerge del entramado de voces que hablan de la misma Buenos Aires, recordando desde un pasado ya remoto las incursiones españolas a la ciudad y ubicándose en un espacio de irónico desafío frente a la forma en que usualmente se relata la historia:

Don Pedro fundó Buenos Aires, pero estando gravemente enfermo de sífilis –sin que sea posible saber dónde la contrajo- debió embarcarse de regreso. Los precarios emplazamientos fueron arrasados por los indios. Mendoza ni siquiera pudo llegar a destino, por lo que su cadáver fue arrojado por la borda en medio del Océano. Buenos Aires o lo amargo por lo dulce. [...] Garay proclamó fundada la ciudad de la Santísima trinidad, Puerto de Santa María de

los Buenos Aires. Luego, Garay siguió explorando las costas hasta que una noche en Barranca de los Lobos, antes de reposar de sus fatigas, le avisaron que unos indios merodeaban el campamento. Garay dijo: ‘Estos indios me temen. Estamos tan seguros aquí como en Madrid’. Esa noche él y otros diez fueron asesinados a garrotazos. [pp. 26-27]

En todo caso, de lo que se trata es de ver de qué forma esa realidad del exilio es tematizada, representada, interpretada, semiotizada por los hijos, en el rumor fragmentado que constituye el discurso social, en tanto que sus textos contribuyen a producir un imaginario social y una figura de identidad.

Y es justamente esta última, la propia identidad, la que debe emerger de la búsqueda del lugar antropológico de los hijos de exiliados, pues es éste el que representa un principio de identificación, un espacio relacional, ya que se comparte con otros la inscripción en el suelo, y una posición histórica, porque se define por una estabilidad mínima, por la que aquéllos que viven en él pueden reconocer señales que no serán objetos de conocimientos para otros. Pero para estos hijos esa búsqueda es conflictiva, ya que se encontrarán escindidos entre dos nacionalidades, dos espacios, dos culturas.

Pero, más allá de la experiencia antropológica, resulta interesante plantearse desde qué parámetros se debe repensar la literaturidad del exilio, en casos donde la misma experiencia se convierte en una forma especular entre padres e hijos, en la que éstos inscriben una nueva visión: la del exilio por herencia.

Curiosamente, muchos muestran en la madurez de sus trabajos un marcado interés por la construcción del mito porteño. Buenos Aires es, pues, en el imaginario colectivo, ese lugar mítico e inexistente, creación de inmigrantes y exiliados de todas las épocas. Es el espacio donde los extremos confluyen, aunque no se mezclan. Parecen formar una unidad, pero conviven cediéndose el turno del protagonismo uno al otro sin

cesar, alterando todos los órdenes establecidos y creando una nueva lógica, hecha de contradicciones esenciales.

En conclusión, entonces, y volviendo al razonamiento anterior, tal vez se deban buscar las claves de la literatura de los hijos de exiliados, por una parte, en esa postura contestataria al discurso del exilio paterno y, por otra, en muchos casos, en este volcarse a la construcción y reafirmación del mito “Buenos Aires”, que parece ser el único lugar apropiado para ellos, un lugar forjado a partir de conquistas, inmigraciones y exilios, un lugar sin memoria previa, en donde ser exiliado o hijo de exiliado constituye la normalidad, y por lo tanto, permite que ese “no lugar” al que parecieran estar condenados, se convierta en un lugar donde se vislumbra una posibilidad de alcanzar la propia identidad.