3 CARACTERIZACIÓN DE JUAN DE VALDÉS COMO JUDEOCONVERSO
4.2 Problemas del enfoque crítico
4.2.2 La cuestión de la lengua en el humanismo italiano y en el
Como ya hemos indicado, otro aspecto importante en la revisión de la crítica es la tendencia a considerar el interés de Juan de Valdés por la lengua vernácula en la línea del humanismo italiano, que corría paralelo a la restauración de la latinidad en el mundo moderno. Este es otro punto que puede ser actualizado en el análisis del Diálogo de la Lengua, puesto que, como ya se ha demostrado, desde sus orígenes familiares, pasando por su formación, observamos que el interés por la lengua vernácula aparece como denominador común de todas esas fases, estrechamente ligado al ciclo de la tradición. Por consiguiente, es coherente pensar que Juan de Valdés, en su condición de mestizo, estaría siguiendo los surcos de su memoria y del legado peninsular en materia lingüística, claro está, dentro del nuevo marco cultural del humanismo renacentista.
Para ajustar aún más el análisis del pensamiento valdesiano, es necesario tener en cuenta que el interés por la lengua vernácula, lo que los humanistas italianos llamaron más tarde “questione della lingua”, en la Península Ibérica encuentra un activo motor de desarrollo en el biblismo medieval, primordialmente el de las comunidades sefarditas, en las que, dada la adaptación lingüística de sus miembros al romance, se habían iniciado, desde temprano, las traducciones de la Escritura a la lengua vernácula. En cambio, en Italia, tal y como apunta Carrera de la Red (1988, p. 37), la llamada cuestión de la lengua reunía el conjunto de dilemas
que habían surgido en la historia literaria y gramatical en torno al vulgar italiano y la discusión, desde el inicio, giró en torno a la necesidad de fijar el canon de la lengua nacional, en una búsqueda de unidad lingüística que pudiese encarnar también la unidad política.
El primer antecedente había sido en Dante, en el siglo XIV, cuando elaboró su De Vulgari Eloquentia, un tratado en el que el autor reflexiona como poeta (dentro del contexto medieval de ideas sobre la retórica) y en el que también expuso su ideal de unidad lingüística, por cierto, inversamente proporcional a la situación real de fragmentación lingüística y política que vivía Italia. Este ideal, para Dante, era afín al de una unidad política basada en la figura aglutinadora de un emperador, en una tentativa de imitar el gobierno del imperio romano, que representaba una confiable unidad cultural, mucho más imaginada e idealizada por estos nuevos humanistas de lo que en realidad fue en el período antiguo.
En Italia, la reflexión sobre la lengua avanzaba por la vía de la retórica y culminó en una revisión general de la organización sociopolítica y cultural de la época (CARRERA DE LA RED, 1988, p. 17), con esa fuerte reivindicación de un supuesto pasado ideal donde existió la unidad y el orden, el del imperio romano con su única y compacta lengua, el latín (aunque en la realidad histórica de éste, como lengua viva, esa situación de unidad nunca existió). Así sería desde Lorenzo Valla, en su posición de batalla contra la barbarie medieval y la restauración de la pureza y perfección del latín, al modo del “usus loquendi” de Cicerón y Quintiliano, hasta el mismo Bembo que, en su Prose della Volgar Língua, escrita entre 1521- 1525, pretendía legitimar la lengua vernácula a través de los valores de perfección, pureza y estabilidad que los humanistas le habían conferido al latín, priorizando, la expresión literaria como la principal vía para elevar el reconocimiento y el estatus de la lengua vernácula. De hecho, Bembo, seleccionó como modelo normativo del vernáculo a Bocaccio en la prosa y a Petrarca en la poesía, por ser éste, además, representante del dialecto florentino, el más elevado entre todos los dialectos por su intrínseca calidad literaria (CARRERA DE LA RED, 1988, p. 38-40).
Por lo expuesto, es posible pensar en dos tendencias diferenciadas dentro del humanismo moderno a la hora de tratar la cuestión lingüística. En el caso italiano, se presenta una tendencia movida por un imperativo estético y retórico de unidad y orden que se traslada al ámbito de la identidad nacional y que adopta el latín como lengua ideal. En el caso español, encontramos una tendencia distinta, impulsada por la necesidad hermenéutica del repaso de la tradición, cuyo referente es la comunidad de hablantes en toda su pluralidad y dinamismo. Así, mientras que los italianos abordan la cuestión de la lengua desde el ideal cultural del latín, llevando la discusión del vernáculo hacia cuál es el mejor modelo para la excelencia del
uso, en la Península, dada la situación de cruce y pervivencia de tradiciones, parece que se vincula, de un modo significativo, la lengua romance a la traducción y exégesis del texto bíblico, lo que deriva en una reflexión sobre el uso de la lengua de tipo pragmático y hermenéutico, despojada de imperativos estéticos y con base en la realidad y en la experiencia comunitaria. La reflexión lingüística dentro de esta tendencia peninsular, arraigada en el biblismo, se deriva de una concepción del uso del romance como realidad fehaciente y como parte constitutiva del ciclo hermenéutico de la tradición.
En ese contexto, la transición hacia la modernidad, en todo el siglo XV, supuso en España la aparición de las primeras obras de codificación lingüística (gramáticas, ortografías y diccionarios), así como de reflexión sobre el uso de la lengua y su aprendizaje, en una línea fuertemente filológica, que, según Lope Blanch (1990, p.50) caracterizará irremediablemente el pensamiento lingüístico español. En esa línea, Enrique de Villena, en 1433, publicó su Arte de Trovar, donde introdujo valiosas notas sobre la realización fonética y las grafías del castellano de su tiempo. En la misma centuria, Juan del Encina compuso el Arte de Poesía Castellana, incluido dentro del Cancionero y publicado en 1496, ofreciendo datos sobre el uso del castellano y opiniones de carácter normativo sobre la lengua vernácula. Encina había sido poeta, músico y autor teatral del prerrenacimiento español, bajo el reinado de los Reyes Católicos, elaborando también obras importantes de traducción, como las Églogas de Virgilio. A este mismo período corresponde la aparición de la primera Gramática de la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija, publicada en 1492 y que le serviría a Valdés como excusa para contraponer arte y uso en el Diálogo de la Lengua. Asimismo, el humanista andaluz fue el primero en componer una ortografía de la lengua vernácula, Reglas de la Ortografía en Lengua Castellana. En 1494, apareció el primer trabajo lexicográfico sobre el castellano, a cargo del cronista Alonso de Palencia, que elaboró el Vocabulario Universal en Latín y Romance.
En los antecedentes de la reflexión sobre el vernáculo, no se pueden pasar por alto las dos primeras referencias a la diversidad dialectal del castellano y a la norma, también biblistas, como Valdés, de origen judío. Primeramente, la del rabino de Guadalajara Mosé Arragel, que en la introducción a la Biblia de Alba, publicada en 1430, aludía a la variedad dialectal de la lengua48. En segundo lugar, encontramos al judeoconverso aragonés, Gonzalo
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Afirma Mosés Arragel (apud. FRAGO, 1999, p.591): “E bien asy como hoy día en un singular regno la lengua en los omnes egual non es, conviene saber, por las letras o por modos (sylabas) de órganos. Bervigracia, en Castilla sean cognoscidos leoneses e sevillanos e gallegos. E aunque en parte quieran por vía de descognoscimiento fablar vocablos e motes qualque, tantos ende averá que ninguno destos cambiar non podrá, por onde de necesario cognoscidos son”.
de Santa María que, hacia 1490, en el prólogo a su traducción al vulgar de los Santos Padres de San Gerónimo incluyó una valiosa reflexión sobre las variedades del español, que coincidía con la que propone Juan de Valdés en el Diálogo de la Lengua. Como ya hemos indicado, Valdés citaría, más tarde, la obra de Santa María en el Diálogo (VALDÉS, 1995, p. 247) y también la mencionaría, de nuevo, en el Diálogo de Doctrina Cristiana (VALDÉS, 1997, p. 133), por lo que puede confirmarse el conocimiento del libro por parte del autor conquense.
Es coincidente el planteamiento de los dos biblistas judeoconversos, Santa María y Valdés, en cuanto a la variación natural del uso lingüístico. Ambos concebían el castellano como una lengua viva, con una comunidad de hablantes heterogénea, que estructuraba su unidad en torno a la figura de un príncipe, tomada como un referente principal en el buen uso de la lengua49. Se pude observar como ambos autores, a diferencia de los italianos, indican una referencia política y no literaria, que, además, incide en la necesaria articulación entre el gobernante y los miembros del cuerpo comunitario50.Tanto en el judío Mosés Arragel como en los dos judeoconversos, Santa María y Valdés, se puede identificar un claro interés por la lengua vernácula, pero partiendo, eso sí, de la observación de la realidad del uso. Esa posición les llevó a reflexionar sobre la variedad y la variación, insertándola en sus respectivas concepciones sobre la norma que debía guiar el buen uso del castellano. Si el uso de una lengua viva es dinámico y diverso (“las diversidades que hay en el hablar castellano”, en sus regiones y en sus distintos grupos sociales, “gente vulgar” y “gente noble”) y continuo
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Dice Valdés en el Diálogo (1995, p.139-140) que “con este presupuesto, digo que dos cosas suelen principalmente causar en una provincia diversidades de lenguas: la una es no estar toda debaxo de un príncipe, rey o señor, de donde procede que tantas diferencias ay de lenguas quanta diversidad de señores; la otra es que, como siempre se pegan algo unas provincias comarcanas a otras, acontece que cada parte de una provincia, tomando algo de sus comarcanas, su poco a poco se va diferenciando de las otras, y esto no solamente en el hablar, pero aun también en el conversar y en las costumbres”. Y un poco más adelante continua (ibid., p. 142): “Si me avéis de preguntar de las diversidades que ay en el hablar castellano entre unas tierras y otras será nunca acabar, porque, como la lengua castellana se habla solamente por toda Castilla, toda Andaluzia, y en Galizia, Asturias y Navarra, y esto aun basta entre la gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de Spaña, cada provincia tiene sus vocablos propios y sus maneras de dezir”.
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Pablo de Santa María (apud. FRAGO, 1999, p. 594) expone por primera vez la relación entre unidad y
diversidad en el español: “Ay allende esso en la misma Castilla, como son diuersos reynos en vno ayuntados, algunas tan grosseras y ásperas lenguas, como es Galizia, Asturias y Tierra de Campos, que ni aquellas ni lo muy andaluz es auido por lenguaje esmerado. Ca lo vno de muy gruesso y rudo se pierde, y lo otro de muy morisco en muchos vocablos a penas entre los mismos castellanos se entiende. Ca el vocablo deue ser como la moneda, de tan buena liga, peso y cuño, que en ninguna tierra de las mismas del príncipe que la batió rehuse. Y luego que el mote o palabra es de muy andaluz tan çerrada, que a malaués en el mismo Reyno, saluo en aquel lugar solo donde le hablan, se entiende”. En otro pasaje, Santa María (apud. FRAGO, 1999, p. 600) se refiere al príncipe como modelo lingüístico: “Y porque el real imperio que oy tenemos es castellano, y los muy excelentes rey e reyna nuestros señores an escogido como por asiento e silla de todos sus reynos el reyno de Castilla, deliberé del poner la obra presente en lengua castellana, porque la habla comúnmente más que todas las otras cosas sigue al imperio. Y quando los príncipes que reynan tienen muy esmerada y perfecta la habla, los súbditos esso mismo la tienen. Y cuando son bárbaros y muy ajenos de la propiedad del hablar, por buena que sea la lengua de los vasallos y súbditos, por discurso de luengo tiempo se haze tal como la del imperio”.
(obsérvese como Valdés ya identifica, por ejemplo, la transición y el contacto en zonas de paso de un dialecto a otro, “cada comarca toma algo de la otra vecina”), difícilmente, la norma puede ser formulada como un modelo inmutable y cerrado.
Al contrario, la salida que parecen encontrar estos autores, de origen judaico, es reconocer como autoridad el uso en su diversidad e identificar un referente político, que existe, no por un imperativo divino o por un ideal estético, sino por la propia necesidad de estructuración que presenta la comunidad y que, por tanto, posee un carácter inmanente, relativo a la historia de los asuntos humanos. Si el príncipe es necesario para algo tan fundamental como el gobierno de los hombres, el uso que él haga de la lengua también será un referente actuante en la vida lingüística de la comunidad, no solamente por imposición sino por reconocimiento de un mayor saber en las cuestiones humanas y, por tanto, también una mayor propiedad a la hora de dar sentido a su expresión lingüística.
Al igual que Gonzalo de Santa María o Mosés Arragel, ambos traductores y comentadores bíblicos en lengua vernácula, en Juan de Valdés el uso de la lengua se entiende a partir de la comunidad, sin la cual es imposible concebir ninguna lengua viva. A la hora de identificar una autoridad en el uso del castellano, Valdés se decanta por los refranes que representan una síntesis expresiva del pensamiento comunitario. Dentro de esa realidad articulada que es la comunidad, Valdés va identificando la variedad de usos dialectales y también sociales (los aldeanos de Castilla, las viejas de su tierra hilando tras el fuego o los hombres cultos de la corte), siendo todos uno a través del uso de la misma lengua, el castellano, en un importante continuo entre habla y escritura51. En el Diálogo, la lengua posee un valor patrimonial, es y pertenece a todos los miembros por igual, lo que, como explicaremos más adelante, coincide plenamente con el reconocimiento del vernáculo para la traducción y el comentario bíblico, como parte de la formación espiritual del individuo dentro de su comunidad.
Partiendo de esta concepción lingüística, el autor conquense se circunscribe al conocimiento que él tiene como un usuario de la lengua, o lo que es igual, como miembro
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Ya apuntamos en esta investigación que durante los Siglos de Oro el texto continuó manteniendo una estrechísima relación con el habla, por ejemplo, con prácticas de lectura en voz alta dentro del ámbito doméstico, donde quien poseía algún dominio de le lectura y de la escritura transmitía para el resto el texto, que a la par que se leía debía de ser comentado y envuelto en una situación de habla. Margit Frenk, al abordar la ortografía del período moderno, hace mención, entre otros, a las observaciones de Juan de Valdés sobre la correlación letra/sonido, que era un criterio dirigido a facilitar el acceso al universo de la escritura y que se justifica por un gran cuidado y atención al habla. Frenk (2005, p. 87) apunta: “Los abundantes tratados de ortografía –y pronunciación- que se compusieron entonces tienen mucho que decirnos sobre lo que ocurría en ese largo período de transición. Y lo que nos dicen, básicamente, es que el modo oral de la lectura era aún predominante. Nos dicen que la escritura estaba encaminada hacia la voz, y ésta hacia quienes debían escucharla; que se escribía teniendo en mente a un lector que pronunciaba lo que leía y a unos oyentes que querían entenderlo”.
comunitario. Valdés parte de su propia experiencia de uso para desarrollar la reflexión lingüística, siendo como era, un autor dedicado a la traducción y al comentario de la Escritura en lengua vernácula. La lengua era, como veremos, su principal aliada en la transmisión y en la formación espiritual, por lo que no es de extrañar su delicada y su aguda sensibilidad en la observación del uso del castellano, no sólo en los aspectos formales, sino, principalmente, en lo que atañe a la hermenéutica de la lengua. Al ceñirse a su experiencia como usuario, apoya su conocimiento en la comunidad a la que pertenece, por lo que no hay lugar para la sistematización cerrada en categorías gramaticales, sino que, en su lugar, como recurso expositivo, el autor conquense opta por la descripción de los usos del castellano, tal y como él los conoce. La formación lingüística de Valdés había ocurrido en el Reino de Toledo, al que pertenecía su Cuenca natal, y a ella se circunscribe su primer conocimiento de la lengua52. En ese sentido, Valdés mostrará su tendencia selectiva hacia usos que están arraigados en la comunidad, sean cultos o más populares, lo que revela el peso de la transmisión, oral y textual, en la práctica lingüística53.