3 CARACTERIZACIÓN DE JUAN DE VALDÉS COMO JUDEOCONVERSO
4.2 Problemas del enfoque crítico
4.2.1 La naturaleza hermenéutica de la obra valdesiana
Como ya hemos indicado, el pensamiento valdesiano se desarrolla a partir de la lectura bíblica, tomando a San Pablo como guía en la relación histórica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (entre la Ley y el Evangelio), que, en el mundo judeocristiano, vendrá a estructurar el ámbito de la conciencia. Por ello, entendemos que la obra de Juan de Valdés posee una naturaleza hermenéutica, es decir, de recepción, transmisión y actualización de la tradición judaica dentro del cristianismo, ahora, en lengua vernácula, que se había convertido, durante el período medieval, en la lengua común y patrimonial del mundo judeocristiano en la Península47. Dicha naturaleza sólo puede ser explicada desde la raíz bíblica del pensamiento del autor, que es donde se realiza plenamente el ciclo de la tradición, en su dimensión oral y textual, siempre a partir de la pertenencia a una comunidad y de la expresión intencional del individuo.
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Sobre el carácter patrimonial del texto bíblico y de la lengua de la tradición, nos deja constancia Valdés en la Traducción y Comentario de las Cartas de San Pablo a los Corintios (1856, II, p. 28): “ El Apóstol san Pablo no escribió la Epístola de los Romanos á los teólogos predicadores que habia en Roma, sino á todos los que en roma eran Cristianos, i creían en Cristo, por haber oido, i rezado su Evanjelio, para que con ella rezibiesen todos legítima i verdadera enseñanza de lo que pretende el Evangelio, i que así pudiese conformar su vida con la del autor que lo trajo del zielo, i lo mandó enseñar á los hombres. Ni tampoco escribió esta Epístola á los que en Corintio eran eminentes en autoridad, i en szienzia sobre los otros, sino á todos los Cristianos que habia en Corintio: á chicos i grandes, altos i bajos, ignorantes i sabios. I si á todos pertenezia la epístola pues á todos fue enviada, también pertenezia á todos la intelijenzia de ella”. La preocupación por la accesibilidad al texto bíblico está presente en otros biblistas y espirituales españoles, que, como Valdés, reivindican el uso de la lengua común en el ciclo de la tradición. Francisco de Osuna se hace cargo de la cuestión de la lengua vernácula en sus Abecedarios, sabiendo que hasta entonces el latín había dominado el discurso religioso y las prácticas espirituales: “Puesto caso que esta manera de decir tenga harta apariencia, mayormente si en romance la pudiéramos tan propiamente declarar como la sentimos, lo cual es cosa dificultosa por la falta de los vocablos que importan conveniencias y relaciones y disposiciones y maneras de hacer unas cosas con otras o entendidas y cosas apartadas de la materia corporal y grosura a la cual está nuestro vulgar muy atado” (OSUNA, 2005, p. 13). Posteriormente, Fray Luís de León enfatiza el valor de la lengua comunitaria en los Nombres de Cristo (1991, I, p. 403): “Y porque las escribió para este fin, que es universal, también es manifiesto que pretendió que el uso de ellas fuese común a todos, y así, cuanto es de su parte, lo hizo; porque las compuso con palabras llanísimas y en lengua que era vulgar a aquellos a quien las dio primero”.
De ese modo, es posible afirmar que el interés que Juan de Valdés demuestra por el uso de la lengua vernácula en el Diálogo es resultado de la intensa actividad lingüística llevada a cabo en materia bíblica y espiritual, lo que le forneció una mayor conciencia del uso de la lengua, tanto en su dimensión textual cuanto oral. Esa conciencia no sólo opera sobre las cuestiones formales sino, sobre todo, en la dimensión hermenéutica del uso lingüístico. Aunque Valdés demuestra un buen conocimiento de los aspectos formales de la lengua, como veremos, no se reduce a ellos y avanza hacia el dominio hermeneútico del uso, contemplando el valor humanizado del límite (determinado por la experiencia y por la autoridad del uso), de la escucha (como acto de pertenencia y de reconocimiento) y de la expresión intencional (que permite habitar y regenerar la lengua que nos han transmitido nuestros antepasados). Estos aspectos del uso lingüístico se enraízan en una espiritualidad contagiada del mensaje de San Pablo y basada en la experiencia y en la autoridad del texto bíblico, que se presentan como resortes que mantienen viva la tradición y que deben ser operativos en el desarrollo de la conciencia histórica del hombre cristiano.
En lo que respecta a las cuestiones formales del uso de la lengua, Juan de Valdés no desarrolla un sistema teórico, como tampoco lo hace en los trabajos espirituales ni en su actividad bíblica, sino que se mueve dentro de un estilo descriptivo y reflexivo, que parte de la observación de las tendencias del uso de la lengua vernácula, en un momento en el que, además, no existe una regulación normativa oficial, sino un conjunto dinámico de referentes y la reflexión de los autores sobre el buen uso. El orden en el tratamiento de las cuestiones formales en el Diálogo de la Lengua no procede de un método establecido a priori y con carácter universal, sino del estilo del autor, que modula y organiza la exposición según su sensibilidad lingüística, como usuario perteneciente a una determinada comunidad.
A nuestro modo de ver, la lectura a partir de las influencias externas (erasmismo y humanismo) se relativiza en el momento que se integra el Diálogo en el conjunto de la obra del autor y se entiende su condición de mestizo, receptor de un legado que, de una manera significativa, determina su posición ante la cuestión lingüística. Al gramático Antonio de Nebrija, como veremos a continuación, es más fácil situarlo dentro de la corriente humanista, incluso por su período de formación en Italia, que marcó definitivamente el rumbo de su actividad en España como restaurador de la latinidad, tarea en la que también incluyó la codificación de la lengua vernácula y el restablecimiento del método gramatical para el estudio del latín. En cambio, en el caso de Juan de Valdés se identifican divergencias importantes con el humanismo (pagano y cristiano) en lo que atañe a la concepción de la lengua. Tales divergencias tan sólo pueden comprenderse atendiendo a su actividad bíblica,
que es la fuente primordial de su práctica espiritual y lingüística. La postura de Juan de Valdés hacia el uso de la lengua vernácula no parte de un imperativo de reforma estética o epistemológica, sino que, en verdad, es la mejor señal que el autor nos puede ofrecer de su cuidado por la tradición, entendida en el sentido que Gadamer le otorga, de espacio hermenéutico.
Como biblista, a partir del trabajo de traducción y exégesis de la Escritura, Valdés sabe que la tradición se realiza, primordialmente, en el uso de la lengua, por lo que el conocimiento de ésta es, sobre todo, conocimiento lingüístico. Al situarse dentro de la tradición, Valdés adopta una posición hermenéutica, que le permite conocer la lengua como usuario y por supuesto esa posición le puede llevar a equivocarse, pero siempre será un conocimiento vinculado a la experiencia y por tanto, dinámico, mutable y relativo. Esta posición difiere claramente de una posición dogmática, que le obligaría a adherirse a un método con validez universal, desde el que podría protegerse del error, pero que inhibiría la exposición directa a la experiencia de los fenómenos e impediría el avance de la comprensión de lo humano y de su sentido histórico.
Es, justamente, a partir de su posición de usuario, incorporado en la tradición, que podemos entender el nivel de conciencia lingüística que demuestra poseer Juan de Valdés en el Diálogo de la Lengua. Incluso con las equivocaciones, ambigüedades, deslices, imprecisiones, invenciones que se le pueden achacar en sus explicaciones, es difícil no percibir la tan acertada sensibilidad y agudeza que el autor presenta para percibir la complejidad del uso lingüístico, más allá de los moldes rutinarios y simplificadores del método gramatical. Dicha conciencia en relación al uso de la lengua, moldada por la sensibilidad y la agudeza perceptiva -Gadamer llama a este tipo de cualidades “tacto” (2004, I, p. 52) - es también una clara muestra de conciencia histórica dentro de la tradición, que, además, a Valdés se le presenta, doblemente, como tradición comunitaria (aquello que se transmite en el habla) y tradición textual (aquello que se escribe).
Por todo ello, consideramos que el concepto de lengua y de conocimiento, presentes en el Diálogo de la Lengua, han de ser entendidos como derivación del carácter hermenéutico del pensamiento valdesiano, que toma como centro la lectura y el estudio de la Biblia, a la luz de San Pablo. En este caso, no como materia de dogma, sino como documento histórico, sustrato para la reflexión espiritual y política, en el que, además, confluye un complejo legado de interpretaciones y en el que se registra la relación de Dios con su pueblo, una relación que, como ya vimos, para Valdés es histórica y no ontológica. Y, necesariamente, esta valoración histórica de la tradición bíblica y de su mensaje afecta, directamente, a la concepción
lingüística del autor, sobre todo, en lo que se refiere a la identificación de referentes del uso, que son mutables por la propia historia comunitaria, en vez de precipitarse en la fijación de modelos que apelan a un ideal.
A pesar de que, aparentemente, el Dialogo se nos presenta tan sólo como una exposición didáctica sobre el romance, la atención que Juan de Valdés le presta al uso de la lengua ha de ser comprendida como una necesidad hermenéutica que revaloriza la atención a la lengua, por ser donde se transmite, se recibe y se actualiza el conocimiento de la tradición, algo que había vivido en el núcleo familiar, en su período de formación en Escalona y en la Universidad de Alcalá. Ese es el motivo de que Juan de Valdés se sitúe dentro de la tradición, como un usuario más y no como un gramático, pues, en su condición de mestizo, despojado del dogma religioso y consciente del dominio de la tradición, esa era la única posición que le restaba, la de habitar el legado que había recibido, aprehendiendo su materialidad lingüística y comprendiéndolo desde los límites de su experiencia.
4.2.2 La cuestión de la lengua en el humanismo italiano y en el biblismo