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El día que Alfonso y Abderramán renunciaron a luchar

La nota dominante durante los primeros siglos de la Reconquista fue la guerra. Prácticamente no hubo año que no registrara enfrentamientos armados entre moros y cristianos. Y cuando no los hubo en la frontera asturiana, fue porque unos y otros tenían que combatir en otros lugares. Hubo una vez, sin embargo, en que ambos ejércitos, frente a frente, rehusaron trabar combate. El contexto del episodio, realmente insólito, fue la insurrección de un traidor que venía de Mérida. Alfonso II el Casto tenía ya 80 años; morirá muy poco después.

Se llamaba Mahamud ibn Abd al-Yabar y era de Mérida. Aquí hemos contado ya los problemas de los emires de Córdoba con ciudades como Mérida y Toledo, viejas capitales de la época romana y visigoda, orgullosas de su personalidad, poco propensas a dejarse avasallar por cualquier advenedizo. Tanto Mérida como Toledo habían caído rápidamente en manos musulmanas, pero esas manos estaban movidas por brazos españoles. Las viejas ciudades podían soportar a los nuevos amos, pero a condición de mantener márgenes muy amplios de libertad.

Ahora bien, el sistema de poder Omeya no era el más adecuado para mantener tolerantes relaciones con ciudades federadas. La casta árabe, hegemónica pero minoritaria, no quería que nadie le hiciera sombra. La minoría berebere se sentía marginada del poder. En cuanto a la mayoría hispana, ya fuera muladí (o sea, conversa) o mozárabe (o sea, cristiana), sencillamente odiaba a los prepotentes árabes. Eso es lo que encenderá la mecha en Toledo y Mérida. Y no fueron convulsiones episódicas, porque la mecha arderá durante decenios.

Normalmente, el conflicto solía resolverse con un ataque del emir contra la ciudad en cuestión, obligando a los sublevados a pactar condiciones de paz... hasta la siguiente revuelta. Pero en una de estas algaradas, en Mérida, en 833, los revoltosos se negaron a cualquier componenda con el emirato. Más aún: los rebeldes cogieron las armas y abandonaron la ciudad, dispuestos a seguir la lucha en otra parte. Al frente de los fugitivos, nuestro hombre, Mahamud ibn Abd al-Yabar. Las huestes de Mahamud iban en serio. Lo primero que hicieron fue acudir a Monsalud, al sureste de Mérida. Perseguidos por los ejércitos del emir, los rebeldes marcharon entonces sobre Beja, ya en lo que hoy es Portugal, y después se hicieron fuertes en el castillo de

Monte Sacro, cerca de Faro. Acosados también allí, los hombres de Mahamud terminaron pidiendo socorro. ¿A quién? A Alfonso de Asturias. Y el rey de Oviedo, quizá no de buena gana, accedió.

Mahamud y sus gentes, bajo la protección de Alfonso II el Casto, se instalaron en la zona de Sarria, al sur de Lugo. Era un área en la que ya habían echado raíces numerosos mozárabes, cristianos que huían de Al Andalus. Cinco años habitaron allí las huestes de Mahamud. Pero por razones que ignoramos, un día Mahamud se puso a conspirar contra Alfonso. El rebelde de Mérida entró en tratos con su viejo enemigo, Abderramán. Quizá creyó posible alcanzar el perdón de Córdoba. ¿Cómo? Abriendo camino al emir por Galicia. Y para eso tenía que levantarse en armas contra Oviedo y apoderarse de unas cuantas plazas que pudiera ofrecer al emir. Así se fraguó la traición.

Empezaba la primavera de 840. Mahamud enroló a cuantos musulmanes pudo, tanto de sus propias huestes como de las de las regiones vecinas, probablemente en Portugal. Cuando se vio lo bastante fuerte, se lanzó a saquear Galicia. Pero Alfonso, mientras tanto, no había permanecido inactivo: enterado de la traición de Mahamud, llamó a sus gentes de armas y contraatacó. El de Mérida, acosado por fuerzas superiores, trató de defenderse en el castillo de Santa Cristina. Allí Alfonso atrapó a su pieza, sitió el castillo y, sin prisa, decidió esperar hasta que se rindiera. La situación de Mahamud, sin alimentos y con sus fuerzas ya muy reducidas, era desesperada. El rebelde optó por jugárselo todo a una carta: salió del castillo con sus huestes y cargó contra las fuerzas de Alfonso. Fue una desdicha. El caballo de Mahamud se desbocó y el de Mérida cayó al suelo, se golpeó la cabeza y murió en el acto. Los caballeros de Alfonso, recelosos, temiendo que todo fuera un truco, decapitaron al rebelde. La cabeza del traidor fue ofrecida al rey. Y las huestes de Mahamud, pasadas a cuchillo.

No debió de haber una represión excesivamente dura contra las gentes de Mahamud que se abstuvieron de combatir, porque dice la tradición que una hermana del de Mérida, conversa al cristianismo, se casó un noble gallego; un hijo de esta señora llegará a ser obispo en Santiago de Compostela. Pero el hecho es que, transcurrido el mes de mayo de 840, la revuelta había quedado sofocada. El ejército de Alfonso II se preparaba ya para volver a casa. Y así estaban las cosas cuando, apenas comenzado el mes de junio, el rey cristiano recibió una noticia alarmante: el ejército de Córdoba ascendía por Piedrafita con el propio Abderramán en cabeza.

¿Acudía Abderramán a socorrer a Mahamud? En ese caso, llegaba tarde. ¿Se trataba de la habitual campaña saqueadora de todos los años? Si así era, esta vez los moros tendrían que empezar a combatir antes de saquear nada. Grande fue la sorpresa de Alfonso. Pero grande fue también la sorpresa de Abderraman. Esta era la situación: dos ejércitos que no se esperaban, se encuentran de súbito frente a frente. Abderramán no había calculado que de repente le saliera al paso todo el ejército

cristiano. Y Alfonso, que había convocado a sus huestes para dar caza a Mahamud, ni mucho menos esperaba darse de bruces con todo el ejército de Córdoba, con el propio emir a la cabeza.

No sabemos qué pasó. Ni las fuentes moras ni las cristianas nos explican los hechos. Las moras se limitan a consignar que la campaña fue penosa; las cristianas guardan silencio. Pero podemos imaginarnos a Abderramán, sorprendido, mandando detenerse a sus hombres. El no había previsto semejante choque tan pronto. Y también podemos imaginarnos a Alfonso, no menos perplejo, evaluando la situación: tenía a su alcance nada menos que al emir de Córdoba, pero las huestes cristianas venían de combatir y estaban ya camino de sus hogares. ¿Qué hacer?, pensaría Alfonso. Y ¿qué hacer?, pensaría Abderramán.

Uno y otro hicieron lo mismo: dar media vuelta. Alfonso, ochenta años de edad y casi cincuenta de reinado, no iba a jugarse el destino del reino a una carta. Abderramán II, poderoso emir de Al Andalus, con un evidente talento político pero con muy poco ardor guerrero, tampoco iba a empeñar todo su prestigio en un lance de resultado incierto. Así, los ejércitos de Córdoba y de Asturias, por primera vez en más de un siglo, se ignoraron. Ambos volvieron grupas. No hubo batalla. Alfonso y Abderramán renunciaron esta vez a luchar.

Sánchez Albornoz imagina a Abderramán harto de campañas, en perpetua añoranza de las damas de su harén. Y trae a colación unos versos escritos para el emir por Ibn Samar, poeta de la corte cordobesa, y dirigidos a la bella concubina Tarub. Dicen así:

Te he despreciado por visitar al enemigo y llevar contra él un gran ejército. ¡Qué desiertos he recorrido en mi camino y qué desfiladeros he atravesado uno tras otro! Quemado por el viento abrasador del mediodía, tan ardiente que parecía poder fundir las piedras, me he hecho con el polvo una coraza y mi bello rostro está transformado por el agotamiento.

Al otro lado de los campos muertos del valle del Duero, encerrado en los desfiladeros cantábricos, el reino de Asturias seguía siendo inaccesible para las huestes sarracenas. Y mientras el emir Abderramán cantaba su desolación, el anciano Alfonso se preparaba para entregar su alma a Dios.

Alfonso II el Casto murió en 842, con ochenta y dos años, en su palacio de Oviedo. No hay razones para dudar de que murió satisfechísimo. En más de medio siglo de reinado, había asegurado la independencia del reino de Asturias desde Galicia hasta Guipúzcoa, había ganado nuevas tierras al sur para la cruz, había triunfado sobre todos sus enemigos internos y externos, había edificado una capital como Oviedo, digna de un gran rey; había dado un sentido histórico y espiritual al reino mediante la recuperación del orden gótico; había extendido el culto al Apóstol Santiago desde el hallazgo de Compostela, y había trazado sólidos puentes con la Europa de Carlomagno.

Y todo eso, a partir del precario paisaje heredado de Bermudo. El legado de Alfonso es sencillamente sensacional.

El epitafio del rey decía así: «El que todo lo hizo en paz, en paz descansó». ¿Paz? Sin duda, interior.

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