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La increíble aventura de los exiliados de Córdoba

Imagínese usted a varios miles de españoles del común, familias enteras, que de repente se ven expulsados de su tierra. Errantes sin rumbo, recalan en Alejandría y se hacen con la ciudad hasta que son expulsados también de allí. Entonces deciden cruzar el mar y apoderarse de la isla de Creta, que dominarían durante más de un siglo. Esta fue la increíble aventura de los cordobeses del Arrabal, expulsados de sus hogares por el emir Alhakán. Para quedarse con la boca abierta.

Aquí hemos contado ya las numerosas revueltas a las que tuvo que hacer frente el emir Alhakán, lo mismo en Zaragoza que en Toledo, Mérida o la propia Córdoba, la capital. Las de Córdoba inquietaron especialmente al emir, como es natural, y las reprimió con espantosa dureza. Hay cierta polémica sobre cuándo fueron esas revueltas. Consta que las más peligrosas tuvieron lugar en 806 y 818, aunque lo más probable es que la capital viviera un estado de efervescencia permanente. Y sobre todo, precisamente, en el barrio del Arrabal.

¿Por qué se le sublevaba la gente a Alhakán? Por sus pecados: el emir era un tipo despótico, violento y orgulloso, acostumbrado a ejecutar una justicia perfectamente arbitraria. Obsesionado por su propia seguridad, convencido de que todo el mundo quería matarle —y hay que conceder que no andaba descaminado—, Alhakán rodeó Córdoba de un recinto fortificado y se hizo custodiar por varios miles de soldados. Entre la gente del pueblo corrió la voz de que, además, el emir no era suficientemente piadoso. Eso hizo que la oposición al soberano cordobés creciera sin tregua, y tanto entre los notables de la ciudad como entre los estratos populares. La revuelta del año 806 fue la primera señal. Pese a la crueldad con que la reprimió —ya la hemos contado aquí—, la brasa de la rebeldía siguió viva.

¿Y por qué la gente se sublevaba precisamente en el Arrabal? Por la peculiar configuración urbanística de aquella Córdoba del emirato. A lo largo del medio siglo anterior habían ido llegando a Córdoba incesantes oleadas de nuevos vecinos, especialmente árabes y bereberes. Para que nos hagamos una idea de la gente que había allí, señalemos que la mezquita fue ampliada para dar cabida a más de 17.000 personas, que para la época es una cifra extraordinaria. Al principio, Córdoba se desplegaba sobre una de las orillas del Guadalquivir. Cuando el emir Hisam

reconstruyó el puente que cruza el río, la ciudad se extendió rápidamente al otro lado. Allí se configuró un arrabal superpoblado, donde convivían numerosos grupos muy pobres, al parecer sobre todo hispanomusulmanes, junto a una parte importante de la aristocracia palaciega. Los pobres veían en los aristócratas una tabla de salvación, alguien a quien exponer sus quejas. En cuanto a los aristócratas descontentos, veían en las clases populares una fuerza sobe la que apoyarse para cambiar las cosas.

La combinación era explosiva. Tan explosiva que la revuelta de 806 se reprodujo en 818. Dicen las fuentes musulmanas que lo que prendió la mecha fue el asesinato de un niño. El protagonista del crimen fue un mameluco del emir. Los mamelucos eran un pueblo originario de Egipto y dedicado a la guerra; los emires habían contratado a varios miles de ellos para sostener su poder. Pues bien, uno de estos mamelucos llevó su espada a un bruñidor para que la limpiara. El bruñidor era un niño. El niño devolvió la pieza más tarde de lo convenido. El mameluco, irritado, tomó la espada y golpeó al niño con ella hasta matarlo. La conmoción fue inmediata. Una muchedumbre llenó las calles del Arrabal. Las gentes se armaron y tomaron camino hacia el Alcázar, el palacio del emir Alhakán.

Alhakán apareció en ese momento. Volvía de una jornada de caza y se encontró con aquella multitud que, amenazante, exigía su destitución. Expeditivo, el emir, que ya estaba harto del Arrabal y sus gentes, ordenó a su guardia que marchara hacia ese barrio y lo incendiara. Dicho y hecho: todo el Arrabal comenzó a arder. La muchedumbre, al ver sus casas devoradas por el fuego, corrió hacia el Arrabal. Allí estaban aguardando los hombres del emir, que apresaron a los rebeldes y mataron a muchos de ellos. Dicen las crónicas que cientos de prisioneros fueron crucificados cabeza abajo por orden del emir. El resto sufrió condena de inmediato destierro. El suelo del Arrabal fue arrasado.

Es entonces cuando empieza la alucinante aventura de los exiliados. Miles de familias abandonan Córdoba. Un pequeño grupo se dirige a Toledo. La mayoría opta por caminar hacia el sur, rumbo al mar, para alejarse del cruel Alhakán. Sabemos que un buen número llegó a Fez, en Marruecos, ciudad de mayoría berebere. Allí, el príncipe Idris II recibió a los cordobeses con los brazos abiertos, porque su llegada le iba a permitir disminuir la enojosa hegemonía de los bereberes. Otro grupo de exiliados cordobeses recaló aún más lejos: en Alejandría, Egipto. ¿Cuántos eran? Algunas fuentes hablan de quince mil cordobeses. No lo sabemos a ciencia cierta. Pero debieron de ser muchos, porque dice la crónica de Al-Nuwari que «llegaron a ser tantos en su nueva ciudad, que lograron hacerse dueños de ella y la erigieron independiente».

Los cordobeses de Alejandría no sólo debían de ser muchos, sino que, además, debían de tener una cualificación notable desde el punto de vista cultural y profesional, porque, de otro modo, no se entiende que pudieran convertirse en el

grupo dominante de una ciudad como Alejandría, que no era en absoluto irrelevante. No obstante, poco duraron aquellos días de gloria para nuestros cordobeses. Hacia el año 827 el califa Al-Mamún ben al Paxid envía al gobernador de la región, Abd Allah ben Tahir, la orden de expulsar de allí a aquellos molestos advenedizos. Abd Allah acude a Alejandría, convoca a los cordobeses y les plantea un ultimátum: si aceptan irse, él les dará una suma de dinero y se encargará de transportarles hasta Creta; si no aceptan, la única solución será el combate. Los cordobeses aceptan. Y vuelta a empezar.

Cuesta imaginarse el éxodo de quince mil personas a través del Mediterráneo, rumbo a Creta. ¿Por qué precisamente Creta? Porque el califa quería esa isla, siempre codiciada por su excelente situación, cruce de los caminos del mar. Creta era de Bizancio, pero los bizantinos no tenían una flota capaz de garantizar la posesión de la isla. En cuanto a los cordobeses, no tenían muchas más opciones: o desembarcar y apoderarse de la isla, o perecer. Escogieron lo primero, como es natural. Bajo el mando de un caudillo llamado Abu Hafs Umar al-Balluti (al parecer de estirpe goda, según indica ese Hafs), recorrieron la isla, la tomaron bajo su control y se establecieron allí. Comenzaba un dominio que iba a prolongarse durante siglo y medio.

¿Quién era este Abu Hafs Umar al-Balluti, el líder de los rebeldes? Sabemos de él bien poca cosa. Dicen que su auténtico nombre era Umar Ben Shuayb al-Bitrawshi y que era natural de Pedroche, al norte de Córdoba. Umar, en todo caso, sabía bien lo que tenía que hacer: organizó los asentamientos, repartió las tierras, encomendó los cultivos, mandó armar cuarenta barcos y se proclamó emir. Así se constituyó un singular mundo hispano-cretense-musulmán que vivía tanto de la agricultura en el propio suelo como de la piratería en las islas vecinas. La familia Shuayb gobernaría la isla hasta el final.

Ese final se produjo en febrero de 961, es decir, ciento treinta y cuatro años después de que los cordobeses pusieran el pie en la isla. Durante todo ese tiempo, los bizantinos habían tratado numerosas veces de recuperar el control sobre Creta, a veces por vía militar, a veces por vía diplomática, pero siempre infructuosamente. Hasta que en febrero de 961 el general bizantino Nicéforo Focas ideó una treta. Ocurría que Bizancio atravesaba por momentos de gran carestía y se había hecho difícil mantener a los caballos; en Creta, por el contrario, había pastos suficientes. Así que los bizantinos pidieron a los hispano-cretenses permiso para desembarcar algunos caballos en la isla. Así lo cuenta la crónica de Al-Nuwari:

Fueron enviadas a la isla quinientas yeguas con sus pastores necesarios. Luego que estuvieron las yeguas en la isla, el emperador Romano II hizo que partieran con el mayor sigilo y ocultamente las tropas, capitaneadas por Nicéforo el Doméstico y por otro de sus capitanes más bravos (...). La

flota griega arribó a la parte de la isla en que estaban las yeguas; cada jinete con su silla y su rienda saltó sobre la yegua respectiva, y sorprendieron en completo descuido a los habitantes de la isla, que fue conquistada rápidamente. Los invasores mataron al señor de la isla. Dejaron con vida a los pacíficos habitantes (...). Redujeron a cautiverio a las mujeres y niños de los milicianos y guarnecieron fuertemente las isla con tropas y pertrechos de guerra.

El último emir español de Creta se llamaba Abd el Aziz Ben Shuayb. Dicen que realmente no murió en el ataque, sino que fue apresado y llevado con su familia a Constantinopla. Allí murió Abd el Aziz, sí, pero uno de sus hijos, Al-Numan, se convirtió al cristianismo con el nombre bizantino de Anemas y sirvió en la guardia del emperador. Este Anemas, el último de los Ben Shuayb, murió combatiendo en Rutenia, en la frontera norte del Imperio bizantino, hacia el 972. En Creta, mientras tanto, proseguía la vida de miles de familias que un lejano día, quizá ya olvidado, habían abandonado Córdoba desterradas por el emir Alhakán. Una aventura extraordinaria.

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