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Un día, dentro de la octava de la Visitación de la Virgen María, sentí algunos

In document Memorial - Pedro Fabro (página 79-81)

ANOTACIONES DEL AÑO

40 Un día, dentro de la octava de la Visitación de la Virgen María, sentí algunos

profundos deseos en los que pedía a Dios Padre que aunque yo sea indigno, fuese él para mí de un modo especial Padre, de suerte que me haga hijo suyo obediente y reconocido. Al Hijo Señor nuestro, le pedía que tuviese a bien ser mi Señor y hacer con su gracia que en adelante sea yo su siervo con todo temor. Al Espíritu Santo pedía que sea mi maestro y me enseñe a ser su discípulo. Y para alcanzar esto, con grande devoción imploraba el auxilio e intercesión de la escogida hija de Dios Padre, esclava y madre de Cristo, y discípula del Espíritu Santo, que fue la Virgen María, a la cual fácil es alcanzar de Dios todo lo dicho.

También deseaba que ella misma me enseñase el modo verdadero de ser hijo y de ser siervo y de ser discípulo a ejemplo suyo, y también porque ella sabe cómo Jesucristo ha sido su hijo y su siervo y discípulo, y así sabrá cómo él ha sido humilde, cual conviene en cada uno de sus tres estados.

41 Asimismo más adelante, ampliando esta materia, conocí que sería muy necesario que

se predicase tal cosa, porque cuando los súbditos fuesen inducidos al grado de su verdadera obediencia, humildad, acatamiento, reverencia, etc., de sus mayores, nuestro Señor se aplacaría y les daría los pastores según su corazón[299]. Al contrario se puede decir que quien no está dispuesto a reconocer el bien, no merece tenerlo; y quien no es aún hecho siervo, no merece que se le dé amo cuya bondad él sepa o pueda gozar. De aquí se ha de esperar que cuando los súbditos, o a lo menos los mejores, hubieren alcanzado tal humildad, paciencia y caridad que les baste para honrar, servir, acatar, tolerar cualquier superior suyo, por malo que sea, sin perder la buena voluntad, sino antes creciendo siempre en ella con determinación de perseverar así hasta la muerte, entonces se podrá tener más esperanza que nuestro Señor se haya de mover a dar otros

Un día dentro de la octava de la Visitación de la Virgen María[300] sentí grandes deseos respecto de algunas gracias, las que ya antes había pedido de algún modo dentro del tiempo de la Pentecostés precedente. Estos deseos eran que Dios Padre, curador mío, se dignara por gracia espiritual ser mi padre, haciendo que yo fuese hijo; y que Jesucristo, redentor, me hiciese siervo suyo y fuese mi Señor; y que el Espíritu Santo fuese mi maestro en todas las cosas, enseñándome y haciéndome ser verdadero discípulo suyo. Sentí también un deseo respecto de la Virgen Madre, señora y abogada, por el cual le pedía que se dignase enseñarme de modo que pudiese ser hijo del Padre, siervo de Jesucristo y discípulo del Espíritu Santo, dado que ella misma fuese hija del Altísimo y sierva de Jesucristo y ahora madre, y verdadera discípula del Espíritu Santo, el cual siempre la santificó y enseñó y dirigió en todas las cosas.

41a Honra, venera y haz acatamiento a tus mayores, especialmente a los superiores; ni solo a tus mayores, sino a todos los que por su poder, o autoridad, o doctrina, o virtud o edad están sobre ti. Hállanse aún muchos que a sus padres y superiores tienen afecto de amor, y les obedecen, y les socorren en las necesidades; mas pocos que de lo íntimo de sus ánimas los honren y de veras los reverencien[301].

Ama tú a todos tus prójimos, y a todos en cuanto puedas haz bien; mas en especial para con los mayores has de tener aquellos afectos de veneración, honor, modestia y todos los demás que sirven para rectamente ordenar los súbditos con los superiores; asimismo con los iguales mostrándoles siempre afectos de fraterna caridad. Pero con los menores sé benévolo, benigno y fácil, como amigo de los que son de su condición, y anda a buscar a los menores y últimos; así sucederá que abajándote tú mismo hasta el último de los hombres, que es Cristo crucificado, arrastres a todos a que también se abajen.

Apetece ser reprendido de cualquiera persona, ya sea superior a ti, ya inferior, bien esté a tu derecha, bien a tu izquierda; asimismo en cualquier tiempo, ora estés alegre, ora triste, ora fervoroso, ora frío, en cualquier imperfección o defecto tuyo, verdadero o aparente, ni seas tú el que imponga al reprensor el modo que ha de tener en reprenderte, sino desea que guarde aquel modo que más te pueda afligir[302].

Uno me significó que deseaba ser de mí reprendido tan claramente como yo lo soy de él mismo. Al cual pensé dar esta respuesta, a saber, que pues entre nosotros las represiones no han de ser de cosas directamente desagradables a Dios, sino solo del modo de hablar, o de conversar, o de otras maneras de haberse para con los hombres, es difícil, para mí, peregrino en todo, reprender y enmendar en tales cosas a los que no hacen regla suya de mi juicio y opinión. Diré yo fácilmente: esto no me gusta, o me

desplace, o no me parece bien, mas se me responderá que no son regla buena mi juicio y

voluntad, antes por el contrario querrán seguir los modos de sentir de su patria, y temerán más desagradar a muchos, como a ellos les parecerá, que no a mí solo: y así

Otra cosa es con mis inferiores, que en las cosas que son buenas o indiferentes tienen por regla mi voluntad y mi juicio, y que están dispuestos a someterse a su superior, aunque imperfecto, queriendo negarse a sí mismos en todo. Esto no lo hice yo así una vez cuando estaba en París y me mandaba algunas cosas el padre Ignacio; al cual solía yo responder que no sufría el uso común algunas de las cosas que a él le parecían oportunas.

Esto proponía yo dentro de mí para responder al dicho hermano, si bien no lo hice por entender que debajo de tales palabras había no solo tentación y flaqueza de espíritu, sino también falsedad[303].

Cualquiera que en verdadera obediencia desea militar debajo del poder de otro, póngase a sí entero y todos sus actos y todo el modo de ellos debajo del beneplácito y juicio de su superior; mídase con la medida de aquel a quien se ha entregado para ser de él juzgado y enseñado; y tenga en poco agradar a todos los demás hombres o parecer algo, si al juicio y arbitrio de él no agradare en Cristo Jesús nuestro Señor.

Dióseme aquí a conocer quién soy yo y he sido hasta ahora, débil en aguantar las represiones. Porque las represiones de mis superiores demasiadas veces me han sido ocasión de revolverme con soberbia, como menos humilde, menos sumiso; y al contrario las correcciones de mis inferiores naturales me han abatido demasiado. Deme Dios la gracia de guardar en todas las cosas el modo y grado que me corresponde, es a saber, que ni me derribe mal el inferior, ni me levante mal el superior. Deme Dios estar más atento a mi enmienda que al modo y palabras del que me reprende[304].

Quien en sí no tiene o no halla de donde contentarse, fácilmente sucumbe bajo el peso de la represión; más el que en sí mismo tiene o cree que tiene de donde contentarse, presto se contenta a sí mismo de las represiones. De aquí es que debes cautamente reprender a los que de sí mismo están descontentos, porque se abaten demasiado, si no son bien amonestados; y al contrario los que de sí están contentos más fácilmente sufren las represiones. Por tanto de una manera te has de haber con el melancólico o flemático, y de otra con el colérico o sanguíneo[305]; más esfuérzate tú en no ser ni colérico ni sanguíneo cuanto al consentimiento, ni flemático o melancólico, conforme a aquello: vir

sapiens dominabitur astris. Hácese esto con la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el

cual en sí mismo y por sí mismo y de sí mismo perfecciona nuestras naturalezas.

In document Memorial - Pedro Fabro (página 79-81)