encomienda la plenitud y el descanso
En el séptimo día, esto es, en un mismo día siete veces repetido (cuyo número también por otro motivo es
perfecto), se nos manifiesta y recomienda el descanso de Dios y la santificación de este día. Y así Dios no quiso consagrar como santo este día con ninguna otra obra suya, sino con su reposo, el cual carece de tarde, o de la hora vespertina, porque no hay en él criatura que, siendo conocida de una manera en el Verbo divino y de otra en sí misma, cause diferente noticia; una como diurna, y otra como nocturna o vespertina. Y aunque sobre la perfección del número septenario pueden decirse muchas cosas, sin embargo, este libro crece ya demasiado, y recelo asimismo crea alguno que, aprovechándome de la ocasión, quiero hacer ostentación con más altivez que utilidad de lo poco que sé, así, que conduce atender a la modestia y gravedad que exige el asunto, para que, hablando quizá con extensión del número, no se entienda que me he olvidado de la medida y del peso.
Por lo que baste solamente advertir que el primer número impar total es el ternario, y el total par o igual el cuaternario, y que de estos dos consta el septenario. Por cuyo motivo en repetidas ocasiones se pone por el todo, como cuando se dice: "siete veces caerá el justo y se levantará", esto es siempre que cayere no perecerá, lo cual no se entiende de las culpas y pecados, sino de las tribulaciones que humillan nuestra soberbia; y "siete veces al día te alabaré", que es lo que en otro lugar dice el mismo real profeta, aunque en otro sentido, "siempre estará su alabanza en mi boca". Hállanse en las sagradas letras muchas autoridades semejantes a éstas, donde el número septenario se pone, como insinué, por el todo del asunto que se trata, y por eso con este mismo número se nos significa muchas veces el Espiritu Santo, de quien dice Jesucristo "que nos instruirá en la verdad." Allí esta el descanso de Dios, con el cual se reposa en Dios. Porque en el todo, esto es, en la plenitud de la perfección se halla el descanso, pero en la parte el trabajo y la fatiga.
Por eso trabajamos, cuando sabemos en parte; pero "cuando llegare lo que es perfecto y consumado, desaparecerá lo que es imperfecto y en parte". Y de aquí es que con suma molestia escudriñamos y examinamos estas escrituras santas; pero los santos ángeles, a cuya amable compañía y congregación aspiramos y suspiramos en esta penosísima peregrinación, así como participan de una eternidad permanente, así disfrutan de una singular facilidad en conocer y de una inalterable felicidad en descansar, porque sin molestia suya nos ayudan, pues con los movimientos espirituales, que son puros y libres, no trabajan.
CAPITULO XXXII- Sobre la opinión de los que sostienen
que la creación de los ángeles ha sido anterior a la del mundo
Pero para que ninguno porfíe con pesadas altercaciones, y digan que no fueron significados los espíritus angélicos en la expresión de la Escritura, "hágase la luz, y se hizo la luz", y enseñe que crió Dios en primer lugar alguna luz corpórea; y que crió los ángeles, no sólo antes de formar el firmamento (el cual, habiéndole criado entre aguas y aguas, se llamó cielo), sino aún antes de lo que se dice: "que en principio hizo Dios el cielo y la tierra"; y que cuando dice en el principio, no lo dice porque aquello fuese lo primero que hizo, habiendo criado antes los ángeles, sino porque
todo lo hizo en la sabiduría, que es su Verbo eterno, al cual llama la Escritura principio (así como el mismo Verbo encarnado, según se dice en el Evangelio, preguntado por los judíos quién era, les respondió que era el principio), tampoco me pondré a altercar sobre este punto y argüir contra ellos, señaladamente porque esta opinión me cuadra y me lisonjeo de ver que hasta en el principio del santo libro del Génesis se nos recomienda la Trinidad. Pues cuando dice "en el principio hizo Dios al cielo y la tierra", lo dice para que se entienda que el Padre lo hizo en el hijo, como lo confirma el real profeta cuando dice: "¡Cuán grandes y magníficas son, Señor, tus obras; todas las hiciste en el espíritu de la sabiduría!" Y muy al caso, poco después, hace también mención del Espíritu Santo; pues habiendo explicado la calidad de la tierra que al principio hizo Dios, o a qué especie de materia, destinada para la futura construcción del mundo, había llamado con el nombre de cielo y tierra, prosiguiendo el mismo asunto, dijo: "que la tierra era invisible y descompuesta, y que había tinieblas sobre el abismo de las aguas"; luego para que se verificase la exacta mención que hacía de la Trinidad, dice: "y el espíritu de Dios se movía y extendía por las aguas".
Por lo cual cada uno entenderá el texto como más le agradare, porque es tan profundo y misterioso que para inteligencia de los que lean puede producirnos muchos sentidos, que todos ellos no desdigan ni discrepen de las reglas de la fe cristiana; pero con la condición de que ninguno ponga duda en que los santos ángeles residen en las sublimes moradas del cielo, y aunque no son coeternos a Dios, están, sin embargo, seguros y ciertos de su eterna y verdadera bienaventuranza. Y cuando nos enseña el Señor que los pequeñuelos pertenecen a la compañía de los espíritus celestiales, no sólo dijo "vendrán a ser iguales a los ángeles de Dios", sino que nos manifiesta, también la contemplación y visión beatífica de que gozan los mismos ángeles, cuando dice: "Mirad, no desprecéis uno de estos pequeñuelos, porque os digo que sus ángeles en los cielos están siempre mirando el rostro de mi Padre, que está en los cielos."
CAPITULO XXXIII- De las dos compañías diferentes y
desiguales de los ángeles, que no fuera de propósito se entiende haberlas comprendido y nombrado bajo de los nombres de luz y tinieblas
Que hubiesen pecado algunos ángeles, y Dios los arrojase a los lugares más profundos de la tierra, que es como una cárcel suya, donde perseverasen hasta la última condenación que ha de verificarse el día terrible del juicio, lo demuestra con toda evidencia el príncipe de los apóstoles, San Pedro, por estas palabras: "que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al abismo, donde las tinieblas les sirven de maromas para ser atormentados y tenidos como en reserva para el día del juicio". ¿Quién duda que entre éstos y los otros que se conservaron en la gracia del Señor incólumes de todo pecado, hizo Dios una notable distinción, o con su presciencia o efectivamente por la obra, y que con razón fueron llamados luz? Puesto que a nosotros, que vivimos todavía con la fe y estamos aún en la expectativa de igualarnos con ellos (sin tenerla aún), nos llamó ya el
Apóstol luz: "fuisteis, dice, alguna vez tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor".
Que estos ángeles apóstatas sean designados expresamente con el nombre de tinieblas lo advertirá el que crea realmente que son peores que los hombres infieles. Por lo cual, aun cuando haya de entenderse otra luz en este lugar, del Génesis, donde leemos: "dijo Dios hágase la luz, y se hizo la luz"; y signifique otras tinieblas, cuando dice: "hizo Dios división entre la luz y las tinieblas"; con todo, nosotros entendemos que se significan estas dos angélicas compañías: una, que está gozando de la visión intuitiva de Dios, y otra, que está desesperada por su soberbia; una, a quien dice el real profeta, "adoradle todos sus ángeles", y otra, cuyo príncipe y caudillo atrevidamente dice: "todo esto te daré, si te postrares y me adorares"; una que está abrasada en el santo amor de Dios; otra, que está humeando de altivez con el amor inmundo de su propia altura; y porque, como insinúa la Sagrada Escritura: "Dios se opone a los soberbios y a los humildes da su gracia"; la una vive y mora en los cielos de los cielos, y la otra, echada y desterrada de ellos, anda tumultuando en este ínfimo cielo aéreo; la una vive tranquila y pacifica con la luz de la piedad; la otra camina turbada y borrascosa con las tinieblas de sus apetitos; la una, teniéndolo por conveniente la divina Providencia, nos favorece con clemencia y nos castiga con justicia; la otra se deshace y abrasa de pura soberbia con el insaciable deseo de sujetarnos y hacernos daño; la una es mensajera de la bondad divina, para que nos aconseje y notifique todo lo que procede de la voluntad divina; la otra anda reprimida y refrenada por la omnipotencia del Altísimo, para que no nos cause tantos perjuicios como quisiera; la una se lisonjea y burla de la otra para que, contra su voluntad, no aprovechen sus persecuciones; la otra tiene envidia de aquella, porque va recogiendo piadosamente sus peregrinos y descaminados.
Habiendo, pues, entendido nosotros en este lugar del Génesis, bajo nombre de luz y tinieblas, significadas estas dos compañías angélicas, entre sí diferentes y contrarias, la una que es de naturaleza buena y de voluntad recta, y la otra también de naturaleza buena, pero de perversa voluntad, y habiéndolas declarado y apoyado con otros testimonios más convincentes de la Sagrada Escritura aunque acaso sintió lo contrario sobre este lugar el que lo escribió, no hemos ventilado inútilmente la oscuridad de esta autoridad; porque cuando no hayamos podido aclarar rastreando la voluntad del autor de este libro, sin embargo, no nos hemos separado de la norma de la fe cristiana, la cual es bien notoria a los fieles por otros testimonios de la Sagrada Escritura que tienen igual autoridad. Pues aunque aquí se refieren las obras corporales que hizo Dios, tienen, sin duda, cierta analogía con las espirituales, según la cual, dice el Apóstol: "todos vosotros sois hijos de la luz e hijos de Dios, pues no lo somos de la noche ni de las tinieblas" Y si también sintió lo mismo que decimos el que lo escribió, nuestra intención y deseos habrán llegado al complemento y único fin del objeto que controvertíamos, de manera que el hombre de Dios, dotado de sabiduría insigne y divina, o, mejor dicho, por Él, el Espíritu Santo refiriendo las obras que hizo Dios, todas las cuales dice que las concluyó al sexto día, de ninguna manera se crea que omitió los ángeles, ya sea cuando dice: "en el principio", por que los crió el primero; ya sea lo que más a propósito se entiende en el principio,
porque las hizo en el Verbo Unigénito del Padre, según su expresión: "en el principio hizo Dios el cielo y la tierra", en cuyas palabras nos significa todas las criaturas, las espirituales y corporales, que es lo más creíble o las dos mayores partes del mundo que contienen en su seno todas las cosas criadas; de tal suerte, que primero las propuso todas en general, y después continuó sus partes respectivas según el número misterioso de los días.
CAPITULO XXXIV- Sobre lo que algunos opinan, que
debajo del nombre de las aguas que fueron divididas cuando Dios crió el firmamento, se nos significaron los ángeles, y sobre lo que algunos entienden que las aguas no fueron criadas
Algunos han entendido que bajo el nombre de las aguas en cierto modo se nos significó la congregación de los ángeles, y que esto es lo que quiere decirse en estas expresiones: "Hágase el firmamento entre agua y agua"; de modo que se entienden colocados sobre el firmamento los ángeles; y debajo del firmamento o de las aguas visibles, la multitud de los ángeles malos, o toda la especie humana. Lo cual, si es cierto, no aparece en el sagrado texto cuándo fueron criados los ángeles, sino sólo que fueron separados los unos de los otros; aunque también hay algunos que niegan (lo cual es una perversa e impía vanidad) que Dios crió las aguas, por cuanto no hallan lugar alguno donde dijese Dios: háganse las aguas. Lo cual podría decir asimismo de la tierra, puesto que no se lee en la Escritura que dijese Dios: "Hágase la tierra."
Pero responden que dice el sagrado texto: "En el principio crió Dios el cielo y la tierra." Luego allí debe entenderse también el agua, porque a ambas comprende con un mismo nombre, puesto que "suyo es el mar y él le hizo, hechura de sus manos es la tierra". Pero los que por las aguas que están sobre los cielos quieren que se entiedan los ángeles, fúndanse en el peso de los elementos, y por eso no imaginan que pudo dar asiento a la naturaleza fluida y grave en la parte superior del mundo; los cuales, si a su modo, y según sus razones y discursos pudieran formar al hombre, no le pusieran en la cabeza la pituita (o humor flemático) que en griego se llama phlegma, y que en los respectivos elementos de nuestro cuerpo ocupa el lugar de las aguas, porque allí es donde tiene la phlegma su asiento muy a propósito, sin duda, según que Dios así lo hizo; pero conforme a la conjetura de éstos, tan absurdamente que si lo ignoráramos y estuviera asimismo escrito en este libro que Dios puso el humor fluido y frío, y por consiguiente grave, en la parte superior a todas las demás del cuerpo humano, estos especuladores y examinadores de los elementos de ningún modo lo creyeran.
Y cuando fueran de los que se sujetaron a la autoridad de la misma Escritura, se persuadirían que bajo este nombre se debía entender alguna otra cosa. Mas porque si cada asunto de los que más se escriben el divino libro de la Creación del Mundo, le hubiéramos de desenvolver y tratar de propósito, fuera indispensable alargarnos y desviarnos demasiado del objeto de esta obra, ya que hemos disputado lo que ha parecido conducente y bastante acerca de las dos clases de ángeles, diferentes y contrarias entre sí, en las cuales se hallan igualmente ciertos principios de las dos ciudades que se conocen en las cosas humanas, de las
cuales pienso hablar desde ahora en adelante, concluyamos ya aquí con este libro.
LIBRO DUODÉCIMO
BONDAD Y MALICIA DE LOS ÁNGELES. CREACIÓN DEL HOMBRE
CAPITULO PRIMERO- Cómo la naturaleza de los
ángeles buenos y malos es una misma
Antes de tratar de la creación del hombre, donde se descubrirá el origen y principio de las dos ciudades en lo tocante al linaje de los racionales y mortales (así como en el libro anterior se manifestó el de los ángeles), creo conducente, para mayor ilustración del asunto, referir primeramente algunos pasajes tocantes a los mismos ángeles, para demostrar, en cuanto alcanzasen nuestras fuerzas, con cuan justa causa y conveniencia decimos que forman juntamente una sociedad los hombres y los ángeles; de suerte, que adecuadamente se diga que las ciudades, esto es, las compañías, no son cuatro, es a saber: dos de ángeles y otras dos de hombres, sino solas dos, fundadas una en los buenos y otra en los malos, no sólo en los ángeles, sino también en los hombres.
No es licito dudar de que los apetitos entre sí contrarios que tienen los ángeles buenos y los malos no nacieron de la diferencia entre sus naturalezas y principios (habiendo criado a los unos y a los otros un solo Dios, que es autor y criador benigno de todas las sustancias espirituales y corporales); si no de la variedad de sus voluntades y deseos; habiendo perseverado constantemente los unos en el bien común a todos, que es el mismo Dios en su eternidad y caridad, y habiéndose los otros deleitado y pagado de su poder, como si ellos fueran su mismo bien, se apartaron del bien superior, beatífico, común a todos, y volviéronse a sí mismos teniendo el ostentoso fausto de su altivez por altísima eternidad, la astucia de la vanidad por verdad indefectible, y la afición de su parcialidad por una caridad individua, se hicieron soberbios, seductores y embusteros. Así que la causa de la bienaventuranza de los unos es unirse con Dios, y la causa de la miseria y desgracia de los otros es por el contrario, el no unirse con Dios por tanto, si cuando preguntamos: ¿por qué los unos son bienaventurados?, no responden bien, porque están unidos con Dios; asimismo, cuando preguntamos ¿por qué los otros son miserables?, se responde muy bien, porque no está unidos con Dios; pues no hay otro bien con que la criatura racional e intelectual pueda ser enteramente feliz sin Dios.
Y por eso, aunque no todas las criaturas puedan ser bienaventuradas (porque no alcanzan este beneficio, ni son capaces de él las bestias, las plantas, las piedras y otros seres semejantes), sin embargo, las que pueden arribar a esta dicha no pueden serlo por sí propias, por cuanto fueron criadas de la nada, sino que han de ser bienaventuradas por aquel Señor por cuya poderosa mano fueron criadas; porque alcanzando a este Señor serán eternamente felices; y perdiéndole, miserables; y así aquel que es bienaventurado, y no con otro bien sino consigo mismo, no puede ser miserable porque no puede perderse a sí mismo.
Confesamos, pues, que el inmutable bien no es sino un solo Dios verdadero y bienaventurado, y todo cuanto hizo el Señor, aunque es bueno porque lo hizo, no obstante, son mudables y caducas todas las cosas que produjo porque no las hizo de sí, sino de la nada. Así que, aunque no sean sumos bienes para los que consideran a Dios por el mayor bien, con todo, son grandes e inestimables aquellos bienes mudables que pueden unirse para ser bienaventurados con el sumo bien inmutable, el cual es en tanto grado bien suyo, que sin él es absolutamente preciso que sean infelices. Tampoco son entre todas las criaturas las mejores las que no pueden ser miserables; pues no podemos decir que todos los demás miembros de nuestro cuerpo son mejores que los ojos, porque no pueden ser ciegos. Pero así como es mejor la naturaleza sensitiva, aun cuando está doliente, que la piedra, que no puede en modo alguno padecer dolor, así también la naturaleza racional es más excelente, aun siendo miserable, que la que carece de razón y sentido, y, por consiguiente, no es susceptible por su naturaleza de sufrir miseria ni infortunio alguno. Siendo esto cierto, realmente esta naturaleza, criada con tanta excelencia y adornada de tantas dotes y prerrogativas, aunque sea mudable, sin embargo, uniéndose con el bien inconmutable, esto es, con Dios todopoderoso, puede conseguir la bienaventuranza, y no se completa ni se llena su indigencia sino siendo bienaventurada, no bastando a llenar su vacío otro que el mismo Dios; y así verdaderamente, digo que el no unirse con el Señor es un vicio en ella; y todo vicio es dañoso a la naturaleza, y, por consiguiente, contrario a la naturaleza; luego la naturaleza que se une con Dios no se diferencia de la otra sino por el vicio, aunque con este vicio no deja de